Introducción general
Naturaleza, relaciones y contenido de la teología moral
«Yo soy el camino, la verdad y la vida.» — Jn 14, 6.
I. Definición de la teología moral
La teología moral es la ciencia de las acciones humanas consideradas en orden a su fin sobrenatural. En cuanto ciencia teológica tiene sus raíces en la fe y, por lo tanto, en la ciencia de Dios, a la cual está esencialmente subordinada. En cuanto ética es la ciencia de las acciones humanas bajo el aspecto del deber, esto es, en relación con la norma por la cual deben ser reguladas.
Conviene, sin embargo, distinguir en el orden ontológico, ya que no en el histórico, un doble fin del hombre y de su actividad, el uno de orden natural y el otro de orden sobrenatural. La teología moral considera este último, mientras que el primero es propio de la ética.
Ética y moral de suyo indican lo mismo; sin embargo, se suele llamar ética a la moral natural y filosófica, y moral a la sobrenatural y teológica.
A diferencia de la ética, la teología moral considera al hombre como es en su realidad histórica: elevado, caído y redimido; traza la vida del hombre bajo una luz bastante más poderosa que la luz natural, esto es, bajo la luz sobrenatural de la Revelación por la cual alcanza la fe sus conocimientos.
La teología moral, por lo tanto, puede definirse diciendo que es la ciencia teológica que, fundándose en los principios de la Revelación, regula la actividad humana en orden a Dios, fin sobrenatural del hombre; o más brevemente: la ciencia de la vida cristiana o la ciencia del obrar moral cristiano.
Al igual que la dogmática, la teología moral no se limita a exponer los datos de la Revelación, sino que, tomando éstos como principio y criterio de verdad en orden a la ciencia moral, deduce todas las conclusiones que le es dado conseguir a la razón iluminada por la fe, ordenándolas en un sistema complejo de verdades normativas de la actividad humana en un plano sobrenatural.
Merece, pues, el nombre de ciencia y pertenece al orden de la actividad teórica del hombre, en cuanto al modo de conocer y considerar su objeto. Pero por estar ordenada a la actividad moral del hombre, la teología moral pertenece por su contenido a la especie de las ciencias prácticas, aunque en ella se distingue, como en todas las ciencias prácticas, una parte teórica que examina los principios fundamentales y remotos y una parte práctica que considera los principios inmediatos y las normas concretas de la actividad moral.
La moral tiene por objeto material las acciones que nacen del conocimiento racional y de la libre voluntad del hombre, esto es, la actividad propiamente humana en cuanto es ordenada a Dios; y por objeto formal los datos de la Revelación, en cuanto que de ellos deduce la moral científicamente sus conclusiones, ordenándolas en sistema.
Por la extensión de su objeto material, la moral está ligada a toda acción humana, rige toda la vida; no regula solamente ciertas formas de actividad, sino todas. Dirige todos nuestros actos tanto internos —pensamientos— como externos, penetra la vida privada y pública; interviene en las formas de actividad más diversas, como la economía, la política, la higiene y el descanso.
Entendida en este sentido, la moral tiene una extensión bastante más amplia que la comúnmente asignada a esta disciplina en las aulas. Ella es la regla fundamental del desarrollo armónico del ser humano y la disciplina de toda su eficiencia.
↑ Volver al comienzoII. Lo que presupone este libro
Dos son los presupuestos fundamentales de la teología moral: el uno lógico o gnoseológico y el otro ontológico o metafísico. El primero se refiere a la capacidad de la razón humana para conocer la verdad. El segundo, a la investigación de la razón última de la realidad: hombre, mundo, Dios.
1) Con respecto al orden gnoseológico, la teología moral, como cualquier otra ciencia, supone que la razón humana es capaz de conocer la verdad. Es necesario admitir que existe una distinción real entre el sujeto pensante y el objeto pensado y que aquél tiene capacidad para llegar a éste —adecuación del pensamiento a la realidad, valor objetivo del conocimiento—. La investigación de la verdad puede tal vez resultar ardua y encontrar dificultades —opiniones diversas—, y no excluye la posibilidad de errores y, con más frecuencia, de visiones parciales.
Para recordar estos principios se incluyen en el diccionario algunas voces que ilustran el valor del conocimiento humano, como materialismo, positivismo, idealismo y existencialismo.
2) Pasando al orden ontológico, la teoría moral supone explicada la naturaleza del hombre, del mundo externo y de Dios.
3) El hombre consta de alma y de cuerpo. El alma es la forma sustancial del cuerpo y recibe de éste las notas propias de su individualidad. El hombre, siendo individuo racional, es persona.
Aun cuando el alma es espiritual, está condicionada al cuerpo en su actividad, en cuanto que las potencias vegetativas y sensitivas se ejercitan mediante los órganos del cuerpo. Así se explican las íntimas relaciones que existen entre el estado psíquico y las condiciones biológicas, así como la influencia que éstas ejercitan en la conducta espiritual del hombre.
El alma, sin embargo, no puede reducirse a la materia, ya que también obra independientemente del cuerpo. El hombre permanece idéntico a sí mismo, no obstante las mutaciones que ocurren en su cuerpo, porque los elementos materiales están unificados por el alma. Así también, por su naturaleza espiritual, el hombre es capaz de conocerse, de amarse, de determinarse hacia un fin y de elegir los medios para alcanzarlo, y siente la responsabilidad del bien y del mal.
De la superioridad del alma sobre la materia se deduce su inmortalidad.
A la naturaleza del hombre se refieren particularmente en el diccionario las voces cuerpo y alma, persona humana, personalidad, libertad, etc.
4) El mundo externo no tiene en sí la razón suficiente de su existencia, como demuestra la cosmología y diremos ahora, hablando de la existencia de Dios.
5) Dios es la tercera realidad a demostrar. La teología moral, en efecto, supone probada la existencia de un Dios personal, trascendente, creador del universo y legislador providente para con las criaturas.
La demostración de la existencia de Dios se funda en el principio de causalidad, el cual establece que cuando una cosa no tiene en sí la razón de su ser o modo de ser, es necesario buscar esta razón fuera de ella.
La prueba metafísica de la existencia de Dios nos la da la naturaleza, perfección y orden del universo. Como es sabido, Santo Tomás propone cinco vías para demostrar la existencia de Dios.3
La primera vía es la que se funda en el movimiento (motus), esto es, en el devenir de las cosas, y puede enunciarse de esta manera: en el mundo todo deviene, esto es, todas las cosas y todos los hombres comienzan a existir, mudan y cesan. Ahora bien, el devenir no puede ser razón suficiente de sí mismo. Es necesario, por lo tanto, encontrar una causa de este devenir. Apoyar los movimientos siguientes en otros antecedentes sucesivamente no haría más que complicar el problema. Por lo tanto, es necesario admitir una causa primera, inmutable, Dios (primum movens quod a nullo movetur).
La segunda y tercera vía están ligadas con la primera y pueden enunciarse así: muchas cosas comienzan a ser, pero no pueden por sí mismas comenzar desde la nada. Por lo tanto, es necesario admitir una causa primera eficiente. Así también muchas cosas cesan de ser; por lo tanto, pueden ser o no ser; pero lo que puede no ser es en virtud de una causa distinta de sí mismo, esto es, deriva su existencia de Dios.
La cuarta vía se basa en la mayor o menor perfección de las cosas, la cual supone la perfección absoluta, ya que, si las cosas tuviesen en sí la razón de su propio ser, debieran ser todas perfectas.
La quinta vía se funda en el orden del universo. El finalismo de los seres privados de conocimiento supone una inteligencia trascendente, Dios.
La existencia de Dios nos es confirmada por nuestra conciencia. Todos sentimos el deseo de ser felices. Y nos sentimos felices, al menos en parte, cuando hemos cumplido con nuestro deber, incluso con sacrificio propio. En cambio, sentimos una interna reprobación cuando faltamos a nuestro deber. La conciencia, por lo tanto, nos dice que debemos hacer el bien y evitar el mal. Y como esta obligación es general, absoluta y constante, a despecho de la diversidad y mutabilidad de los hombres, no se explica sino con una ley esculpida por Dios en nuestra conciencia.
A esta verdad se refieren particularmente en el diccionario las voces conciencia, ley natural, moral independiente, etc. Todo este volumen no hace sino confirmar el valor de la ley moral que sentimos en nosotros mismos.
Esta conclusión la confirma el consentimiento de la inmensa mayoría de los hombres, particularmente de los más insignes, los cuales han creído en Dios.
De la prueba de la existencia de Dios, ser supremo y perfectísimo, es fácil deducir la demostración de un Dios único. La historia de las religiones demuestra que los primitivos admiten un Dios único. El politeísmo es una degeneración posterior. Niegan la existencia de Dios los ateos. Niegan su naturaleza personal, trascendente, los panteístas. Niegan su providencia los deístas.
Generalmente se defiende que frente a la evidencia de las pruebas de la existencia de Dios no existe el ateo teórico, esto es, el hombre que haya llegado a una verdadera demostración de su negación. Existen, en cambio, los agnósticos, que creen no poder llegar a conclusiones ciertas acerca de la existencia de Dios; y los indiferentes, que rehúsan afrontar el problema. Existen, además, muchos ateos prácticos que viven como si Dios no existiese. Los ateos militantes —los llamados sin-Dios— son más bien antirreligiosos, porque si presumen de combatir a Dios, lo suponen. Véase a este propósito la voz Ateísmo.
Los panteístas —materialistas o idealistas— parten de un principio monístico que reduce todo a la unidad; pero confunden el infinito con el finito, lo múltiple, mutable y limitado con el absoluto, inmutable y supremo. Los hombres, que somos las manifestaciones más elevadas de este todo, sentimos que nuestra conciencia se rebela contra esta concepción, porque nos atestigua nuestra pequeñez, nuestro límite y nuestra definida individualidad y personalidad.
Los deístas admiten a Dios, pero lo suponen alejado del hombre, exaltan las fuerzas de la naturaleza y la juzgan capaz de proveerse a sí misma sin injerencias sobrenaturales. Así, no reconocen el límite y la dependencia de las cosas creadas y la divinidad se desvanece hasta casi ser negada.
6) La creación y la conservación del universo son otras dos verdades que se suponen en este libro.
Demostrada la existencia de Dios y establecida su distinción del mundo, ya que el mundo y los hombres no tienen en sí razón suficiente de su propio ser, y Dios solo es el ser infinito y no participado, es preciso admitir que el universo ha sido producido en toda su sustancia, esto es, creado, por Dios.
Si Dios ha creado al hombre, le ha hecho, ciertamente, para un fin; y el fin no puede ser más que su gloria externa, dando al hombre, criatura inteligente, la posibilidad de conocerlo y de amarlo y procurarse así la felicidad.
Dios, que creó los hombres y las cosas para un fin, no puede dejar de tener cuidado de ellos, disponiendo todo lo que sea necesario para su conservación y para el logro de su fin —providencia—. Dios gobierna las cosas materiales con las leyes físicas y los seres libres con las leyes morales.
Ilustrada la naturaleza del hombre y del mundo y demostrada la existencia de Dios, surge naturalmente el problema de las relaciones entre Dios y el hombre, esto es, el problema de la religión, como se dice en esta voz.
7) La religión es un hecho universal, constante y espontáneo del género humano, como demuestran los estudios geográficos e históricos y confirman los resultados de las investigaciones prehistóricas y etnológicas.
En cambio, las formas son diversísimas. Según su contenido, las religiones pueden agruparse en fetichismo —veneración de objetos hechos por el hombre—, animismo —culto de las almas ascendidas a honores divinos—, totemismo —ordenación social por clases constituidas fundándose en un parentesco con especies animales o vegetales: tótem—, magia —deformación de ciencia y filosofía—, naturalismo —veneración de la divinidad contenida en los fenómenos naturales—, politeísmo —fraccionamiento de la divinidad—, panteísmo —concepción materialista o idealista unitaria del universo— y monoteísmo —Dios único, trascendente—.
En cambio, con un criterio étnico pueden las religiones agruparse como sigue: además de los primitivos que han quedado en algunas partes de África, América y Oceanía, existen el confucianismo y el taoísmo —China e Indochina—, el hinduismo o brahmanismo y el jainismo —India—, el lamaísmo —Tíbet—, el sintoísmo —Japón— y el budismo —China, Indochina, Japón—; todas ellas religiones de base nacional, si se exceptúa el budismo, que pasa las fronteras políticas y nacionales, y todas politeístas, aunque basadas en cierto moralismo —confucianismo—, filosofismo —taoísmo— o ascetismo ateo o agnóstico —budismo—. Es una verdadera humillación para la humanidad que gran parte de ella no haya conseguido todavía ver lo absurdo del politeísmo. Hay, además, algunas religiones monoteístas que son, además del cristianismo, el hebraísmo y el islamismo —deformación del Antiguo y del Nuevo Testamento—. El islamismo, nacido en Asia, se divulgó también por África; los hebreos se han esparcido por todo el mundo; el cristianismo es profesado en Europa, en América y un poco por las demás partes del mundo. De la Iglesia católica se han desprendido varias confesiones cismáticas, de las que las principales son la llamada Iglesia ortodoxa y el protestantismo.
El estudio comparado de las diversas confesiones religiosas lo realiza actualmente la ciencia de las religiones —hierognosis—, que trata de confrontarlas bajo los diversos aspectos histórico, filosófico y teológico. Para realizar provechosamente este estudio es necesario tener presente el concepto de Dios, Ser supremo, perfectísimo, y la naturaleza humana, que aspira al bien verdadero y a la felicidad; considerar los orígenes, la coherencia de las doctrinas, la santidad de los fundadores; conviene someter a severa crítica los hechos, notar las diferencias, explicar las semejanzas, aislar la religión de la ciencia y de la política; mirar más que a las formas externas al espíritu interior. Finalmente se ha de tener en cuenta la ley natural, impresa por Dios en la conciencia de los hombres, la revelación primitiva, común a toda la humanidad, y la influencia ejercitada por la verdadera religión. La conclusión de este estudio debe ser la determinación de la religión verdadera —véanse Religión y Religión falsa—.
Supuesto este estudio, en el diccionario se hace mención de todas las principales confesiones religiosas que hoy se profesan, con una breve crítica de ellas, para que de su cotejo se deduzca evidente la indiscutida superioridad del cristianismo, y se destaquen las desviaciones, deficiencias y lagunas que presentan las demás confesiones cristianas frente al catolicismo.
8) La religión católica, que después de este examen crítico suponemos resulta la verdadera, viene de esta manera a ser objeto de nuestro estudio. La doctrina que ella nos propone ha sido revelada por Dios.
La revelación puede ser natural y sobrenatural. La revelación natural tiene lugar cuando Dios nos habla a través de la naturaleza y de nuestra conciencia. La revelación sobrenatural puede ser tal por la forma y por la sustancia; la primera nos manifiesta una verdad natural de modo sobrenatural; la segunda nos comunica una verdad absolutamente inalcanzable para el hombre. Habiendo Dios creado nuestra inteligencia, no hay nada que le impida hablar y al hombre escuchar su palabra, aunque no siempre consiga comprenderla totalmente —misterios—. Más aún, la revelación es necesaria a la humanidad, porque aun cuando el hombre consiga conocer las verdades naturales fundamentales, y tenga capacidad física para conocerlas todas, sin embargo en la práctica es moralmente imposible que todos los hombres, por dificultades subjetivas e impedimentos externos, lleguen a conocer sin errores todas las verdades naturales. Para conocer, pues, las verdades de orden sobrenatural, la revelación divina es absolutamente necesaria. Sin la revelación el hombre no tendría una guía segura para dirigir su vida.
La revelación cristiana se presenta como un conjunto de verdades y de disposiciones dadas por Dios al hombre en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, el primero de los cuales se dirigía a la preparación de la venida de Jesucristo y el segundo está destinado a la actuación del reino de Cristo. Las doctrinas reveladas se hallan recogidas en la Sagrada Escritura y en la Tradición y han sido propuestas por la Iglesia. Su verdad la demuestra sólidamente su intrínseca perfección y completo ajuste, y la confirman los milagros y las profecías, especialmente los milagros obrados por Jesucristo, sobre todo el de su Resurrección, y las profecías mesiánicas verificadas en Él.
Algunas profecías tienen todavía su verificación en nuestros días, por ejemplo, la descendencia espiritual de Abraham, esto es, la multitud de los creyentes, numerosa «como las estrellas del cielo»4 y «como las arenas del mar»;5 las luchas incesantes que la Iglesia sostiene: «Si a Mí me han perseguido, a vosotros también os han de perseguir»;6 y la asistencia divina prometida a la Iglesia: «Los poderes del infierno no prevalecerán contra ella»7; «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los siglos».8
Y cómo no destacar especialmente hoy, después de la solemne proclamación hecha por el sumo pontífice Pío XII de la Realeza de María,9 la verificación maravillosa y a la letra de la profecía de la Virgen que en su humildad dijo: «Beatam me dicent omnes generationes»;10 todas las generaciones me llamarán bienaventurada. Todas estas pruebas confirman hasta la evidencia la verdad de la religión católica.
9) La teología es la ciencia de Dios y de sus relaciones con los hombres, como nos son manifestadas por la revelación divina.
La teología se divide en dos grandes ramas, que son la teología dogmática y la teología moral. Dogma es la verdad revelada por Dios y propuesta como tal por la Iglesia. En realidad, tanto la teología dogmática como la teología moral estudian las verdades reveladas por Dios; pero es diverso su contenido, porque es diversa la finalidad que se proponen.
La teología dogmática estudia las verdades reveladas con el fin de profundizar en ellas e ilustrarlas en el orden especulativo. Por esta razón considera la existencia, la esencia y los atributos de Dios; penetra en la vida íntima de Dios, Uno en la naturaleza y Trino en las personas, y contempla sus íntimas relaciones; estudia la creación del mundo y del hombre, la caída de éste y su redención mediante la Encarnación del Hijo de Dios, el cual tomó la naturaleza humana para redimir a los hombres del pecado con su Pasión; explica la aplicación de los frutos de la redención a los hombres mediante la gracia que se nos concede por medio de los santos sacramentos, los cuales acompañan al hombre desde la cuna hasta la tumba, particularmente por medio de la Sagrada Eucaristía, que nos une a Cristo y es prenda de nuestra futura resurrección; ilustra la comunión de los santos y contempla la vida eterna, en la cual, después del juicio, si el hombre ha muerto en gracia, gozará de la visión beatífica de Dios con los ángeles y con los santos, particularmente con María Santísima, Reina del cielo y de la tierra, corredentora del género humano y dispensadora de las gracias divinas. 11
A esta vida de gloria el cristiano se prepara en este mundo con la vida de la gracia. En este trabajo y en esta lucha va dirigido por la Iglesia, sociedad visible de los cristianos sobre la tierra, a la cual Jesucristo ha conferido la misión de guiar a los hombres a la eternidad feliz, bajo la autoridad de su Vicario, el Romano Pontífice, sucesor de San Pedro, a quien Jesucristo mismo confió el poder de gobernarla. 12
En cambio, la teología moral, a la luz de las verdades reveladas, dirige la actividad humana en el orden práctico. Tiene por objeto regular nuestra vida y nuestras acciones según el dictamen de la recta razón y de la fe, de una manera conforme con la voluntad de Dios.
10) La teología moral es objeto del presente diccionario; mientras que para la teología dogmática recomendamos al lector el diccionario que en nuestra Presentación hemos recordado.
↑ Volver al comienzoIII. Lo que este libro contiene
Este libro trata de exponer no sólo la teología práctica, que pueda iluminar al lector acerca del modo de conducirse rectamente en las diversas circunstancias de la vida, no sólo ante la propia conciencia y ante Dios, sino también frente a la sociedad civil y a la Iglesia en su organización jerárquica y en su vida colectiva de oración y de acción.
Este diccionario presenta una información precisa y al día sobre toda clase de temas, seguida de una particular indicación bibliográfica para orientar al lector y permitirle rápidamente ampliar su investigación; una bibliografía más amplia y orgánica completa este libro.
Del mismo modo al principio de este trabajo se da un breve resumen de la historia de la moral católica, en tanto que las figuras de los grandes moralistas, como Santo Tomás, San Antonino, Suárez, San Alfonso y D’Annibale son objeto de una ilustración particular.
1) Pasando a examinar en detalle el contenido del diccionario, en primer lugar éste resume todo cuanto generalmente se expone en los tratados y manuales de teología moral, esto es, los principios, las virtudes, los preceptos, los sacramentos, y procura presentar la doctrina común de modo que conduzca al lector a las conclusiones prácticas más ciertas o al menos más probables, deduciéndolas siempre de los principios con método científico. Se distingue, por lo tanto, netamente de la casuística, como fácilmente se puede observar leyendo esta voz.
2) Pero la parte más original de esta obra consiste en el análisis de las diversas acciones humanas que se ha procurado profundizar tanto bajo el aspecto psíquico como físico; en la integración de los principios morales con el subsidio de elementos proporcionados por otras ciencias que tienen particular relación con la moral; y finalmente en la aplicación de los principios morales a las múltiples situaciones concretas de la vida.
3) Así, con la ayuda de la filosofía y sobre todo de la psicología experimental, se explican el alma y sus facultades con las voces: psique, facultades cognoscitivas, entendimiento, voluntad, libertad, así como las principales funciones psíquicas con las voces: sensación, percepción, ideación, concepto, juicio, raciocinio, subconsciencia, inconsciente, etc.
4) Aún más amplia ha sido la aportación de las ciencias médicas para iluminar determinadas situaciones morales, especialmente de la medicina constitucionalista, de la psiquiatría y de la psicopatología. En efecto, por la íntima unión que existe entre el alma y el cuerpo (véase Cuerpo y Alma) es de grande importancia tener presentes, aun para la valoración moral, los datos proporcionados por algunas ciencias, como la antropología, la antropología criminal, la endocrinología, la geriatría, la higiene, la obstetricia, la patología, la psicotecnia, la psicoterapia, la sexología y la traumatología.
Conviene conocer la acción de ciertos órganos, como la hipófisis, las gónadas, las glándulas suprarrenales y la tiroides; considerar ciertas actividades, como la cenestesia, la cibernética, la funcionalidad cerebral y las ondas cerebrales; y tener en cuenta ciertos fenómenos, como la alucinación, el hipnotismo, la sugestión, el sonambulismo y la telepatía.
De mayor importancia desde el punto de vista moral son las afecciones morbosas, como la locura, la cerebropatía, el cretinismo, la epilepsia, el histerismo, la llamada inmoralidad constitucional, la psicosis, la psiconeurosis y la esquizofrenia. Tampoco se han descuidado las formas menores, como el ansia, la antipatía, la apatía, la fobia, la hipocondría y la melancolía.
5) A la defensa y perfeccionamiento de la persona humana se dirigen las voces educación, personalidad y despersonalización, puericultura, escuela laica, vocación, vocación eclesiástica y religiosa, etc.
6) El diccionario no se limita a describir lo que se ha de evitar, como el pecado, aun venial, la tibieza y la imperfección, o a ilustrar ciertos defectos de carácter, como la inconstancia y la timidez, sino que pretende guiar al cristiano con la ascética en el ejercicio de todas las virtudes.
El diccionario comprende, por lo tanto, la ascesis, y trata no sólo de las virtudes teologales —fe, esperanza y caridad— y de las virtudes morales —prudencia, justicia, fortaleza y templanza—, sino también de las numerosas virtudes engendradas como hijas por las virtudes fundamentales, como son la clemencia, la fidelidad, el fervor, la confianza, la frugalidad, la alegría, la lealtad, la longanimidad, la magnificencia, la mansedumbre, la munificencia, el recogimiento, la resignación, la sobriedad, la urbanidad y el celo, hasta elevar al hombre al acto heroico de caridad y habituarlo a vivir en la presencia de Dios, en unión con Dios.
7) El hombre está sujeto a la autoridad de la Iglesia, la cual ha recibido de Jesucristo amplísimos poderes para desarrollar su acción de enseñar, santificar y gobernar. Por esta facultad la Iglesia puede dictar órdenes y prohibiciones y establecer sanciones contra los transgresores. El poder de jurisdicción de la Iglesia está dirigido tanto a regular la conducta del hombre frente a Dios (foro interno) como a ordenar la conducta de los hombres entre sí (foro externo). La norma de la Iglesia dirigida a disciplinar conflictos bilaterales o intersubjetivos de intereses, actuales o eventuales, entre los hombres es propiamente una norma jurídica, o ley eclesiástica. El conjunto de las leyes de la Iglesia forma la ordenación canónica, que, por el poder conferido a la Iglesia directamente por Dios, es una ordenación jurídica originaria, primaria e independiente de toda potestad humana. El derecho canónico no sólo regula la conducta de los fieles, sino que establece también los órganos mediante los cuales se ejercita en la Iglesia el poder de jurisdicción.
Los órganos principales que ejercitan el poder de jurisdicción de la Iglesia en el gobierno central son indicados en las voces: Pontífice, Santa Sede, Ciudad del Vaticano, Cardenales, Cónclave, Congregaciones Romanas, Penitenciaría Apostólica, Rota, Signatura Apostólica, Cancillería Apostólica, Dataría, Cámara Apostólica, Secretaría de Estado y Legado Pontificio. Los que ejercitan la jurisdicción en el gobierno local se encuentran descritos en las voces: Primado, Patriarca, Arzobispo, Obispo, Vicario Apostólico, Vicario General, Cabildo, Vicario Foráneo o Arcipreste, Párroco, Vicario Coadjutor, etc.
Tratan, en cambio, de indicar la regulación de la actividad de los súbditos las voces relativas a las condiciones de los clérigos, como clérigo y excardinación; las que se refieren a la vida religiosa, como reglas y constituciones, religioso y secularización; o a pías uniones, como cofradía y asociación piadosa; o los sacramentos y especialmente el matrimonio; o los bienes eclesiásticos, como beneficio, capellanía y patronato.
Los procesos se explican en las voces: ordenación judicial canónica, beatificación, promotor de la fe, promotor de justicia y defensor del vínculo, abogado consistorial y rotal, procurador de los Sagrados Palacios Apostólicos, etc. Las sanciones se expresan en las voces: penas eclesiásticas, censuras, etc. Las fuentes para conocer el derecho canónico se indican en las voces: Acta Apostolicae Sedis, Código de derecho canónico y Corpus iuris canonici.
9) El hombre está sujeto también a la autoridad civil y, por lo tanto, está obligado a observar las normas establecidas justamente por ella. El derecho civil presenta otro amplio campo de aplicación a la moral. Es un grave error separar el derecho de la moral, como hace el positivismo jurídico. Las relaciones entre derecho y moral no son de separación, sino sólo de distinción y de subordinación. En efecto, toda norma de derecho tiene dos aspectos: uno más propiamente jurídico, en cuanto regula las relaciones de justicia entre los hombres, y otro más propiamente moral, en cuanto disciplina la conducta del sujeto para su perfeccionamiento.
Las normas de derecho natural, que determinan las obligaciones de justicia, forman parte de la ley moral general y, en tanto que regulan las relaciones intersubjetivas frente a los demás hombres, ordenan la conducta intrasubjetiva del sujeto frente a la propia conciencia y a Dios. El derecho positivo tiene su razón de ser como especificación o determinación del derecho natural. Por lo tanto, al regular las relaciones intersubjetivas entre los hombres no debe contradecir jamás la norma moral. Pero a veces las leyes positivas se alejan de esta norma, y entonces surge más grave y evidente la cuestión de si el súbdito está obligado moralmente en conciencia a observar la norma jurídica.
En este volumen se exponen no sólo los conceptos fundamentales de ley, ley natural, ley divinopositiva, ley civil, ley injusta y ley puramente penal, sino que, a propósito de las diversas obligaciones civiles, se trata siempre de aclarar el aspecto moral de las mismas, esto es, si obligan en conciencia.
10) Entrando ya en el campo de las distintas profesiones y de los empleos o servicios a los cuales dedican los hombres su actividad, nuestro diccionario se encuentra precisamente en su centro. La moral es la ciencia de la vida, y frecuentemente el éxito o fracaso de la vida está ligado a la actividad que hemos escogido como fin inmediato de nuestra existencia. Elegir una profesión con prudencia, oración y consejo, cuidando de ponerse en el puesto al cual Dios, por las dotes naturales y las circunstancias externas, nos ha destinado; prepararse a ella con sentido de responsabilidad, de modo que hagamos fructificar hasta el máximo los talentos que el Señor nos ha dado; y ejercerla con adecuada competencia y diligencia proporcionada a la gravedad del oficio, son problemas exquisitamente morales.
La grave responsabilidad del que se aventura por un camino que no era el suyo, del que sin preparación alguna obtiene por caminos oblicuos un puesto que no le correspondía, o del que ejerce su oficio negligentemente, sin ciencia o sin conciencia, permite medir el inmenso daño público y privado que puede ocasionarse. Ante la sociedad contrae una deuda que tal vez no podrá jamás satisfacer, y ante Dios una responsabilidad que podrá comprometer su suerte eterna.
En la vida moderna el progreso técnico ha multiplicado las profesiones; el resultado de la compleja organización económica, social y política de nuestros días depende del modo con que funcionan cada una de sus partes. El mecanismo funciona bien cuando se mueven regularmente todas sus ruedas. Todos los oficios que los hombres ejercen son igualmente nobles ante Dios si se cumplen fielmente. En este volumen se explica la orientación profesional y se ofrece una ilustración sobre las principales profesiones.
La profesión del médico se examina en general en la voz deontología médica, a la cual va unida la deontología farmacéutica. Voces particulares se reservan a los delitos de aborto, feticidio y genocidio, y a las graves cuestiones ligadas con los experimentos sobre el hombre, la eugenesia, la eutanasia, la fecundación artificial, la narcoterapia, el psicoanálisis, la punción del corazón, la selección humana, el suero de la verdad y la esterilización.
Se ilustran igualmente las profesiones siguientes: abogado, alcalde, arquitecto, artista, empleado, empresario, ingeniero, intérprete, juez, maestro, magistrado, oficial del Estado, oficial militar, recensor, redactor, etc., hasta llegar a las ocupaciones más modestas, como criado, fotógrafo, guardián, hielero, etc.
11) La economía es tal vez el sector en que hoy se agitan las disputas morales más vivas. No ha de extrañar si se piensa que la ciencia económica moderna ha nacido al margen de la Iglesia y, por esta razón, es la más reacia a aceptar su doctrina.
La justa noción del bien común, la propiedad y sus límites, la función del capital, el salario en sus diversas formas, el reparto de utilidades en las empresas, la determinación de lo superfluo, los casos de extrema necesidad, el trabajo de la mujer, la demanda y la oferta, los monopolios, los derechos y obligaciones de los administradores, de los accionistas y de los poseedores de obligaciones, los consejos de gestión, los precios, etc., presentan cuestiones morales muy graves, delicadas y difíciles.
Persuadida de ello, la Asamblea plenaria del Episcopado francés dictó en materia económico-social un directorio pastoral muy oportuno para iluminar al clero sobre estas cuestiones.13
Son numerosas en este diccionario las voces que se refieren a este sector: autarquía, balance, banca, bien común, boicot, bolsa, cambio, capital, capitalismo, coalición, colectivismo, comunismo, concentración de la riqueza, cooperativa, corporativismo, crédito, crisis económica, déficit, demanda y oferta, especulación, finanza, financiamiento y participación, hacienda, honorarios, huelga, industrialismo, inflación, interés, latifundio, liberalismo, libre cambio, materias primas, obligaciones y acciones, pesas y medidas, precio justo, producción, renta, salario, salario familiar, socialización, sociedad anónima, superfluo, títulos de crédito y utilitarismo económico.
12) También el campo social, íntimamente ligado al económico, presenta cuestiones no menos graves a la consideración moral. Las condiciones inhumanas de vida, la promiscuidad en la vivienda, el jornal insuficiente, los medios de transporte, los lugares de trabajo y la organización de las diversiones son a menudo ocasión de pecado. Es necesario vigorizar nuevamente la institución de la familia, verdadera célula de la sociedad, y darle una fuerte trabazón como unidad religiosa y moral, jurídica y económica; favorecer la armonía entre las clases sociales; concebir cristianamente el Estado e inspirar en la doctrina católica las relaciones entre las naciones.
A las cuestiones sociales más discutidas se refieren en este diccionario, fuera de las ya recordadas, las voces cohabitación, civilización, cuestión social, demografía, emigración, mendicidad, pauperismo, proletariado, urbanismo y vivienda.
A este grupo de voces se han de agregar las que se refieren a las actividades recreativas: cine, deportes, radio y variedades; como también las que se refieren a servicios sociales: agencias de información, prensa, teléfono, así como las enfermedades sociales, etc.
13) En el campo político se señalan las voces: conservadorismo, demagogia, diplomacia, gobierno, imperialismo, maquiavelismo, partido político, paternalismo, política, resistencia al poder injusto, reformismo, revolución, tiranía, totalitarismo, voto, etc.; y, en cuanto a las relaciones entre las naciones: arbitraje internacional, guerra, guerra económica, guerra fría, Organización de las Naciones Unidas (ONU), paz y tratado internacional.
14) No hubiera sido completa la reseña de las voces que tienen interés moral si se hubiera omitido hablar del medio que el Señor nos ha enseñado para implorar las gracias necesarias para cumplir fielmente nuestros deberes morales: la oración.
Así, el diccionario trata de la oración mental o meditación y de la oración vocal, incluso en la forma de jaculatoria. Se ilustran brevemente las oraciones más comunes, como el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria Patri, el Angelus Domini y la Salve; los himnos más frecuentes, como el Pange lingua y el Veni Creator; los cánticos Benedictus y Magnificat; y las secuencias Dies irae, Lauda Sion y Stabat Mater.
Se explican, además de la Santa Misa, los ritos de la adoración eucarística, la bendición eucarística y las cuarenta horas; y las prácticas piadosas de los ejercicios espirituales, los meses sagrados y las peregrinaciones; las devociones al Ángel de la Guarda y a los difuntos; los sacramentales, como el agua bendita; además, las indulgencias y el jubileo.
Para completar la información litúrgica se hace mención de los objetos sagrados, como los óleos santos, las reliquias, los ornamentos sagrados, los vasos sagrados, el cáliz, la campana, la candela y la medalla; y de los libros sagrados, como el breviario, el misal, el ritual y el pontifical, así como del canto sagrado.
Finalmente se indican los lugares sagrados —iglesia y oratorio— y los tiempos sagrados —Adviento, Navidad, Pascua, Pentecostés y rogativas—, ordenados por el calendario eclesiástico.
IV. Fin de este libro
El fin del diccionario es dar un cuadro completo de la vida valorada ética y sobrenaturalmente. La moral domina toda la actividad humana y ella sola es capaz de conducirla a su perfecto desarrollo. Las más grandes objeciones contra la religión no provienen de la especulación, sino de las costumbres. Muchos creerían si junto al credo no existiese el decálogo. Las dificultades de orden teórico surgen cuando sirven para justificar u ocultar los obstáculos de orden práctico. El hombre obra según lo que piensa, pero termina pensando lo que hace.
San Agustín lamentaba que los hombres de su tiempo no se preocuparan del hecho de que la vida pública estuviese corrompida, sino sólo del hecho de que el Estado estuviese en condiciones sólidas, rico, victorioso y tranquilo. Lo demás, decían, no importa. Lo que interesa es que todo el mundo pueda aumentar su riqueza y gastar cada vez mejor su dinero, dominando así a los más débiles. No se ha de imponer una disciplina severa ni se han de prohibir las acciones impuras. Se ha de castigar más bien el daño ocasionado a la viña ajena que el causado a la inocencia de la vida propia. Considérese como enemigo público a aquel que repruebe esta felicidad, y que el pueblo libremente lo deponga y lo mate.
«Nullo modo curant pessimam ac flagitiosissimam esse rempublicam. Tantum stet, tantum floreat copiis referta, victoriis gloriosa, vel, quod est felicius, pace secura sit. Et quid ad nos? Immo id ad nos magis pertinet, si divitias quisque augeat semper, quae cotidianis effusionibus suppetant, per quas sibi etiam infirmiores subdat quisque potentior… Non dura iubeantur, non prohibeantur impura. Quid alienae vineae potius quam quid suae vitae noceat, legibus advertatur… Ille sit publicus inimicus, cui haec felicitas displicet; quisquis eam mutare aut auferre temptaverit, eum libera multitudo avertat ab auribus, evertat e sedibus, auferat e viventibus…» 14Recordando estas palabras de San Agustín y aplicándolas a nuestros tiempos, los obispos de los Estados Unidos de América, en su conferencia de 1951, señalaron cómo también nuestra sociedad está amenazada por dos grandes peligros: la barbarie en el exterior y la decadencia moral, consecuencia de un refinado materialismo, en el interior. Es, pues, muy de temer que también nuestra sociedad caiga en ruinas como cayó el Imperio Romano. 15
También hoy la insatisfacción individual, la desintegración de las familias, el malestar de la sociedad, las injusticias públicas y ocultas, los trastornos internos e internacionales, los males presentes y las más graves preocupaciones por el porvenir, todo se reduce a una gran cuestión moral.
Es imposible alcanzar la felicidad a la cual el Señor nos ha destinado si no se observa la ley establecida por Él. La voluntad de Dios es la regla de todas las cosas. Lo que es conforme a la ley de Dios conduce al hombre a su fin; lo que no se conforma con ella lo obstaculiza y le impide alcanzarlo.
No es posible una moral que no se funde en leyes universales, inmutables: no se puede admitir una moral independiente, ni una moral individual, mudable según las circunstancias —Situationsethik, moral de situación—, como hemos señalado en la Presentación de este diccionario, ni como quisieran el hedonismo y el utilitarismo. No se pueden separar de la moral el derecho positivo, la economía y la política, diciendo que los negocios son los negocios y que la religión no tiene nada que ver con la política.
Estamos sujetos a Dios en todo nuestro ser y en todas nuestras acciones; por esta razón la vida individual, familiar y escolar, lo mismo que la vida profesional, de negocios y cívica, están sujetas a la voluntad de Dios. En la educación es necesario enseñar claramente lo que es recto y lo que es erróneo, según la ley del Señor. En la economía, las condiciones en que trabajan los hombres, el género de trabajo y las retribuciones que reciben son otros tantos asuntos sujetos a la ley moral.
En política, un profundo sentido de responsabilidad moral es necesario tanto en el elector como en el funcionario elegido, si se quiere conservar la dignidad en la vida pública y hacerla fecunda y sanamente progresiva.
Decía el santo pontífice Pío X, siendo todavía cardenal: «Jesucristo es Rey y Rey Supremo; y como Rey debe ser honrado, su pensamiento debe estar en nuestras inteligencias; su moral en nuestras costumbres; su caridad en las instituciones; su vida en nuestra vida». 16
Y siendo ya Pontífice: «Instaurare omnia in Christo. He aquí nuestro programa… Ilustrar y confirmar… las verdades, tanto naturales como sobrenaturales… consolidar los principios de dependencia, de autoridad, de justicia, de equidad que hoy son conculcados; dirigir a todos según las normas de la moralidad, incluso en las cosas sociales y políticas; todos, decimos, tanto a los que obedecen como a los que mandan». 17
El fin de este libro es, precisamente, contribuir, aunque sea modestamente, a hacer conocer la ley del Señor, para que sea mejor observada. «Haec est vita aeterna: ut cognoscant te solum Deum verum et quem misisti Iesum Christum». 18
Cuán desgraciada sea la suerte del que ignora la ley de Dios y confía en la sabiduría humana nos lo describe el sumo pontífice Pío XII en su carta apostólica escrita en el XVI centenario del nacimiento de San Agustín. 19 El augusto Pontífice, con entrañable acento, hace suyas las palabras del santo Doctor, que, «summa erga eos miseratione commotus qui inanis doctrinae evanidis fulgoribus capti, humanae tantum sapientiae verbis fidem adiungunt, et nihil aliud quaerunt», escribe:
«Infelix homo, qui scit omnia, te autem nescit, Domine Deus meus; beatus vero qui te scit, etiamsi omnia alia nescit. Qui vero et te et illa novit, non propter illa beatior, sed propter te solum beatus est, si cognoscens te sicut Deum glorificet, et gratias agat, et non evanescat in cogitationibus suis». 20↑ Volver al comienzoNotas de la Introducción
- Cf. A. Lanza–P. Palazzini, Teologia morale generale, Studium, Roma, 1952.
- Cf. card. G. Siri, La Rivelazione, Studium, Roma, 1952; G. Ceriani, Introduzione al cristianesimo, Didascaleion, Milán, 1953; G. Graneris, Introduzione generale alla scienza delle religioni, Società Editrice Internazionale, Turín, 1952.
- Cf. Summa Theologiae, I, q. 2, a. 3.
- Gén. 15, 5.
- Gén. 22, 17.
- Jn 15, 20.
- Mt 16, 18.
- Mt 28, 20.
- Enc. Ad caeli Reginam, 11 oct. 1954: AAS, 46, 625–640.
- Lc 1, 48.
- A. Manzoni, Il nome di Maria.
- Mt 16, 18-19.
- Cf. Directoire pastoral en matière sociale à l’usage du Clergé, Imprimerie Franciscaine Missionnaire, Vanves (Seine), 1954.
- San Agustín, De civitate Dei, lib. II, cap. 20.
- National Catholic Welfare Conference, News Service, 14–16 nov. 1951.
- Actas del XIX Congreso Eucarístico —80.º italiano— celebrado en Venecia en agosto de 1897, Venecia, 1898, pp. 118–119.
- Acta Pii X, vol. I, p. 56.
- Jn 17, 3.
- Carta apostólica Quamquam, 25 jul. 1954, en el XVI centenario del nacimiento —13 nov. 354— de San Agustín, L’Osservatore Romano, 30 agos. 1954.
- San Agustín, Confessiones, lib. V, cap. 4: Migne, PL, XXXII, 708.
Voces citadas en la Introducción
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