Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

ELIAS

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El mayor de los profetas que no dejaron escritos. Su nombre «mi Dios es Yavé» (’elijjah), fue el programa de su acción. Nació en Tisbe (= el-Istib), Galaad, y llevó vida nómada (I Re. 17, 5; 18, 46; 19, 3 ss.). Cubríase con un manto de pieles, no muy grande, de modo que dejaba ver el ancho cinturón de cuero (’’’’’’ézór), una especie de delantal con que se ceñía (II Re. 1, 8); vestido tosco, primitivo, como el de Juan Bautista (Mt. 3, 4; Mc. 1, 6; P. Joüon, en Bíblica, 16 [1936], 74-81). De carácter enérgico, ardiente e intransigente. El punto culminante de su misión, desarrollada en Israel durante los reinados de Ajab (873-854) y de Ocozías , es el desafío que en el monte Carmelo hizo a los falsos profetas de Baal, episodio que termina con el exterminio de éstos (I Re. 17-18); y después de la visión que tuvo en el Horeb (= Sinaí), la elección de Elíseo con la doble misión a él confiada (I Re. 19). El cisma religioso creado por Jeroboam, se 183Aparándose de Judá y erigiendo los becerros en Bétel y en Dan (I Re. 12, 25-32), ahora daba sus frutos nefastos.

Omri, el verdadero fundador del reino de Samaria, se alió con Fenicia y dio a su hijo y sucesor Ajab por esposa la hija del rey de Tiro, Jezabel, la cual dominó al débil marido e introdujo oficialmente el baalismo fenicio, tratando de imponerlo en lugar de la religión mosaica. Mató a los profetas (los pertenecientes a la llamada «escuela» o gremio de varones piadosos bajo la dirección de Elias: v. Profetismo); persiguió a los fieles yaveístas, cuyos altares destruyó, al paso que sostenía a centenares de estáticos de las divinidades fenicias (I Re. 16, 23-34; 18, 13-19, etc.). íbase ahogando el. monoteísmo, y gran parte del pueblo había abrazado la idolatría (cf. I Re. 19, 18). Elias se presenta de improviso ante el rey y le anuncia como castigo divino una sequía de tres años (probablemente un año entero, desde el 857 al 856, con unos meses del año anterior y algunos del siguiente [tercer año], computados separadamente como hacían los semitas), que castigó duramente a Samaria y a Fenicia. Du-. rante este azote Elias estuvo escondido junto al torrente Querit en Transjordania, y al secarse éste, pasó a Sarepta, junto a Sidón, y allí fue huésped de una viuda (cf. Lc. 4, 24 ss.), cuyas escasas provisiones multiplicó, y resucitó a su hijo. Vuelve a presentarse a Ajab hacia el fin de la plaga para recriminarle de la responsabilidad de todo cuanto estaba ocurriendo, y alcanzar de él el que se convocara al pueblo en el Carmelo para celebrar una elección definitiva entre la religión mosaica y el culto de Baal- Melqart. Elias se encuentra solo ante los 400 profetas de Baal. Éstos, lo mismo que Elias, colocan una víctima sobre el altar e invocan al propio dios: la divinidad que envíe fuego del cielo para consumir la víctima, es el verdadero Dios.

El pueblo allí presente se decidirá por el vencedor en el desafío. A pesar de las danzas, las incisiones, las prolongadas oraciones, los profetas de Baal, de quienes Elias se burlaba, nada consiguen. Hacia el atardecer Elias edifica un altar a Yavé; pone encima leña y las carnes de un buey; lo rocía todo con agua para poner más en evidencia el milagro; luego invoca brevemente a Yavé para que demuestre que Él es el único Dios verdadero. Baja el fuego y todo queda reducido a cenizas. Es el triunfo de Yavé. Elias hace (cf. Dt. 13, 2-6) que el pueblo lleno de júbilo mate a los falsos profetas; y poco a poco, de manera imprevista, va cayendo una lluvia reconfortante (I Re. 17-18). Jezabel se pone furiosa, y Elias, que creía haber obtenido de repente el triunfo del 183Byaveísmo, tiene que huir de nuevo más allá de Judea (donde está la reina Atalía, hija de Jezabel), atravesando el desierto, hasta llegar al monte Horeb (= Sinaí) después de haber sido reconfortado, en su desolada parada, por un a'ngel que le ofrece una hogaza y un vaso de agua. Aquí se le aparece Yavé y le templa nuevamente para la lucha, dándole a entender que es preciso que espere, sin impacientarse, ver llegada la hora del triunfo del bien.

Dios obra sin esos actos de violencia que desconciertan, obra con esa magnánima paciencia que es propia del Eterno y que domina al tiempo. Elias no tiene por qué sentirse amargado, pues no está solo, y el triunfo de la dinastía de Omri es efímero; en vez de la extinción de la religión de Yavé y de sus adoradores, de lo que se lamenta el fogoso profeta, Yavé ha dispuesto el triunfo del yaveísmo y el exterminio de la impía dinastía.

No alcanzará a verlo Elias; continuará Elíseo su obra; Jazael de Damasco y Jehú, general de Ocozías, serán los instrumentos de la divina justicia respectivamente contra el reino (cf. II Re. 8, 28 ss., 10, 32, etc.) y contra la dinastía de Samaría y los adoradores del Baal fenicio (cf. II Re. 9-10). Elias comunica a Eliseo el divino llamamiento, y le confía el encargo de designar a Jazael como rey de Damasco y a Jehú para rey de Israel (I Re. 19). Elias actúa como severo legado de la justicia divina compareciendo otra vez ante Ajab en el momento en que va a tomar posesión de la viña de Nabot, asesinado para llevar a efecto tal usurpación, y le predice que tendrá un fin igual al de su víctima (I Re. 21). Por último se hace el encontradizo con los emisarios de Ocozías, enfermo, cuando van a consultar a Belzebú (Baal del norte), para reprochar al rey semejante impiedad y anunciarle la muerte (II Re. 1). El fin de Elias está descrito en II Re. 2 tal como se presentó ante la vista de Eliseo, que fue el único en presenciarlo (cf. I Mac. 2, 58). Elias desapareció en medio de un torbellino.

El mismo verbo láqab «tomar» (II Re. 2, 3 ss.) expresa en otros lugares la intervención de Dios en la muerte tranquila del justo (Gén. 5, 24; Sal. 49 [48], 16; Is. 53, 8). Los otros elementos son simbólicos. En Mal. 3, 1. 23 ss. (hebr. 4, 5 s.) se dice que Elias vendrá como precursor del Mesías. Esta profecía se realizó en Juan Bautista (Lc. 1, 17), que es el precursor vaticinado (Mt. 11, 10; 17, 10-13): en él se encarnó «el carácter enérgico» de Elias, el cual a su vez era una figura de Juan. Eclo. 48, 1-12 sintetiza los datos bíblicos que acaban de ser referidos 184Aacerca de Elias. No hay en la Biblia alusión alguna a la segunda venida de Elias al fin del mundo . Esta idea infundada, que estuvo muy extendida entre los cristianos, tuvo su origen en !a literatura judía, que multiplicó las leyendas en torno a la figura del austero profeta. [F. S.]

Bibliografía

F. Spadafora, en Enc. Catt. It., V, 222 s. Íd., Elia è già venuto, en Temi d’esegesi, Rovigo 1953, pp. 376-82. A. Neher, Amos, París 1950, p. 173 ss. S. Garofalo, Il libro dei Re (La S. Bibbia), Torino 1951, pp. 132-48, 168-75. Elie le Prophète (Les Études Carmélitaines), I, selon les Ecr. et les trad. chrét., pp. 269
II, Carmel, dans le judaïsme et l’Islam, pp. 317, Bruges 1956.

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