MACABEOS y Asmoneos (Historia)
La denominación de Macabeos proviene del hecho de haberse extendido a toda la familia el sobrenombre de Judas, hijo tercero de Matatías (165-160 a. de J. C.). La gesta de los Macabeos halló un eco muy débil, y a veces falso, en los historiadores paganos. En cambio 371Bproveyó de tema a los dos libros del mismo nombre (v.), del primero de los cuales depende en gran parte Flavio Josefo. Es poco lo que se sabe del sacerdote Matatías (I Mac. 2, 1-70), a quien se debe el comienzo de la insurrección. Al morir él encomendó la dirección militar a su hijo Judas ( Ibid. 3, 1 - 9, 22; II Mac. 8, 1 ss.), que llevó a cabo afortunadas empresas guerreras contra los diferentes contingentes de los seléucidas enviados a Palestina . Le fué dado purificar el Templo (v. Antíoco Epífanes), que los paganos y los judíos helenizantes habían profanado, y formalizar una alianza con Roma, pero prácticamente, al morir en la batalla, dejó a Judea bajo el dominio seléucida y al Templo en manos de sacerdotes helenizantes, mientras sus partidarios se veían constreñidos a refugiarse en el desierto. Su hermano menor, Eleazár, le había precedido en la muerte (I Mac. 6, 43-46).
Simón, uno de los tres hermanos sobrevivientes, siguió siendo el consejero moral y dirigente político, según la voluntad de su padre ( Ibid. 2, 65), mientras que Jonatán asumió la herencia de Judas en la lucha contra la tiranía extranjera. Juan, al parecer, estaba encargado de los servicios de alojamiento, pero fué muerto de repente en una emboscada por una tribu nabatena ( Ibid. 9, 35 ss.). Con el favor de las continuas luchas intestinas del reino seléucida, después de la muerte de Antíoco IV, Jonatán (160-142 a. de J. C.), valiéndose de su astucia y mostrando grandes ánimos, no desechó las ocasiones que se le brindaron para establecer alianzas diplomáticas, con lo que logró debilitar considerablemente el prestigio seléucida en Judea. Consiguió numerosas concesiones y exenciones económicas; fué investido del sumo sacerdocio ( Ibid. 10, 20) y en la práctica gobernó en Judea. Con todo, no logró eliminar la guarnición siria en el Acra de Jerusalén . Fué capturado traidoramente por Trifón, a quien hizo frente inmediatamente Simón, que resueltamente había sustituído a su hermano. Simón (142-135 a. de J. C.) llevó a término la obra de Judas y de Jonatán.
En primer lugar trató de pactar con Trifón, quien lo despachó con la promesa de poner en libertad al prisionero, y luego se puso al lado de Demetrio II, el cual se apresuró a otorgarle las máximas concesiones. Ahora estaba ya casi enteramente desvanecida la soberanía seléucida. En 142-141 el pueblo se consideró como formalmente libre e independiente (I Mac. 13, 41 s.). El 23 del mes de Ijjar (mayo) del 141 se rindió incluso la guarnición del Acra, que 372Ahacía largo tiempo estaba aislada. Esto era la plena independencia reforzada con las relaciones diplomáticas ( Ibid. 14, 16-24; 15, 15-24). Una asamblea popular ( Ibid. 14, 25-49) confirma las diferentes prerrogativas que se habían acumulado en la familia de los Macabeos, las cuales se compendiaban en la suprema autoridad civil (sin el título de rey) y religiosa. Antíoco VII Sidetes trató de anular la nueva situación que se había creado en Judea, mas su intervención tuvo por resultado un fracaso ( Ibid. 15, 25 - 16, 10). Simón fué asesinado por un yerno suyo, un tal Tolomeo, a quien se había encomendado la fortaleza de Doq en el monte de la Cuarentena, junto a Jericó .
No obstante la larga y minuciosa preparación del delito, el asesino no logró tomar la dirección de Judea, ya que fué prevenido por Juan Hircano , a quien Simón, su padre, había encomendado un importante cargo militar ( Ibid. 13, 53; 16, 3.21 s.). Con Juan Hircano (135-104) comienza la dinastía que suele llamarse asmonea, del nombre de un antepasado de los Macabeos (Fl. Josefo, Ant. XII, 265, única fuente por ahora y no siempre digna de crédito). En un principio el joven rey hubo de vencer no pocas dificultades provenientes de Antíoco VII, a quien había llamado el rebelde Tolomeo, e intentaba reafirmar su dominio sobre Judea. Únicamente la preocupación por las fronteras del norte, y tal vez también el miedo a Roma, convencieron al rey seléucida de la conveniencia de pactar con el príncipe asmoneo asediado en Jerusalén. Su largo reinado vió prosperidad y bienestar; la conquista y anexión definitiva de Idumea y Transjordania, a las que se impuso la circuncisión y la religión judaica. En el interior, Hircano se puso en declarada hostilidad con los fariseos , que hasta entonces habían sido los sostenedores de los Macabeos.
Los fariseos se oponían especialmente a la unión de la dignidad sacerdotal con la civil, que se había consumado en la casa reinante. A Juan Hircano sucedió su primogénito Aristóbulo I, que murió en breve (103-102) y sin hijos.
Su esposa Alejandra puso en libertad a tres de sus cuñados que todavía vivían y adjudicó el sumo sacerdocio al mayor de ellos, con quien probablemente se casó la reina. Este hijo de Hircano se llamaba Jonatán (Jánneo, en abreviatura) y, en forma helenista, Alejandro. Tomó el título de «rey» y reinó del 102 al 76. Fué un general capaz y despreciador del cansancio, que alcanzó varios éxitos en las campañas de conquista; pero fué cruel y tirano, y en manera alguna digno del cargo 372Bde sumo sacerdote. Estuvo siempre en lucha con los fariseos, a quienes persiguió con tenacidad. Éstos llegaron a implorar la ayuda extranjera, faltando a una de sus afirmaciones más tajantes. Demetrio III Éuquero derrotó a Alejandro Janneo en Soquen, pero el peligro de una nueva sujeción a los seléucidas indujo a los fariseos a abandonar a Demetrio, que se retiró disgustado.
El rey continuó en sus empresas y en sus venganzas, y murió asediando una fortaleza de Transjordania (Fl. Josefo, XIII, 395-98). Su perspicacia y el amor a la monarquía le indujo a aconsejar a su mujer Alejandra Salomé una política de benévolo acercamiento a los fariseos. La capitulación imprevista del rey desarmó a éstos, los cuales le dieron una solemne sepultura e inmediatamente se dispusieron a ponerse bajo el patrocinio de la reina (XIII, 409). Ésta reinó durante unos diez años (75-66), y a su hijo Hircano, de índole pacífica y ajeno a toda ambición, lo nombró sumo sacerdote, y trató de arrinconar a su otro hijo, el emprendedor Aristóbulo. Si por una parte la reina se mostró sagaz, por otra sembró las múltiples discordias futuras con su injusta y miope preferencia por el débil Hircano y con la plena libertad que dejó a los fariseos, y efectivamente su muerte dió comienzo a la guerra civil. Pronto Aristóbulo ganó la delantera a su hermano, quien a los tres meses de reinado se vió forzado a retirarse a la vida privada. Hircano, rechazado por el idumeo Antípatro, cortesano interesado, se refugió cabe el rey Areta, que trató de retenerlo en el trono con las armas, pero no logró conquistar a Jerusalén.
Antípatro se dió a negociar con los romanos y consiguió que Pompeyo (antes partidario de Aristóbulo, en el año 65) ahora se inclinase por el débil Hircano. Pompeyo ocupó a Jerusalén en el otoño del año 63 a. de J. C. y puso a Hircano con el título de «etnarca» sobre Judea, Galilea y algunos distritos de Transjordania e Idumea, pero bajo la vigilancia de Scauro, gobernador de la nueva provincia de Siria. Para adornar su triunfo llevóse consigo a Roma a Aristóbulo y a sus hijos Antígono y Alejandro. Éste consiguió huir durante el viaje, y hacia el año 58 se presentó nuevamente en Palestina, donde reunió el partido que favorecía a su padre. El inepto Hircano acudió al comandante romano Gabinio, que cada vez intervino más directamente e incluso en las cuestiones internas. En el 56 apareció otra vez en Judea el propio Aristóbulo con su otro hijo Antígono, pero pronto lo hicieron prisionero. 373AEl idumeo Antípatro, ayudado de su astuto hijo Herodes, contribuyó más que otro alguno a la extinción de la dinastía asmonea. Aristóbulo murió el 63; Hircano II llegó, entre muchas peripecias, hasta el año 30 a. de J. C. A su nieto Antígono, destronado por Herodes en el 37, lo anuló el triunviro Antonio. [A.
P.]
Bibliografía
J. M. Lagrange, Le Judaïsme avant Jésus-Christ , 3.ª ed., París 1931, pp. 47-61, 91-108, 131-48. F. M. Abel, Histoire de la Palestine , I, ibid. 1952, pp. 130-264, 287-96, 310-44.