SERMÓN DE LA MONTAÑA
Es como la carta programa del Nuevo Reino. T ras un su blime proem io, cual son las llam adas Biena venturanzas (v.), que proponen cuáles han de ser las condiciones del ánim o más a propó sito para la aceptación de su mensaje, Jesús afirma solemnemente la superioridad en la pu reza de su doctrina sobre la del Antiguo Testamento (M i. 5, 17-48: 7) y la manera de practicarla (M i. 6). «El cuerpo del serm ón cons ta de dos p un to s: relaciones de la doctrina de Jesús con la Ley y con los Profetas, y espíritu de la misma com parado con el espíritu de los 550Bfariseos hipócritas: sentimientos y prácticas de los discípulos. Y finalmente una breve perora ción que estimula a la acción» (Lagrange.) El sermón está reproducido por Mt. y por Lc. (c. 6), pero en pioporciones diferentes, pues Lc. expone en otros lugares (por ej. en los cc. 11; 12; 22-34, etc.), algunas partes por dejarlas en sus contextos primitivos, mientras que Mt, siguiendo su criterio lógico lite rario, ha reunido aquí cuanto dijo Jesús sobre el mismo argumento en otras circunstancias (por ej. Mt. 6, 7-15.19-34; 7, 7-11).
Efectiva mente es fácil reconocer que Mt. y Lc..(c. 6) refieren el mismo discurso, y que Lc. como escribía para los gentiles convertidos, se atuvo a lo que se refería a la perfección nueva, la ley de la caridad, en tanto que M i. conservó lo que daba a la locución su carácter histórico, la oposición entre las dos doctrinas y el lazo que las unía, la caridad, que aventaja a la le galidad y. no obstante, procede de la revela ción antigua como el fruto que colm a las pro mesas de las flores. Por tanto, para saborear la fisonomía primitiva de la com posición, es preciso recurrir a Mt, donde nos parece oír las palabras, el tono y el mismo acento de Jesús (Lagrange). Con toda probabilidad fue en junio del 28 de nuestra era, después de cinco meses de predi cación en Judea y Galilea, cuando Jesús su bió a «un monte» (Mt. 5, 1 ss.) para o rar, y eligió los doce apóstoles de entre los fieles que le seguían. «La efervescencia había sido tan general, que no fue Galilea la única en conm overse: había llegado gente hasta de Idum ea, al sur, y del extrem o septentrional de la tierra prom etida (Tiro y Sidón)».
Hasta allí lo ha seguido 1& tu r b a: y Jesús, una vez elegidos los Apóstoles, descendio a una expla nada (Lc. 6, 12 ss.), donde todos podían co locarse cóm odamente, e inicia su discurso (Lagrange).
Los m odernos identifican este monte con la colina (de unos 250 m.) de 'A in etTabhiga (o et-Tabgah) a unos 3 K m. al sur de Cafarnaúm. Primer punto del se rm ó n: relación entre la Ley (economía) antigua y la Ley (eco nomía) nueva (M i. 5, 17-48; Lc. 6, 27-36; cf. Mc. 9, 43.37; 10, 11 s.). El principio general (Mt. 5, 17-20) es ilus trado prácticamente con ejemplos que siguen (vv. 21-48), con la luz de los cuales quedan bien entendidos. La antigua alianza (v.). en su triple fase o determ inación: con Abraham, en el Sinaí y con David, no era más que preparatoria, y su término es Cristo.
551AJesús le d a cumplim iento en todo su com plejo. D a cumplim iento a la Ley moral in culcando su observancia en toda su pureza e integridad; a la Ley cerem onial transform ando sus figuras en realidad; a los Profetas dando actualidad a sus ideales y verificando en sí las predicciones (A. Vaccari). «No he venido a abrogar, sino a cumplir» (v. 17), es decir, «a traer la perfección» (r«Aetó«).
Así la antigua revelación no pierde ni una jota ni una tilde de sus elementos constituti vos. «Lo mism o que un escriba vela con su curiosa m eticulosidad para no dejar pasar nin gún elemento de los que él considera esencia les para una buena lectura, así Dlos tiene cui dado de todos los gérmenes que él ha deposi tado en la revelación. Jesucristo aporta un desarrollo esencial y definitivo de la misma (Lagrange). De esta suerte todas las prescripciones, aun las más dim inutas, de la Ley, perfeccionada en el Evangelio, tendrán su pleno cumplim iento en la Iglesia cristiana hasta el fin del mundo (cf. Lc. 16, 17; A. Vaccari). Asentado el principio, Jesús saca algunas aplicaciones.
La ley prohibía el homicidio (Ex. 20, 13; Dt. 5, 17 = quinto precepto del D ecálogo): Jesús quiere que ni siquiera sur ja la i r a; no sólo las palabras ofensivas e in juriosas, sino incluso muchos m ovimientos con trarlos a la caridad pueden constituir lina gra ve ofensa a la virtud y ser dignos de una pe n a proporcionada (Mt. 5, 23-26). Ya la ley antigua prohibía el simple deseo malo (cf. Ex. 20, 17); m as los judíos, en lo su cesivo, llegaron o no a considerar como culpa ble más que el acto externo. Jesús devuelve al precepto su pureza pri m itiva, y avisa que es preciso guardar aten tamente los sentidos, subordinando cualquier otra consideración a los valores eternos (Mt.
La ley de Moisés perm itía el divorcio (cf. Dt. 24, 1, s s.); Jesús devuelve al m atrim onio la indisolubilidad prim itiva (cf. Mt. 19, 3-8). Las palabras «nisi formeationis causa» se tra ducen por «excepto el caso de concubinato », o unión ilegítim a, pues entonces no existe el vínculo conyugal. La ley prohíbe el perjurio (Ex. 20, 7; Lev. 19, 12), y el verdadero discípulo evitará el juramento y se lim itará a decir sí o no (Mt. Está en vigor la ley del talión (v.): Ex. 21, 23 s s.; Lev. 24, 19 s.; Dt. 19, 18- 21.
Jesús la abroga y reprueba el espíritu de venganza y de represalia, con trario a la caridad evangélica, y 551Benseña a sus discípulos, con tres casos paradojales, que no hay que tomar a la letra, cómo no deben responder al mal con m al, sino ven cer al mal con el bien (cf. Rom. 12, 21). «Jesús alza el grito al cielo por obtener un poco de tolerancia. El nuevo ideal consistirá en no oponerse al m al mientras sólo haya de por medio intereses individuales» (Vaccari; Lagrange).
La enseñanza de la Ley (Lev. 19, 18), de los Profetas y de los Salmos insistía en el amor al p ró jim o; y po r el prójim o se entendía significar todo buen israelita; pero se creía le gítimo odiar y m aldecir a los m alos y a todos los enemigos de Israel que eran considerados también como enemigos de Dios. Jesús encom ienda que se extienda la caridad a todos, am igos y enemigos, siguiendo el ejemplo del Padre celestial que hace salir el sol lo mism o para los buenos que para los m alos. «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt. 5, 43-48). Espíritu con que debe practicarse la nueva ley (Mt. 6). «A la insuficiencia de la ley antigua, a una interpretación que la desfigura (como en el último ejemplo), Jesús opone la perfección que él vino a enseñar y desciende a concretar prác ticas que, siendo buenas en sí, no son gratas a Dios, si no es con la condición de que sean hechas po r él» (Lagrange).
La obra externa no tiene de suyo valor a l g uno: su valor proviene de la intención y de la disposición de ánim o con que se practique. Tal es el espíritu evangélico, eco y potenciali dad de las cálidas exhortaciones proféticas, en oposición a la hipocresía, a la ostentación, a la engañosa soberbia de los fariseos, verdade ros sepulcros blanqueados.» D e entre las bue nas obras Jesús enum era, a modo de ejem plo, la lim osna, la oración, el ayuno (Mt. 6, Otra disposición necesaria es el desprendi miento del alm a respecto de las riquezas y de los bienes que de ellas provienen; con eso quedan precisadas las tres bienaventuranzas que se refieren a tal idea.
Jesús dem uestra la necesidad y la lógica de ese desprendim iento. En efe c to; las riq u ezas: a) son fugaces (Mt. 6, 19 ss.). «No alleguéis tesoros en la tierra donde la polilla y el orín los corroen y donde los ladrones horadan y roban. «Atesorad tesoros en el cielo, donde no co rren peligro y os harán eterna y verdadera mente ricos. Porque donde está vuestro teso ro allí estará vuestro pensam iento» (Lc. 12, 32 SE R P IE N T E de bronce 552Ass.). b) Entenebrecen la inteligencia (Mt. 6, 22 s.); c) alejan de Dlos (v. 24). El ojo es como la luz, faro de nuestro cuerpo, pues él dirige nuestros pasos.
Por tanto si el ojo es p u ro todo el cuerpo tiene luz sufi ciente para dirigirse convenientemente; mas si está viciado, •como quiera que sea, toda la actividad de l hombre se verá impedida. Así tam bién n u estra mente dirige toda la conduc ta del h o m b r e; si la mente es pura se marcha po r el cam in o recto poniendo cada cosa en su puesto. M as el h o m b re que codicia los bienes m ate riales y se apega a ellos con el afecto, no tiene la mente p u ra, y no es capaz de discernir el puesto que corresponde a los intereses del espíritu sobre to d o s los otros objetos en la es cala de lo s valores. Es una ceguera cuya gra vedad sube de p un to por cuanto es voluntaria y resulta verdaderamente m ortal para la vida eterna. Es, pues, necesario elegir entre Jesús o las riquezas (ídolo al que se ofrecen sacrificios). El Divino R ed en to r asegura la asistencia de la divina P rovidencia a quienes se aplican con to d o esm ero, a poner en práctica los preceptos evangélicos (M t- 6, 25-32), asegurando solem nemente: «Buscad ante todo y sobre todo el reino de Dios, los bienes espirituales que lo caracterizan, y su justicia —la perfección m o ral que él no s h a revelado— y el Padre celestial os d ará con creces lo restante, todo Jo que es necesario p a ra vuestra vida». 3. Avisos y exhortaciones.
La caridad para con Dios, causa y principio del amor al próji m o. «La caridad para con el prójimo consti tuye to d a la Ley, y puede uno estar seguro de practicarla convenientemente ateniéndose a esta sencillísim a reg la: Cuanto quisiereis que os hagan a vosotros los hombres, hacédselo vosotros a ellos, pues en eso consiste la Ley y los Profetas» (Mt. 7, 12) (Lagrange).
También a q u í se d a un aviso que sirve de ejem p lo: h u ir de juzgar al prójim o (Mt. 7, 1-5; Lc. 6, 37-42). Vienen luego tres exhorta ciones: dirigirse con perseverante confianza a Dlos en la oración. (Mt. 7, 7-11); lanzarse va lerosamente a seguir a Jesús, venciendo todos los obstáculos (v..13 s.); guardarse de los falsos profetas y no juzgar de la vida cristiana por las palabras y por las promesas, sino por las buenas o bras, por la conducta (vv. 15-23; cf. Lc. 6, 43 s. 46). 4. Epílogo. Concluye Jesús con una antí tesis ex p resiv a: casa cimentada sobre roca, dispuesta a desafiar a cualquier vendaval («el que escucha las palabras de Jesús y las pone 552Bpor obra»); casa cimentada sobre arena, que al primer embiste se desm orona («el que es cucha y no pone por obra»). N o basta creer, hace falta tam bién obrar para llegar a la me ta (Mt. 7, 24-29; Lc. 6, 47 s s.; 7, 1).
«El sermón de la montaña, programa fun dam ental de la vida cristiana y quintaesencia del espíritu evangélico, es algo más que un có digo de moral, por muy sublime que se la suponga, pues contiene preceptos com unes a todos, y consejos de alta perfección, reservada para las alm as más generosas. Jesús no nos habla como simple m aestro, sino como legis lador suprem o, a quien to d o el mundo está obligado a obedecer sin excepciones ni reser vas («se ha dicho...», pero yo digo...)». (A. Vaccari). M. J.
La o r a no e, El evangelio de Jesucristo (trad. esp.). Barcelona 1933: S im ó n - D o r a d o, Nov. Test, I. 6 ed, T orino 19 4 4, pp. 505-552, con amplia bibliografía. A. Vaccari, La S. Bibbia, V III, Firenze 1950. pp. 38-49.
F. H e r r e r a, Los sermones de Jesús, M adrid 1 9 4 7. P a lo m e r o, El sermón del Monte, CB (1 9 4 6).