Diccionario de Teología Moral

Igino Tarocchi, O.F.M. (Tar.)

MAESTRO

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1. Noción. - La voz m. viene del latín magis magnus, esto es, mayor que los demás. Tiene la significación de hombre amaestrado y docto en alguna arte o ciencia, por lo cual el término m. se aplicó al que enseñaba alguna ciencia o arte y se extendió más tarde a todos los hombres peritos en alguna profesión. Creen algunos que el título de m. fue en su origen un título de autoridad, poder, oficio, más bien que de doctrina o de erudición. Posteriormente se llamaron maestros los rectores o prefectos de escuelas públicas, los abogados, los doctores y algunos magistrados. El nombre de m. equivalía a doctor, como grado académico, con autoridad para enseñar filosofía, teología, artes. M. cuando no va seguido de un término que especifique su significación tiene actualmente en el lenguaje común diversas acepciones. En el uso más común tiene el significado del clásico praeceptor o enseñante en los primeros años de escuela, esto es, el verdadero poedagogus o el que guía y educa al niño.

2. Condiciones psicológicas. - La misión del m. es difícil y está llena de responsabilidad. Para cumplir bien con esta misión se han de poseer las dotes oportunas, esto es: a) vocación; sin vocación no conviene que uno se dedique al magisterio: sería un triste empleado privado de sublimes ideales;

b) una constitución física sana, tanto para sostener el peso de la escuela, como porque ha de encontrarse en contacto continuo con jóvenes; c) respecto del espíritu, el m. debe estar dotado de tacto práctico, prontitud en conocer y recoger los pensamientos de los niños, claridad de exposición en las materias. El m. comunica su ciencia con el único fin de llegar al alma; trata de formar con todo su esfuerzo jóvenes instruidos, pero no puede contentarse con esto mientras no haya llegado a la formación del hombre completo. El m., por lo tanto, debe amar y estimar su misión, de otra manera arrastraría pesadamente su cadena, sería víctima de su trabajo, terminando por comprometer los intereses morales de los niños y el progreso de la patria. Del corazón del m. se ha de excluir el interés, ya que si no busca otra cosa que la ganancia material nunca llegará a la altura de su misión. Es cierto que ha de vivir, pero si cumple su oficio por vil codicia se convertiría automáticamente en un asalariado cualquiera y no sería un m. Un m. de ciencia limitada no puede inspirar confianza a los escolares; tiene, pues, la obligación grave de estudiar convenientemente conforme a su oficio.

La ciencia es la aureola que debe iluminar la frente del m. y que le da el prestigio necesario para hacer eficaz su acción. 3. obligaciones m o r a l e s. - El m. debe formar la inteligencia de los jóvenes, dándoles una ciencia bien meditada, formando la exactitud del juicio con observaciones justas y bien pensadas, ejercitando su raciocinio con la lógica de un método severo y seguro. Cuando el m.

ha comunicado a sus escolares la ciencia no está más que a la mitad de su misión; réstale aún la virtud. Encargado de la educación de toda el alma debe trabajar en toda ella: inteligencia y voluntad, espíritu y corazón. Yerra gravemente el m. que se contenta sólo con instruir (¡embutir en sus escolares esas pequeñas enciclopedias mal digeridas!), dejando a otros el cuidado de la educación. El educador comunica la ciencia con el único fin de llegar al alma. No hay mal peor que la perversión del espíritu, porque en último término es el espíritu quien rige al hombre. Cuando el espíritu está bien iluminado y formado el corazón va tras de él. He aquí por qué el m. no puede ni debe ignorar el problema religioso, sino que viviéndolo él mismo, lo debe enseñar a sus alumnos con el ejemplo de una vida recta y ordenada. La escuela neutra no es posible en la práctica y es una fuente de absurdos. La escuela o es cristiana o es impía; no hay término medio. El m. es el integrador de la misión paterna y materna, por lo tanto debe cultivar en sus alumnos el afecto y reconocimiento a sus padres, el espíritu de obediencia, de laboriosidad y de parsimonia, formando en ellos un buen carácter religioso y moral.

Debe, por lo tanto, educar a sus alumnos: a) en la sinceridad, tanto de, corazón como de palabra y obra; b) en una conciencia recta mostrando a los jóvenes los verdaderos enemigos internos y externos del hombre; c) en una voluntad firme basada en el sacrificio; d) en la honestidad en sus diversos grados; debe cuidar de la moralidad con su vigilancia;

e) debe cuidar además de la urbanidad, que es la flor de la caridad, habituando a los jóvenes a las reglas de cortesía y de respeto para con sus semejantes; e) un m. debe, finalmente, prevenir, corregir con imparcialidad y justicia unida con una sabia prudencia los errores de sus alumnos; tiene la autoridad de padre, de la cual está revestido, y el don de la ciencia. El m., decía un sabio de la antigüedad, tiene en sus manos la paz o la guerra, el bienestar y prosperidad de las naciones o su miseria y ruina; todo depende de su fidelidad y de la conciencia con que cumpla su misión. Un m. malo puede destruir en poco tiempo los buenos gérmenes que una madre cristiana se ha esforzado por cultivar en el corazón de su hijo.

Por consiguiente, un m. negligente o malo no sólo debe responder del mal que ha hecho, sino también del desorden que ha dejado crecer por su descuido en la escuela. Puede hacerse reo de pecado grave ante Dios, cuando viola los derechos de los padres en la formación moral e intelectual de los jóvenes que se le han confiado, como, p. ej., si no corrige a los culpables o viciosos, si no promueve el estudio y la disciplina, si da mal ejemplo o enseña doctrinas erróneas. Un m. violaría también la justicia y estaría, por lo tanto, obligado a resarcer los daños producidos si tuviese preferencias injustas y diese premios y diplomas a los indignos; si exige un estipendio superior a lo convenido.

Igualmente sería reo de pecado contra la justicia y estaría por lo tanto obligado a restituir al Estado si descuidase gravemente sus horas de clase o no desarrollase los programas señalados. Tar.

Bibliografía

Bibliografía

Pauly-Wissowa, Realencyklopädie, XIV, voz Magister, vol. XIV (1930) D’Onofrio Arturo, Maestro, Torino, 1944 Chauvin, Gioventù e libertà,
A. Iniesta Corredor, Perfil moral del docente.