JEREMÍAS
(Irmejahlû = Yavé ensalza o consolida). El segundo de los cuatro profetas mayores. 301BDe muy pocos personajes del Antiguo Testamento tenemos noticias tan detalladas como de Jeremías. Su libro toma en muchos puntos el carácter de una autobiografía. Nació de familia sacerdotal en Anatot (en Ras el-Charrube, unos 4,5 km. al nordeste de Jerusalén ) cuyo nombre se ha perpetuado en el cercano ‘Anáta. En el año 626, cuando inicia su actividad profética, Jeremías se llama joven ( na‘ar ), y por consiguiente es muy probable que hubiese nacido hacia el 650 a. de J. C. Su índole suave y su apego a una existencia tranquila en su pequeño Anatot son patéticas alusiones a la belleza de la vida de familia (Jer. 6, 11; 9, 20, etc.). Responde a la llamada divina con un profundo sentido del deber, y la describe como un acto de «atracción» y de «violencia» por parte de Dios (20, 7), a quien corresponde venciendo su apatía (1, 9). Así llega a ser el heraldo de Dios en el período más crítico del hebraísmo y anuncia sin temor oráculos tremendos para su patria.
Jeremías recibió el llamamiento en el año décimotercero del rey Josías (= 626) y perseveró desempeñando tal oficio hasta después de la caída de Jerusalén (587). Pero en los primeros años su actividad parece haber sido más bien limitada, y tal vez intermitente, razón por la cual no se le menciona en los documentos que describen la reforma del rey Josías, iniciada en el 621 a. de J. C. Al darse el famoso «hallazgo del libro de la ley» (II Re. 22, 8 ss.), el rey se dirige a la profetisa Jolda y no a Jeremías. Desarrolló su ministerio profético bajo los cinco últimos reyes de Judá. Muy poco puede referirse en su libro al tiempo del rey Josías (638-609), Joacaz (609) y Joaquín (598). Su drama se desarrolló durante el reinado del soberbio y escéptico Joaquim (608-598) y durante el del abúlico Sedecías (598-587). La luz que proyectan los capítulos 26 y 36 de su libro descubren que entre Jeremías y Joaquim hubo un intercambio de relaciones poco gratas.
En el c. 26 asistimos a la intentona, por parte de altos dignatarios, de condenar a Jeremías a causa del discurso pronunciado en el Templo (7, 1 ss.); en 20, 2 ss. vemos al profeta en la prisión, y en el c. 36 asistimos a la lectura del libro de Jeremías, que el rey arroja a las llamas amenazando de muerte a su autor. Pero el profeta continuó amonestando a todos a que se dieran a la práctica de una verdadera religión interior y de la justicia social, reprendiendo los diferentes vicios y condenando la política del partido egiptófilo, que fomentaba la veleidad de una afirmación nacionalista contra la 302Asupremacía babilónica. En ese período sufrió muchísimo Jeremías (17, 18); hubo incluso una conjuración contra él por parte de sus conciudadanos (18, 18-23). Durante el reinado de Sedecías la actividad de Jeremías fue mucho más intensa. Entonces se agudiza el contraste con los de la política de oposición que, después del advenimiento a Egipto del faraón Hofra, se arriesgan a sublevarse contra los babilonios. Abiertas las hostilidades, Jeremías anuncia de parte del Señor el fin catastrófico de la empresa, siendo por ello acusado de derrotismo y maltratado.
El rey personalmente lo respeta, pero no tiene valor para enfrentarse con sus influyentes ministros. Asistimos también a secretos coloquios que el débil soberano solicita cruzar con el recluso (21, 1-10; 37, 17-20; 38, 14-26). Durante el asedio Jeremías padece por la ruina que se cierne sobre la ciudad, y quizás más aún por la actitud de incomprensión de Sedecías y por la maldad de sus consejeros. No se hace caso de Jeremías, y, de haberse decidido a negociar tempestivamente con los babilonios, se habrían podido evitar la catástrofe y los horrores de la miseria general. Después de ocurrido lo que era irreparable, Jeremías no se ocupa de fáciles e inútiles recriminaciones. Habiéndole brindado los babilonios la elección entre irse a Mesopotamia o quedarse en Judea, opta por esta última. Ahora, cuando todo parecía perdido, Jeremías, que ya en las horas del asedio había manifestado su fe en el futuro (32 ss.), se transforma en apóstol de los supervivientes que habían quedado. Únese a Godolías (v.) que en Masfa daba comienzo a la penosa labor de reconstrucción material y moral de Judea (40, 4 ss.). El asesinato de este valeroso gobernador siembra en el país una completa confusión (41, 2 ss.).
Jeremías se ve en poder del grupo de judíos que después de haberse vengado de Godolías huye a Egipto por temor a posibles represalias por parte de los babilonios (42, 1 ss.). Allá continuó su misión (43, 8 ss.) exhortando y amonestando a los hebreos fugitivos y prediciendo la futura invasión de Egipto por los babilonios. También allí se manifiestan oposiciones y contrastes contra él. Una tradición tardía (Seudo-Epifanio, PG 43, 400; Martirologio Romano, 1.º de mayo) afirma que Jeremías fue muerto por su pueblo en Tafnis (Hebr. 11, 37; Tertuliano, Scorp. , 8). La hostilidad que probó en vida fue después sustituida por una veneración cada vez más intensa (Eclo. 49, 7; II Mac. 2, 1 ss.; 15, 14 ss.). Hubo quien llegó a pensar que el 302BMesías no habría sido sino Jeremías resucitado (cf. Mt. 16, 14). Los Padre s y muchos exegetas católicos ven en Jeremías el tipo de Jesús paciente. El libro que lleva su nombre consta de 52 capítulos.
Después de la introducción (c. 1) siguen: vaticinios contra el reino de Judá (2, 1-29, 32), pronunciados lo más tarde entre el 626 y el 625 (= año 4.º de Joaquim); oráculos sobre la futura reconstrucción de Israel y la época mesiánica (30-33); vaticinios proferidos durante el asedio de Jerusalén (34, 1-40, 5); después de tomada la ciudad (40, 6-44, 30); el referente a Baruc (45, 1-5); oráculos contra las naciones (46-51); el apéndice histórico (52) sobre la toma de Jerusalén. Basta una lectura superficial para notar en el libro el gran desorden cronológico y la variedad de géneros literarios. La primera característica fue ya advertida por escritores antiguos (Jerónimo, In Jerem. 21, 1 s.). No puede hablarse de un verdadero libro sino más bien de una «colección de escritos» o «misceláneas» (G. Ricciotti, Il libro di G. , Torino 1923, p. 39). Tal desorden, lógico y cronológico, juntamente con la notable divergencia que existe entre el texto hebreo y la traducción griega, plantea el problema sobre el origen del libro y de la transmisión del mismo.
Por el capítulo 36 sabemos que el rey destruyó una primera edición de los oráculos, a la cual siguió una segunda en parte idéntica, pero también con muchos elementos nuevos; y los exegetas más recientes distinguen esas diferentes partes partiendo del examen de los principales géneros literarios o también de indicios extrínsecos. Entre los católicos, Podechard (en RB , 37 [1928] 181-97), a quien siguen Nötscher y Gelin, distinguen tres secciones (cc. 1-25; 26-35; 36-45). Señala en la primera «una colección de oráculos proféticos, obra de Jeremías», que sería el «rollo» del 604 a. de J. C., con algunos retoques y añadiduras; en la segunda ve una colección un tanto heterogénea, que fue iniciada por Jeremías y cuya redacción definitiva se llevó a efecto después de tomada Jerusalén; la tercera, de carácter biográfico, sería «un verdadero libro de Baruc sobre Jeremías». Ninguna de las tres secciones se vio enteramente libre de añadiduras y de leves retoques. Su fusión se realizó en un tiempo que no se ha podido precisar, pero en todo caso muy anterior a la versión de los Setenta.
La añadidura de los cc. 18-20 y 21-24 a la primera sección habría determinado el desplazamiento de los oráculos contra las naciones del c. 25 y ss. 303Aal final del volumen (cc. 46-51), a lo que se añadió como apéndice el c. 52. Hay divergencias entre el texto hebreo y la versión griega de los Setenta: en cuanto a la extensión, es mucho más breve el griego que el hebreo, con la diferencia de una octava parte; y en cuanto a la disposición, los oráculos contra las naciones en la versión griega siguen a 25, 13: Elam, Egipto, Babilonia, Filistea, Edom, Amón, Cedar, Damasco, Moab ; mientras que en el hebreo ocupan los cc. 46-51 por el orden siguiente: Egipto, Filistea, Moab, Amón, Edom, Damasco, Cedar, Elam, Babilonia. Al parecer, el griego intenta mostrar cierta jerarquía en la importancia de cada una de las naciones, mientras que el hebreo sigue más bien un orden geográfico, de sur a norte. En general se da preferencia al hebreo. La transposición de los oráculos suele explicarse con la suposición de que circularon diferentes versiones de la obra de Jeremías, una con los oráculos en el c. 25 y otra que los relegaba al final.
La versión griega reproduciría la primera disposición, más lógica, y el hebreo la segunda. Nadie ha opuesto serios argumentos al valor histórico de la autobiografía de Jeremías ni a los relatos biográficos de Baruc , y no pocas de esas noticias están confirmadas por el libro de los Reyes. Entre los documentos profanos que nos proporcionan confirmaciones, más o menos directas, están la crónica de Gad, los papiros de Elefantina, las cartas de Laquis, el texto cuneiforme relativo al rey Joaquín y la carta de Sakkara (A. Penna, p. 16). El valor literario del libro es vario. Algunos fragmentos (19; 24; 32; 33; 34; 39) en prosa, generalmente atribuidos al amanuense Baruc , tienen frecuentemente un estilo muy simple y monótono a causa de las numerosas repeticiones. Otros fragmentos se presentan con imágenes agudas y poéticas que podrían ser consideradas como normales en un libro profético de la Biblia. Otros en cambio revelan un sentimiento exquisitamente poético. Ello resulta de expresiones, a menudo felicísimas, que describen la naturaleza; pero más aún de las perícopes emotivas, en las que el profeta desahoga su terrible lucha interior (11, 18-23; 15, 10-21; 17, 14-18; 18-23; 20, 7-17).
Pero lo que ha merecido a Jeremías que se le juzgue como el más psicólogo entre los escritores del Antiguo Testamento, son sus famosas «confesiones». Una tal nota de dolor y de melancolía brota del grandísimo amor del profeta a su pueblo y a Jerusalén, al que muy a pesar suyo echa en cara culpas y predice castigos. Desde 303Bel punto de vista lingüístico el libro de Jeremías es correcto y simple. Aun no siendo obra didáctica, del libro de Jeremías puede sacarse una rica enseñanza teológica. El concepto de Dios es semejante al que puede deducirse de otros textos bíblicos. Se afirma con energía la unidad divina, y se reprueba la idolatría y el sincretismo religioso bajo todas sus formas. Se insiste especialmente en la actividad creadora de Dios (10, 16; 27, 5; 31, 35-37) y en su dominio sobre la creación (6, 24; 10, 13; 14, 22; 31, 35). Entre los atributos divinos celébranse de un modo particular la justicia (9, 23; 12, 1; 32, 19) y la misericordia (3, 12; 4, 27; 5, 18; 30, 11; 33, 11). Los oráculos sobre las naciones y muchos otros textos dan pruebas exhaustivas de que la omnipotencia divina es ilimitada. Dios ejerce su imperio sobre todo el mundo , y no sólo sobre Israel.
La relación entre Dios y el pueblo elegido está descrita con un lenguaje de lo más tierno. Jeremías pinta en forma de idilio la antigua fidelidad de Israel a Dios: era el tiempo feliz del «noviazgo» (2, 2; 3, 4.19; 31, 9.20). Es el lenguaje del Cantar de los Cantares y del profeta Oseas . Así la nueva alianza se vislumbra como el retorno a la intimidad de otro tiempo. Israel será de nuevo el hijo «primogénito» de Dios, el más tierno de los padres (31, 9). Entonces el nuevo pueblo de Dios surgirá del «resto» o «residuo» de Israel (3, 14). La tendencia a describir y a poner de manifiesto la ternura del amor de Dios al pueblo y a los individuos hace de Jeremías un perfecto analizador del mal moral. El pecado es alejamiento de Dios (1, 16; 2, 13-19; 16, 11); los idólatras son «rebeldes» y «extraviados». Jeremías insiste también en denunciar los pecados de lujuria, el latrocinio, la mentira, la falsedad en los juramentos, el engaño, la injusticia social, etc. Al pecado, considerado como rebelión a Dios, contrapone un «retorno» humilde y sincero a esta fuente de agua viva (3, 7.14; 22; 4, 1 ss.).
Muchas veces se ha presentado a Jeremías como el profeta de la religión interior, en espíritu y verdad (cf. Jn. 4, 23). Es innegable esta preocupación de Jeremías (7, 21 ss.) en cuanto opuesto a un vano formulismo exterior; pero es erróneo (v. Profetismo) que él reprobase el culto externo (17, 26; 33, 18). Tal anhelo por una religiosidad profunda se manifiesta en el amor a la oración . Jeremías intercede por la nación en peligro (7, 16; 11, 14; 28, 6; 32, 16.24 ss.), por los buenos que le rodean, por el castigo de los malos (15, 15; 304A18, 21 ss.; 20, 12), por sí mismo (18, 19). Y afirma reiteradas veces la eficacia de la oración (27, 18; 37, 3; 42, 2). La parte reservada al Mesías, como persona, en el libro de Jeremías es más bien modesta. La profecía más extensa (31-33) tiene por tema la nueva alianza (v.) entre Dios y su pueblo. Del Mesías se describe el reino de justicia, de salvación y de paz en 23, 3-8 (cf. 33, 14-16). [A. P.]
Bibliografía
G. Montico, Geremia nella tradizione hebraica e cristiana , Padova 1936
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L. Brates, Un comentario y traducción del libro de J., en EstB (1953), p. 27
Justo Pérez de U., Leyendo la Biblia. Jeremías, en Cons. (1956), mayo, n.º 184
Planas, Jer. y Ananías, en CB (1953), p. 105.