PROFETA. Profetismo
Profeta es el que por divina misión transmite, a aquellos a quienes es enviado, las órdenes, las revelaciones que Dios le ha comunicado mediante una acción sobrenatural (Dt. 18, 18 s.; II Re. 3, 9, etc.; cf. Éx. 7, 1 s.). El comienzo y el elemento esencial de la misión profética es la vocación por parte de Dios; libre elección, imprevista e improvisada, que inspira un nuevo rumbo a la existencia del llamado (Éx. 3-4, 18; Am. 7, 12-15; Is. 6; Jer. 1, 4-9; 20, 7-18, etc.). El término hebreo más usado, nâbhî’ , procede del verbo acádico nabû , «llamar», en el participio pasivo «llamado», que ha recibido de Dios una misión especial (cf. Código Hammurabí, Pról. 1, 52; 1, 49; Epil. 24, R. 40; W. F. Albright, Von Steinzeit zum Christentum , trad. alem., Berna 1949, p. 301 s.), y del nombre propio nabî-ilîšu , «el llamado por su Dios». Está en la forma pasiva, como nazîr , «consagrado», mâšîah , «ungido», como pasivas son también las formas verbales que de él se derivan, nifal e ithpael, «obrar como nâbhî’ ». El griego προφήτης , «el que habla en nombre de Dios», expresa bien la idea (de πρό , «delante», y φάναι , «hablar»: Esquilo, Eum. 19; Platón, Republ. 366, etc.).
El sentido de «predecir lo futuro» es sólo secundario, en cuanto el profeta anuncia también lo futuro; pero la etimología de S. Isidoro de Sevilla ( πρό , «delante», y φαίνειν , «aparecer»; Santo Tomás, 2a 2ae, q. 171, a. 1) es errónea. 477AOtros términos usados: rô’eh , «vidente» (que se dice de Samuel, I Sam. 9; I Par. 9, 22; 26, 28; de Hanani, II Par. 16, 7-10, y en Is. 30, 10), y el equivalente hôzeh , «el que contempla», las más de las veces en la poesía, expresan el medio o el modo de las comunicaciones divinas, que por otra parte se expresa frecuentemente con el verbo râ’âh , «ver». Ya en Am. 7, 1-15, aparecen como enteramente sinónimos del antiguo término nâbhî’ , que en tiempo de Samuel prevaleció sobre los otros (I Sam. 9, 9). Ebhed Yavé , «adorador» (siervo) de Yavé, ’îš ’elohim , «hombre de Dios», consideran a los profetas en sus relaciones con Dios, dedicados a su servicio, asertores y celosos custodios de sus soberanos derechos. En orden al pueblo son llamados rô‘eh , «pastor»; šômer , «custodios»; ’ôfeh , «escolta vigilante», etc., subrayando los diferentes aspectos de su misión (cf. Ez. 33, 1-9; Bíblica , 6 [1925] 294-311. 406-17). Institución.
Los semitas, con un sentido vivísimo de lo sobrenatural, en todos los acontecimientos veían la acción divina; por eso era angustioso en ellos el deseo de conocer la voluntad del Señor, y naturalmente acudían a su intérprete para toda circunstancia o contingencia que escapaba a su percepción o capacidad inmediata. En consecuencia, acudían a la adivinación y a la magia, que tan difundidas estaban, y para mantener a Israel alejado de tales prácticas supersticiosas, ya desde los comienzos de la nación instituyó Yavé los profetas como únicos portavoces e intérpretes suyos (Dt. 18, 9-22; Núm. 23, 23; lo afirman Am. 2, 10 s.; Jer. 7, 25; Zac. 7, 12; Neh. 9, 30), dándoles como señal inconfundible para que los reconocieran, aparte el valor moral (fidelidad a Yavé, a sus preceptos), el carisma de predecir lo futuro (Dt. 18, 22; Is. 41, 22 s.; 44, 7 s.) y a veces el de obrar otros milagros. Sólo por extensión del término llama el Salmo 105 (104), 15, profetas a los Patriarcas , como depositarios de la revelación divina. Historia.
Las fuentes bíblicas mencionan, después de Moisés , el gran profeta (Os. 12, 14 [Vulg. 12, 13]; Núm. 11, 25; 12, 6, etc.), a María su hermana (Éx. 15, 20; Núm. 12, 2), a Josué (Eclo. 46, 1), y en el período de los Jueces, a Débora (Jue. 4, 4), a un nâbhî’ anónimo (Ibid. 6, 8), a un «hombre de Dios» que pronostica a Helí el desmoronamiento de su familia (I Sam. 2, 27), a Samuel (Ibid. 3, 20, etc.). Después de Samuel, dados los graves 477Bacontecimientos que de ahí provienen, van siguiéndose sin interrupción los profetas como un ministerio constante (I Sam. 3, 1; en el mismo sentido Act. 3, 24; Hebr. 11, 32). Durante el reinado de David , Gad (I Sam. 22, 5, etc.) y Natán (II Sam. 7, 2, etc.); durante el de Salomón, Ajías (I Re. 11, 29, etc.); durante el de Roboam, Semeyas (Ibid. 12, 22, etcétera), Ido (II Par. 12, 25); durante el de Jeroboam, un «hombre de Dios» (I Re. 13); durante el de Basa, Jehú (Ibid. 16, 1); durante el de Asa, Jananí (II Par. 19, 2; 20, 14; 37), Elías (v.), Miqueas hijo de Yemla (I Re. 22), Eliseo (v.); durante el de Jeroboam II, Jonás (II Re. 14, 25).
Siguen los profetas cuyos escritos poseemos (profetas escritores, por contraposición con los precedentes, llamados profetas de acción), cuyo orden cronológico es este: Amós , Oseas , Isaías , Miqueas, Nahum , Sofonías, Habacuc , Jeremías , Baruc (además de la profetisa Jolda durante el reinado de Josías : II Re. 22, 14-20); durante la cautividad de Babilonia: Ezequiel , Daniel ; después del retorno de la cautividad: Ageo , Zacarías, Abdías , Joel , Malaquías . A Isaías , Jeremías , Ezequiel y Daniel se les llama profetas mayores, por la magnitud de sus respectivos libros; a los otros se les llama menores. No hay noticia de otros profetas (cf. I Mac. 14, 41) hasta Juan Bautista (Mt. 11, 9 s.; Lc. 7, 26 s.), precursor del profeta por excelencia, Jesús , el Mesías (Act. 3, 20 ss. = Dt. 18, 15-19; Jn. 1, 21.45, etc.).
En la Iglesia primitiva, entre los dones especiales otorgados por el Espíritu Santo (v. Carismas ), los profetas tienen el puesto de honor, inmediatamente después de los Apóstoles (I Cor. 12, 28 s.; 14; Ef. 2, 20, etc.), y varias veces aparecen en el Nuevo Testamento estos intérpretes de Dios con predicciones, leyendo los secretos de los corazones (Act. 11, 27; 19, 6; 21, 9 ss.); edifican, exhortan, alientan (cf. Didaqué 11, 7.12; Hermas, Mand. 11; San Justino, Dial. 39, 2). Semejante don no ha dejado de darse nunca en la Iglesia, con misiones particulares (por ejemplo, Santa Catalina de Siena, Santa Margarita Alacoque), pero si prescindimos de la literatura monástica de los siglos iv-v que lo extendió mucho, el término profeta estuvo reservado ya desde la antigüedad a los hombres del Antiguo Testamento, como transmisores de la revelación formal pública.
Las fuentes bíblicas emplean el término nâbhî’ y las formas verbales derivadas al presentar las manifestaciones muy especiales de 478Aéxtasis colectivos en Israel, otras de los pueblos limítrofes, especialmente las de los siriofenicios, y las de los falsos profetas que se presentan como enviados de Dios.
Los ancianos elegidos por Moisés para ayudarle en el gobierno del pueblo recibieron el Espíritu de Yavé, como señal de aprobación y confirmación, y se «pusieron a profetizar». Éstos no anuncian nada, sino que se agitan de un modo característico, y tal fenómeno no se repitió. Moisés lo consideró como un don divino: «Ojalá que todo el pueblo participase de semejante don» (Núm. 11, 25-29). En tiempo de Samuel (s. XI a. de J. C.) volvió a aparecer un análogo profetismo colectivo extático (I Sam. 10, 5 s., 9-12; 19, 18-24) que llega a su punto culminante en los de Elías y Eliseo (s. IX) y se extingue casi inmediatamente después. En el s. XI se reúnen catervas de israelitas para tomar parte en el culto, van andando juntamente y se sirven del canto y de la música para preparar y secundar sus manifestaciones extáticas. Y es verosímil que manifestasen su vivo sentimiento por la religión de su único Dios, transportados por el entusiasmo religioso, dominados por una excitación incontenible, con los ojos ardientes, con el rostro encendido, con movimientos alternos más o menos rítmicos de todo el cuerpo, con gestos desordenados, tal vez con expresiones inflamadas.
La exaltación se comunicaba a veces a los circunstantes, por predisposición o por una particular intervención divina (cf. I Sam. 19, 20-24). Probablemente no hay que excluir en estas manifestaciones todo carácter sobrenatural. En tiempos de Elías y Eliseo (I Re. 17 ss.; II Re. 1 ss.), estos profetas («hijos de los profetas» = miembros de tales asociaciones; I Re. 20, 35; II Re. 2, 3, etc.) forman colonias en diferentes localidades (Gálgala, Bétel , Jericó), donde llevan vida común con cierta moderación (II Re. 2; 4, 38 ss.; 6, 1-5). Es un profetismo de profesión, al que falta toda vocación sobrenatural. Ante el influjo demoledor del culto idolátrico y licencioso de Canán , que amenazaba incluso a la existencia del monoteísmo revelado, y ante la invasión oficial, especialmente en el reino de Samaria, del baalismo fenicio abiertamente favorecido e impuesto pola fenicia Jezabel , esposa del rey Ajab , estas piadosas asociaciones, bajo la guía y la dirección de los grandes inspirados, Samuel (que probablemente fué su fundador), Elías y Eliseo, figuraron entre las fuerzas vivas del yaveísmo, que incitaron al pueblo a 478Bmantenerse fiel a Yavé.
Así eran aprovechadas para el bien estas manifestaciones entonces difundidas y que tanto impresionaban al pueblo. Muchos de ellos perecieron en la persecución de Jezabel (I Re. 18, 23). Los grandes profetas los emplean también para cumplimentar ciertas misiones recibidas de Dios (I Re. 20, 35-43; II Re. 9, 1.4-11); están a veces presentes en sus manifestaciones extáticas, pero nunca toman parte en ellas profetizando como ellos (cf. I Sam. 19, 20). Hállanse testimonios de fenómenos afines de éxtasis en las religiones antiguas, en el mundo grecorromano e incluso en nuestros tiempos (cuáqueros, pentecostales, por ejemplo). La Biblia describe los falsos profetas de Baal (profetismo siriofenicio) en el célebre desafío de Elías en el monte Carmelo (I Re. 18, 26-29), y con ella coinciden las fuentes profanas: el relato del egipcio Wenamon (h 1100 a. de J. C.; papiro de Golénischeff) y el escritor Heliodoro, de origen sirio ( Aethiopica IV, 17).
En la atmósfera ardiente y provocativa del culto cananeo se adueñaba de algunos un extraño frenesí, y principalmente de estos nâbhî’ profesionales, que pronto se comunicaba a otros.
«Al son de las cítaras danzaban, ora levantándose en saltos ligeros, ora doblando repetidas veces las rodillas hasta el suelo y girando luego sobre sí mismos como poseídos de un espíritu» (Heliodoro). Heríanse con espadas o cuchillos en los brazos, en el pecho, en las mejillas, y al mismo tiempo emitían, por momentos, ciertos sonidos apenas articulados, en los cuales los fieles atraídos por el espectáculo reconocían las palabras de Dios. La excitación iba en aumento hasta convertirse en furibunda; formábase como una cargada atmósfera de locura y de opresión, y algunos llegaban a perder por completo el dominio sobre sí mismos. Producíanse mutilaciones en honor de Baal , dios de la fecundidad, y consagrábanse temporalmente mujeres jóvenes a la prostitución sagrada (L. Desnoyers, 1, p. 246 s.).
Hacia el fin del s. VII atestigua Jeremías (27, 3.9) que había de estos nâbhî’ en Edom , en Moab , en Ammón y en Fenicia , y a ellos acudían los reyes para sus consultas. Virgilio ( Aen. VI. 45-51.77-80), Lucano ( Phars. V, 161 ss.) y otros describen tales exhibiciones extáticas, extendidas por el mundo grecolatino al surgir el cristianismo ( Bíblica , 32 [1951] 237-62). Finalmente hallamos en Israel, en oposición y en lucha con los auténticos profetas, a aquellos que se presentaban con el título de enviados de Yavé, adaptándose a los deseos de 479Alos reyes a quienes adulaban y secundando las ilusiones de la turba, en busca de dinero y de popularidad (I Re. 22, 6-28; Mi. 2, 7-11; 3, 5 ss.; Jer. 23.23.29; Ez. 13). «Aparentan ser nâbhî’ en Israel (se presentan como llamados por Dios) estos profetas que andan en su propio capricho, o sea que todo lo amañan por su cuenta. Dan adivinaciones mentirosas y dicen: Oráculo del Señor, cuando el Señor no ha hablado. Engañan al pueblo diciendo: Todo va bien, cuando todo va mal, dispuestos a confirmar toda esperanza imaginaria». Y de las «profetisas del propio capricho» se lamenta Yavé de este modo: «Por unos puñados de cebada y unos pedazos de pan me deshonráis ante mi pueblo» (Ez. 13). Pronto desmentirán los hechos sus pretendidos vaticinios, y el pueblo verá el castigo ejemplar que sobre ellos se cernirá (cf. I Re. 22; Jer. 28). Valoración.
Es corriente que entre los racionalistas (desde A. Kuenen hasta R. Kittel, A. Causse) se fusionen y se confundan estos diferentes elementos bíblicos, para negar la característica de institución divina al profetismo único y exclusivo del Antiguo y Nuevo Testamento. Según esos críticos, en el tiempo de Samuel solamente habría surgido el profetismo extático, y luego a través de la acostumbrada evolución, condicionada por el ambiente, tendríamos con Amós el comienzo de los profetas aislados, pensadores y escritores; a los extáticos y visionarios sucederían los intelectuales y realistas. Dios no entraría para nada en tales fenómenos, y tendríamos un fenómeno idéntico al que nos ofrecen las otras religiones. Pero, ¿cómo explicar entonces la predicción exacta y detallada que hacen los verdaderos profetas de acontecimientos distanciados de ellos por años y siglos? Son múltiples las tentativas que se han hecho, y son una prueba de su vanidad.
Dos de esas explicaciones son aún repetidas por los modernos: la primera, sicológica; el subconsciente elaboraría lentamente las impresiones y las ideas, que en un momento dado irrumpirían en la conciencia del profeta que las enunciaría convencido; la segunda lo reduce todo a la intuición de esos perspicaces sujetos y su profundo conocimiento del corazón humano (A. Causse). En todo esto no tenemos una valoración de los datos que nos ofrecen las fuentes bíblicas, sino una reconstrucción imaginaria, en abierta oposición con ellos. El mismo profetismo colectivo extático de Israel (ss. XI-IX) ofrece diferencias notables con los fenómenos afines cananeofenicios al lado de puntos innegables 479Bde contacto, implícitos ya en el motivo de emplear para el culto del verdadero Dios aquellas manifestaciones que tanto impresionaban a las masas. Falta en él, por ejemplo, la característica de las incisiones (en I Re. 20, 35-43, el miembro de la asociación profética que sale al encuentro de Ajab hace que le hieran en el rostro para presentarse como un soldado que ha tomado parte en la batalla apenas terminada); se desconoce toda señal de orgías y de prácticas lascivas.
Pero, cualquiera que sea el juicio formulado por el historiador sobre el particular, no puede afectar al profetismo como institución divina. Las fuentes distinguen indiscutiblemente, de un modo claro y tajante, entre manifestaciones del profetismo extático colectivo profesional y profetas «llamados por Dios», desde Moisés hasta Malaquías . Ninguno de éstos salió de las asociaciones dichas ni perteneció a ellas. Éstas, por otra parte, constituyeron un fenómeno muy circunscrito en el tiempo. En cambio, no puede ponerse en duda la existencia de los profetas desde los orígenes del yaveísmo (Am. 2, 10 s.; Os. 12, 14; Jer. 7, 25, y todas las fuentes anteriores a Samuel). El profetismo extático y voluntario tuvo derivaciones malsanas: muchos «hijos de los profetas», después de haber estado esperando en vano el llamamiento divino, se convertían en falsos profetas; rastrera falsificación de los profetas inspirados que la combaten enérgicamente y son inconfundibles con ella. Amasías, el sacerdote de Bétel , incondicional de la dinastía de Jehú, dice a Amós : «Vidente, ve y escapa a la tierra de Judá , y come allí tu pan haciendo el profeta».
Y Amós le replica: «Yo no soy nâbhî’ ni hijo de profeta; soy cosechero y cortador de sicómoros. Y Yavé me tomó detrás del rebaño y me dijo: Ve y sé nâbhî’ (o profeta) para mi pueblo Israel» (Am. 7, 14).
No hay aquí disposición o preparación natural; ninguna confusión y ningún punto de contacto con los nâbhî’ profesionales — y dígase otro tanto de todos los otros profetas —; se trata de una inesperada acción de Dios sobre este acomodado propietario y criador de ganados, que es «tomado» por Yavé, arrancado de sus ocupaciones normales de su Judea, para ser enviado como portavoz de la divina justicia al reino de Israel, al mismo santuario «real» de Bétel, servido por un sacerdote partidario de la dinastía. Amós, como todos los otros profetas, es siempre consciente de sí, incluso cuando se siente bajo la acción de Dios. Queda una identidad, y es la del término; por lo que Amós puede 480Aafirmar que no es un nâbhî’ , e inmediatamente después proferir el aserto categórico de que lo es. Es fácil comprender la extensión del antiguo término (cf. Gén. 20, 7; Dt. 13, 2, etc.) a casos que, al menos en apariencia, parecían suponer cierta vocación y la misión por parte de Yavé (Núm. 11, 25 ss.; Dt. 18, 15, etc.). «Tú me sedujiste, oh Yavé, y yo me dejé seducir — dice Jeremías al Señor —, tú eres el más fuerte, y fui vencido. Siempre que les hablo tengo que proclamar la opresión y la ruina, y todo el día la palabra de Yavé es oprobio y vergüenza para mí. Y aunque me dije: No pensaré más en ello, no volveré a hablar en su nombre, es dentro de mí como fuego abrasador, que siento dentro de mis huesos. Pongo empeño en contenerlo y no lo logro» (Jer. 20, 7 ss.). Es la acción poderosa, sobrenatural, de Yavé (Am. 3, 8: «Rugiendo el león ¿quién no temerá? Hablando el Señor, Yavé, ¿quién no profetizará?»), que repetidas veces expresa Ezequiel («Fué sobre mí la mano del Señor, y me fué devuelta su palabra»: 1, 3; 3, 22, etc.); ser tomado, agarrado por Dios, que habla a la mente del profeta.
El niño Samuel duerme al lado del arca en el Templo de Silo, y en otra estancia se halla el anciano Helí: durante la noche lo llama una voz. «Corrió a Helí: Aquí estoy; me has llamado. Helí contestó: No te he llamado, vuelve a acostarte.» Por segunda vez se renueva la llamada y la prontitud del niño en acudir. El texto hace notar: «Samuel no conocía todavía a Yavé, pues todavía no se le había revelado la palabra de Yavé». A la tercera vez Helí comprendió que se trataba de Dios, y dijo al joven: «Anda, acuéstate, y si vuelve a llamarte, di: Habla, Señor, que tu siervo escucha». Vuelve Samuel a dormir, y a la llamada que se renueva, repite las palabras que se le habían sugerido y recibe la primera comunicación profética, que tenía por objeto el castigo a la casa de Helí (I Sam. 3). Nada, pues, tiene que ver el profetismo extático y profesional con el gran profetismo, fenómeno único en la historia de las religiones. Y efectivamente, no es posible hallar afinidad alguna en Egipto, donde las supuestas profecías de Ipuwer no son más que descripciones del pasado (A. H. Gardiner, A. Wiedemann), ni en Babilonia, ya que el acádico bârû es un astrólogo, un adivino solamente; ni en otra parte, con la actividad y la misión de Moisés , Elías , Amós , hasta Malaquías .
La profecía, predicción exacta de los acontecimientos futuros, interpretación del pensamiento de Dios en la historia, es el efecto inimitable 480Be inconfundible de la acción divina sobre su portavoz (E. König, Theologie des A. T. , 3-4 ed. Stuttgart, 1923, pp. 55-62). Cualquier explicación natural contrasta rudamente con los datos bíblicos. La acción de Dios es improvisada e inesperada; se repite para cada comunicación profética: no hay lugar para una lenta elaboración sicológica. Natán aprueba, alienta a David en su proyecto de construir el Templo, y a la mañana siguiente se le comunica una orden contraria de parte de Yavé (II Sam. 7). Isaías anuncia a Ezequías la muerte inminente; e inmediatamente después vuelve a comunicarle de parte de Yavé su curación (II Re. 20, 1-5). El genio, la intuición, el profundo conocimiento del corazón humano, se encuentran un poco en todas partes en la historia de la humanidad; pero el profetismo es siempre un fenómeno único. Los profetas no son ordinariamente ni siquiera eruditos. Eliseo es un rico labrador, Amós un pastor, Jeremías y Ezequiel tímidos sacerdotes.
Pronostican acontecimientos imprevisibles que contrastan con todas las perspectivas histórico-políticas. Amós, por ejemplo, predice la ruina del reino de Samaria cuando éste se hallaba en el culmen del poder y de la prosperidad en tiempo de Jeroboam II. Ezequiel, en Babilonia, predice con sus detalles el principio y el fin del asedio de Jerusalén (21.24); y después de la ruina, describe el regreso de los desterrados, la restauración del nuevo Israel (37) y la victoria que éste alcanzará sobre el asalto de los gentiles (Antíoco Epífanes, cc. 38-39). No es cuestión de meditaciones o intuiciones geniales, sino de revelaciones de Dios, que el profeta recibe y comunica a los demás como sagrado depósito que no le pertenece. Naturaleza de la acción divina. Las comunicaciones divinas se efectúan por visión: 1) puramente intelectual, sin la ayuda de ninguna imagen sensible, y es la más frecuente: «fué sobre mí la palabra de Dios y me dijo» (Ez. passim); 2) sensible; mientras habla al entendimiento, Dios obra sobre la fantasía, sobre los sentidos internos en general, con imágenes sensibles (Is. 6, 1; Jer. 1, 1; Ez. 1-3, etc.); rara vez sobre los sentidos externos (cf. Éx. 3, 4).
Mientras los sentidos externos no perciben nada de lo que está en torno de ellos, las facultades mentales y los sentidos internos siguen extraordinariamente activos bajo la acción del Señor. Tal estado (Ez. 8, 1; coment. F. Spadafora, pp. 27.75 s. 271) constituye el éxtasis profético, que no tiene nada de común, fuera 481Adel término, con la excitación morbosa y coribántica, voluntariamente procurada con medios externos. A veces se vale Dios del sueño para sus comunicaciones (por ej. San José, Mt. 1, 20; 3, 13). En todo caso Dios se adapta a la mentalidad del profeta, de cuyas facultades se sirve aplicándolas y elevándolas, nunca mudándolas, y mucho menos destruyéndolas, eligiendo imágenes que le son familiares. Las sugestiones divinas se asocian a las ideas y a los sentimientos propios de cada uno de los profetas, y tales sentimientos varían, naturalmente, según los individuos, el tiempo, el ambiente, de suerte que cada profeta conserva su carácter e impronta personal.
Finalmente, el Señor deja al profeta una certeza indiscutible, más fuerte que cualquier evidencia, sobre la naturaleza divina de la comunicación recibida, e infunde en él un impulso irresistible (Jer. 20, 9) para transmitirla a los destinatarios. Los Padres, y especialmente los primeros apologetas, partiendo de las imágenes usadas por la Sagrada Escritura, describieron la acción de Dios sobre el profeta con la terminología que Platón y Lucano emplean refiriéndose al fenómeno del éxtasis; el profeta es instrumento, órgano de Dios. Pero contra los montañistas, quienes, además de la coincidencia en los términos con los paganos, sostenían igualmente la completa inconsciencia en el inspirado, precisaban diciendo que los profetas son absolutamente conscientes y libres. Santo Tomás (2a 2ae, q. 171-174) ordenó sistemáticamente los elementos bíblicos y patrísticos, ilustrando la naturaleza de esta acción divina, que es esencialmente una iluminación sobrenatural de la inteligencia: luz que fortalece al entendimiento y se convierte para el profeta en un principio activo de conocimiento.
Trátese de visión o de comunicación puramente intelectual; de imágenes infusas ilustradas con la luz divina, o de la sola luz divina dada para juzgar de los conocimientos naturales, el profeta reacciona vitalmente con el juicio que fórmula, y a veces también con la elaboración previa de las especies inteligibles. De tal suerte el conocimiento profético, fruto de la luz que Dios le comunica, está juntamente proporcionado en medida congruente con el espíritu del profeta. Esa luz se le da de un modo transitorio; no es una dote o habitual disposición del profeta, el cual, por consiguiente, recibe una nueva luz cada vez que Dios le comunica alguna cosa.
Así resulta que su visión es fragmentaria, intermitente; cesa cuando cesa la luz de lo alto (cf. los ejemplos de Natán , Isaías ; Jeremías [47, 10] está esperando durante diez 481Bdías la respuesta de Yavé; Eliseo II Re. 4, 27). Si Am. 3, 8; II Pe. 1, 21 parecen hacer pensar en cierta falta de libertad, Is. 6, 5-8, 11; Jer. 20, 9 con 1, 6; Ez. 1, 3; 3, 22 con 3, 17-21, etc., atestiguan claramente la plena conciencia, la vital correspondencia, y diría incluso la autonomía de la mente y de la voluntad del profeta bajo la acción divina (v. Inspiración ; Synave-Benoit, pp. 286-93; A. Bea, en Studia Anselmiana , 27-28, Roma 1951, pp. 47-65). Actividad de los profetas.
Los profetas amplían su misión de diferentes modos. Principalmente mediante la palabra viva: los profetas son ante todo predicadores. Muy a menudo, con el fin de hacer más vivo, más eficaz y comprensivo el mensaje que transmitían, realizaban acciones simbólicas. Ya Ajías de Silo, para vaticinar la escisión del reino de Salomón, dividió su manto nuevo en doce partes, de las que dió diez a Jeroboam (I Re. 11, 29 ss.). En Jeremías , Ezequiel (cuatro visiones en once acciones simbólicas) y Zacarías, son frecuentes tales gestos, verdaderamente parangones en acto, adaptados al genio oriental, al carácter realista y grosero de los israelitas.
Los discursos de los profetas, al menos parte de ellos, los ponían inmediatamente después por escrito, o bien los mismos profetas o sus discípulos, y a veces (Jer. 36; Is. 30, 8) por orden formal de Yavé. Algunas profecías no comunicadas de palabra a los contemporáneos sólo se transmitían por escrito, con destino a generaciones posteriores y con miras a determinadas situaciones futuras.
Así Is. 40-46 y Dan. 2.7.12, según referencia explícita de Dan. 8, 26; 12, 9. Los libros proféticos, las más de las veces en forma poética, son ricos de imágenes, a veces audaces, de metáforas y de símbolos. Es un estilo, un género literario aparte. A menudo el anuncio de la salvación relativamente inminente de los enemigos, de la opresión política, parece confundirse con el anuncio de la salvación mesiánica, o cuando menos precederle. Se ha pensado en una simple falta de precisión cronológica. En realidad el profeta intenta muchas veces expresar el nexo de causa y efecto que media entre la segunda y la primera: la salvación temporal se da en vista de la mesiánica y por causa de ella (Is. 7-9). La misión profética es esencialmente religiosa: hacer volver a Israel a los lazos de la alianza (v.), libremente contraída en el Sinaí; o, lo que es lo mismo, defender los soberanos derechos de Yavé. Y como la alianza abarca toda la vida de la nación, los profetas intervienen en ella comunicando el pensamiento de Dios. 482AEl período culminante de su actividad, desde el s. VIII al VI, es un período de transición, en el que se opera el atormentado paso del antiguo yaveísmo al Israel renovado después de la cautividad.
La infidelidad del pueblo elegido, su apartamiento de las obligaciones de la alianza, llega al propio apogeo (v. Religión popular) en el reino del norte y luego en Judá . Dios aplica la grave sanción del pacto (Éx. 20, 5): el reino de Judá es destruido (586) después del de Samaria (722), y los supervivientes desterrados. Los profetas se levantan contra el sincretismo idólatra, contra las injusticias sociales, contra los desórdenes morales, y en el terreno de lo positivo ilustran la esencia de la alianza, las verdades constitutivas del antiguo yaveísmo. Era preciso dar a entender a los israelitas que la destrucción inminente era debida a su infidelidad y que era impuesta por Yavé como exigencia de su justicia. La alianza debida a la iniciativa y a la libre elección de Yavé era fruto exclusivamente de su misericordia infinita. Israel la ha violado, y en consecuencia sufrirá el tremendo castigo. Yavé lo aniquila porque su existencia es absolutamente independiente de la existencia de la nación y del culto material que ella puede ofrecerle.
Pero tal castigo no constituye de suyo un fin; trátase de una pena vindicativa y, al mismo tiempo, medicinal; porque la alianza es eterna, y Dios con su omnipotencia la restablecerá con el nuevo Israel purificado, en consideración al Mesías y su reino, que constituye la última meta de la alianza, el designio divino de salvación anunciado ya en Gén. 3, 15; designio descrito por los profetas que lo ponen como nota culminante de sus escritos (cf. Os. 2; especialmente Ez. 11.14.16.20.24.34.36.37.40-48, el profeta teólogo, sistemático y detallista). Los profetas posteriores a la cautividad ilustran especialmente la relación que media entre el Israel renacido y el reino mesiánico. Según esto, los profetas ponen especial interés en que sobresalgan los atributos de Yavé, Ser Supremo y único Dios, sus exigencias morales que determinan la naturaleza de sus relaciones con la nación. El profetismo es el elemento más elevado de la religión del Antiguo Testamento y uno de los más grandes movimientos de la humanidad entera.
Sin exageración se ha podido decir que todos los filósofos, todos los legisladores, todos los fundadores de religiones de la antigüedad, sumados, no emitieron tantas ideas elevadas y sublimes como los pocos profetas de Israel (L. Dennefeld). En política, los profetas combaten las 482Balianzas con otros pueblos, las cuales llevan consigo el reconocimiento, cuando menos oficialmente, de las divinidades del país con quien se entablaba amistad, y esas divinidades eran frecuentemente asociadas al culto. Había en ello un peligro inmediato de contagio, de sincretismo e idolatría contra el puro monoteísmo revelado: violación de la alianza con Yavé y falta de confianza en Él, que se había comprometido a dar a los hebreos la tierra de Canán y a conservarlos en la posesión de la misma. Por tanto, nada debe temer la nación, ni debe poner su confianza en potencias extranjeras, sino únicamente poner cuidado en cumplir las condiciones del pacto. Es una condición privilegiada y única: el reino de Israel no puede ser teocrático.
He ahí por qué se levantan los profetas contra aquellos reyes que, aunque bien dotados y expertos, como Omri , por ejemplo, cimientan sobre criterios naturales su política meramente humana, o, lo que es peor, sacrifican en aras de su política la fidelidad a los preceptos de la alianza (como sucedió con Roboam y en general con los reyes de Samaria: cf. Os. 7, 3-7; 8, 10.16, etc.). Respecto de la vida social, los profetas no tienen programas revolucionarios; no atacan a la cultura. Os. 2, 23 s. enumera los frutos principales de la agricultura palestinense entre los bienes que Dios concederá a Israel cuando haya vuelto a serle fiel. Elogian los cuarenta años pasados en el desierto, después de la salida de Egipto, como el período más bello de la nación, entonces fiel a Yavé y a los compromisos de la alianza. Pero se trata de pureza de yaveísmo y no de cuestión social; es una invitación a considerar la pureza de la vida religiosa inicial (Jer. 2, 2 s.; Ez. 16, 6-9.43). Fustigan el lujo, la riqueza y el orden social (cf. Amós ), por ser fruto de injusticias, obtenido a cuenta de los oprimidos, y fuente de vida licenciosa e inmoral.
Y en fin, en orden al culto, los profetas condenan la religión que se para en lo externo del rito, y la supersticiosa confianza que depositan en tales prácticas, sin preocupación alguna de los preceptos morales: condenan toda clase de contagio sincretista e idólatra. El elemento esencial (v. Decálogo ) de la religión mosaica está en la piedad del fondo, en la obediencia a la voz de Dios, en los preceptos morales (Os. 6, 6; I Sam. 15, 22; Mi. 6, 6 ss.). El culto externo tiene su valor supuesta la piedad y si se funda en ella (Is. 1, 10-17; Jer. 7, 16-1). No hay oposición alguna entre profetismo y sacerdocio; pero se condena (Am. 7) el sacerdocio señorial, atento 483Aúnicamente a las ganancias materiales. Los profetas son los continuadores del levitismo respecto de la pureza y de la conservación de la religión revelada (A. Neher). El profetismo, con la predicción exacta del castigo nacional, con la visión del futuro renacimiento, descubriendo los planes divinos sobre Israel, en orden a la salvación mesiánica, impidió la desaparición del pueblo elegido, preparó su retorno a Dios, su renacimiento y su continuidad después de la cautividad.
Los profetas fueron los órganos por excelencia de la divina revelación, los teólogos, los pastores diligentes de Israel, que claman por la continuación de la obra del gran Moisés , sin innovar nada, aclarándolo todo y devolviendo a todo su justo valor. Es la misma voz de Dios, lo cual explica por qué aún hoy sus acentos conmueven y subyugan al inculcar el santo temor a la suprema justicia y el inmenso agradecimiento a la infinita misericordia del Eterno.
Bibliografía
F. Spadafora, en Enc. Catt. It. , X, col. 92-101. A. Condamin, en DFC , IV, col. 386-425. L. Desnoyers, Histoire du peuple hébreu , I, París 1922, p. 346 s.
II, 1930, pp. 165-83. L. Dennefeld, Les grands Prophètes ( La Ste. Bible , ed. Pirot, 7), ibíd. 1947, pp. 7- 12. P. Synave-P. Benoit, La prophétie (S. Thomas, Somme Théologique ), París-Roma 1947, pp. 269-378. A. Neher, Amos, Contribution à l’étude du prophétisme , París 1950;
id., L’essence du prophétisme (colección, Épiméthée), ibíd. 1955. G. Quell, Wahre und falsche Propheten , Gütersloh 1952. G. Rinaldi, I Profeti Minori , I, Torino 1953, pp. 1-120. H. J. Kraus, Prophetie und Politik , Munich 1952. * P. Enciso, El mundo de la inspiración profética según el testimonio de los profetas , EstB, 1950. Obre, La excelencia de los profetas según Orígenes , EstB, 1950. R. Criado, ¿Tienen una eficacia real las acciones simbólicas de los profetas? , EstB, 1948. T. Ayuso, Los elementos extrabíblicos de los profetas , EstB, 1948. R. Criado, El modo de las comunicaciones en los profetas , EstB, 1945. A. Colunga, La justificación en los profetas , EstB, 1945. Muñoz Iglesias, Los profetas del Nuevo Testamento comparados con los del Antiguo , EstB, 1947. M. Ollers, El estilo profético , CB, 1947. J. Pérez de Urbel, Carácter del profeta. Los profetas , Consigna, 1956. F. Planas, El plan de los profetas , CB, 1955.
Voces relacionadas
Internas
- HAMMURABÍ
- SAMUEL
- SIERVO de Yavé
- ISRAEL
- PATRIARCAS
- MOISÉS
- JOSUÉ
- JUECES
- DÉBORA
- SALOMÓN
- AJÍAS
- ISRAEL (Reino de)
- ELIAS
- MIQUEAS
- ELISEO
- JONÁS
- OSEAS
- NAHUM
- SOFONÍAS
- HABACUC
- JEREMÍAS
- BARUC
- JUDÁ (Reino de)
- EZEQUIEL
- DANIEL
- ZACARÍAS
- ABDÍAS
- MALAQUÍAS
- JUAN Bautista
- MESÍAS
- ESPÍRITU Santo
- CARISMAS
- APÓSTOLES
- ESPÍRITU de Yavé
- BÉTEL
- JERICÓ
- CANÁN
- CARMELO
- MACABEOS y Asmoneos (Historia)
- JUDEA
- EGIPTO
- JERUSALÉN
- LOGOS
- JOSÉ (San)
- DAVID
- ISAÍAS
- INSPIRACIÓN
- ALIANZA
- SINAÍ
- RELIGIÓN popular
- AMÓS
- DECÁLOGO
- DIOS