Diccionario Bíblico

Armando Rolla

LOGOS

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En el antiguo Oriente la palabra (λόγος) no es un simple sonido sino el principio de la acción; es la más clara expresión de la voluntad, así de la de los hombres como de la de Dios. En el Antiguo Testamento la Palabra divina (363B241 veces: debhar ’elohím o ’adonai ) es expresión de la revelación profética que dirige toda la historia de Israel: exhortación, conminación y promesa, etc. Secundariamente significa la Ley, sobre todo el Decálogo (Éx. 20, 1; 34, 27-28; Jer. 6, 19; 7, 23, etc.), el Deuteronomio (30, 11-14; 32, 46) y la Sagrada Escritura (Sal. 147, 19; Prov. 13, 13; 16, 20; Jer. 36, 4.6.8.12). Por la palabra creó Dios el universo (Gén. 1, 3 ss.; Sal. 33, 3-9; Sab. 9, 1; Is. 40, 26; Eclo. 42, 15, etc.) y lo conserva (Sal. 119, 89 s.; Sab. 16, 26). El oficio de la Palabra divina está igualmente representado por la Sabiduría (Sab. 9, 1-2; cf. Prov. 3, 19 s.; 8, 22-31; Job 28; Eclo. 42, 15; 43, 33), pero la idea de la Sabiduría no está tan profundamente arraigada en la tradición bíblica como la de la palabra.

La Biblia reconoce, por tanto, en la Palabra de Dios un poder de Dios que se manifiesta en la Creación, en el reinado de la Gracia y en la guía del pueblo elegido y del individuo: la Palabra de Dios es la demostración de la continua presencia y de la acción divina, y sobre todo una revelación progresiva de sus designios, de sus atributos y de su misterioso Ser. Esta palabra es a veces presentada como operante por sí misma (cf. la fórmula «salió la palabra de Dios»); es comparada con el rayo que estalla (Is. 9, 7), con el fuego devorador (Jer. 5, 14; 23, 29); es omnipotente (Sab. 18, 14), eterna (Is. 40, 8); es el mensajero que ejecuta las órdenes de Dios (Is. 9, 7; 55, 10-11; Sal. 147, 15-18; Sab. 18, 14-16); es la portadora de salvación (Sal. 107, 20; Sab. 16, 12) y de vida (Sab. 16, 26); es la exterminadora de los egipcios (Sab. 18, 14-16) y de los impíos cananeos (Sab. 12, 9).

No se trata aquí de hipóstasis sino únicamente de enérgicas personificaciones poéticas que intentan poner de relieve el poder y la voluntad salvadora de Dios: ello también en Sab. 18, 14 ss., donde además se atribuye poéticamente a la palabra divina lo que en otras partes se atribuye al mismo Yavé (Éx. 11, 4; 12, 12.27.29) o al ángel exterminador (Éx. 12, 23). Un sentido profundo de la trascendencia divina indujo a los rabinos palestinenses (en el tiempo de N. S.) a reemplazar la mención de Dios por la de varias de las manifestaciones divinas, y en particular por la de la palabra o Memrá . La interpretación de la Memrá rabínica oscila entre dos extremos: simple hecho de lenguaje o bien hipóstasis. Los intelectuales modernos (v. Hamp, D. Middleton) prefieren interpretar la Memrá como 364Auna personificación poética sobre la línea de la palabra divina en la literatura sapiencial. La gnosis precristiana de Asia y de Egipto, contaminada de sincretismo, agregó diversas nociones míticas a la palabra hipostatizada, inspirada en la filosofía platónica y estoica.

En el Nuevo Testamento la Palabra o Logos designa ante todo la Sagrada Escritura en su conjunto (Jn. 10, 35; Heb. 2, 2; probablemente Mc. 7, 13; Mt. 15, 6).

En los Actos, el mensaje evangélico, que es designado no menos de doce veces como Palabra divina por excelencia (λόγος es fórmula abreviada de λόγος τοῦ Θεοῦ o Κυρίου; Act. 4, 2 ss.), manifestada por medio de Cristo (Act. 10, 36; cf. Heb. 1, 1; Jn. 3, 34), había ya sido, en cuanto Palabra divina, el mensaje de la antigua alianza (Act. 4, 4; 8, 4; 10, 44, etc.). S. Pablo expresa habitualmente el mensaje cristiano con el término εὐαγγέλιον, y también con el λόγος, λόγος τοῦ Θεοῦ y λόγος τοῦ Κυρίου (I Tes. 1, 6.8; 2, 13; II Tes. 3, 1; Gál. 6, 6, etc.); cf. Sant. 1, 21 ss.; I Pe. 2, 8; 3, 1.

En S. Juan el Logos indica las más de las veces la palabra viva de Cristo (Jn. 5, 24; 8, 43, etc.), llena de autoridad, como idéntica a la del Padre (14, 24; 17, 14-17, etc.). Particularmente en S. Juan, Logos es el mismo Cristo: implícitamente en la expresión «permaneced en la palabra» (Jn. 8, 31; I Jn. 2, 14), que corresponde a la otra: «permaneced en Jesús» (toda la I Jn.; Jn. 6, 56; 15, 4.7.9.10), y explícitamente en tres pasajes: Ap. 19, 13; I Jn. 1, 1; Jn. 1, 1.14. Ὁ λόγος τοῦ Θεοῦ (Ap. 19, 13).

Según la interpretación tradicional, describe la naturaleza íntima de Cristo. Revelador del Padre y Juez supremo (cf. vv. 15.21). Ὁ λόγος τῆς Ζωῆς (I Jn. 1, 1). Es el Cristo histórico, cuya Divinidad, conocida experimentalmente por los Apóstoles, es presentada a los lectores para asegurar en ellos la comunión eclesiástica y divina, participando de la vida divina que está en Él (Jn. 1, 4; 11, 25; 14, 6). Esta definición sintética de Cristo se ilustra con la luz del prólogo, síntesis temática del IV Evangelio.

Llámase Logos a Cristo con motivo de su oficio antes de la creación, en cuanto Pensamiento del Padre (Jn. 3, 13; 6, 33-62; 8, 23-58; 16, 28; 17, 5.24), en una sublimación y reemplazamiento de la Sabiduría del A. T. (Eclo. 1, 4.9; 24, 3-6; Prov. 3, 22-26), y además por su oficio durante la creación (cf. I Cor. 7, 6; Col. 1, 16), que es una alusión 364Ba la Palabra creadora (Salmo 33, 6; Eclo. 42, 15; Sab. 9, 1); luego por su oficio de Revelador de la naturaleza íntima del Padre a través de la Encarnación revestida de gloria trascendente (Jn. 12, 44-46; 14, 9; II Cor. 4, 5; Col. 1, 15; Heb. 1, 3), y en fin porque suplanta a la ley mosaica con una nueva Palabra, la Revelación Cristiana. Por consiguiente, la formulación del Logos en San Juan procede del Antiguo Testamento y presenta de un modo perfecto al preexistente Hijo de Dios, tal como él mismo se reveló a los hombres desde su Encarnación. [A. R.]

Bibliografía

O. Procksch - G. Kittel, s. v., en ThWNT , IV, pp. 89-140. H. Ringgren, Word and Wisdom. Studies in the Hypostatization of divine qualities and functions in the Ancient Near East , Lund 1947. R. Tournay - A. Baruch - A. Robert - J. Starcky - C. Mondésert, s. v., en DBs , V, col. 425-97 (con bibl.).
B. Celada, Resonancias del Logos en todos los tiempos , en CB (1944).

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