RELIGIÓN
1. Premisa. - La voz religión (del latín religio) tiene diversos significados según las diversas voces con que etimológicamente puede ser relacionada: relegere, relinquere, religare, religere. En sentido amplio r. significa el conjunto de relaciones entre el hombre y la Divinidad, relaciones morales de orden natural o racional (religión natural) y sobrenatural (religión revelada). Como ciencia es el estudio de estas relaciones teóricas y prácticas. En sentido menos amplio indica el conjunto de actos de culto que el hombre rinde a la Divinidad y por lo mismo también el hábito moral que le inclina a tributar tales actos lo mismo en el orden natural que en el sobrenatural.
Sto. Tomás reconoce en nuestra fundamental deficiencia la raíz metafísica de la r., en lo cual concuerda con las conclusiones de la etnología y de la psicología. Esta deficiencia le hace sentir al hombre la necesidad de ser ayudado y dirigido por el Ser superior, que es Dios. Psicológicamente la r. natural nace de la siguiente manera: el hombre con su razón elevándose de las cosas que observa llega a conocer la causa primera, Dios, y conoce que sólo Dios puede ser el primer principio y el último fin de todas las cosas y del hombre mismo; considera su excelencia, sus perfecciones infinitas, su bondad universal, siempre actual, indefectible, lo admira;
siente y comprende que él mismo es objeto de esta efusión de la bondad divina, y de la admiración pasa al amor, ama a Dios y lo busca en sí y en las creaturas; del amor verdadero y sincero nace el temor reverencial, el amante teme disgustar a la persona amada, y si ésta es omnipotente, omnisciente, omnipresente y justa teme incurrir en su justa punición; de aquí nace un sentimiento en que se mezcla el conocimiento, reconocimiento, amor, temor, respeto, veneración, que es el fundamento de la virtud de la r. 2. Necesidad y utilidad de la r. - La necesidad de la r. se funda en el mismo derecho natural, como una exigencia de la naturaleza humana y del fin al cual está ordenada. La dependencia de Dios exige de la criatura racional un reconocimiento propio. Si el fin del hombre es realmente la gloria de Dios y si de la gloria de Dios depende la misma felicidad humana, es necesario que el hombre se empeñe en procurar esta gloria de Dios.
La necesidad de la r. supone ya su utilidad, que por lo demás se puede comprobar también a posteriori en el equilibrio que da al hombre, impregnando todas las demás virtudes morales, entre los dos extremos de una soberbia exagerada y de un envilecimiento que conduce a la desesperación. Este equilibrio crece a medida que lo hace el conocimiento de Dios y con la práctica cada vez más intensa de la r., que se sirve de estos valores y al mismo tiempo los acrecienta. 3. Virtud de la r. - La r. como hábito moral sobrenatural es la virtud que regula el hábito de la criatura en cuanto tal hacia Dios, su Creador.
Los escolásticos la consideraban como virtud aneja a la justicia cuyo objeto es dar a Dios lo suyo. Pero, siendo toda criatura, y sobre todo la criatura espiritual, en su totalidad de Dios, su creador, su santificador y su último fin, y por consiguiente su Señor absoluto, síguese que la r. inclina al hombre a restituirse íntegramente a sí mismo y todo lo suyo a Dios. Restitución que se verifica esencialmente con el reconocimiento práctico del supremo dominio de Dios sobre la criatura espiritual y de la total dependencia propia de él (reconocer que Dios es todo y la criatura nada, pero no en sentido negativo, como si la criatura no existiese, sino en sentido positivo, es decir, reconociendo que la criatura todo cuanto es lo es en virtud de la omnipotencia divina). Este reconocimiento práctico con todo el conjunto de sus manifestaciones constituye el culto (v.). De aquí la definición clásica de la virtud de la r.: virtud que inclina al hombre a prestar el culto debido a Dios, primer principio de todas las cosas.
El sujeto de esta virtud es toda criatura espiritual: el mismo Jesucristo nuestro Señor en su santísima humanidad; más aún, Él es el hombre religioso por excelencia, de cuya religión participamos nosotros y en unión con el cual podemos solamente cumplir nuestro deber religioso para con Dios.
4. Obligaciones. - La obligación grave de la r. se deduce claramente de nuestra absoluta dependencia de Dios y de su supremo dominio sobre nosotros tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia.
Después de las tres virtudes teologales es nuestro primer deber, más importante que ningún otro deber en el círculo de las virtudes morales. Ha sido impuesto además positivamente, con todos sus actos, en los tres primeros mandamientos del decálogo (Éx., 20, 2-11; Deut., 5, 6-15; cfr. Mat., 4, 10). La legislación eclesiástica determinó ulteriormente el ejercicio público de esta virtud (cáns. 727-910, 937-1109, 1133-1249, 1255-1321), que encuentra también un amplio campo de libre ejercicio en las diversas prácticas de piedad particular (véase Devoción).
5. Vicios contrarios. - Contra la virtud de la r. se puede faltar por exceso, tributando honores religiosos de una manera no conveniente o también tributándolos a personas o cosas a quienes no corresponden, o por defecto deshonrando positivamente a Dios. En el primer caso los escolásticos hablan de superstición (v.), en el sentido genérico de la palabra, que tiene diversas subespecies en el culto indebido, en la idolatría (v.), en la adivinación (v.), en la observancia supersticiosa (v.), la cual encuentra su expresión más aguda en la magia (v.). En el segundo caso tenemos la irreligión con sus diversas subespecies: tentación de Dios, blasfemia, perjurio, sacrilegio y simonía que se tratan separadamente.
6. Influjo sobre la espiritualidad. - El concepto de total dependencia de Dios y de su absoluto señorío sobre nosotros que es el fundamento de la virtud de la religión ha inspirado amplios movimientos espirituales en la Iglesia. Baste señalar el movimiento litúrgico moderno y la escuela espiritual del oratorio francés (Card. de Bérulle, Olier, Condren, etc.). Pal.
Bibliografía
Bibliografía
S. Alfonso, Theol. mor., l. 3, tr. 1, tr. 3, c. 1
F. Suárez, De virtute et statu religionis, tr. 1 Sum. Theol., II-II, q. 81-100
E. Ahann, Religión (vertude), en DTC, XIII, 2306-2311
E. Janvier, La justice envers Dieu, París, 1908
O. Lottin, L’âme du culte, la vertu de religion d’après St. Thomas d’Aquin, Louvain, 1920 Dignant-Willbihs, Tractatus de virtute religionis, Brugis, 1940.