Diccionario de Teología Moral

Bonifacio Perović (Per.)

IMPERIALISMO

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1. Noción. - El i. en sentido genérico es tendencia al dominio. En el ámbito de la política interna, i. significa el modo de obrar de un gobierno despótico, fundado en la fuerza. En sentido restringido i. es la dominación de un grupo con fin político; la política de un Estado que tiende a ampliar su esfera de influjo y de dominio. Sombart distingue el i. estatal-político, militar, ideológico, económico y sociológico según el motivo que anima la expansión. Proudhon propugnaba el i. proletario; Marx, el i. de la lucha de clases, etc. El i. de que sus adversarios acusan a la Iglesia, alterando a este fin aun el significado de algunas verdades dogmáticas (p. ej., dando diversa significación a la afirmación que subraya la necesidad de la Iglesia: extra Ecclesiam nulla salus ), no es sino una necesaria consecuencia de la verdad saludable de la Iglesia, la cual por otra parte no significa coacción de las conciencias, como paradójicamente ocurría con el liberalismo.

2. Esencia y evolución del i. político. - Los pueblos agrícolas en general tienden a vivir en paz en su suelo; aspiran a la autosuficiencia. Desde el momento en que se crea en las conciencias el mito de la guerra, de una supremacía racial, económica o de otro género, se pasa fácilmente de la vida estática a la dinámica: guerras, capitulaciones, dominación. El pueblo guerrero no se defiende ya, sino que ataca; no es ya elemento de seguridad, sino de amenaza. Con este desarrollo cambia la misma concepción de los valores: el Estado y su política se convierten en un fin en sí mismos; la ciudad toma la ventaja sobre el campo; la industria sobre la agricultura; los ciudadanos proletarios sobre los labradores. Schumpeter ve la esencia del i. en una disposición del Estado a una expansión desmesurada, donde el interés concreto es sólo motivo, no causa del i. Un ejemplo típico lo encontramos en Prusia, que, nacida al este del Elba de algunas tribus germanas y órdenes caballerescas, terminó por la política imperialista de Bismarck e Hitler dominando todas las estirpes germánicas. El i., como tendencia al poder universal, lo encontramos en la antigüedad en Persia, en Macedonia y en el Imperio Romano.

La idea de una monarquía universal se encuentra también en la Civitas de San Agustín, en Sto. Tomás, en Dante, y se realizó en el Sacrum Imperium de la Edad Media; pero más que una concepción de dominio de fuerza fue fruto de una tendencia a la unidad. Dominaba un motivo religioso con carácter supranacional. Pero a medida que la espada secular se emancipaba del sacerdotium , de nuevo se laicizó el Estado arrogándose una autocrática omnipotencia. Se comenzó con el Renacimiento y la Reforma proclamando la libertad de forma anarcoide no sólo para los individuos, sino también para los pueblos. La Revolución francesa promovió el despertar de la idea de los derechos del hombre, pero alterada, entre otras cosas, por la forma de exasperado individualismo que contrapone al individuo y al Estado, al pueblo y a la colectividad de los pueblos. Así se forman las naciones, siempre en forma de exagerado individualismo, que toma el nombre especial de nacionalismo. Napoleón trasplantó más tarde estas ideas de la revolución a todo el continente.

3. El i. clásico inglés. - El industrialismo (v.) del ochocientos permitió a Inglaterra, consciente de su espléndido aislamiento, un desarrollo económico sin precedentes, caracterizado por la conquista mercantil de muchos países y por vínculos económicos más estrechos con las colonias y los dominios. Así se reforzó enormemente el i. británico. Inglaterra se sirvió más tarde de otras formas de expansión en América latina, Egipto, China, etc., que ampliaron la base del i. británico. Algunos autores creen interpretar la singular fortuna de este pueblo por el carácter teocrático del i. británico, esto es, por la idea calvinista, que tuvo aquí también un efecto sociológico; O. Cromwell justificaba sus actos como extensión del reino de Dios y a sí mismo como ejecutor de la voluntad del «Señor de los ejércitos». Aun en los 14 puntos de Wilson se refleja esta idea de la misión universal de los anglosajones. Los demás países trataron, contra la invasión económica británica, de hacer prevalecer un equilibrio de fuerzas. Disraeli y J. Chamberlain proclamaron la federación de las colonias británicas, dando así origen a la Imperial Federation League (1884), base del i. clásico inglés.

Pero después de la guerra 1914-1918 la potencia económica de los Estados Unidos se fue haciendo cada vez más fuerte en competencia con la inglesa, y después de la segunda guerra mundial existe la impresión de que el i. británico está en su ocaso (ingentes pérdidas durante la guerra, sistema colonial sobrepasado, etc.). En sustitución de Inglaterra ha venido América como acreedora y emprendedora en casi todo el mundo.

4. Teoría del i. económico marxista. - Según el marxismo el i. no es sino un fenómeno capitalista de cuyo sistema de producción brota la expansión imperial, la competencia, la lucha por la conquista de nuevos mercados. Lenin denota el i. como un estadio monopolista del capitalismo. La economía libre para sobrevivir se concentra; es necesario encontrar nuevos y más provechosos empleos al capital. Contra la concepción de Lenin, Kautsky define el i. como la invasión del capital industrial para sojuzgar los territorios agrarios y contrarrestar la crisis. Sombart rechaza igualmente la concepción del i. como grado de evolución necesaria del capitalismo, reconociéndole solamente el carácter de una política potencial. Suma ironía es que ante la teoría marxista del i. como fase necesaria del capitalismo se perfile cada vez más claro y decidido un i. soviético. En sus motivos y en sus efectos representa una nueva forma de i. Su primera fase es la extensión de su influjo no económico y militar, sino ideológico por medio del Komintern, de los partidos comunistas y de la propaganda.

En la segunda fase (después de la guerra 1939-45) no se contenta con dominar y disfrutar económicamente de las naciones a las que ha podido someter en una afortunada política, sino que tiende a cambiar, eliminar, destruir la cultura, las creencias y la estructura social de los pueblos sojuzgados, fabricando así un nuevo mundo. A este objeto juzga lícitos todos los medios, siempre que se usen con cierta destreza. Éste es el desarrollo de la política que nació de la condenación del i. en nombre de una ideología pacifista y de la justicia. No ha faltado quien trate de atribuir al i. un valor ético, considerándolo ley suprema de las naciones, ley de la fuerza, pero esta ley es ya de por sí misma la negación de toda sana ética. Per.

Bibliografía

O. Malagodi, L’Imperialismo e lo sviluppo industriale , 1901
E. Seillière, La Philosophie de l’Impérialisme , 4 vols., 1903-1907
E. Elorduy, La idea del imperio en el pensamiento español , Madrid, 1944 T.
A. Marco, Los imperialismos de Juan Ginés de Sepúlveda en su «Democrates Alter» , Madrid, 1947.

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