Diccionario de Teología Moral

Carlo Riz (Riz.)

PSICOTERAPIA

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1. Definición. - Es la cura de las enfermedades realizada con medios psíquicos y puede dividirse en empírica y sistemática. La p. empírica — dictada por el buen sentido y por el deseo natural de proporcionar de algún modo ayuda al que sufre — consiste en confortar a los enfermos con palabras de aliento, con explicaciones que les tranquilicen, con demostraciones de afecto y de compasión, aconsejándoles distracciones o recomendándoles una adecuada ocupación, etc. La p. sistemática se equipara tal vez en parte a los usos de los pueblos salvajes para librar a los enfermos de sus sufrimientos mediante prácticas mágicas y otras intervenciones realizadas por brujos y otras personas particularmente dedicadas a la cura de los enfermos. Sus métodos modernos se deducen principalmente del magnetismo animal de Mesmer (v. Metapsíquica) y consisten en numerosas prácticas diversamente modificadas por sus propios intentores, las cuales sin embargo se pueden agrupar bajo el común denominador de la sugestión. * 2. Sugestión y persuasión. - La sugestión (v.), tanto la realizada durante aquel sueño particular provocado que se denomina hipnosis (v.

Hipnotismo), como la ‘efectuada en estado de vigilia o también sin la intervención constante del operador — de donde las tres fundamentales subdivisiones de la sugestión en: sugestión hipnótica, sugestión en estado de vigilia, autosugestión —, consiste siempre en la influenclación del enfermo por parte del psicoterapeuta, el cual le impone sus propias ideas y su voluntad sin razonamiento, dirigiéndose tan sólo a su imaginación y sacudiendo su afectividad. Esta Imposición es directa en el caso de la heterosugesííón; en cambio, es indirecta en el caso de la autosugestión, donde el operador se limita a sugerir al paciente (verbalmente o por escrito), estados de ánimo y fórmulas que con su repetición por parte del mismo paciente determinan igualmente el pretendido efecto sugestivo. A la sugestión hipnótica se atribuían en tiempos pasados un gran poder terapéutico en relación con todas las enfermedades funcionales y especialmente con el histerismo.

Pero las maravillas obradas por la sugestión hipnótica han caído ya hoy en descrédito, porque si es cierto que esta sugestión puede suprimir rápidamente (especialmente en los histéricos) síntomas tormentosos osstinados, las prácticas hipnóticas cultivan y acentúan la disociación psíquica fundamento de la psiconeurosis, agravando las condiciones fundamentales en que pululan precisamente los síntomas más accesibles a la acción de la hipnosis. En cambio, se va acreditando cada vez más la sugestión en estado de vigilia que trata de reforzar hábilmente la confianza del enfermo en la posibilidad de la curación;

además, el campo de acción de este método es más circunscrito y modesto. Por lo que se refiere a la autosugestión, en tanto que sus fautores (Coué y Baudouin principalmente) entusiasmados con ella la consideran la panacea de todos los ¿males, muchos autores de nota han insistido en la ilusoriedad de sus resultados y, lo que más importa, sobre su peligrosidad, especialmente cuando se practica, como ocurre generalmente, en sujetos psiconeuróticos. En éstos la autosugestión, obrando de un modo afín al de la heterosugestión hipnótica, exalta la sensibilidad morbosa, tiende a restringir el cam po de la conciencia, polarizándolo en la afección que se quiere hacer curar y en definitiva empeora y en muchas ocasiones hace crónico el síndrome morboso.

P. Janet, considerando el pro y el contra de las diversas psicoterapias de base sugestiva, llega a desaconsejar decididamente y en cualquier caso la autosugestión, añadiendo que en los casos raros en que la sugestión sea realmente indicada conviene recurrir a la heterosugestión, practicada con cuidado y p ru dencia por médicos verdaderamente competentes y honestos. Muy diversa importancia y una posibilidad bastante más amplia de aplicación tiene en psicoterapia la persuasión, que no habla solamente a la imaginación y a la afectividad del enfermo, sino que se dirige sobre todo a su razón.

De hecho este método psicoterapéutico, cuyo más ardiente y afortunado defensor fue el suizo Dubois, trata de influir provechosamente en los enfermos por medio del razonamiento para persuadirlos de la inconsistencia de las Ideas que forman el núcleo de sus trastornos psiconeuróticos.

Sin embargo, hemos de añadir que las enfermedades neuropsiquicas (aun las más típicamente funcionales) no son siempre y solamente el producto de razonamientos desviados, sino que suelen tener causas más profundas (ligadas a veces a espinas orgánicas, a deformaciones de la esfera instintivoafectiva, a alteraciones neurovegetativas, a carencias o desequilibrios hormónicos, etc.) que el falso razonamiento agrava cuando no constituye solamente su defensa. Por lo tanto, la persuasión de suyo no puede menos de tener un efecto limitado y.transitorio; y los éxitos numerosos de Dubois dependían en gran parte de un efecto de sugestión larvada, que emanaba, sin que él se diera cuenta, de la misma persona del renombrado profesor, que obraba poderosamente en la esfera sentimental de los enfermos, los cuales acudían a él con la preconcebida y ciega confianza de volver a la salud.

Conviene tener presente que la sugestión puede desarrollarse con cualquier medio directo o Indirecto, incluso sin conocimiento del psicoterapeuta.

3. T e r a p i a psicoanalítica. - El psicoanálisis presume descubrir las causas verdaderas y lejanas de los males psíquicos (sean neurosis, psicopatías o psicosis) y de suprimirlas con una peculiar metodología.

Fúndase en el presupuesto de que en la base de estos males hay siempre y solamente múltiples irregularidades en el desenvolvimiento de los procesos psíquicos inconscientes: irregularidades producidas generalmente por antiguos recuerdos de naturaleza sexual, los cuales rechazados en el subconsciente de donde no pueden salir por impedírselo la censura, fruto de la educación, desencadenan conflictos, que dan fácilmente origen a las psiconeurosis <v.). El psicoanálisis — valiéndose de minuciosas confesiones provocadas por interrogatorios, de sueños hábilmente interpretados, lapsus, etc. — hace emerger del subconsciente, depositario de nuestro pasado, todos los recuerdos de orden sexual, aun los más remotos e inconfesables. La salida a flor de estos recuerdos ha de hacer transform ar los procesos inconscientes patógenos en procesos conscientes y por lo tanto les hace perder su poder morbigeno, viniendo a encontrarse ellos en una zona más elevada, sometida al control crítico y raciocinante del Yo. Con esto llega a curar la misma psiconeurosis. En otra parte (v. Psicoanálisis) hemos hablado del origen de los fundamentos teóricos, de la práctica y del valor de esta doctrina.

Baste osservar aquí que si un honesto y prudente análisis de la psique puede contribuir al diagnóstico y a la cura de las psiconeurosis, no puede admitirse moralmente el llamado procedimiento psicoanalítico. Retrotraer la génesis de todas las manifestaciones psiconeuróticas a factores de orden sexual — como sostienen los psicoanalistas ortodoxos— no está en assoluto justificado.

Finalmente, despertar — o peor aún sugerir — imá * genes sexuales (y la sexualidad reprimida sería casi una sexualidad pervertida) puede ser realmente peligroso, ya que se termina por inyectar en el enfermo sugestionable ideas y fantasías que tal vez no ha tenido jamás y que pueden producir precisamente largos sufrimientos morales y ser causa eficiente de psiconeurosis.

4. P. moderna. - La dirección moderna de la p. es muy ecléctica: lo cual depende de haber aumentado nuestros conocimientos sobre la multiplicidad de las causas que determinan las psiconeurosis. Con frecuencia es suficiente la persuasión por la cual conviene empezar siempre, aun por el hecho de que se trata de un método assolutamente inocuo (al cual esencialmente se refiere el modernísimo Frankl con su logoterapia, que se apoya principalmente en la capacidad espiritual de recuperación del enfermo). En cualquier caso un tranquilo, sereno, cordial coloquio con el psiconeurótico llegará a convencerle de que sus trastornos son causados por una emoción y están mantenidos solamente por el recuerdo de la misma emoción y del miedo infundado a la insanabilidad del mal, que trata de fenómenos pasajeros que aquellos trastornos son efecto de un mal hábito, etc. Esto puede bastar para obtener la curación o el rápido mejoramiento que se completará más tarde insistiendo en la obra persuasiva y agregando los benéficos efectos de racionales prácticas deportivas, ergoterápicas (terapia del trabajo) e hidroterápicas, que tienen una acción energética, revigorizadora y antidepresiva.

Pero a menudo la simple persuasión no basta y conviene asociar determinados medicamentos para reequilibrar los desarreglos neurovegetativos, para suplir las carencias endocrinas, para volver al normal funcionamiento de determinados órganos internos. Otras veces — especialmente en presencia de individuos con agudas notas histéricas — se habrá de acudir a una acción sugestiva directa sobre los síntomas morbosos más aparentes (estimulaciones eléctricas sobre los músculos que el enfermo cree paralizados, etc.) o se:puede intentar con las debidas cautelas el narcoanálisis (v. Hipnotismo)' o la narcoterapia (v.). fen una palabra, el médico en sus tra ta mientos psicoterapéuticos no habrá de seguir • rígidos esquemas preconcebidos, sino que empleará criterios y direcciones variables según el diagnóstico* la enfermedad que es obje- * to de su- cura y más aún según la personalidad del enfermo y según el decurso del proceso morboso. ' 5. Corolarios morales. - Es sabido que el médico para ejercer bien su propia profesión debe asociar a sólidas cualidades de inteligencia, de pericia técnica y de rectitud, dotes no comunes de comprensión, de tacto, de humanidad. Estas dotes habrán de desarrollarse sobre todo cuando se hace labor de psicoterapeuta: labor particularmente ardua, delicada y sutil, que exige un abierto y cordial acercamiento del médico al espíritu doliente, empavorecido, ansioso, impresionabilísimo del enfermo.

La paciencia, la constancia y la penetración psicológica del terapeuta serán a menudo puestos a dura prueba antes de que el enfermo se le abra confiado y transforme su débil esperanza (a veces su desesperación) en una certeza de curar hecha de simpatía y convicción. Pero aun hay más. Todo acto, todo gesto, toda palabra del médico son cuidadosamente estudiados por el enfermo que saca de él motivo de desaliento o de confianza en el logro de su salud. Esto impone al psicoterapeuta una cuidadísima prudencia.

Finalmente, dada la fácil impresionabilidad de los enfermos que en sus alternativas de sufrimiento espiritual suelen ondular muchas veces entre el consolador amparo de la fe religiosa (a veces enturbiada por notas supersticiosas) y un amargo pesimismo negador de todo principio sobrenatural, la palabra exhortadora del médico creyente dirigida a serenar y revigorizar un alma turbada, incierta· o dudosa, concurrirá siempre con gran éxito al fin psico- •terapéutico y ayudará al asentamiento espiritual del enfermo, facilitando su curación. Todo psicoterapeuta católico en el ejercicio de su arte saludable ha podido comprobar con frecuencia los favorables efectos de una simple frase proferida sólo incidentalmente y encaminada a reasegurar una conciencia religiosa incierta, a exhortarla a la confianza en Dios, a espolearla en alguna obra de bien. Y en realidad ésta es también p.

genuina, ya que el psiconeurótico es un egocéntrico o un egoísta, y si se consigue levantar su espíritu a pensamientos superiores, generosos y hum anitarios sacará de aquí gran provecho la misma cura de la psiconeurosis. Por lo demás, los mismos psicoanalistas reconocen cuán eficaz sea él dirigir las energías espirituales del enfermo hacia ideales elevados y altamente morales. R iz.

Bibliografía

Bibliografía

O. Rovassenda, Suggestione e persuasione nella cura delle malattie nervose, Torino, 1937 E.
E. Weiss, Psicoterapia, en EI, XXVIII, 470
A. Bonnar, Il medico cattolico, Alba, 1953, p. 223 ss.
J. Pérez de Urbel,, Psicoterapia y dirección espiritual , en Rev. Ecl. (1925), 264
P. Meseguer, Aspectos sociales y legales de la psicoterapia, en Razón y Fe (1954), 446-462

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