Diccionario de Teología Moral

Presentación

Francesco Roberti

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«Estoy convencido de que ésta es la única moral santa y razonada en todas sus partes; más aún, que toda corruptela viene de quebrantarla, de no conocerla o de interpretarla torcidamente… la moral que todos quisieran que practicaran los demás; la que, practicada por todos, nos llevaría al más alto grado de perfección y de felicidad que se puede conseguir en esta tierra.» — A. Manzoni, Observaciones sobre la moral católica, prefacio y cap. III.

Al terminar la segunda guerra mundial, mientras la inmensa mayoría de los hombres miraba aterrada las pavorosas destrucciones producidas por aquella guerra, los espíritus más selectos adentraban su mirada en las ruinas morales no menores que dejaba tras de sí.

En efecto, las terribles dificultades que habían tenido que ser afrontadas, el estado de necesidad y de miseria en que nos habíamos encontrado, las disposiciones impuestas a veces hasta llegar a la irracionalidad o, al menos, más allá de los límites comúnmente soportables, la disminución del prestigio de la autoridad civil y la insuficiencia de los medios para hacerla valer, el sentido de rebelión provocado por tantas injurias padecidas parecían hacer lícita toda acción y legítimas todas las violaciones de la ley.

Por un lado, la llamarada de las pasiones encendida en los horrores de una guerra, la más cruenta que vieron los siglos, y, por otro, la invasión de ideologías absurdas parecían amenazar con una ruina absoluta a todo un mundo de concepciones éticas tradicionales.

Sólo una voz, no del todo humana, se levantaba en aquella confusión para recordar que no se violan impunemente los principios de la moral eterna y que la apostasía de Dios lleva consigo el desorden entre los hombres, que se agudiza y degenera de cuando en cuando en guerras entre los pueblos y los continentes.

En aquella revuelta atmósfera, un grupo ilustre de hombres de Acción Católica, graduados en la Universidad —entre los cuales no podemos menos de recordar conmovidos al llorado doctor Sergio Paronetto—, persuadidos de la necesidad absoluta de que los hombres volvieran a la observancia de las normas morales y deseosos de prestar, en plena sumisión al Magisterio de la Iglesia, su modesta contribución a esta gravísima empresa, lanzaron la idea de la composición de este diccionario, para que, de una forma simple, pero moderna y al día, pudiese servir de guía práctica y eficaz a los católicos cultos de nuestros tiempos.

No existía, en efecto, en este campo más que la egregia Synopsis rerum moralium et iuris pontificii alphabetico ordine digesta, del P. Benedetto Ojetti, S. I. (1862–1932), que, publicada en Roma en 1899, había merecido el honor de varias ediciones; pero estaba escrita en latín y hoy casi era imposible encontrarla.

En cambio, un diccionario ideado hoy y expresado en lengua vulgar, esto es, en la lengua hablada y vivida, pudiera ofrecer, con una útil vulgarización de los conceptos, tal vez incluso cierta innovación en los métodos y una presentación más actual de las cuestiones.

Aquel grupo de graduados se había reunido en julio de 1943 en Camaldoli, en el Casentino, para discutir, con la colaboración de eximios teólogos, las más graves cuestiones nacidas o agravadas por la guerra; y, más que satisfechos por la claridad que habían encontrado, habían vuelto convencidos de la oportunidad de profundizar en ellas. Como primer resultado de aquel trabajo se publicó el llamado Código de Camaldoli, que daba solución a las cuestiones económico-sociales más debatidas.

De esta manera, la benemérita editorial Studium, que ya se había distinguido en este género de trabajos, fue invitada a encargarse de publicar un Diccionario de Teología Moral, semejante al Diccionario de Teología Dogmática publicado bajo la dirección de Mons. Parente, Piolanti y Garofalo, diccionario que desde su primera aparición encontró el más amplio favor del público.

En estas dos obras los católicos podrían encontrar, tanto en el plano teórico como en el práctico, todo cuanto les es necesario para orientar cristianamente su vida y dirigir moralmente su conducta. Habiéndose pedido mi cooperación a este trabajo, terminé cediendo a las benévolas insistencias que se me dirigían y me encargué, no obstante mis graves ocupaciones, de su dirección.

Rogué a los iniciadores de la obra que me propusieran ellos mismos las principales cuestiones sobre las cuales juzgaban más urgente la necesidad de que fueran ilustrados los católicos. Así obtuve un amplio elenco que constituyó la primera serie de las voces introducidas en el diccionario: desde el inconsciente a la conciencia, desde la cibernética al reflejo condicionado, desde los grupos sanguíneos a la inmoralidad constitucional, desde la conversión a Dios a la conversión financiera, desde la coyuntura a la crisis económica, desde la bolsa negra al precio justo, al espacio vital, etc.

Filósofos, juristas, sociólogos, médicos, economistas, políticos, técnicos, hombres de acción y hombres de estudio en las más diversas disciplinas propusieron, en los campos más dispares, dudas, asuntos y cuestiones que requerían maduro examen y atenta consideración. Imponíase un considerable trabajo de investigación y un esfuerzo de coordinación no común.

Era necesario valorar las nuevas experiencias a la luz de la enseñanza de la Iglesia, evitando incoherencias y exageraciones; armonizar los derechos del individuo con los de la comunidad; salvaguardar las exigencias de la libertad y de la justicia; tratar los asuntos más delicados con la debida limpieza.

Según la mente de sus promotores, el diccionario no tenía sólo por fin reproducir por orden alfabético los capítulos de un tratado de teología moral: los principios profundamente estudiados y sabiamente desarrollados por la doctrina tradicional debían ser resumidos con claridad y, naturalmente, puestos como fundamento de toda discusión.

Pero el diccionario, para ser útil, debía extenderse y comprender los múltiples campos prácticos de la actividad humana, sobre todo los más modernos y menos explorados de la psicología y la medicina, de la sociología y la vida internacional, para iluminarlos con la luz de los eternos principios morales y, en lo posible, dirigirlos al bien. Para realizar este complejo programa se hacía necesaria la cooperación de las más diversas competencias técnicas y la participación de un gran número de colaboradores.

La dificultad más grave consistía en encontrar personas idóneas que profesaran sanos principios morales y, al mismo tiempo, poseyeran los conocimientos técnicos necesarios. Con objeto de dar unidad a una materia tan diversa y tan amplia se dictaron algunas normas para que sirvieran de guía en la compilación del diccionario.

En él se había de resumir la doctrina general de la moral católica e ilustrar sus relaciones y aplicaciones a todos los campos de la actividad humana: vida espiritual personal, familiar, social, económica y política; educación y orientación profesional; vocación; industria; agricultura; comercio; negocios; contratos; profesiones; artes y oficios.

El diccionario no debía limitarse a ilustrar los preceptos que se han de observar, sino iluminar toda la vida moral del hombre y contener, por lo tanto, los principios de ascética y de liturgia. Para profundizar en el examen de las acciones humanas en particular, dado el vínculo íntimo que existe entre el alma y el cuerpo, se hacía necesaria una cuidadosa investigación acerca de las premisas de las mismas acciones, tanto psicológicas como fisiológicas, las normales y las anormales.

Siendo el cristiano miembro del Cuerpo místico de Cristo, que vive y obra en la Iglesia, se juzgó oportuno informarle acerca de la constitución y la competencia de los diversos órganos de la Jerarquía, de modo que, por ejemplo, supiese a quién dirigirse y en qué términos si hubiese de proponer a la Autoridad eclesiástica un caso matrimonial. De aquí la necesidad de una información suficiente de derecho canónico y, por motivos análogos, de derecho civil, tanto interno como internacional.

Para comprender, además, las diversas situaciones en que puede encontrarse la conciencia humana, era necesario frecuentemente adelantar la exposición de aquellas nociones de medicina, economía, finanzas y otras ciencias que constituyen las premisas naturales de estas situaciones. Así el horizonte se ampliaba para ofrecer al lector un panorama lo menos inadecuado posible.

A los colaboradores se les pidió una exposición clara, concisa y ordenada, sin embarazarse en disputas ya superadas, pero presentada con un método rigurosamente científico, tanto por la relación constante a los principios como por la racionalidad de las aplicaciones.

No se invitaba a los colaboradores a que propusieran ideas nuevas o peregrinas —no es ésta la misión de un diccionario—, sino a recoger y exponer con claridad la doctrina común y a referir las diversas opiniones con la máxima objetividad.

Se dejaba suficiente libertad, tratándose especialmente de materias técnicas y nuevas, para determinar la amplitud del desarrollo de las voces. Si se hubiera impuesto a los colaboradores límites más severos, el diccionario hubiera alcanzado mayor uniformidad formal, pero con daño del progreso científico y de los fines prácticos de la obra.

Así, por ejemplo, la voz «blasfemia», pecado gravísimo pero muy conocido, podía compendiarse en una breve exposición, mientras que se reservaban tratados mucho más amplios a asuntos de valor moral limitado y discutido. Se concedió también cierta libertad a la agrupación y separación de voces cuando la conexión de la materia y la claridad de la exposición así lo exigían. Aquí también ha parecido razonable preferir la sustancia a la forma exterior.

Pero cuando una misma voz merecía ser considerada bajo diversos aspectos no hemos dudado en distinguirlos y hacer que los ilustraran colaboradores diversos. Así, por ejemplo, la simulación y la disimulación merecen una consideración muy diversa bajo el aspecto ético-jurídico y psicopatológico.

En la preparación sistemática del diccionario, así como en la presentación de cada una de las palabras, nos hemos inspirado devotamente en las veneradas instrucciones recibidas del Sumo Pontífice Pío XII, de feliz memoria.

Hemos de considerar como una suerte el haber compuesto este diccionario en los últimos años de la vida del Augusto Pontífice, que, en una serie intensísima de alocuciones, exhortaciones y mensajes, examinó e ilustró, con una riqueza y profundidad de doctrina verdaderamente excepcionales, todos los más arduos problemas morales que se agitan en nuestros días.

No hace falta recordar el Código para la Iglesia Oriental, promulgado en gran parte, ni las nuevas disposiciones canónicas para la Iglesia latina, entre las cuales es importantísima la del ayuno eucarístico; ni el elogio de las virtudes cristianas ilustradas con ocasión de la canonización de los nuevos santos y de la celebración de conmemoraciones centenarias.

Señalamos, en cambio, cómo desde el principio de su pontificado proclamó la necesidad de poner el derecho divino en la base de las instituciones humanas y condenó el principio que pone la utilidad como base y regla del derecho, así como toda forma de positivismo jurídico.

El cosmos nos demuestra la existencia de Dios. Dios es legislador y los hombres son hermanos en la escuela de Dios; Dios es por esta razón el fundamento de la vida individual y social; sobre Él se funda la inmutabilidad de la ley moral; y por este motivo se han de rechazar los sistemas de la moral individual y de situación.

El Decálogo es, por lo tanto, la base del orden moral y para observarlo es necesario luchar contra el pecado, vencer el odio y el egoísmo, educando la conciencia cristiana con espíritu de fe y de sacrificio.

Para reavivar la vida cristiana es necesaria la fortaleza en la fe y a esta unidad en la fe el Sumo Pontífice ha convocado con gran celo a los paganos, incrédulos y disidentes. La fe mueve a la caridad en favor de los indigentes; y la caridad es una ascesis, tiene una fuerza irresistible y una admirable fecundidad.

Las fuentes de la vida sobrenatural son los santos sacramentos, el sacrificio de la santa misa y la oración.

Es preciso cuidar de las vocaciones sacerdotales del clero indígena, de la santidad de la vida sacerdotal, de la formación intelectual y pastoral de los sacerdotes adaptada a las exigencias de nuestros tiempos; elevar la cultura y la formación espiritual de los religiosos; hacer florecer la vida cristiana en su vitalidad interna y en su desarrollo externo.

Es necesaria una profunda instrucción religiosa y una viva participación en la sagrada liturgia; es preciso cuidar de la música sacra y religiosa.

La persona humana, su dignidad, su desarrollo y perfeccionamiento, su inviolabilidad, son principios repetidamente afirmados por el Padre Santo. El hombre es una unidad psíquica, social y trascendente; es necesario defenderlo de la despersonalización y del concepto técnico de la vida.

El matrimonio y la familia; la validez del vínculo y su indisolubilidad; la defensa de la familia y especialmente de las familias numerosas; la maternidad y la sagrada virginidad; la fecundación artificial; los procesos matrimoniales, son otros tantos asuntos repetidas veces ilustrados.

La educación ha sido examinada en los discursos pontificios bajo todos sus aspectos: los criterios para la recta educación de la juventud; la educación del carácter, de la inteligencia y del corazón; el cuidado particular que se debe a los niños pobres y abandonados; la instrucción popular y profesional de los adultos; las relaciones entre la educación física y moral; los medios recreativos, hasta la cinematografía y la televisión. Los padres, los maestros en todos sus grados, incluso universitarios, las religiosas educadoras, los dirigentes de la Asociación de Exploradores y de Guías, las delegadas para las niñas de Acción Católica, todos han sido iluminados y exhortados a cumplir con su importante misión.

Y como toda virtud requiere sacrificio, el Padre Santo ha exaltado su necesidad y su valor y ha pedido a los que sufren que ofrezcan sus dolores por el Año Santo y por el Año Mariano.

La Acción Católica y su organización han sido objeto de repetidos discursos. El Padre Santo ha exhortado a los hombres a una acción consciente, iluminativa, vivificadora, unificadora y obediente, en el ejercicio de las virtudes familiares, en la honestidad profesional, en la defensa de la moralidad pública; a los jóvenes, para que luchen por la victoria sobre el ateísmo, sobre la materia y sobre las miserias sociales; a las mujeres, para que ejerciten con firmeza de fe un apostolado adecuado a su estado por una sana vida política y social, sobre todo en defensa de la familia y de la educación moral de la juventud, obrando valerosamente, en concordia, civilmente; a las jóvenes, a que custodien su virtud y su dignidad, guardándola de los peligros a que está expuesta en la sociedad moderna y a cuidar de su formación cristiana; a los intelectuales, a defender su fe con la doctrina y el ejemplo de la virtud.

Acerca de la cuestión social el Sumo Pontífice proclamó la necesidad de reducir las divergencias demasiado estridentes en la economía mundial y de procurar a todos un nivel de vida conveniente; de enseñar el uso recto de los bienes materiales, sosteniendo los derechos del trabajo, pero inculcando al mismo tiempo los deberes del trabajador cristiano e invocando algunas reformas sociales, una eficaz prevención contra los accidentes y una benéfica evolución de la verdadera fraternidad en Cristo, como la ha enseñado siempre la Iglesia; señalando la insuficiencia de la expansión mundial de la vida económica y el desengaño de la esperanza de encontrar un adecuado goce de los bienes terrenos; interesándose, además, vivamente en las condiciones de alimentación de la humanidad.

De un modo particular el Sumo Pontífice se ha dirigido a la juventud obrera cristiana, esperanza de la sociedad futura; a la mujer que trabaja, ilustrando su posición ante la familia, la vida pública y la Iglesia e insistiendo sobre sus deberes familiares, sociales y políticos, así como la necesidad de garantizar su dignidad y la santidad de la familia; a los trabajadores agrícolas, señalando la necesidad de conservar la vida religiosa en la empresa rural y de mejorar las condiciones de la misma vida rural; descendiendo hasta algunas categorías de trabajadores, como los cultivadores de rosas, las sirvientas domésticas, etc.

Dirigiendo su palabra a los representantes de las profesiones liberales, el Augusto Pontífice ha sugerido a los juristas sabios criterios para la constitución de un derecho penal interno e internacional y sobre la función de la pena, así como prudentes normas de policía criminal. Ha cotejado igualmente el orden judicial civil con el eclesiástico, ilustrando las características particulares de éste y examinando la delicada posición del juez ante una ley injusta. Ha hablado sobre la certeza moral necesaria para pronunciar una sentencia y de los elementos necesarios para formarla; de la unidad de acción y de la finalidad espiritual del proceso canónico matrimonial, así como de los deberes de los jueces, de las partes, del defensor del vínculo, del promotor de justicia, de los abogados, de los testigos, peritos, etcétera.

A los intelectuales de todo género el Padre Santo les ha recordado la elevada responsabilidad de la ciencia, advirtiéndoles acerca de las teorías que amenazan la pureza de la doctrina católica, alabando la honestidad del trabajo científico y exaltando la profunda humildad de los grandes científicos. El Padre Santo ha hablado a profesores universitarios, a filósofos, historiadores, astrónomos, estudiosos de geodesia y geofísica; a médicos, cultivadores de la genética, obstetricia y ginecología, histopatología, oftalmología, microbiología y urología; a médicos militares; a farmacéuticos, comadronas, enfermeros y enfermeras, asistentes sanitarios; sobre la poliomielitis y la tuberculosis, la fecundidad y esterilidad humana, el trasplante de la córnea; ha tratado de la radiotelegrafía y la radiodifusión; ha hablado a periodistas, editores, ferroviarios, asociaciones técnicas de la fundición, guardiamarinas españoles y a los «vespistas» llegados igualmente de España en simpática peregrinación.

La constitución de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, ha sido explicada de una manera exhaustiva, lo mismo que la concepción cristiana del Estado.

El Papa ha hablado también sobre los caracteres de la verdadera democracia y de las cualidades necesarias a los hombres que obtienen en ella el poder, del absolutismo, de los deberes de los administradores públicos y de los derechos y deberes de los sacerdotes en la vida pública.

Acerca de las relaciones internacionales el Padre Santo ha defendido el derecho a la vida e independencia de todas las naciones, particularmente los derechos de las minorías étnicas; ha fijado los presupuestos para una nueva ordenación internacional y ha afirmado la necesidad absoluta de fundarla en principios morales; ha trazado también los caracteres de la nueva organización internacional o federación mundial e indicado los deberes y las responsabilidades de los católicos en la vida internacional.

Finalmente, el Sumo Pontífice no se ha cansado de insistir sobre el tema que desde hace diez años es objeto del afanoso estudio de los regidores de los pueblos, a saber, el restablecimiento de una verdadera paz, justa y duradera entre las naciones.

El Papa ha hablado de las premisas necesarias para esta paz, de las instituciones internacionales que pudieran defenderla; ha recalcado la necesidad de que en el orden tanto nacional como internacional se tenga en cuenta la persona humana, la unidad de la familia, los derechos del trabajo, la tutela del orden jurídico, y que se tenga una concepción cristiana del Estado. La paz debe basarse en la unidad del género humano y en la sociedad de los pueblos y debe tener órganos adecuados para garantizarla. Es necesario conservar la civilización cristiana y crear un orden económico y social conforme con ella. No se debe poner obstáculos a la obra que la Iglesia y la Santa Sede desarrollan en favor de la paz. Finalmente, el Augusto Pontífice ha exhortado a los gobernantes de los pueblos a remover la tensión internacional y realizar la verdadera justicia entre los pueblos, invocando al mismo tiempo la ayuda de Dios, para lograr su convivencia pacífica.

Esta mole inmensa de enseñanzas, por la amplitud de la materia y por la profundidad de la doctrina, han constituido la primera y más sólida base para la composición de nuestro libro.

Sin embargo, sería sencillamente ingenuo pensar que hayamos podido o sabido sacar todas las conclusiones y hacer todas las aplicaciones posibles de esta doctrina, de manera que hubiéramos agotado el examen de todas las situaciones morales en las que se puede encontrar la conciencia humana.

Sólo nos atrevemos a esperar que esta obra preste una útil contribución en este campo extraordinariamente amplio, complejo y difícil. Nos complace manifestar nuestro reconocimiento al Ilmo. y Rvdmo. Mons. Giovanni Sesolo, Sustituto de la Sagrada Penitenciaría Apostólica, que al comenzar este trabajo nos prestó una apreciable ayuda, y al Ilmo. y Rvdmo. Mons. Pietro Palazzini, que asumió más tarde el cargo de secretario de redacción de este diccionario.

Damos igualmente las gracias a los lectores que nos han sugerido inteligentes ideas para mejorar esta edición, y seguiremos agradeciendo todos los prudentes consejos que se nos den. Esta obra podrá ir mejorando, no sólo porque tal es la condición de toda obra humana, sino también porque la vida moderna ofrece cada día que pasa nuevos temas a la consideración moral.

Francesco Roberti

Notas documentales

  1. Const. Christus Dominus, 8 en. 1953: AAS, 45, 15–24; cf., sobre el estado de perfección, la Const. Sedes Sapientiae, 30 mayo 1956: AAS, 48, 354–365; sobre la clausura de las monjas, la Instr. de 25 mar. 1956: AAS, 48, 512–526, etc.
  2. Por ejemplo, en la celebración de San Francisco de Asís y Santa Catalina de Siena: AAS, 33, 181–188; en el XVI centenario de la muerte de San Benito, enc. Fulgens radiatur, 21 mar. 1947: AAS, 39, 137–165; en el VIII centenario de la muerte de San Bernardo, enc. Doctor Mellifluus, 24 mayo 1952: AAS, 45, 369–384; en el XVI centenario del nacimiento de San Agustín, carta ap. Quamquam, 25 julio 1954: AAS, 46, 513–517.
  3. Mensaje de Navidad de 1939: AAS, 32, 10–11.
  4. Mensaje de Navidad de 1940: AAS, 33, 12–13.
  5. En la inauguración del año judicial de la S. Rota Romana, 13 nov. 1949: AAS, 41, 604–608.
  6. A la Academia de Ciencias, 30 nov. 1941: AAS, 33, 504–512.
  7. A la Academia de Ciencias, 22 nov. 1952: AAS, 44, 31–43; al Congreso Internacional de Astronomía, 7 sept. 1952: AAS, 44, 732–739.
  8. Mensaje de Navidad de 1942: AAS, 35, 9–24.
  9. Sobre la conciencia cristiana, 23 mar. 1952: AAS, 44, 270–278.
  10. A las delegadas del Congreso de la Federación Mundial de Juventudes Femeninas Católicas, 18 abr. 1952: AAS, 44, 413–418; Instr. de la Sda. Congr. del Santo Oficio, 2 feb. 1956: AAS, 48, 144–145.
  11. A los predicadores cuaresmales, 13 mar. 1943: AAS, 35, 105–116.
  12. Mensaje de Navidad de 1940: AAS, 33, 12–13; al Congreso de la Federación Mundial de Juventudes Femeninas Católicas, 18 abr. 1952: AAS, 44, 413–418.
  13. A las Mujeres de Acción Católica en el XL aniversario de su fundación, 13 jul. 1949: AAS, 41, 421–425.
  14. Mensaje de Navidad de 1950: AAS, 42, 121–133; enc. Ad Sinarum gentem, 7 oct. 1954: AAS, 46, 577–594.
  15. Alocución de 4 abr. 1946: AAS, 38, 165–169; radiomensaje de 15 feb. 1956: AAS, 48, 141–143.
  16. A los delegados del Congreso de las Conferencias de San Vicente de Paúl, 17 abr. 1952: AAS, 44, 468–473.
  17. A los predicadores cuaresmales, 13 mar. 1943: AAS, 35, 105–116; Instr. a los predicadores cuaresmales, 1945: AAS, 37, 33–43.
  18. A los predicadores cuaresmales, 23 mar. 1949: AAS, 41, 182–187.
  19. Alocución de 2 nov. 1941: AAS, 33, 496–502; enc. Ingruentium malorum, de Mariali Rosario, 15 sept. 1951: AAS, 43, 577–582.
  20. Epistula de vocationibus sacerdotalibus opportune fovendis riteque curandis, 23 abr. 1947: AAS, 39, 285–290.
  21. Exhortación al clero indígena, 28 jun. 1948: AAS, 40, 374–376.
  22. Adhortatio Menti nostrae, 23 sept. 1950: AAS, 42, 657–702.
  23. En la apertura del Colegio de San Eugenio en Roma, 11 abr. 1949: AAS, 41, 166–167; a los sacerdotes destinados a asistir a los emigrantes, 6 agos. 1952: AAS, 44, 773–776; nuevos Estatutos de la Pontificia Academia Teológica Romana, carta ap. Magistra veritatis, 5 jun. 1956: AAS, 48, 493–496.
  24. Motu proprio Nihil Ecclesiae, de Instituto quod «Regina Mundi» nuncupatur, 11 febr. 1956: AAS, 48, 189–192.
  25. Const. ap. Sedes sapientiae, 31 mayo 1956: AAS, 48, 354–365.
  26. A los predicadores cuaresmales, 8 mar. 1952: AAS, 44, 221–225.
  27. A los miembros del Congreso Catequístico Internacional, 14 oct. 1951: AAS, 43, 816–826.
  28. Enc. Mediator Dei, de sacra liturgia, 30 nov. 1947: AAS, 39, 521–595.
  29. Enc. Musicae Sacrae, 25 dic. 1955: AAS, 48, 5–25.
  30. Mensaje de Navidad de 1942: AAS, 35, 9–24.
  31. Al Congreso de la Unión Católica de Comadronas, 29 oct. 1951: AAS, 43, 835–854.
  32. Al Congreso Internacional de Psicoterapia y Psicología, 13 abr. 1953: AAS, 45, 278–286.
  33. Mensaje de Navidad de 1952: AAS, 45, 33–46.
  34. Mensaje de Navidad de 1953: AAS, 46, 6–16.
  35. En la inauguración del año judicial de la S. Rota Romana, 1941: AAS, 33, 421–426.
  36. A la Unión Internacional para la Defensa de la Familia, 20 sept. 1949: AAS, 41, 441–454.
  37. Al Congreso del Frente de la Familia, 27 nov. 1951: AAS, 43, 856–860.
  38. A los participantes del Congreso sobre la Maternidad, 12 nov. 1942: AAS, 34, 370–371.
  39. Enc. De sacra virginitate, 25 mar. 1954: AAS, 46, 161–191.
  40. A los miembros del Congreso Internacional de Médicos Católicos, 29 sept. 1949: AAS, 41, 557–561.
  41. Al XVI Congreso Italiano de Urología, 8 oct. 1953: AAS, 45, 673–679.
  42. Mensaje al Congreso de Educación, 6 oct. 1948: AAS, 40, 465–468; a los sacerdotes dedicados al estudio de recta iuvenum institutione, 9 sept. 1953: AAS, 45, 607–611; al Congreso de Malinas sobre la Educación Católica, 24 agos. 1955: AAS, 47, 607–608; alocución a la Asociación Educadora Italiana, 24 oct. 1956: AAS, 48, 780–782.
  43. A las mujeres educadoras, 26 oct. 1941: AAS, 33, 450–458.
  44. Enc. Quemadmodum, 6 en. 1946: AAS, 38, 5–10.
  45. A los docentes y alumnos de las escuelas populares de Italia, 18 mar. 1953: AAS, 45, 230–238.
  46. De ratione sport et educationis physicae quoad religionem et regulam morum, 8 nov. 1952: AAS, 44, 868–876.
  47. Estatuto de la Pontificia Comisión para la Cinematografía, 16 dic. 1954: AAS, 46, 783–784; Congresos de Cinematografía, 21 jun. 1955: AAS, 47, 501–512; 28 oct. 1955: AAS, 47, 816–829.
  48. Televisión, 6 jun. 1954: AAS, 46, 18–24.
  49. A las madres sobre la educación de sus hijos, 26 oct. 1941: AAS, 33, 450–458.
  50. A los representantes de la «Union Catholique de l’Enseignement Public de France», 26 mar. 1951: AAS, 43, 209–213; a la Unión Católica de Profesores de Enseñanza Media, 5 en. 1954: AAS, 46, 50–54.
  51. Al Senado académico del «Studium Urbis», 5 jun. 1952: AAS, 44, 381–386.
  52. A las religiosas dedicadas a la educación, 13 sept. 1951: AAS, 43, 738–744.
  53. Al I Congreso Internacional de Exploradores, 6 jun. 1952: AAS, 44, 338–350.
  54. Al Congreso Internacional de Dirigentes Católicos de Guías, 26 agos. 1955: AAS, 47, 601–604.
  55. A las Delegadas de niñas de A. C., 30 dic. 1953: AAS, 46, 44–49.
  56. Para el día del Sacrificio, 2 nov. 1941: AAS, 33, 496–502; y el 18 nov. 1951: AAS, 43, 860–862.
  57. Alocución de 21 nov. 1949: AAS, 41, 610–614.
  58. Jornada de los enfermos, Dies pro infirmis, 14 feb. 1954: AAS, 46, 95–99.
  59. Exhortación I felici sviluppi, 25 en. 1950: AAS, 42, 247–250; a los Delegados de la Acción Católica, 3 abr. 1951: AAS, 43, 375–379; al Congreso Internacional del Apostolado Católico de Seglares, 14 oct. 1951: AAS, 43, 784–792.
  60. A los hombres de Acción Católica en el XXX aniversario de su fundación, 12 oct. 1952: AAS, 44, 830–835; y el 20 sept. 1942: AAS, 34, 282–293.
  61. A los jóvenes de Acción Católica, 12 sept. 1948: AAS, 40, 409–414.
  62. A las mujeres de Rinascita Cristiana, 22 en. 1947: AAS, 39, 58–63; a las Delegadas de la Unión Internacional de Mujeres de Acción Católica, 11 sept. 1947: AAS, 39, 480–488.
  63. En el XL aniversario de la fundación de la Asociación de Mujeres de Acción Católica, 24 jul. 1949: AAS, 41, 415–451; a las Delegadas de la Asociación de Mujeres de Acción Católica, 24 abr. 1952: AAS, 44, 830–835.
  64. A las Mujeres Católicas de Italia en la inauguración de la Domus Mariae, 8 dic. 1954: AAS, 46, 768–772.
  65. A la Juventud Femenina, 4 sept. 1940: AAS, 32, 362–372; 6 oct. 1940: AAS, 32, 409–416; 22 mayo 1941: AAS, 33, 184–191.
  66. A los Laureados, 20 abr. 1951: AAS, 43, 155–164.
  67. Mensaje de Navidad de 1940: AAS, 33, 12–13.
  68. Mensaje en el L aniversario de la enc. Rerum Novarum, 1 jun. 1941: AAS, 33, 195–205.
  69. Mensaje de Navidad de 1942: AAS, 35, 9–24; a las Asociaciones Cristianas de Obreros Italianos, 29 jun. 1940: AAS, 32, 331–337; a los obreros reunidos en la fiesta del trabajo, 1 mayo 1953: AAS, 45, 290–293.
  70. A las Asociaciones Cristianas de Obreros Italianos, 11 mar. 1946: AAS, 38, 68–72.
  71. Radiomensaje a los obreros de España, 11 mar. 1951: AAS, 43, 213–216.
  72. Mensaje de Navidad de 1955: AAS, 48, 20–41.
  73. Mensaje de Navidad de 1943: AAS, 36, 11–24.
  74. Al VIII Congreso de la Food and Agriculture Organisation (FAO), 10 nov. 1955: AAS, 48, 53–57.
  75. A la Juventud Obrera Católica, 3 sept. 1950: AAS, 42, 639–642.
  76. A las Mujeres inscritas en las Asociaciones Cristianas de Obreros Italianos, 16 agos. 1945: AAS, 37, 212–216.
  77. A las Delegadas de las Asociaciones Cristianas de Obreros Italianos, 21 oct. 1945: AAS, 37, 284–295.
  78. A los Cultivadores directos, 11 nov. 1946: AAS, 38, 432–437.
  79. Al Congreso Internacional para mejorar las condiciones de la vida rural, 2 jul. 1951: AAS, 43, 554–557.
  80. A los cultivadores de rosas, 10 mayo 1955: AAS, 47, 495–496.
  81. A las sirvientas, 3 jun. 1956: AAS, 48, 499–503.
  82. Al Congreso Nacional de Juristas Católicos.
  83. A los miembros del VII Congreso Internacional de Derecho Penal, 3 oct. 1953: AAS, 45, 730–744.
  84. Al Congreso Nacional de Juristas Italianos sobre la Función de la Pena, 5 dic. 1954: AAS, 47, 60–71.
  85. Al Congreso Internacional de Policía Criminal, 15 oct. 1954: AAS, 46, 598–605.
  86. En la inauguración del año judicial de la S. Rota Romana, 1946: AAS, 38, 391–397.
  87. A los juristas católicos italianos, 6 nov. 1949: AAS, 41, 597–604.
  88. En la inauguración del año judicial de la S. Rota Romana, 1941: AAS, 33, 421–426.
  89. En la inauguración del año judicial de la S. Rota Romana, 1942: AAS, 34, 338–343.
  90. En la inauguración del año judicial de la S. Rota Romana, 1943: AAS, 36, 281–290; en el XXVI Congreso Italiano de Urología, 3 oct. 1953: AAS, 45, 673–679.
  91. Enc. Humani Generis, 12 agos. 1950: AAS, 42, 561–578.
  92. A los miembros del Congreso Internacional de Filosofía, 21 nov. 1946: AAS, 38, 426–430; a un Congreso análogo, 25 sept. 1949: AAS, 41, 555–556.
  93. A la Academia de Ciencias, 8 feb. 1948: AAS, 40, 75–85.
  94. A los profesores y alumnos de las Universidades de Francia, 10 abr. 1950: AAS, 42, 395–397; a los docentes universitarios franceses, 21 sept. 1950: AAS, 42, 735–738.
  95. Al IV Congreso Tomista, 11 sept. 1955: AAS, 47, 683–691.
  96. Al X Congreso de Ciencias Históricas, 7 sept. 1955: AAS, 47, 672–682; al Congreso Internacional de Arqueología, Historia e Historia del Arte, 9 mar. 1956: AAS, 48, 210–216.
  97. Al Congreso Internacional de Astronomía, 7 sept. 1952: AAS, 44, 732–739.
  98. Al Congreso de Geodesia y Geofísica, 24 sept. 1954: AAS, 46, 560–584.
  99. Al Congreso Internacional de Médicos Católicos, 29 sept. 1949: AAS, 41, 557–561; 17 sept. 1954: AAS, 46, 577–580; 30 sept. 1954: AAS, 46, 587–598; 7 abr. 1955: AAS, 47, 275–282; 8 mayo 1956: AAS, 48, 454–459.
  100. Al Simposio Internacional de Genética Médica, 7 sept. 1953: AAS, 45, 596–607.
  101. A los profesores de Obstetricia y Ginecología, 8 en. 1956: AAS, 48, 82–93.
  102. Al Congreso Internacional de Histopatología, 13 sept. 1952: AAS, 44, 779–789.
  103. Al Congreso Latino de Oftalmología, 12 jun. 1953: AAS, 45, 418–422.
  104. Al Congreso Internacional de Microbiología, 13 sept. 1953: AAS, 45, 666–671.
  105. Al XXVII Congreso de la Sociedad Italiana de Urología, 8 oct. 1953: AAS, 45, 673–679.
  106. Al XVI Congreso de Medicina Militar, 19 oct. 1953: AAS, 45, 744–754.
  107. Al Congreso Internacional de Farmacéuticos Católicos en Zaragoza: «L’Osservatore Romano», 6 sept. 1954.
  108. Al Congreso de la Unión Católica de Comadronas, 29 oct. 1951: AAS, 43, 835–854.
  109. A los enfermeros y enfermeras de Roma, 21 mayo 1952: AAS, 44, 531.
  110. Al Congreso Italiano de Enfermeras, 1 oct. 1953: AAS, 45, 725–729.
  111. Al Congreso Internacional de Poliomielitis, 11 sept. 1954: AAS, 46, 533–536.
  112. Al personal de los Hospitales Reunidos de Nápoles, 11 nov. 1955: AAS, 47, 829 ss.
  113. Al Congreso Universal sobre la Fecundidad y Esterilidad Humana, 18 mar. 1956: AAS, 48, 467–474.
  114. Al Congreso Médico de la Asociación de Oferentes de la Córnea, 14 mayo 1956: AAS, 48, 459–467.
  115. En el LX aniversario de la radiotelegrafía, 11 oct. 1955: AAS, 47, 733–736; al Congreso Europeo de Radiodifusión, 21 oct. 1955: AAS, 47, 775–780.
  116. A los periodistas católicos, 17 febr. 1950: AAS, 42, 251–257; en la Asamblea de la Sociedad de Periodistas Extranjeros, 13 mayo 1953: AAS, 45, 399–402.
  117. Al Congreso de Editores Católicos, 7 nov. 1954: AAS, 46, 712–714.
  118. Alocución a los ferroviarios de la Circunscripción de Roma, 26 jun. 1955: AAS, 47, 612–616.
  119. Al Congreso de Asociaciones Técnicas de la Fundición, 29 sept. 1954: AAS, 46, 584–587.
  120. A los guardiamarinas españoles, 19 nov. 1955: «L’Osservatore Romano», 19 nov. 1955.
  121. A los «vespistas» españoles, 2 sept. 1955: «L’Osservatore Romano», 18 sept. 1955.
  122. Enc. Mystici Corporis Christi, 29 jun. 1943: AAS, 35, 193–248.
  123. Mensaje de Navidad de 1942: AAS, 35, 9–24.
  124. Mensaje de Navidad de 1944: AAS, 37, 10–24.
  125. Al Congreso Internacional de Alcaldes, 30 sept. 1955: AAS, 47, 716–720; a los funcionarios del Ministerio del Interior, 20 nov. 1955: AAS, 47, 833–837.
  126. A los predicadores cuaresmales, 16 mar. 1946: AAS, 38, 182–189.
  127. Mensaje de Navidad de 1939: AAS, 32, 10–11.
  128. Mensaje de Navidad de 1940: AAS, 33, 12–13.
  129. Mensaje de Navidad de 1941: AAS, 34, 10–21.
  130. Mensaje de Navidad de 1952: AAS, 45, 33–46.
  131. A los congresistas del «Mouvement Universel pour une Confédération mondiale», 6 abr. 1951: AAS, 43, 278–280.
  132. A los miembros del Congreso Internacional de officio catholicorum quoad vitam internationalem, 23 jul. 1952: AAS, 44, 626–627.
  133. Mensaje de Navidad de 1939: AAS, 32, 10–11; Mensaje de Navidad de 1949: AAS, 42, 5–15.
  134. Mensaje de Navidad de 1942: AAS, 35, 9–24.
  135. Mensaje de Navidad de 1945: AAS, 38, 15–24; al Congreso Europeo-Americano, 18 sept. 1955: AAS, 47, 691–694.
  136. En el quinto año de la guerra, 1 sept. 1944: AAS, 36, 249; carta al card. Wyszynski y a los obispos de Polonia, 8 dic. 1955: AAS, 48, 73–77.
  137. Mensaje de Navidad de 1946: AAS, 39, 7–25; Mensaje de Navidad de 1951: AAS, 44, 5–16.
  138. Mensaje de Navidad de 1947: AAS, 40, 7–17; al Centro de Estudios para la convivencia pacífica de los pueblos.