ALIANZA
Es el pacto estipulado por Dios con Israel, cuyo último fin fué la salvación de la humanidad por obra del Mesías, realización de la victoria vaticinada en el protoevangelio (Gén. 3, 15). Es incierta la etimología que se propone como del hebreo berith, sin paralelos en las lenguas semíticas. (¿Vendrá de barah, sinónimo de kárath, «cortar, hacer pedazos»?) La expresión habitual kárath berith [Vulg. = pangere o percutere foedus, etc.] = «concertar, contraer una alianza», probablemente es incompleta, por fallar el objeto propio del verbo, cual es la víctima, que, según la antigua usanza, era sacrificada para sancionar la alianza (Gén. 15, 10; 17 s.; Jer. 34, 18). Pero el sentido resulta claro por el uso frecuente: berith expresa el lazo perpetuo, inviolable, sancionado por la divinidad, y por tanto fuente de derecho, concertado entre dos personas, frecuentemente en representación de los respectivos grupos solidarios: familia, parentela, nación. Muchos son los ejemplos de tales alianzas en el Antiguo Testamento.
Es típica la concertada entre Labán y Jacob (Gén. 31, 44-54) en todos los elementos característicos de esta antiquísima 19Ausanza de los nómadas y seminómadas semitas, que aún hoy se conserva sustancialmente entre los beduinos.
Tales elementos son: la expresión del kárath berith para indicar la simultaneidad del acto descrito; la parte preponderante que en el acto tiene la religión; la irrevocabilidad de la alianza; la formulación clara de los mutuos derechos y deberes; el juramento con que cada uno de los contrayentes invoca a su propio Dios, tutor y celador de la alianza, de suerte que la violación de la misma es una impiedad que Dios castiga directamente (cf. el célebre ejemplo de los gabaonitas, a quienes mandó matar Saúl, violando la alianza que les había jurado Josué; el castigo divino y la reparación de David (II Sam. 21, 1-14; Jos. 9, 3.15.19); el sacrificio y la cena de los contrayentes, hermanos desde entonces. Estos dos últimos actos eran sin duda alguna los más importantes y los más expresivos.
El reparto de las víctimas (cf. Jue. 19, 29; I Sam. 9, 7) es un reclamo, un llamamiento a la responsabilidad, responsabilidad que proviene del hecho de que, en virtud de haber comido las carnes del mismo animal y de haber tomado parte en la misma mesa (II Sam. 3, 20 s., 28 s. entre Abner y David, y fraudulenta violación por parte de Joab), resulta una hermandad, se penetra en el recinto común de una parentela, de una familia, se llega a formar parte viva de un mismo organismo (Jue. 9, 2 s.). Así como las partes de la víctima (Gén. 15) constituían un solo organismo antes de ser separadas, de igual modo las partes contrayentes, después de establecida la alianza, forman una sola unidad solidaria, sangre común.
La berith es, por tanto, un contrato bilateral con los respectivos derechos y deberes, cuya violación constituye un perjurio que acarrea la venganza divina. Adaptándose Dios benévolamente a la mentalidad solidaria entonces vigente, expresó y concretó sus relaciones con Israel en la forma de la berith. El griego διαθήκη (empleado por los LXX para la berith divina) no tiene el significado jurídico de «testamento» o disposición benévola, sino que, pasando a la forma del mismo contenido, expresa el plan de Dios, la manifestación de la voluntad suprema de Dios en la historia, conforme al cual ajusta Dios sus relaciones con el hombre; es un orden autoritario de Dios que lleva consigo la correspondiente disposición de los acontecimientos.
Este término fué elegido por los traductores alejandrinos probablemente para atenuar de algún modo el sentido de bilateralidad que aparece con toda su fuerza en la berith. Inmediatamente después del diluvio estableció Dios una alianza con Noé , representante de 19Bla nueva humanidad (Gén. 9-10). El Antiguo Testamento, preparación a la venida de Cristo, rezuma en todas sus páginas la idea de la alianza de Dios con Israel: la alianza por excelencia. Toda la historia de Israel es un fragmento de la historia divina: Dios e Israel trabajan en una misma empresa. Sus relaciones están expresadas en la alianza y son reguladas por ella. Es un conjunto armonioso que se desarrolla y se determina en un tríptico: una triple alianza o mejor tres formas de una sola alianza. Cada parte ilumina inmediata y directamente a cada uno de los tres largos períodos que le corresponden.
La alianza con Abraham — período patriarcal, de Abraham a Moisés ; la alianza con Israel en el Sinaí, por mediación de Moisés— del éxodo a David; la alianza con David (y con David la tribu convertida luego en el reino de Judá), preparación inmediata al Mesías. Siempre es de Dios la iniciativa; el primer paso es su acto o intervención: libre elección y vocación de Abraham (Gén. 12, 1); del pueblo de Israel (Éx. 19-20; Am. 3, 1 s.; Ez. 16, etc.), de David (II Sam. 7, 8 ss.). De ahí la formulación concreta de los compromisos recíprocos: aceptación por parte del elegido: sanción y ratificación. La alianza con Abraham se inaugura en el Gén. 15, tras una larga preparación (Gén. 12- 14), en la que Dios manifiesta su omnipotencia y su continua protección.
Esta alianza estará siempre presente en toda la tradición judaica y cristiana (cf. Lc. 1, 53. 73; Gál. 3; Rom. 4). Dios se compromete a formar una nación con la descendencia de Abraham , para lo cual destina la tierra de Canán (= tierra prometida); a colmarle de sus bendiciones; a hacer de ella el vehículo de la salvación (fuente de bendición) para todas las gentes (Gén. 12, 2; 15; 17; 18, 8). Por parte de los elegidos Dios exige el culto exclusivo (monoteísmo: ibid. 17, 7), la obediencia a su voz, a su voluntad (ibid. 17, 1; 18, 19; cf. 15, 2-5; 17, 17 ss.; 18, 10-14).
Las nuevas relaciones cambiadas entre los contrayentes quedan expresadas en el cambio de los nombres: Abram en Abraham (ibid. 17, 5) y probablemente El, Elohim en El Shaddai = el omnipotente (Gén. 17, 1; Éx. 6, 3), nombre divino que se encuentra sobre todo en la historia de los patriarcas. La circuncisión es para los hebreos la señal exterior de la alianza (ibid. 17, 9-14). El nuevo nombre contenía la expresión de la promesa de Dios (Abraham = padre de una muchedumbre) y juntamente la misión para la que era escogido Abraham: padre de todos los creyentes: el nombre divino expresa la garantía absolutamente segura del cumplimiento de las extraordinarias 20Apromesas. La alianza es renovada por Dios con Isac (Gén. 26) y Jacob (ibid. 28, 12 ss., célebre visión de Bétel: 35, 9, lucha misteriosa con el Ángel y cambio del nombre por el de Israel, epónimo de la nación, expresión sensible de las promesas divinas).
El Génesis (12-50) es la historia de la Providencia, firme en realizar las promesas de la alianza, protegiendo visiblemente a los Patriarcas y utilizando todos los acontecimientos para que concurran a la formación de la nación judaica. Los hijos de Jacob se habrían dispersado, de no haberlos acogido la hospitalaria tierra de Gosen, en Egipto (cf. Gén. 45, 5-10; 47, 2 ss.), y no habrían vuelto a pensar en la tierra prometida, ni en la misión especial a que estaban llamados, de no haber surgido la dura persecución de los faraones.
También a la alianza del Sinaí precede la elección de Moisés y la múltiple manifestación de la omnipotencia de Dios (Éx. 1-18: plagas de Egipto, paso del mar Rojo, primeros milagros en el desierto) en favor de las tribus de Israel, que son las herederas de las promesas divinas sancionadas en la alianza precedente. La alianza del Sinaí con la elevación de Israel a la categoría de pueblo-nación da cumplimiento a la alianza con Abraham , reanudándola, precisándola en parte y dándole un nuevo impulso; con ella se inicia la nueva cooperación entre Dios y la nación. Estas relaciones tienen su expresión en el nuevo nombre divino: Yavé (Éx. 3, 14: 6, 3), el que existe eternamente, siempre igual a Sí mismo, y por eso infalible en mantener sus promesas (U. Cassuto, La quest. della Genesi, p. 85).
La redacción completa de la alianza (anunciada en Éx. 6, 2-8) se halla en Éx. 19- 23. Se resume esencialmente en la libre elección de Israel por parte de Yavé para pueblo suyo, con el solemne compromiso de introducirlo en el país de Canán para que lo posea como dueño, de protegerlo después contra sus enemigos y darle toda clase de bienes. A tal compromiso corresponde la obligación, libremente aceptada por la nación, de tributar a Yavé un culto exclusivo, y de observar los preceptos morales. «Si oís mi voz y guardáis mi alianza, vosotros seréis mi propiedad (o reserva real) entre todos los pueblos.» Y el pueblo acepta: «Nosotros haremos todo cuanto ha dicho Yavé» (Éx. 19, 4 ss., 8). Yavé da los estatutos de la alianza (ibid. cc. 20-23): 1) el Decálogo (ibid. 20, 1- 17 = Dt. 5, 6-21): monoteísmo y nuevos preceptos morales, esencia de la alianza, con el complemento pertinente a la erección del altar (Éx. 20, 22-26), a lo que podríamos añadir las leyes que regulan las tres principales fiestas 20Banuales (21, 10-19); 2) el código de la alianza (= ibid. 24, 7) que regula las relaciones entre los miembros de la naciente nación.
De esta suerte la alianza abarca y regula toda la vida de Israel (toda la legislación va guiada por la luz de la alianza); no hay lugar a ninguna división (perfecto acuerdo con la antigua mentalidad semítica o, lo que sería peor, oposición entre religión y política, entre religión y derecho. Al primer mandamiento (el monoteísmo) sigue la sanción (Éx. 20, 2-6): de generación en generación («padres», «hijos», indican las generaciones precedentes y las sucesivas, como ocurre frecuentemente en los profetas: Am. 2, 4 s.; Lam. 5, 7, etc.) se acumulan los méritos así como las infidelidades; Yavé rechaza la rotura de la alianza (destrucción de la nación y destierro de los sobrevivientes: Dt. 28; Lev. 26; A. Causse defiende el valor histórico de estas fórmulas de maldiciones y bendiciones que acompañan a la alianza): en un momento dado castigará al pueblo, incluso por la infidelidad de las generaciones precedentes.
Pero en cambio premiará indefinidamente la fidelidad a la alianza (méritos de Abraham , de los otros Patriarcas, de Moisés, cf. Éx. 32-34, y de los justos de todas las generaciones). Por tanto, su bendición se prolongará más allá que el castigo, el cual queda así circunscrito en el tiempo y en los efectos y, según enseñanza de los profetas, servirá al Señor para purificar a Israel, manifestar a las naciones su santidad, y a los supervivientes su justicia y su misericordia (Ez. 36, 16-38; cf. 14, 16.20; Jer. 1.3.16, etc.). La ratificación solemne (Éx. 24, 1-11; = Heb. 9, 18-22) después de renovada aceptación del pueblo, se efectuó con el sacrificio de las víctimas, con el característico sacrificio de la sangre y la cena sagrada.
Por una parte Yavé (= el altar ), por otra las doce tribus (= los doce túmulos), representadas por los ancianos: Moisés es el intermediario. Tomada la sangre de las víctimas, una parte la esparce sobre el altar (= la parte que pertenece a Yavé), con la otra asperja al pueblo; los ancianos que lo representan consumen las carnes del sacrificio después de haber sido inmoladas (= la porción de la divinidad). Así como en la alianza con Abraham (Gén. 15) Dios entraba en el recinto solidario de la familia de Abraham , sin mengua alguna de sus propiedades de Ser supremo, y las partes de los animales que eran divididas o quemadas significaban la unión inquebrantable entre los contrayentes; de igual modo Yavé entra ahora en un recinto solidario más amplio, la nación, que tiene en la alianza el acto de su nacimiento, causa formal de su 21Aexistencia. Como sucede con todas las otras comunidades (familia, parentela, tribu) más que la sangre es la misma divinidad, el mismo culto lo que la consolida y la anima.
En virtud de la alianza con Yavé, las tribus de Israel forman un solo organismo. Yavé es su padre (Éx. 4, 22 s.; Os. 11, 1), su protector. Los ancianos se sientan en el banquete sagrado, participan de la mesa de la divinidad. Así se manifiesta la estrechísima, indisoluble y real unión que surge entre Dios y la nación. El pueblo comprendía perfectísimamente todo esto, y libremente se obligó al cumplimiento de la alianza. Basada en los acontecimientos que la precedieron (Éx. 19, 4; 20, 2, etc.), la alianza del Sinaí se presenta en los orígenes de la nación como la causa respecto del propio efecto. Además del Éxodo, hablan de ella, y a ella hacen referencias los otros libros históricos del Antiguo Testamento; los profetas la presentan como base y culmen de su predicación.
Por otra parte responde a los usos del tiempo el que Moisés haya expresado mediante un pacto adecuado este lazo fundamental entre Yavé y el pueblo de Israel, determinando al propio tiempor las obligaciones que de tal pacto se originaban para los contrayentes (cf. Toussaint, Behm, etcétera). Todo el Antiguo Testamento narra las vicisitudes por que atravesó la actuación de la alianza del Sinaí desde el desierto, en Canán, hasta la venida de Jesús. Así en Ex. 32-34 (el episodio del becerro de oro): infracción del primer precepto y castigo temporal, por la misericordia divina; en Núm. 14, 1-38, rebelión del pueblo contra Moisés, portavoz de Yavé; y en 16-17, la rebelión de Coré, Datan y Abirón.
El libro de Josué narra cómo Yavé cumple las condiciones de la alianza (cf. Jos. 2, 43 ss.; Vulg. 41 ss.) dando a los israelitas la tierra de Canán. Israel toma solemne y oficialmente posesión de Palestina en nombre de Yavé (cf. Jos. 22, 19). Jos. 8, 30-35: en presencia de las tribus sobre el Ebal, Josué erige un monumento con gruesas piedras y un altar . En las piedras, blanqueadas con cal viva, escribe la parte principal de la ley (A. Clamer) o, por mejor decir, el Decálogo, esencia de la alianza (A. Fernández), después de haber ordenado que los levitas proclamasen las bendiciones y las maldiciones (= Dt. 27, 15-26), a las que el pueblo respondía prestando su asentimiento.
Luego inmola sacrificios sobre el altar . Es la aceptación formal, por parte del pueblo, de las obligaciones de la alianza (R. Tourneau, en RB, 1926, 98-109). Dios mantiene sus promesas (Jos. 24, 1-13). Josué recuerda las sanciones (ibid. 24, 19 s.) y 21Bexhorta al pueblo a que guarde los estatutos de la alianza, lo cual promete el pueblo formalmente (ibid. 24, 14-18, 21 s.). El libro de los Jueces hace resaltar la protección de Yavé y las periódicas infidelidades de la nación. Israel se siente oprimido por sus enemigos siempre que se olvida de la alianza y se aleja de su Dios, y se ve liberado por el mismo Dios, apenas vuelve, arrepentido, a la observancia de la ley.
En los momentos más tristes, el recuerdo de la alianza reanima los espíritus, anima y conserva el sentimiento nacional. (Jue. 5, 11-13; 7-18). Son muy instructivos a este respecto los libros: Sam.-Re. con referencias explícitas a Ex. 19-20; II Sam. 7, 23; I Re. 6, 11 ss.; 8, 22-53; elección de Israel, estatutos de la alianza y sanciones: I Re. 19, 10-14; II Re. 11, 17 ss.; íntima relación entre Yavé y el pueblo: II Sam. 7, 1- 11. A la violación de la alianza se atribuye la ruina de Samaria (II Re. 17, 7-23; 18, 11 s.) y la de Judá (ibid. 21, 11- 16; 23, 26 s.; 24, 3 s.).
La nota característica que mejor hace resaltar la superioridad y la trascendencia del yaveísmo comparado con todas las otras religiones antiguas está en el hecho de que Yavé en sus relaciones con Israel y con las naciones se inspira en los principios de la moral y de la justicia. Según la mentalidad antigua, cada una de las divinidades compartía la suerte de la nación o de la ciudad que le tributaba el culto.
Por tanto el sentido de la propia defensa, exigía el velar para que los adoradores, que las recreaban con sus sacrificios, no sufrieran una derrota definitiva. Yavé, en cambio, castiga con igual rigor las violaciones de la ley religiosa (I Sam. 15; II Sam. 6; cf. Núm. 4, 15-20) y las faltas morales de sus adoradores (II Sam. 12, 11 s., 14 s.; 13, etc., con los pecados de David), y se constituye en juez de los extranjeros inocentes (II Sam. 11-12; 21, 1-9). Llega incluso a abandonar el reino del norte y el mismo reino de Judá por la violación de los preceptos del Decálogo. La alianza con David (II Sam. 7; I Par. 17).
Al celo de David que quiere construir un gran templo, responde Yavé con la célebre profecía de Natán. Es proclamada de nuevo la antigua alianza estipulada entre Yavé e Israel, y ahora la dinastía de David participa de la estabilidad de la alianza: la obra de Moisés se completa con la de David. La alianza era irrevocable y la dinastía se estabiliza inamoviblemente, pues deberá colaborar en la obra de Yavé sobre la tierra: sus destinos quedan ligados para 22Asiempre. La alianza con David (Sal. 89, 35: berith), va encaminada a la realización del plan divino, el reino de Yavé sobre la tierra, sobre todos los hombres (cf. Sal. 2; 110 [109]; 89 [88], 28-38).
La profecía de Natán tiene una gran importancia en el desarrollo de las ideas mesiánicas y halla un eco inmenso así en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. En ella se anuncia que el Mesías será hijo de David (I Par. 17, 11; Is. 9, 6; Jer. 23, 5, etc.), rey de Israel, y su reino será eterno (Sal. 89, 37; Mt. 1; Lc. 1, 32 s.) (L. Desnoyers, III, 305-16; A. Médebielle, La Ste. Bible, Pirot, 3, pp. 490-95). Los profetas escritores que desde el siglo VIII hasta Malaquías llenan la historia del pueblo de Israel (y. Profetismo), reasumen la triple forma de la alianza desarrollando con el mesianismo la última revelación hecha a David.
Al combatir las desviaciones concretistas e idolátricas (v. Religiones populares), entonces en pleno vigor en el reino del norte e incluso en el de Judá, nos ofrecen, a veces sistemáticamente (Ez. 14. 15. 16. 20. 22. 23), la teología de la alianza ilustrando su naturaleza, revelando sus características y reconstruyendo su historia. La alianza es obra de la libre elección por parte de Yavé: Israel debe a la alianza su ser como nación. Si Yavé ha escogido a los descendientes de Abraham y de Jacob para pueblo suyo, ha sido por su infinita misericordia. Como contrapartida estableció para la nación preceptos religiosos y morales que Israel ha olvidado, y por eso sufrirá el castigo. Yavé lo aniquilará, pues su existencia es enteramente independiente de la de la nación. Yavé anulará también la alianza que por la infidelidad de la nación había resultado estéril e injuriosa para la santidad y majestad de Yavé.
Pero la alianza no puede morir (v. Amos; A. Neher). El plan salvador de Yavé será realizado por su omnipotencia y su misericordia, mediante la conservación y la conversión de los «residuos» durante la larga tribulación del destierro (Os. 2: Jer. 7, 23: 11, 4; 24, 7; 30. 31: la nueva alianza [ = I Cor. 11, 25; Heb. 8, 8-13]; Ez. 11, 20; 14, 11; 36, 28; 37, 23-27; Is. 40-66). Con estos «residuos» devueltos a Palestina, Yavé renovará la alianza cuyas obligaciones cumplirá el nuevo Israel (la comunidad posterior al destierro) como nunca lo había hecho antes del destierro. La alianza restablecida será eterna porque será elevada y absorbida en el reino del Mesías, actuación del plan divino de salvación.
La alianza es, pues, en su funcionamiento, preparatoria para el Mesías: Is. 7, 14-25; 8, 8 ss., 23; 9, 1-6; 11, etc. Los profetas describen la era mesiánica como 22Bcomplemento de la antigua alianza y como definitiva (Jer. 31). Por todo esto es fácil reconocer como preponderante la acción de Dios en los acontecimientos humanos ocurridos desde la elección de Abraham (remontándose a la historia de los orígenes: Gén. 1, 11) hasta la muerte de Antíoco Epífanes (v.), el gran perseguidor. Esta acción se encamina directamente a conservar a Israel y además la dinastía davídica (Judá) para la preparación y la venida del Mesías. Cf. especialmente el libro de Daniel (v.).
Este carácter preparatorio nos explica el particularismo de la alianza del Sinaí, que por otra parte no es más que una fase, un aspecto de la alianza inicial estipulada con Abraham , y de igual manera se nos explica el desarrollo del mesianismo a partir de la profecía de Natán (alianza con David), y las alusiones a la idea de universalidad que ampliarán los profetas, especialmente la 2.ª parte de Isaías. Cf. Is. 2, 2 ss.; Miq. 4, 1-5; Ez. 16, 60-63, etc. Estas mismas ideas serán desarrolladas más en concreto y en formas más distintas en los libros posteriores al destierro: en los históricos (Esd.-Neh.; Par.), en los proféticos (de Ag. a Mal.) y en el Cantar (v.).
Los repatriados (= tribu de Judá-Benjamín) son el Israel heredero de las promesas divinas (Mal. 1, 1=3, 4; Joel 2, 27; Par.), el «residuo» vaticinado (Ag. 1, 12; Zac. 2, 16; Esd. 2, 2b; 9, 8-13 ss.); el «pueblo santo» (Zac. 2, 5-17; Vulg. 2, 1-13). Para ellos está vigente la alianza del Sinaí (Ag. 2, 5) que es renovada solemnemente (Neh. 9, 38-10, 39). Pero el nuevo Israel con toda su gloria no es más que una sombra de la futura grandeza del reino mesiánico (Ag. 2, 6-9) del cual es preparación inmediata (Ag. 2, 20-23; Mal. 1, 11; 3, 1; Jl. 3, 1-5; 4). Particularmente I-II Par. es el libro de la teocracia resurgida.
La alianza con Abraham inicia y determina las relaciones entre Yavé e Israel (I Par. 16, 15 ss.), de la que la alianza del Sinaí representa una fase, y por eso sólo hallamos en el libro una leve alusión a ella (II Par. 5, 10: 6, 11). La antigua alianza se reduce a Judá o a la alianza con David (I Par. 28, 4-8; 17, 16-27), que va dirigida de lleno al Mesías (I Par. 17, 10-14). David es el rey predilecto, el iniciador de una dinastía en cuyo seno se realizará la promesa mesiánica, realización de la antigua alianza.
En la literatura apócrifa (s. h-i a. de J. C.) se manifiesta el acentúado particularismo judaico que se originó de la opresión seléucida, del triste fin de la dinastía Asmonea y de la intervención de Roma. Aparece asimismo el concepto de un Mesías, rey victorioso, con miras 23Aesencialmente nacionalistas y temporales, y la semejanza de esos conceptos con lo que se afirma en Daniel (2, 7-9, 12). Cf. F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme, Rovigo 1950, ppp. 63. 32- 37. Ese particularismo estriba en la alianza del Sinaí en cuanto excluye de la salvación a las gentes.
En contra de semejante mentalidad el Nuevo Testamento se remonta a la enseñanza de los profetas y del Cronista, exponiendo, con la luz más clara que proviene de los hechos consumados, el plan salvador de Dios pronosticado en la alianza con Abraham , continuado en la alianza del Sinaí (fase transitoria, por cierto), precisado en la alianza con David, explícitamente mesiánica. Tal plan queda plena y definitivamente realizado en la redención (muerte y resurrección de Jesús, Mesías, verdadero hijo de Dios). Éste es, ni más ni menos, el tema desarrollado en la epístola a los Romanos (v.) (cc. 1, 11). La promesa hecha a Abraham y su cumplimiento en Cristo tienen un idéntico carácter universal y definitivo.
En cambio la ley, «la ley de las obras» que viene después (Gal. 3, 15 ss.) entre dos acontecimientos, tiene un carácter secundario, particular y provisional (Gál. 3, 19). Sólo se dió para el pueblo de Israel, al que separó profundamente de los otros pueblos, para desempeñar para con él, en beneficio de toda la humanidad, el oficio de pedagogo (Gál. 3, 23-26) y llevarlo hasta Cristo. Desde el momento en que la promesa se cumplió en Cristo, el cometido de pedagogo ha cesado (Gál. 3, 10-14. 23.-26). El régimen de pedagogo y su particularismo no prevalecerán contra el universalismo del régimen de la gracia que se manifiesta en la promesa y en su realización (Gál. 3, 15-18; Rom. 4, 16).
Cristo pone fin al régimen provisional de la ley y realiza en toda su plenitud lo que la promesa que recibió Abraham tiene de gratuito y de universal (cf. Ef. 2, 11-22). Ya en los sinópticos (Lc. 1, 72) aparece la salvación mesiánica como cumplimiento de la alianza con Abraham (διαθήκη, en el mismo sentido que indican los LXX: «el plan salvador divino»; cf. Act. 3, 25; 7, 8). Lo expresan de un modo especial las palabras de Jesús en la última cena (Mc. 14, 24: τὸ αἷμά μου τῆς διαθήκης), y sobre todo en la forma en que las presenta Lc. 22, 20, y I Cor. 11, 25: τοῦτο τὸ ποτήριον ἡ καινὴ διαθήκη ἐστὶν ἐν τῷ ἐμῷ αἵματι. Esas palabras responden a la célebre profecía de Jer. 31, 31 ss.; cf. Heb. 8, 8-13, y también II Cor. 3, 6: «los apóstoles son ministros καινῆς διαθήκης».
El plan salvador abarca 23Ba todas las gentes (Mt. 8, 11 s., etc.): el particularismo de la alianza del Sinaí sólo se refería a aquel período histórico y no podía en manera alguna desbancar a la alianza con Abraham que la precedió y de la que ella misma formaba parte (cf. Gál. 3, 7 ss., 15-29; 4, 1-7). Tanto la una como la otra tendían a Cristo (ibid.: Rom. 1, 1-6, etc.), al cual, según frase lapidaria de Pascal, se refieren el Antiguo y el Nuevo Testamento: el primero como al objeto de su espera, el segundo como a su centro. Tanto el Antiguo como el Nuevo narran la historia de la salvación o la historia del plan salvador divino formulado en la alianza de Dios con Israel y realizado por Jesucristo Señor nuestro. [F. S.] Behm, ThWNT , II, pp. 106- 37. Schrenk, ibid., pp. 194-214. A. Noordtzij, Les intentions du Chroniste , en RB , 49 (1940), 161-68. S. Lyonnet, en VD , 25 (1947), pp. 23-34. 129-44. 193-203. 257-63. A. Feuillet, Le plan salvifique de Dieu d’après l’épître aux Romains , en RB , 57 (1950), 336-87. 489-529. A. Romeo, Dio nella Bibbia (en Dio nella ricerca unitaria ), Roma 1951, pp. 284-308: L’Alleanza . F. Spadafora, Collettivismo e Individualismo nel V. T. , Rovigo 1953. F. Asensio, Yahveh y su pueblo ( Analecta Gregoriana , 58), Roma 1953. Th. C. Vriezen, Die Erwählung Israels nach den Alten Testament , Zürich 1953.