JESUCRISTO
El nombre griego Iēsoûs reproduce el hebreo Ješúa‘ , forma abreviada de Yehôšua‘ , que significa «el Señor es 308Asalvación». El griego Christós es traducción del hebr. Māšiah , aram. Mešihā’ , Ungido, que con el tiempo se convirtió en denominación exclusiva del mismo Redentor de Israel. Es un apelativo, cuya formación ordinaria y más antigua es «el Cristo» Jesús; pero ya en las primeras epístolas de San Pablo (I Tes. 1, 1; II Tes. 1, 1 s.; Gál. 1, 1) se emplea la palabra Cristo como parte de un nombre propio, colocado indiferentemente antes o después (Jesús Cristo, Rom. 1, 4; I Cor. 1, 9). Con los cuatro evangelios podemos reconstruir el cuadro de la vida de Jesucristo y darnos cuenta de sus enseñanzas. El período de la infancia de Jesucristo (Mt. 1-2; Lc. 1, 5-2) constituye un ciclo de suyo completo y definido. Sigue un silencio de treinta años a la sorprendente luz del nacimiento de Jesucristo en Belén y a los episodios de su reconocimiento en el templo de Jerusalén como «consolación de Israel» y «gloria de su pueblo» (Lc. 2, 25.32).
A la edad de treinta años aparece de improviso a las orillas del Jordán para someterse al «bautismo de penitencia» que caracterizaba al ministerio de Juan Bautista, su precursor, y entonces una voz del cielo lo señaló como Hijo único de Dios (Mt. 3, 1-17; Mc. 1, 9 ss.; Lc. 3, 21 s.; Jn. 1, 31.34). Tras un retiro de cuarenta días ayunando en el desierto (v. Tentaciones de Jesús; Mt. 4, 1-11; Mc. 1, 12 s.; Lc. 4, 1-13), Jesús inicia su ministerio público. Deliberadamente limita su actividad a Palestina y al pueblo de Israel (Mt. 15, 21-28), que durante varios milenios había venido preparándose con la revelación de las promesas de Dios y con una economía religiosa enteramente enderezada a la persona y a la misión del Redentor (v. Mesías). Después de una breve estancia en Galilea (Jn. 2, 1-12), cuyos habitantes estaban más libres del yugo del fariseísmo reinante en Jerusalén, al propio tiempo que gozaban de una mentalidad más abierta, Jesús —en los comienzos del año 28— se dirige hacia Jerusalén, corazón de la nación judía, sede del único templo y del único culto legítimo al Dios de Israel.
Llegado al templo, con un acto de autoridad —la expulsión de los profanadores (Jn. 2, 13-22)— se atrae hacia sí el profeta de Galilea la atención de los jefes y de la turba. Los jefes se muestran hostiles frente a quien se arroga una autoridad de Maestro independiente de toda escuela y se coloca abiertamente por encima de toda medida humana y contra una tradición tenazmente custodiada y defendida por los Doctores de Jerusalén y miembros del Sanedrín. 308BLa turba se entusiasma con el nuevo lenguaje y con los milagros que lo acompañan, pero es inconstante y no llega a creer con convicción (Jn. 2, 23 s.). Jesús hace alguna conquista aislada entre las personalidades del Sanedrín (Jn. 3, 1-21). Según regresa a Galilea, Samaria reconoce en Jesús al Mesías y Salvador del mundo (Jn. 4, 1-42), pero se trata de un episodio que no podía tener amplia resonancia debido a la cerrazón del ambiente, ya que los samaritanos eran odiados y despreciados de los judíos, que los excluían de su religión.
Durante el primer año de ministerio, Jesús recorre la Galilea teniendo por centro a Cafarnaúm (Mt. 4, 13); llama definitiva y directamente a doce discípulos ( Apóstoles ), once de los cuales son galileos, a quienes invita a seguirle (Mt. 4, 18-22; Lc. 5, 1-11), y traza las líneas generales de la nueva ley y de la nueva «justicia» comparada con la antigua (Mt. 5-7). V. Bienaventuranzas y Sermón de la Montaña. La turba queda estupefacta (Mt. 7, 28 s.) y los fariseos se escandalizan porque Jesús reivindica para sí la autoridad de interpretar y de dar cumplido a la Ley dada por Dios a Israel como expresión de su voluntad y código de la alianza por Él pactada con el pueblo elegido. Numerosos milagros (Mt. 8-9) confirman la enseñanza de Jesús y provocan un movimiento popular arrollador en toda la región.
Frente a la idea común de un Mesías nacionalista, vindicador contra los gentiles opresores, jefe de un imperio judío próspero y feliz, Jesús enseña, abiertamente en el coloquio con Nicodemo y en el relato de las tentaciones, veladamente en las parábolas (Mt. 13 y paral.), la esencia de su misión redentora mediante los padecimientos y la muerte ; la naturaleza espiritual del Reino de Dios y la necesidad de un renacimiento espiritual para entrar en él; los humildes orígenes y su desarrollo inadvertido, pero progresivo, como el del grano de mostaza…, como el de la levadura que obra lentamente hasta transformar toda la masa. A tal fin escoge, de entre los apelativos mesiánicos, el menos relumbrante, cual es el de «Hijo del hombre» (= hombre), empleado por Daniel (c. 7), haciendo hincapié sobre la debilidad de la naturaleza tomada (cf. Fil. 2, 6-11, etc.); y obra de manera que su mesianidad más bien sea deducida y comprendida gradualmente para evitar la intemperancia y los fatales entusiasmos, fáciles en la turba, dominada por ideas erróneas. Mas el choque con los fariseos, que le vigilan hostilmente y tratan de desacreditarlo, será cada día más 309Aruidoso.
Es el choque de dos mentalidades inconciliablemente opuestas. El segundo año de ministerio (año 29) se abre con el envío de los discípulos de Jesús a una breve misión que permite a aquéllos adquirir las primeras experiencias de apostolado (Mc. 6, 7-13.30 s.; Lc. 9, 1-6.10). La turba, después de ver apagada milagrosamente su hambre, intenta concretamente una sublevación en favor de una investidura real de Jesús, pero el Maestro rechaza tajantemente en Cafarnaúm las pretensiones de los judíos a que Jesús se amolde a su mentalidad (v. Eucaristía ). Despliega un cuidado especialmente intenso en la formación de los discípulos, y cuando Pedro declara, en la soledad de Cesarea de Filipo, en nombre de los Doce, su fe en la mesianidad y en la divinidad de Jesucristo, el Maestro revela el propósito de fundar su Iglesia apoyándola sobre el Apóstol y de entregarle a él las llaves del reino de los cielos (Mt. 16, 13-20). Desde este momento se pone más en evidencia el alejamiento de Jesús y los suyos respecto de la Sinagoga, la cual es repudiada como consecuencia de su inflexible oposición y de su irreductible incomprensión. Su puesto viene a ocuparlo la casa de Dios, abierta a todas las gentes.
Jesús habla ahora a las claras con sus discípulos de la dolorosa e ignominiosa pasión que le espera en Jerusalén, preparándoles de ese modo para cuando sea llegada la hora de las tinieblas (Mt. 16, 21 ss. y paral.). La Transfiguración tiene por fin confirmar a los discípulos en la fe en la divinidad de Cristo, y dar a entender que la Cruz es aceptada por Él espontáneamente como designio premeditado y definido por Dios y medio para el mayor de los triunfos (Mt. 17, 1-8 y paral.). Las fiestas de los Tabernáculos (sept.-oct.) y de la Dedicación (nov.-dic.) del año 29 lo contemplan en Jerusalén, en el Templo, ejerciendo su dominio sobre amigos y enemigos con el prestigio de la palabra y de los milagros (Jn. 7, 2-9, 39). El Maestro habla más claramente de su divinidad a un auditorio que estaba más dispuesto para entenderle; combate a los fariseos y a los saduceos colocándose en el propio terreno de ellos y desenmascarando su hipocresía, causa de la defección moral de gran parte del pueblo. El Sanedrín se reafirma en su oposición que, en lo sucesivo, será ya un odio mortal (cf. Mc. 12, 14 y paral.; Lc. 11, 53).
El comienzo del tercer año de ministerio (año 30) halla a Jesús en Transjordania y luego en Galilea (Mt. 19, 15 ss.; Mc. 9, 1 s.). Hacia febrero del mismo año Jesús va por 309Búltima vez a Jerusalén sabiendo y diciendo que va a encontrar su fin violento (Mt. 20, 17-19 y paral.). El milagro de la resurrección de Lázaro (Jn. 11), particularmente ruidoso por las circunstancias de personas y de lugar —en los inmediatos contornos de la capital— precipita los acontecimientos. El Sanedrín anda en busca de ocasión propicia para quitar de en medio al profeta galileo (Jn. 11, 45-53), el cual en la dominica anterior a la última Pascua (marzo-abril) no impide, como lo ha hecho otras veces, que la turba lo aclame por Mesías y lo acompañe triunfalmente en el templo (Mt. 21, 1-17 y paral.). El martes está lleno con violentas polémicas y amenazas dirigidas a los fariseos infieles a Dios, y con el gran discurso en el que Jesús anuncia la ruina de Jerusalén, ruina que no sólo es material (Mt. 21, 23-25, 46 y paral.). La traición había madurado en un alma tenebrosa, presa de Satanás (Jn. 13, 2) y acaso desilusionado ante la incertidumbre con que se presentaba el desenlace de la suerte del Maestro.
En la tarde del jueves, durante la tradicional cena pascual, Jesús instituye la Eucaristía declarando que quedaba sellado, en la sangre que estaba próxima a derramarse, el nuevo y eterno pacto de Dios con los hombres que habían predicho los profetas de Israel (Mt. 26, 26-28 y paral.). A las íntimas confidencias de aquella noche sigue bruscamente la trágica agonía en el huerto de los Olivos (Jn. 13-17), el prendimiento de Jesús por parte de los soldados guiados por Judas. En la misma noche y al amanecer el Sanedrín condena oficialmente a Jesús como blasfemo, porque, a sabiendas, él mismo ha declarado, sin posibilidad de equívocos, que es el Hijo de Dios (Mt. 26, 63-66 y paral.). Y para conseguir que el procurador romano Poncio Pilato, a quien estaba reservado el derecho de vida o muerte, sentencie la ejecución de Cristo, el Sanedrín intenta imputar a Jesús delitos políticos ( crimen laesae maiestatis , Lc. 23, 2). Ante la resistencia de Pilato, informado, sin duda, de la actividad de Jesús y convencido de su inocencia, los judíos manifiestan la verdadera acusación.
Jesús se ha llamado Hijo de Dios, con lo que ha pecado gravemente contra una Ley sobre la cual Pilato es incompetente, pero es voluntad del emperador de Roma que respete el veredicto del tribunal supremo religioso de Israel. De nada valen ni los razonamientos ni los recursos a que apela el presidente (como el juicio de Herodes, la propuesta de liberación con motivo de la Pascua, la flagelación) para convencer al Sanedrín, y Pilato se ve forzado 310Aa firmar la sentencia, pero declarando solemnemente que la autoridad hebrea es la única autora de la formulación de la sentencia (Mt. 27, 24-25). La pena es la que está reservada a los miserables y a los revoltosos: la Cruz. A las tres de la tarde del viernes queda consumado el crimen, mas Jesús, desde la Cruz, con sus últimas palabras dirigió un nuevo y último llamamiento a los jefes y al pueblo para que abrieran los ojos y vieran la verificación de las profecías, y declarando haberse cumplido el plan salvador de Dios declara también su victoria (v. Abandono de Jesús en la Cruz ). A la muerte de Jesús acompañan prodigios que revuelven las conciencias de muchos (Mt. 27, 51-54). Al rayar el alba del domingo tiene lugar la resurrección (v.).
Durante cuarenta días Jesús completa la obra de instrucción y de formación de los Apóstoles, demostrándoles que todo cuanto había sucedido daba cumplimiento a todas las promesas mesiánicas de los profetas (Lc. 24, 25.32.44-48), y al fin se oculta para siempre a su vista volando al cielo (v. Ascensión ), después de haberles dado el mandato de esparcirse por el mundo para predicar a todas las Gentes, comunicando a todos el beneficio de la Redención, esperando primero en Jerusalén la venida del Espíritu Santo, que comunicará a los discípulos la luz y la fuerza necesarias para cumplir su misión de salvación (Mt. 28, 16-20; Lc. 24, 49). La doctrina de Jesús, que es antigua y nueva, reclama el conocimiento de las premisas históricas y religiosas que son su base. La antigua revelación divina se había hecho y se había confiado al pueblo de Israel, elegido y formado por Dios; mas, llegado el cumplimiento de los tiempos, Israel debía transmitirla a todo el mundo (Jn. 4, 22). No se trataba sólo de un patrimonio de fe, sino también de patrimonio de esperanzas relativas a la restauración definitiva de la amistad con Dios.
Cristo vino para dar explicación del Antiguo Testamento, perfeccionarlo y llevarlo a la práctica (Mt. 5, 17), dando así lugar al Nuevo Testamento (Mt. 26, 27; Lc. 22, 20). Por eso Jesús no traspasa los estrechos límites de Palestina aunque habla para todos los hombres y por todos ellos muere (Mc. 10, 45). Pero la novedad del cristianismo es la persona misma de Cristo, Hombre Dios, que habla en nombre del Padre (Jn. 7, 16), y revela los misterios de la naturaleza y de la vida íntima de Dios (Jn. 17, 6.26), los misterios del plan divino de salvación que el Padre ha puesto en las manos del Hijo (Jn. 2, 35). Yavé, que se había revelado a los Padres de 310BIsrael como «el Único» por esencia, es Trino en las Personas. Como Padre que es, tiene un Hijo único (Mt. 3, 17; 17, 5; Mc. 1, 11; 9, 7; 10, 30) que tomó carne humana —Jesús el Cristo— para cumplir la voluntad del Padre, que quería reconciliarse por siempre con los hombres en la sangre del Hijo dado «en rescate» (Mt. 20, 28; Mc. 10, 45). La tercera persona es el Espíritu Santo, que el Padre y el Hijo enviarán después de la muerte del Redentor cuya obra completará con la distribución de dones sobrenaturales (Jn. 14, 16.26; 16, 7).
En la realización histórica del plan de salvación, Jesús declara ser el Mesías esperado por Israel (Jn. 4, 25-26) y apela a las antiguas profecías para demostrar la legitimidad de su afirmación (cf. Lc. 24, 27.44.47; Jn. 5, 39). Él es el heredero del trono «eterno» de David (Lc. 1, 32 s.), y viene a fundar un reino que no es «de este mundo» (Jn. 18, 36), en el que todos los hombres pueden ser admitidos sin distinción de sangre. Para escuchar su voz basta «proceder de la verdad» (Jn. 18, 37). El reino de Dios fundado por Cristo expresa una realidad presente y futura; presente y continuamente perfeccionándose, en espera del futuro, que es la posesión perfecta de la felicidad en el cielo. Es, además, interno e invisible, es decir, el reino de la gracia en las almas; es social y visible en cuanto coincide con la Iglesia fundada por Cristo sobre Pedro, pastor de las ovejas y de los corderos del rebaño de Dios (Jn. 21, 15-17). Para entrar en el reino de Dios es necesario nacer de nuevo en agua y Espíritu Santo, es decir, mediante el sacramento del Bautismo (Jn. 3, 3 ss.). Así pueden los recién nacidos, hechos hijos de Dios, participar de las inestimables riquezas del reino.
Jesús da poder a la Iglesia para perdonar los pecados (Jn. 20, 22) y con la Eucaristía le confía su propio cuerpo y su sangre como comida y bebida. La Eucaristía reproduce el sacrificio de la Cruz (cuerpo «desgarrado», sangre derramada) del que son fruto todas las maravillas de la Redención, «para perdón de los pecados» (Mt. 26, 28; cf. Jn. 12, 32). La ley del reino se resume en el precepto «nuevo» del amor de Dios y del prójimo (Mt. 22, 34-40 y paral.), y el amor que tiene por modelo al amor de Jesús a los hombres será el distintivo que dará a conocer quiénes son discípulos de Cristo (Jn. 13, 34 s.). La verdadera religión no consiste únicamente en la observancia externa de los preceptos, sino que es un vivir de amor, de sacrificio, de entrega (Mt. 10, 38; 16, 24); es un abandonarse por entero a Jesús, una imitación de 311Aél (Mt. 11, 29), ser otro Cristo, ser una sola cosa con él para ser una sola cosa con el Padre (Jn. 15, 1-2.7; 17, 11.21.23). Un lazo misterioso pero real une a los fieles con Cristo y a los unos con los otros en la unidad de un cuerpo vivo.
El enemigo del reino es el mismo enemigo de Dios y de su Cristo: Satanás, que de muchas formas ha intentado interponerse en el camino de Jesús, pero ha sido derrotado para siempre (Jn. 14, 20; 16, 11). La divinidad de Cristo, afirmada por la misma voz del Padre en el Bautismo y en la Transfiguración, repetidas veces proclamada por Jesús, ante el Sanedrín, a costa de su vida, probada con el recurso a las profecías (cf. Mt. 22, 41-46) y con su manera de enseñar, de perdonar los pecados (Mt. 9, 1-8 y paral.) y de obrar los milagros que mostraban su poder sobre la naturaleza, sobre los males y sobre el maligno, y principalmente con la resurrección de Jesús, anunciada y sometida a la más exigente vigilancia, fue el escollo contra el cual tropezó Israel. Añádese a esto: el carácter sobrenatural del reino mesiánico, la muerte del Mesías, necesaria para la redención, una religión en espíritu y en verdad (Jn. 4, 23), la unión de todos los hombres en un solo organismo, en una sola sociedad, donde circula la savia vital de la gracia, don de Dios del que depende en absoluto la salvación.
Extraviado por los jefes y por sectas religiosas incapaces de desentenderse de los ficticios esquemas de pensamiento y de acción, creados por una sustancial incomprensión de la revelación y del modo de obrar de Dios; incapaces de desasirse del concepto de un reino del Mesías restringido a los límites de una sola nación y de una prosperidad material; obsesionados por una práctica religiosa exterior, gravada y viciada con toda una sarta de preceptos humanos, lo más representativo del pueblo de Israel se mostró incapacitado para su altísima misión. Mas no por eso se malogró el milenario plan divino ni se frustraron las antiguas promesas. Los Apóstoles, herederos de los profetas (Mt. 5, 12), representan la raíz del nuevo y verdadero Israel de Dios, por medio del cual se darán al mundo las nuevas y los dones de la Redención. [S. G.]
Bibliografía
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cf. Rivista Bíblica , 3 (1955), 262-269.
Voces relacionadas
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- RESURRECCIÓN de Jesús
Externas
- D. de teología dogmática — JESUCRISTO
- D. apologético — Jésus (Conclusion : le témoignage du Saint Esprit)
- D. apologético — Jésus (I. Milieu évangélique)
- D. apologético — Jésus (II. Le témoignage du Fils)
- D. apologético — Jésus (III. Les preuves du témoignage)
- D. apologético — Jésus (Introduction)
- D. apologético — Jésus (IV. Le témoignage du Père)