ORACIÓN
1. Noción. - La o., en sentido amplio, es una elevación de la mente a Dios; en sentido restringido es una petición a Dios de cosas convenientes. Éstas son las dos definiciones clásicas que se remontan.a S. Juan Damasceno (t 754). La primera definición se aplica a cualquier clase de o.; la segunda, a la o. de petición. En la Sda. Escritura, la palabra o. tiene casi siempre el significado de «petición a Dios de cosas convenientes».
2. Principales divisiones de la o. - Son las siguientes:
a) La o. mental o Interna y la o. vocal o externa. La o. mental es la que se hace con sólo la mente y el corazón: tales son las meditacio nes (v.) de las verdades cristianas y la contemplación (v. Catecismo de S. Pío X, n. 416). Esta última es el grado supremo de la o. mental y fue definida por el Seudo-Agustín (PL 40, 802): p ersp icu a verita tis iucunda admiratio, esto es: gozosa admiración de una verdad clara. La meditación en cambio puede definirse una consideración piadosa y razonada de las verdades religiosas, que tiende a suscitar * afectos de amor a Dios y a las cosas santas y propósitos de vida perfectamente cristiana. Entre los dos grados de o. mental hay una sustancial diferencia: la contemplación es intuitiva; la meditación, en cambio, es discursiva. La meditación es sin duda ninguna más fá cil que la contemplación; pero la una y la otra, al menos en las formas más simples (recuérdense — para la meditación — las Máximas eternas de S. Alfonso; y — para la contemplación — los Misterios del Sto. Rosa rio), son accesibles incluso a los indoctos.
Se da, sin embargo, el caso de almas senci llas, de ingenio muy limitado, que no consi guen meditar, porque son incapaces de hacer una consideración razonada; pero que en cambio, llenas de fe y de entendimiento (don del Espíritu Santo), se elevan sin esfuerzo a las cumbres de la contemplación (cfr. Mat. 11, 25; Luc. 10, 21). La o. vocal, llamada más comúnmente Vezo o plegaria, es la que se hace con palabras exteriores acompañadas de la mente y el corazón (Catecismo de S. Pío X, n. 417).
b) La o. puede ser pública o privada. Es pública la que se hace en nombre de la Iglesia, por un ministro destinado legítimamente a este fin, y con una fórmula prescrita por la Iglesia. La o. pública es siempre vocal (véa se Liturgia). En cambio, es privada la o. que se hace por cuenta propia, es decir, en nombre y autoridad propia. La o. privada puede ser mental o vocal. !
c) La o. puede ser de adoración (latréuti ca), de acción de gracias (eucarística) y de: petición (impetratoria). El significado de estas clases de o. es claro y evidente. Baste añadir que en la o. de peti ción se comprende también la o. propiciatoria, con la cual uno pide la remisión de sus peca- ' dos y de las penas merecidas por ellos. E igualmente la o. de intercesión, con la cual uno pide gracias para otros.
3. O. de petición en general. - De la O. en sentido estricto, esto es, en cuanto es p eti ción a Dios de cosas convenientes, es preciso señalar al menos esquemáticamente: a) cuál será su f in; b) qué cosas se han de pedir; c) a quién, por quién y cómo se piden; d) cuán necesaria sea; y, finalmente, e) cuáles son sus frutos. Esto lo haremos en los párra fos siguientes. Para el resto se puede acudir a los tratados de teología dogmática y moral y a los libros citados en la bibliografía, especialmente al Catechismus ad Parochos y al áureo librito de S. Alfonso, El gran medio de la oración.
4. Fin de la o. de p e t i c i ó n. — Es Junta mente el culto de Dios y la impetración de sus beneficios. Con nuestras peticiones no pretendemos manifestar a Dios nuestras necesidades, ya que Dios — omnisciente — las conoce plena mente (cfr. Mat. 6, 7 y 32): ni pretendemos mudar los divinos decretos, por ser Dios in mutable. Más bien con nuestras súplicas, he chas del modo debido, pretendemos cumplir las condiciones que Dios requiere de nuestra parte para concedernos sus beneficios (cfr. Mat., 7, 7 ss.; Marc., 11, 24; Luc., 11, 9 ss.;. Jn., 14, 13; 15, 16; 16, 23 s.). Porque ordina riamente Él concede sus gracias espirituales y temporales, sólo si se ora (Catecismo de San Pío X, n. 419). Dios quiere que nos sirvamos de este ejercicio de la o. para que, ardiendo en el deseo de obtener lo que queremos, con « el mismo fervoroso empeño avancemos.en las virtudes de manera que nos hagamos dignos de que se nos confieran aquellos beneficios que nuestro ánimo débil y estrecho no po s día antes recibir (Catechismus ad Parochos, p. 4, n. 360).
En efecto, orando nos ejercitamos y acrecen tamos en nosotros las virtudes, especialmente — además de la virtud de la religión — la humildad, manifestándonos como mendigos de Dios; la fe, creyendo en su omnipotencia y bondad; la esperanza, confiando en su ayu da; la caridad, tendiendo a la íntima unión con Él.
5. Que cosas se han de p e d ir en la ora — Es lícito pedir en la oración lo que c ió n. es lícito desear (cfr. S. Agustín, Ep. ad P r oham, c. 6 ss.; en PL, 33, 498 ss.). Por lo tanto, no sólo los bienes espirituales, sino también los temporales. Pero con esta diferencia que los bienes espirituales los debemos pedir los primeros (Buscad ante todo e l reino de Dios y su justicia: Mat., 6, 33), sin limitación o condición, mientras que los bienes temporales los hemos de buscar en segundo lugar, con mode ración (cfr. Prov. 30, 8 s.) y bajo la condición, al menos implícita, de que nos ayuden a la salvación de nuestra alma. Así hemos de pasar por medio de los bienes temporales que no perdamos los eternos {Oremus de la Do minica 3, después de Pentecostés). En el Catecismo de S. Pío X (n. 423) a la pregunta: «¿Q ué cosas debemos pedir a Dios?», se responde: «debemos pedir a Dios su Gloria, y para nosotros la vida eterna y también las gracias temporales, como nos ha enseñado Jesucristo en el Padrenuestro». El Padrenuestro es también bajo este aspecto el modelo de toda plegaria.
Otros admirables modelos de oración para las cosas que se han de pedir y especialmente para el modo de pedir las temporales, los en contramos en las oraciones del Misal y del Ritual. Como ejemplo v. este Oremus para impetrar la lluvia: Oh Dios, en el cual díuímos, nos movemos y somos, danos una Uuuia conveniente (congruentem) a fin de que sufi cientem ente ayudados en las necesidades pre sentes, busquemos con mayor confianza los bienes eternos.
6. A QUIÉN SE.HAN DE DIRIGIR NUESTRAS súplicas, por q u ié n y—
a) A quien cómo. se ha de ora r. Una súplica puede ser pre sentada a una persona para que otorgue lo que se pide o también para que la recom ien de: del primer modo dirigimos nuestras su plicas a Dios; del segundo, a la Virgen y a los santos. Y así, p. ej., en las Letanías de los * Santos, nos dirigimos a Dios para que tenga misericordia (eleison, m iserere n ob is), nos es cuche (audi nos, exaudí nos), nos sea propi cio (p ro p itiu s esto), nos perdone (u t nobis par cas, ut nobis indulgeas, parce n ob is), nos libre de todo mal (lib e ra nos) y nos conceda todo bien (u t... nos exaudire d ig n e ris); y, en cambio, a la Virgen, a los Angeles y a los Santos para que rueguen (ora, o ra te) e Intercedan por nosotros (in tercede, intercedite p ro nobis).
b) Por quién orar. Podemos y debemos orar por aquellos a quienes puede ayudar nuestra oración, por lo tanto i 11 por todos los hom bres viadores (I Tim., 2, 1), sin excluir a nadie (cfr. Mat, 5, 44 y liturgia del Viernes Santo); 2) por todas las almas purgantes. Por esta razón entre las obras de misericordia espiri tual, está también la de rogar a Dios por los vivos y por los m uertos.
c) Cóm o orar. Para orar bien es necesario orar: 1) con referencia y humildad (cfr. Luc., 18, 9 ss.: parábola del fariseo y del públicano; cfr. también SanL, 4, 6); 2) con confianza (Mat., 7, 7 ss.; Luc., 11, 9 ss.; Jn., 16, 23; Sant., 1, 6 s.); 3) con perseveran cia (c fr Luc., 11, 5 ss.: parábola, del amigo importuno). La confianza cuando se trata de bienes o de males temporales es un abandono filial en la voluntad bienhechora de Dios, -del cual espe ramos indiferentes o al menos resignados lo que es más útil a nuestra alma (hágase tu voluntad). Será más acepta la oración: 1) si se hace en nombre de Jesús (Jn;, 16, 23; cfr. Per Dominum Nostrum Jesum Christum de los * Oremus de la Iglesia); 2) si va avalorada por la intercesión de la Virgen y de los Santos; 3) si la hace un alma en gracia de Dios (Sal. 33, 16; Jn., 15, 7 y 16, 26 s.; Sant., 1, 6 s. y 5, 16).
7. N e c e s id a d de la o. de p e t i c i ó n. -
a) Ne cesidad de precepto y de medio. En el Catecismo de S. Pío X (n. 419), a la pregunta: «¿Es necesario orar?», se responde: «es necesario orar y orar frecuentemente porque Dios lo manda, y ordinariamente, sólo si se ora, Él concede las gracias espirituales y temporales». La oración por lo tanto es necesaria con necesidad de precepto (porque Dios lo manda) y además, para los adultos, al menos de vía ordinaria, con necesidad de medio, esto es, como medio con el cual se obtiene la gracia y con la gracia la vida eterna (porque ordina riamente, sólo si se ora, Dios concede las * gracias). «
b) El mandato y ejem plo de Jesús. Nuestro Señor Jesucristo ha dicho: Pedid y se os dará; buscad y h a lla ré is; llamad y se os a b rirá. P o rq u e el que pide r e c ib e; el que busca halla; y al que llama se le abre (Mat., 7, 7 s.); de uerdad os digo: C ua lqu ier cosa que pid iereis al Padre en mi nombre, os la dará (Jn., 16, 23).. Rogad para no caer en la ten ta ción (Luc., 22, 40). Y S. Lucas en su Evangelio recuerda que Jesús propuso una parábola para mostrar que es preciso orar siempre sin cansarse jamás (Luc., 18, 1). Jesús unió a la enseñanza el ejemplo. El Evangelio recuerda a menudo las oraciones de Jesús. Entre tantos textos como pudiéramos recordar señalemos los dos siguientes: Y le vantándose muy de mañana salió a un lugar solita rio para ora r (Marc., 1, 35). Y después de despedir a las turbas — a las que había quitado el hambre con los panes y los peces maravillosamente multiplicados—, subió El solo al m onte a orar. Y llegada la tarde se encontró completamente solo (Mat., 14, 23). Aquí tenemos el ejemplo de la oración de la mañana y de la tarde.
Los apóstoles repiten la enseñanza (I Tes., 5, 17;· orad sin cesar nunca; Rom., 12, 12; Col., 4, 2 s.; I Ped., 4, 7) y el ejemplo del Maestro (AcL, 1, 14; 2, 42; 3, 1; 6, 4, etc.; muchos.pasajes de las Cartas).
c) M edio indispensable para salvarse. S. Alfonso resume la doctrina cristiana acerca de la necesidad de la«'oración para un adulto y*de vía ordinaria, en la célebre sentencia; el que ora cierta m en te se salva; el que no ora ciertamente se condena (Del gran medio de la oración, c. 1, conclusión). Conviene ilustrar* brevemente esta impor tante sentencia?* Para salvarse es necesario estar en posesión de la gracia habitual o santificante — esto es, de aquel don de Dios, sobrenatural, permanente, que transforma nuestra alma, haciéndola consorte de la divina naturaleza (II Ped., 1, 4), hija adoptiva de Dios (Jn., 1, 12; I Jn., 3, 1; Rom., 8, 14 ss.) y, por lo tanto, coheredera con Cristo (Rom., 8, 17) del reino eterno.
Fuente principal de esta gracia habitual, son los sacramentos, debidamente recibidos. Pero sometidos al peligro del pecado, no podemos conservar por largo tiempo esta gracia habitual o santificante si Dios no nos sos tiene con su gracia actual, que es tambiep don de Dios, sobrenatural, pero transeúnte, que ilumina la mente y mueve la voluntad del hombre para que Conozca y practique el bien, de modo que pueda salvar su alma.
Fuente principal y abundantísima de la gracia actual es la oración. Como fuente de gracia actual la oración supera todos los demás medios de salvación, comprendidos los sacramentos, porque ella, y solamente ella, nos asegura aquellas gracias actuales, llamadas eficaces (porque obtienen sin perjuicio de nuestra libertad, pero eficaz mente, nuestra correspondencia) en virtud I de las cuales nosotros de hecho vencemos las ¡ tentaciones y vivimos en gracia de Dios hasta l la muerte. ¡ Si los sacramentos pueden llamarse el i' alimento (y la medicina) de nuestra alma, la L oración es su respiración (cfr. Regia com enp tada de S. B en ito > en PL, 66, 329). Y como para [. conservar la vida del cuerpo no basta comer, sino que es necesario también, y más a me- * nudo, respirar; así, para la vida del alma, no L basta recibir los sacramentos, sino que es Í, necesario también y más a menudo orar. No hace falta decir que para que un hombre 1 adulto reciba bien un sacramento le es ne cesaria la oración.
d) Cuando es necesario ora r. La oración * puede ser considerada como un acto de culto a Dios o como una petición de ayuda. Como acto de culto debe ser hecha muchas veces en la vida; como petición de ayuda, debe ser hecha cada vez que estamos en peligro de ofender a Dios (Mat., 26, 41; Marc., 14, 38; Luc., 22, 40) y además (cfr. Mat., 24, 28; Marc., 13, 18; Luc., 21, 36), en las graves calamidades, especialmente en las públicas. A la primera obligación se satisface prácti camente con la asistencia a los actos de culto, especialmente a la Sta. Misa y recibiendo los sacramentos. La segunda obligación, al menos para una persona adulta, urge prácticamente cada día, porque todos los días estamos expuestos al peligro de perder la gracia.
Aplicando todo lo que llevamos dicho a las oraciones de la mañana y de la tarde, es claro que: 1) si se consideran como acto de culto, el que las descuida no comete culpa nin guna (porque ninguna ley obliga a orar en determinadas horas del día); 2) si se consi deran como una súplica de ayuda o petición de auxilio, el que las descuida a menudo, y no ora en otros momentos del día, se hace fácilmente reo de culpa, al menos venial, por que se expone al peligro de ceder a la tenta ción (y la caridad para consigo mismo obliga a evitar este peligro). Quien quiera asegurarse mejor la posesión* de la gracia de Dios se sentirá obligado a decir todos los días por la mañana y por la tarde alguna oración; además entre día, por lo menos cuando surja alguna tentación, elevará a Dios sus pensamientos y afectos, sirviéndose eventualmente de invocaciones jaculatorias. Es recomendable también el uso de la oración antes y después de las comidas.
8. Los frutos de la o. - La o. produce tres frutos principales y otros muchos secun darios. Los tres principales son: el mérito, la satisfacción, la impetración. Estos son, a decir verdad, comunes a todas las obras buenas (realizadas en gracia de Dios); pero la ora ción tiene por su cuenta una especial efica cia impetratoria. Dios, en efecto, por sola su bondad se ha obligado expresa y solemnemente a conceder, en determinadas condiciones, lo que se le pide (Jn., 16, 23). Si se verifican estas con diciones, Dios concede sin más su gracia. Entre los frutos secundarios, he aquí algu nos: la o. ilumina el entendimiento, fortifica la voluntad, aumenta la fe, la esperanza y la caridad, aumenta la humildad y todas las de más virtudes morales, da alivio y aliento, lle na el alma de gozo. A estos frutos se refieren las palabras del Señor: pedid y recibiréis, a fin de que vues tro gozo sea pleno (Jn., 16, 24) y las que se atribuyen a S. Agustín (PL, 39, 1849): quien aprendió a orar bien, aprendió realm ente a v iv ir bien. Ses.
Bibliografía
Bibliografía
Catechismus ex decreto Concilii Tridentini ad parochos, p. 4, n. 358-424 Sum. Theol., II-II, q. 83. a rt. 1-17;
6. Al f o n s o, Del gran medio de la oración;
R. G u a h d i n i, Introdvzione alia p reghicra, Brescia, 1948;
E. H e r n An d k z, ¿Quieres aprender a orar?, Comillas, 1053;
L. M. M artín ez, El Espíritu Santo y la oración, Madrid, 1953.
Voces relacionadas
Internas
- LITURGIA
- PENTECOSTÉS
- PADRENUESTRO
- MISAL
- RITUAL
- LETANÍAS
- MISERICORDIA (Obras de)
- PADRE
- MAESTRO
- DOCTRINA CRISTIANA