DANIEL
138ADāni’el (Dios es mi juez) de la tribu de Judá; de noble familia (según Josefo, Ant. X, 10, 1; San Jerónimo, PL 25, 518, lo considera como de estirpe real). Siendo joven aún fue deportado a Babilonia cuando se apoderó Nabucodonosor de Jerusalén por vez primera (605 a. de J. C.). Fue educado en la corte durante tres años e instruido en las letras y en la lengua de los caldeos juntamente con otros tres compañeros del mismo rango. Habiendo sido admitido para estar al servicio del rey, por revelación divina supo explicarle un sueño extraordinario, y así llegó a ser su consejero favorito. Durante el reinado de Nabucodonosor y sus sucesores — se nombran Baltasar, Darío el Medo y Ciro — ocupó los puestos más elevados. Su último vaticinio data del año 3.° de Ciro (536 a. de J. C.). Ezequiel en el año 591 a. de J. C. lo propone a los cautivos como modelo de «justicia» (14, 14. 20) y de «sabiduría» (28, 3). Tenía entonces Daniel 25 años. Era amado del Señor por su fidelidad a la Ley (Dan. 1), y así ya se había manifestado como sabio juez en el episodio de Susana (Dan. 13, 45-63), y como vidente inspirado en la interpretación del sueño de Nabucodonosor en el segundo año de su reinado (h. 603; Dan. 2).
Muchas otras cosas conocerían los cautivos sobre este florón de su estirpe, que mantenía tan alta en la capital de los vencedores la religión del verdadero Dios. La publicación de Ch. Virolleaud, La leggenda fenicia di Danel, París 1936 (4 tablillas de Ras Shamra) hizo creer que tenían razón los críticos acatólicos que referían los rasgos de Ezequiel a cierto desconocido que vivió en un tiempo remoto y que fue conocido de los fenicios (vaticinio contra el rey de Tiro: 28, 3). Pero aquí tenemos a este desconocido dado a conocer por los textos fenicios de Ras Shamra (s. xv a. de J. C.). Tiene el mismo nombre; es piadoso y sabio: «He aquí a Dn’el el héroe que cura — He aquí a Gozer el héroe amamita — Se yergue, se sienta ante la puerta — Bajo magníficos árboles, junto al agua — Guía el proceso de la viuda — Juzga el juicio del huérfano». En realidad:
1. El héroe ugarítico «no posee una ciencia vasta, muy extensa, ni conoce las cosas desconocidas de los hombres» (esto quiere decir ser «sabio»); los versos citados, aparte de ser enteramente incidentales, dicen muy poco porque contienen frases consagradas por el uso para expresar un grave deber de justicia (cf. Éx. 22, 21-24; 23, 9, etc.).
2. El texto ugarítico no permite considerar a Dn’el como modelo de santidad : «Danel no 138Baparece ni como un «sabio» ni como un «justo». Es un héroe que se mueve en un mundo de dioses y de diosas, de personajes más o menos divinos» (J. Joüon, en Bíblica, 19 [1938], 284 s.); tal vez él mismo sea un dios; practica la epaloscopia, ofrece sacrificios a las diferentes divinidades. Alguien ha dicho que estos idolátricos pormenores tal vez se deban a la leyenda, que podría suponer un Dan’el histórico, a quien aludiría Ezequiel. Posibilidad abstracta sin apoyo alguno. De entre todos los críticos que se han ocupado de la leyenda, apenas uno o dos han vislumbrado la posibilidad de un solo fundamento histórico. Trátase de un mito campestre. No hay motivo alguno para poner en duda la alusión de Ez. 14, 14. 20; 28, 3 a nuestro joven profeta. Los vaticinios contra las gentes (como el de Ez. 28 contra Tiro) eran pronunciados ante los judíos y para los judíos (F. Spadafora, Ezechiele, 2.ª ed., Torino 1951, pp. 116-19). Tal como se encuentra en la Biblia hebrea, el libro de Daniel consta de seis narráciones y de cuatro profecías. Las principales describen:
1. La deportación de Daniel, su educación en la corte. Con su nuevo nombre babilónico Baltasar (balatsu-usur = oh Bel, protege su vida), indícase principalmente su piedad bendecida por Dios, y que se distinguió en la observancia de la Ley mosaica, sobre todo en lo que se refiere a las prescripciones acerca de los manjares impuros.
2. El sueño de Nabucodonosor, de la gran estatua con cabeza de oro, pecho y brazos de plata, vientre y bajovientre de bronce, las piernas de hierro, los pies, parte de hierro y parte de barro. Una piedra que se desgaja del monte hiere los pies de la estatua, que se hace añicos; la piedra se convierte en una gran montaña que llena la tierra entera. Es la sucesión de cuatro imperios: babilónico (oro), medopersa (plata), griego (bronce), Diadocos, reino siríaco (hierro y barro), a los cuales sigue el reino del Mesías, la Iglesia (la piedra hecha montaña; c. 2).
3. El episodio de los tres compañeros de Daniel, que por no haber adorado una estatua erigida por orden del rey son arrojados a un horno encendido, de cuyas llamas jos libra el Ángel del Señor (c. 3).
4. Un nuevo sueño y la locura de Nabucodonosor; la demencia zooantrópica o licantrópica aflige al soberano durante cierto tiempo; aquel que se vea afectado de ella se creerá convertido en un animal e imitará sus costumbres. La predicción de Daniel hace que Nabucodonosor reconozca la omnipotencia de Dios (c. 4).
5. El rey Baltasar (Belássar - Bel protege 139Aal rey), hijo de Nabonid , que le dejó el reino de Babilonia durante su retiro en el oasis de Tema: Crónica de Nabonid, col. II, lin. 10 s., 19, 23 s.). Al fin de un suntuoso banquete profana los vasos que Nabucodonosor había sustraído del Templo de Jerusalén, antes de la destrucción, y da gloria, con detrimento de Yavé, a los dioses de Babilonia. Inmediatamente una mano escribe en la pared unas señales misteriosas. Daniel — llamado por consejo de la reina madre — lee: mené, mené’, teqél úfarsin (Dan. 5, 25). Mené’ = participio pas. del arameo menah «numerar»; y juntamente estado indeterminado de minjah «mina» (moneda); teqél = §qel hebreo «sido»; parsin = plural de parsu «parte» = media mina. Repítese la primera palabra para hacer más solemne la amenaza y referirse a los diferentes sentidos encerrados en cada uno de los términos. Como se trataba de monedas o pesos, en la pared aparecieron signos representativos y no palabras; por eso no lograban descifrarlos los magos.
Daniel explica: mené*—numerado; Dios ha contado los días de tu reino para ponerle fin; teqél (que reteniendo solo las consonantes puede leerse teqil = pesado: has sido pesado, y tépal, de qálal «ser ligero»), «has sido pesado y hallado falto de peso»; finalmente las consonantes de peres (singular de parsin) dan también peris = despedazado; «ha sido roto tu reino y dado a los medos y a los persas» (Paras, también las mismas consonantes).
6. Daniel, arrojado al foso de los leones por su fidelidad a Dios, es preservado milagrosamente (c. 6). Siguen cuatro profecías:
1. En una visión grandiosa, Daniel ve las cabezas de dos grandes imperios representados por bestias: un león (rey e imperio de Babilonia), un oso (medo-persa), un leopardo (griego), una cuarta bestia que tiene 10 cuernos (los Diadocos), entre los cuales apunta uno nuevo que quiere significar un poder maléfico, compuesto de hombre y bestia, animado de intenciones impías y soberbias: es un rey que proferirá palabras impías contra el Altísimo, oprimirá a los que le rinden culto (los judíos), y protegerá la abolición de la verdadera religión; tendrá bajo su yugo a los judíos (los santos) durante unos tres años y medio (un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo). El profeta anuncia claramente lo que hará Antíoco IV Dpifanes (v.). -Pero ese rey será castigado. A los cuatro imperios seguirá el reino de los santos. He aquí que viene sobre las nubes como un Hijo 139Bdel hombre (= un hombre), y se acerca al anciano (= Dios), que le entrega el señorío, la gloria y el imperio: reino eterno, universal. Las bestias y el hombre que viene del cielo representan los respectivos imperios (7, 18. 27), con sus correspondientes reyes (7, 17): los antiguos no podían concebir imperios sin sus cabezas.
Los santos forman el nuevo imperio, y por lo tanto tendrán necesariamente un rey (= Hijo del hombre = el Mesías) para inaugurarlo y gobernarlo (c. 7).
2. La visión del carnero (imperio medopersa) y del macho cabrio (griego); las dos penúltimas bestias del capítulo precedente. El macho cabrio derrumba al carnero, cuyo cuerno queda despedazado, dando origen a cuatro cuernos, de uno de los cuales salió un pequeño cuerno que inmediatamente se hizo muy grande y potente: hirió al pueblo de Dios, actuó contra el mismo Dios haciendo que cesara el holocausto diario y profanando el templo durante 2.300 tardes y mañanas (1.500 días = unos tres años y medio; 8,14 = 7,25). También aquí se anuncia concretamente la persecución de Antíoco IV (c. 8).
3. La visión de las setenta semanas excede los límites del tiempo de las profecías precedentes. El término inicial es el vaticinio de Jeremías 25, 12; 29, 10 acerca del regreso de Israel de la cautividad, pronunciadas (29, 10) hacia el 606 a. de J. C., las cuales fueron leídas por Daniel (9, 2). El término final es la persecución y la muerte de Antíoco IV Epífanes. La restauración completa se obtendrá en tres períodos. Al fin del 1.° (siete semanas = 49 años, desde el fin de Judá hasta 598 a. de J. C.), Ciro dará el decreto para el regreso y la restauración del Templo y de Jerusalén.
Durante el segundo período de setenta y dos semanas (434 años), será una realidad dicha reconstrucción, y aunque en medio de sufrimientos y de obstáculos resurgirá la teocracia: Israel pueblo de Yavé, con la fiel aplicación del pacto del Sinaí. Al final de dicho período será muerto (asesinado en Antioquía en el 172 a. de J. C.) Onías III, el piadoso sumo sacerdote (= un ungido); y comenzará la cruel persecución de Antíoco IV (última semana). «Ya en la mitad de la semana (~ tres años y medio : 9, 27 = 7, 25; 8, 14) cesará el sacrificio y la oblación y habrá en el santuario una abominación desoladora (= el simulacro de Júpiter y demás profanaciones), hasta que la ruina decretada venga sobre el devastador.» — Para el fin de las setenta semanas cesará la transgresión, tendrá fin el pecado. saldrá a la luz una justicia eterna (9, 24): el reino del Mesías.
140A4. En los cc. 10-12 se pronostican detalladamente los acontecimientos de seléucidas y tolomeos que luchan entre sí, hasta Antíoco Epífanes; la persecución de este último (11, 31 = 8, 11 s.; 9, 27), su muerte (11, 45) y el triunfo del pueblo de Dios con el comienzo de su reino (12). Aparece claramente que las cuatro profecías vuelven sobre el tema y líneas generales del capítulo 2, ilustrándolo con imágenes varias y desarrollándolo con nuevos pormenores. Salta a la vista la unidad, la viveza, la conexión lógica de todo el libro. Los cc. 2, 7-12 se completan unos a otros: todas las visiones son correlativas y todas ponen el reino mesiánico después de la muerte de Antíoco IV, último término histórico adonde llega la profecía. Por todo lo dicho no cabe duda de que Dan. 12 no se refiere al fin del mundo sino a la era mesiánica. En Dan. 12, 2, los que «duermen (= están inactivos, Sal. 44, 24; 121, 4) en el polvo» son los habitantes del Se’ól (= polvo, Job 17, 16), los cuales despertarán al llegar el reino mesiánico. No se trata de la resurrección de los cuerpos sino del fin de la espera en el Se’ól.
Para los justos será el gozo, la participación de los frutos de la Redención: para los malos, la eterna condenación (F. Spadafora, Gesu e la fine di Gerusaleme, Rovigo 1950, pp. 35 ss.). El alma del Salvador descendio a la morada de los muertos para anunciar la buena nueva de la salvación: para los justos el efecto retroactivo de la redención (I Pe. 3, 18 ss.; 4, 5 s.), del que Daniel participa (Dan. 12, 13). A estos textos de la Biblia hebrea añádense la oración de Azarías y el cántico de los tres jóvenes en el horno (3, 24-90); la historia de la casta Susana, calumniada por dos viejos corrompidos y salvada por la sabiduría inspirada del joven Daniel (c. 13); los episodios de Bel y del dragón (c. 14). Estos capítulos (las partes llamadas deuterocanónicas, v. Canon), que solo se conservaron en griego (LXX y Teodoción) fueron escritos primitivamente en hebreo o en arameo. La Iglesia sustituyó la versión griega de los Setenta (cód. Quisiano, s. ix, y ahora Chester Beatty), excesivamente libre, por la versión griega de Teodoción, literal y fiel. El texto masorético tiene en hebreo los cc. 1-2, 4; 8-12; el resto (2, 5-7) en arameo.
En la parte aramea hállanse unos diecisiete términos persas (dos en el c. 1, vv. 3, 5); y en el c. 3, 5 tres términos griegos de instrumentos musicales. El examen literario permite explicar así este fenómeno lingüístico. Daniel escribe todo el libro en hebreo. Los cc. 1-7, muy útiles para 140Balimentar la confianza en Yavé. cuyos diferentes atributos celebran, así como el cumplimiento de su plan salvador mediante el Israel renacido (v. Alianza), fueron traducidos al arameo durante el período persa y difundidos entre los cautivos. El traductor se sirvió de términos técnicos persas entonces en uso, para indicar los cargos; las tres palabras griegas, importadas juntamente con los instrumentos por la corte babilónica, habían tenido cabida en la lengua persa. Los cc. 8-12, que describen casos particulares, según sugerencia profética (Dan. 8, 26; 14, 4) no debían ser divulgados, y por eso quedaron en hebreo. Difundiose enteramente el libro durante la persecución del tiempo de los Macabeos.
Mas el original hebreo de los cc. 1-7 se había perdido enteramente, y solo se tuvo cuidado de traducir al hebreo el fragmento 1-2, 4 (cuando empiezan a hablar los caldeos), por respetar la uniformidad en la colección de los libros sagrados (A. Bea). El cuadro histórico a que se refiere Daniel es muy amplio. Imperio babilónico: Nabucodonosor (605-562: Dan. 1-4); Evil-Merodac (Amel-Marduk: 561-560); Neriglissar (Nergal-Sar-ussur: 559-556); Labaši-Marduk (556); Nabonid (Nabunaid: 555-539), cuyo hijo Baltasar reinó con el padre: 549-538. Dan. 5 habla de Baltasar llamándolo hijo (descendiente) de Nabucodonosor, probablemente por línea materna. Imperio persa. Ciro (v.) entra en Babilonia el 28 de oct. del 539; rey de Babilonia 538-530. Dan. 5, 32 afirma que, muerto Baltasar, reinó en su lugar el medo Darío (cf. 6, 1. 8. 29; 9, 1 s.). Muchos han pensado en Gobrias (Gubaru), el general que entró en Babilonia y fue su gobernador. Con más probabilidad sostienen otros que se trata de Astiages II, rey de los medos, vencido por Ciro, cuya hija tomó en matrimonio (cf. la versión griega de Teodoción: Dan. 13, 65 = 14, 1).
Pero sobre todo hay que tener presente la posibilidad de cambios, glosas, interpretaciones, sufridos por el texto en el correr de los siglos, que en nuestro libro son más frecuentes y más fáciles por lo mucho que se le ha transcrito y por la grande difusión que ha tenido (A. Bea). Esta observación vale para este lugar y también para algunos puntos de las vicisitudes descritas detalladamente en el c. 11. En 333 Alejandro Magno (336-323) derrotó a Darío III Codomano y anexionó el imperio persa al suyo. Desde el 323 hasta el 198 los tolomeos (reino egipcio) dominan en Palestina , a la que aspiran los seléucidas (desde el 312 en adelante), reyes de Siria. Con tal fin Antíoco II (261-246) se casa con Berenice, hija de Tolo- 141Ameo II (284-246; Dan. 11, 6). Antíoco III (223- 187) es derrotado en Rafia (217), de la que al fin logra tomar posesión (201-200) derrotando a Tolomeo V (198 a. de J. C.), a quien da por esposa su hija Cleopatra (Dan. 11, 13 ss.), con miras a penetrar también en Egipto. Las diferentes expediciones de Antíoco IV (v.) Epífanes habrían logrado realizar el propósito de no haber intervenido Roma en favor de los tolomeos. La muerte de Antíoco Epífanes (164 a. de J. C.), es el último acontecimiento político a donde alcanza la profecía de Daniel. Es enorme la importancia del libro de Daniel para el judaísmo.
Las circunstancias históricas creadas por la heroica lucha de los Macabeos exasperaron el sentimiento particularista y nacional que inducía al odio contra los gentiles y a su presunta exclusión de los mismos en la participación de la salvación mesiánica (cf. la literatura apocalíptica [v.]). Es por tanto explicable cómo en un clima semejante, al que die-.ron nuevo pábulo las desgarradoras luchas fratricidas de los últimos asmoneos, con la intervención de Roma (63 a. de J. C.) y la tiranía de los herodianos, se interpretase la profecía de Daniel (c. 2. 7-12) en sentido temporal y nacional, y se esperase un reino de Dios semejante en todo a los imperios que lo habían precedido. Era natural que se pensase en el Mesías con su corte y su ejército; que se imaginara la consolidación y el triunfo decidido e inconfundible del Mesías con el consiguiente reino victorioso, próspero, como, p. ej., el de Nabucodonosor, Ciro o Alejandro, y que el vencedor llegara a dominar sin más temores ni sufrimientos, desde el momento de la victoria. Y máxime cuando en Dan. se habla del «reino de los santos» que, una vez fundado, obtendrá el dominio sobre todas las gentes y para siempre.
Los evangelios propagan ese errado concepto que llevará a los judíos a oponerse violentamente a Cristo. A ese mismo sentimiento se refiere N. S. Jesucristo al hacer uso del apelativo mesiánico que eligió para sí llamándose Hijo del hombre, tal como se lee en Daniel, para combatirlo e inculcar la verdadera naturaleza de su misión. Cf. Lc. 17, 29-18, 8. Vuelve frecuentemente sobre Dan. 7, 13 ss. (manifestación del Mesías, como rey del «reino de los santos»); Mt. 16, 27; Mc. 8, 38-9, 1; Lc. 9, 26 s.; Mt. 24, 30; Mc. 13, 26; Lc. 22, 27; Mt. 26, 63 s.; Mc. 14, 61;. Lc. 22, 68 s.; queriendo significar la Iglesia, formada y separada de la sinagoga, según la verán algunos de sus discípulos; y su manifestación gloriosa en el fin del judaísmo y del Templo y en favor de su Iglesia perseguida (F. Spadafora, Gesú e la fine 141Bdi Gerusalemme, Rovigo 1950, pp. 17 ss., 61 ss., 93-96).
La interpretación de los judíos pretendio independizar a Dan. de todas las enseñanzas de los profetas (v. Mesías), para transformar la sucesión exclusivamente temporal aquí vaticinada en una sucesión hereditaria, afín como naturaleza y medios de conquista. La profecía de Daniel aseguraba a los judíos que se realizaría el plan divino, aun a pesar de las vicisitudes históricas de que eran espectadores y en las que algún día se verían envueltos como desdichado objeto de discusión. Esa profecía fue la que encendio la resistencia y el ímpetu heroico de los piadosos yaveístas durante la segunda influencia del helenismo y la sangrienta persecución.
El reino del Mesías vendrá después de la muerte de Antíoco IV, el perseguidor. Indicación expresiva más que estrictamente cronológica. Ni aun la más violenta y directa persecución del mundo pagano contra el yaveísmo logrará desbaratar los designios divinos, cuya realización verá el nuevo Israel en Jesucristo, una vez vencida la última prueba. [F. S.]
Bibliografía
A. Bea, Quaestiones... in librum Danielis, 2.ª ed., Roma 1937 (Pont. Ist. Bibl.). J. Linder, en Cursus S. Scripturae, París 1939. L. Dennefeld, La Ste. Bible (ed. Pirot, 7), ibíd. 1947, pp. 631-714. G. Rinaldi, Daniele (La S. Bibbia, S. Garofalo), Torino 1947.