Diccionario de Teología Moral

Philipp Oppenheim, O.S.B. (Opp.)

PENTECOSTÉS

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1. Historia. - Como la Pascua, igualmente la P. (el día 50 después de la Pascua) tuvo un origen judaico en su fecha, no en su significado: en efecto, era la fiesta de las cosechas y de las primicias (Éx., 23, 16) y la fiesta de las semanas (Éx., 36, 22; Deut., 16, 10), y también la fiesta de la ley que Dios había promulgado en el Sinaí 50 días después de la liberación de Egipto (Pascua Judaica). Por estos motivos era la segunda de las tres grandes fiestas de los judíos. Pronto tuvo, junto con la Pascua, la primacía incluso en las fiestas litúrgicas cristianas. Los Apóstoles y los primeros cristianos procedentes del judaísmo, que celebraban la P. según la costumbre de sus padres, comenzaron a conmemorar juntamente la venida del Espíritu Santo, ocurrida en aquel día; cuanto más se manifestaba en la actividad de los Apóstoles la virtud del Espíritu Santo, tanto más profundamente se había de imprimir en la mente de los fieles la idea de la P. cristiana, haciendo que fuera desapareciendo poco a poco la del Antiguo Testamento. 2. Significado. - Con la nueva P. comienza la cosecha evangélica y las primicias de la difusión del evangelio. Bajo la inspiración del Espíritu Santo, S. Pedro promulgó la Ley nueva, 50 días después de la Pascua de la Redención, esto es, de la verdadera liberación del pueblo de Dios.

Las analogías y comparaciones se presentaban naturalmente a los Stos. Padres, los cuales explicaban a los fieles su Significado. Tertuliano (De Corona milit., 3; De B a p t 10) habla de esta fiesta como de un gran día en que se celebran ritos especiales; Orígenes ( Contra Celsum, 8, 23) explica también su Significado; el Conc. de Elvira (c. 300) recuerda el deber de celebrarla como fiesta. En la segunda mitad del s. III aparece ya en otros lugares como una fiesta solemnísima junto a la de la Pascua. Los Padres hablan de ella como de una fiesta* antiquísima y las Constituciones apostólicas (6, 20) ordenan prolongar su celebración por una semana (V III), La Peregrinatio Etheriae (Silviae) describe minuciosamente cómo se celebraba a fines del s. iv en Jerusalén. En Occidente fué acogida con fervor y poco a poco se fué asimilando a la Pascua, convirtiéndose en la segunda fiesta bautismal con los mismos ritos que la Semana Pascual. De Tertuliano (De Bapt., 19) se deduce que el bautismo se administraba no sólo en la vigilia de Pascua y de P., sino también durante todo el período de 50 días, en tanto que a fines del s. iv (S. Jerónimo, In Z ach., 14, 8), junto a la vigilia de Pascua, para el bautismo, se fijaba sólo el último día de este período, la vigilia de P. 3. Particularidades. - La liturgia de las dos vigilias era y es muy similar la una a la otra. Lo mismo que el Sábado Santo los catecúmenos se recogían antiguamente la tarde de la vigilia de P.

para recibir la última catequesis: lecturas de la Biblia, pero en número menor, oraciones, bendición de la fuente bautismal, después el rito del bautismo y finalmente, después de la confirmación, la Misa. En algunas iglesias se quiso imitar el Sábado Santo incluso con la bendición y exposición del cirio y con el canto del Exultet algún tanto modificado. En la Edad Media la fiesta de P. se enriqueció con otros detalles, queriéndose hacer sensible el milagro sucedido en el Cenáculo, con el soplo del viento y las lenguas de fuego : el rumor del viento era imitado con el sonido de trompetas, las lenguas de fuego con una lluvia de rosas, lo cual valió a esta fiesta el nombre a de Pascua rosada. En otras partes se dejaba volar una paloma en la iglesia como símbolo del Espíritu Santo y durante la Misa siete sacerdotes, en figura de los siete dones del Espíritu Santo, agitaban incensarios en torno al altar.

4. Deberes de los cristianos. - Según la enseñanza de Pío XII (Enc. Mediator Dei, 20 noviembre 1947), en el tiempo de P. la Iglesia nos exhorta con sus preceptos y su ejemplo a ofrecernos dócilmente a la acción del Espíritu Santo, el cual quiere inflamar nuestros corazones de caridad divina para que progresemos cada día en la virtud con mayor empeño y nos santifiquemos al ejemplo de Cristo nuestro Señor y de su Padre celestial. Opp. * '

Bibliografía

Bibliografía

L. Eisenhofer , Compendio de liturgia católica, Barcelona, 1055.

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