Diccionario de Teología Moral

Giuseppe Bozzetti, I.C. (Boz.)

MAQUIAVELISMO

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1. Teoría. - Cuando Maquiavelo (1469-1527) pensó y escribió de política, el problema que ocupaba su ánimo era el de la formación de un Estado fuerte de toda la Italia para salvar la nación, amenazada en su independencia: el último capítulo del Príncipe es la famosa apasionada exhortación a liberar a Italia. De esta forma un sentimiento, de suyo noble, fue ocasión de una doctrina no tan noble. En el período del Risorgimento se honró a Maquiavelo, considerando aquel sentimiento más bien que su doctrina. Más tarde, en tiempos menos sentimentales, se exaltó a Maquiavelo como pensador que con plena conciencia había descubierto la autonomía de la política como ciencia y como actividad.

Entiéndese autonomía de la moral: moral y política no tienen por qué combatirse y conciliarse; ambas tienen su razón de ser, pero existen en dos planos diversos; los criterios de la una no valen para la otra. Efectivamente, m. significa precisamente la mentalidad y la práctica del hombre de Estado que al construir y tratar de conservar y desarrollar el organismo estatal ha de elegir y emplear los medios convenientes sugeridos por la experiencia de los hombres y de la historia, independientemente de una ley moral universal. Los valores morales y espirituales no son despreciables; más aun, se ha de tener gran consideración con ellos por su repercusión en la realidad de la v id a;

pero esta apreciación debe ser realista, no dictada por un criterio de otro género, como es el de la ley moral absoluta o la divinidad de la religión: la razón de Estado tiene exigencias que no pueden plegarse a estas consideraciones. Ciertamente ya antes de Maquiavelo, más aún, en todos los tiempos, se hizo la política con una implícita aplicación de máximas similares; pero fue Maquiavelo quien tuvo la triste celebridad de componer con su viva personalidad y su ingenio penetrante la teoría.

2. La p r á c t i c a. - Asístíase entonces en Europa a la formación de los Estados modernos (entonces generalmente de forma monárquica), mientras que se disolvía el ideal unitario y universalista de la Edad Media, o sea, el ideal del Imperio del Estado cristiano (respública ch ristia n a). Los nuevos Estados se afirmaban como soberanos, cada uno por su propia cuenta, y su primer pensamiento era el de justificarse como fuerzas vivas, que tenían en sí mismas razones de fin, esto es, estaban en posesión de una finalidad intrínseca sin otra finalidad que la superase. Conceptos que también los Estados liberales, después de la Revolución francesa, no sólo conservaron sino que afirmaron más netamente. El m. era la doctrina propia de un Estado concebido de esta manera. Y fue de hecho la escuela a que se mantuvieron fieles los hombres políticos de Europa del 500 en adelante, incluso los que como Federico II de Prusia escribían en sus horas de asueto el Antimaquiavelo. Maquiavelo por lo menos había sido sincero. Un m.

aunque consecuente en sí, pero peor que el suyo, fue la conducta de los políticos que cubrieron el estudio de los intereses de su nación con el manto de la justicia, cuya solemne invocación acompañaba sus actos sustancialmente más inicuos. De todos modos m. se convirtió en sinónimo de habilidad en ocultar los intentos egoístas propíos, en propósito resuelto de sacrificar cualquier consideración en ventaja propia, en busca del éxito sin respeto a ninguna consideración moral. 3. V a lo r a c i ó n. - Que esto sea esencialmente inmoral es evidente: la moral o es universal o absoluta o no existe. El distinguir la pequeña moral de la vida privada de la gran moral de la vida pública, según la célebre forma con que Mirabeau quiso justificar ciertos delitos de la Revolución francesa, no es sino una tentativa leguleyesca para confundir las ideas. Para el evangelio el m. es inadmisible; no hay ningún campo al que no puedan aplicarse las palabras de San Pablo: no hagamos ningún mal moral con el fin de conseguir un bien (non faciam us mala ut veniant bona; Rom., 3# 8). El verdadero concepto del Estado se opone también a él. El Estado, en efecto, tiene por su fin no a sí mismo, sino el bien común de los ciudadanos, que se realiza ante todo en el respeto y en la elevación de la persona humana, conservando la jerarquía de los valores que le pertenecen. Entre éstos los supremos son los valores morales.

El Estado n ignorando o conculcando de cualquier modo estos valores va contra su mismo fin: toda iniquidad cometida a la vista de cualquier interés temporal del Estado ofende la dignidad de cada una de las personas humanas, de las cuales es representante y ministro el Estado, y le hace responsable tie aquella iniquidad (segfln el grado de su conocimiento). En todo caso la priva o la pone en peligro de ser privada de su bien más alto y por lo mismo se pone en contradicción con el bien común. Pero se puede observar además que la sabiduría realista de que se vanaglorian los secuaces del m., aun en su aplicación más cauta y señorial, es más bien aparente que efectiva. El éxito que se pretende es sólo temporal. La política europea de la época moderna fue una continua aplicación del m., para mantener en pie los Estados soberanos y su equilibrio. Así se vino a desembocar en la época contemporánea: ¿en qué punto nos encontramos? Las guerras (inevitables entre los Estados soberanos) que en los siglos pasados producían daños relativos, ahora amenazan la ruina completa de toda la civilización: los éxitos particulares y provisorios del m. van a terminar en una quiebra universal y definitiva. El comunismo, materialista y totalitario, acepta igualmente con cierta coherencia el maquiavelismo. Así la situación del mundo nos invita a meditar en los celebrados milagros y éxitos realistas del m. Por lo demás, esto es lo que tenía que ocurrir.

Creer que la distinción entre realismo y moralidad pueda llegar hasta una escisión de la unidad profunda del ser es un error metafísico que pronto o tarde produce sus efectos en la vida individual o colectiva de los hombres. Boz.

Bibliografía

Bibliografía

O. Tommasini, La vita e gli scritti di
N. Machiavelli nella loro relazione col machiavellismo. 3 vols., Torino, 1883-1911: G. B en o i s t, Le machiavellisme, III, Aprés Machiavel. París, 1936 P. M e d a, Il machiavellismo. fine del machiavellismo, en Quaderni di Roma, 1 (1947) 19-31 124-141.

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