Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

EUCARISTÍA

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La palabra εὐχαριστία, «acción de gracias», tomada del relato de la institución («Jesús dio gracias», εὐλογήσας: Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; εὐχαριστήσας: Lc. 22, 19; I Cor. 11, 23) y empleada ya en la Didajé (199ASmirn. 7, 1; Philad. 4), significa el sacramento tipo, el que mejor caracteriza el culto de la Iglesia naciente (Act. 2, 42; 20, 7-11; I Cor. 10, 16), distinguiéndola del judaísmo, en cuya liturgia seguía tomando parte (Act. 2, 46; 3, 1, etc.). La Eucaristía fue instituida por Cristo en sustitución de la Pascua judía (I Cor. 5, 7: «Ha sido inmolado Cristo, nuestra víctima pascual»), para que a todos los fieles les fuera dado el participar del sacrificio de la Cruz comiendo la carne de la víctima inmolada. Los textos pertinentes al Nuevo Testamento son muy expresivos. Cronológicamente, después del evangelio arameo de Mt. (26, 26-29) hay que poner las clarísimas páginas de San Pablo (I Cor. 11, 17-34; 10, 4.15-22); luego Mc. 14, 17-25; Lc. 22, 14-20; Act. 2, 42.46; 16, 34; 20, 7-11; Jn. 6, 51-65.

En la voz Alianza se explicaron la naturaleza y las modalidades de todo berîth y el puesto central y esencial que en él ocupa el sacrificio, en cuya inmolación una parte de la víctima se quema sobre el altar (= la parte de Dios) y otra es comida por el oferente; una parte de su sangre se derrama sobre el altar (la parte de Dios) y otra se esparce a modo de aspersión con fines expiatorios sobre el pueblo (el otro sujeto del pacto , en el Sinaí: Éx. 24, 4-8; Heb. 9, 15-22). Cristo sanciona la nueva Alianza con el sacrificio de la Cruz, y con Cristo también los fieles se hacen contrayentes y oferentes del grande y único sacrificio, comparten derechos y deberes de tal alianza, comiendo la carne de la víctima inmolada. Las palabras de Cristo: «Quien no come mi carne no tendrá en sí la vida» (Jn. 6, 53) conservan íntegramente su pleno significado. Este carácter, con el paso de la pascua judía a la nueva pascua, está expresado con más claridad por Lc. En Mt. y Mc. está indicado sistemáticamente.

La cena se comienza sencillamente como una pascua judía: Jesús manda a los Apóstoles que preparen la cena pascual (Mt. 26, 17 ss.; Mc. 14, 12 ss.): ellos ejecutan cuanto el Señor les ha mandado (Mt. 26, 19; Mc. 14, 16); hácese esto en el primer día de los ácimos, cuando se inmola el cordero pascual (Mt. 26, 17; Mc. 14, 12); las palabras de Jesús: «Tomad, ésta es mi sangre, la sangre de la nueva alianza» (Mt. 26, 28; Mc. 14, 24) dan testimonio de que la Eucaristía es el rito de la nueva alianza. Estableciendo un riguroso paralelismo, Lc. describe por separado primero la cena pascual judía y, después de haber consumido el 199Bcordero, el paso a la nueva pascua: en lugar del cordero, el pan transformado en el cuerpo de Cristo, y la misma copa de la bendición (así se la llamaba), con el vino bendecido por el cabeza de familia, transformada en la copa de la sangre de Cristo.

Antes de la institución de la Eucaristía, Jesús llamó especialmente la atención sobre lo que iba a realizar, que era el paso de la antigua pascua a la nueva, con esta frase: «En verdad os digo que no volveré a beber de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba nuevamente con vosotros en el reino de mi Padre » (Lc. 22, 17 ss.). Mt. y Mc. ponen esta frase después de la institución de la Eucaristía; Lc., en cambio, la pone inmediatamente al principio, refiriéndola claramente a la pascua judía, de la que hace únicamente una mención explícita, y Jesús la repite mientras distribuye el cáliz, según rito pertinente aún a la pascua judía, antes de cambiar el vino en sangre. Con razón, pues (Lagrange, Tondelli, etc.), se emplaza esa frase en las Sinopsis, incluso en Mt. y Mc., en el principio de la cena, y se explica conforme está en Lc., no como alusiva al banquete eterno en el cielo, sino a la nueva pascua, a la Eucaristía, que Cristo está a punto de realizar juntamente con sus discípulos en el nuevo reino, la Iglesia.

Para explicar Lc. con claridad el paralelismo existente entre las dos pascuas y el paso de una a la otra, para evitar una interrupción, remite para después de esto todos los otros detalles, concretamente el hecho de ser descubierto como traidor Judas (Lc. 22, 21 ss.), que se marcha (prácticamente echado por Cristo: «Lo que has de hacer hazlo pronto», Jn. 13, 27) antes de la institución de la Eucaristía, como en Mt. 26, 21-25; Mc. 14, 18-21, de acuerdo con la disposición del IV evangelio (Jn. 13, 31), y el de la acalorada disputa entre los discípulos por ocupar los mejores puestos (Lc. 22, 24-30), que igualmente es cierto que ocurrió antes (P. Benoit, en RB, 48 [1939] 357-93; F. Spadafora, en Temi di esegesi, Rovigo 1953, páginas 383-91; L. Tondelli, pp. 9-31). La pascua judía se celebraba así: el padre de familia bendecía el vino, lo probaba y lo pasaba a los otros (primera copa). Luego se distribuía el pan ácimo, que cada uno mojaba en el plato común de un mejunje llamado haroseth (y aquí viene el bocado ofrecido a Judas que le descubre como traidor y le impele a salir, Jn. 13, 25-31) (segunda copa).

Después de un discurso edificante del padre de familia sobre la liberación de Egipto se servía el cordero pascual, que comían con pan ácimo y con 200Ahierbas amargas. La cena propiamente se terminaba así (Lc. 22, 20, «después de la cena»): el padre de familia tomaba un poco de pan, lo partía, lo distribuía, y después de esto nadie podía comer ya más. Pero estaba permitido retrasar la reunión hasta una hora tardía, y así se servía la tercera copa. Éste es el pan ácimo transformado por Jesús en su propio cuerpo con las palabras de la consagración: «Tomad, comed. Éste es mi cuerpo», y ésta es la copa cuyo vino consagra igualmente Jesús transformándolo en su sangre: «Bebed todos; ésta es mi sangre de la nueva alianza» (Mt. 26, 26 ss.; Mc. 14, 22 ss.: Lc. 22, 19 s.). He aquí el texto íntegro de Lc.: «Y habiendo tomado el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio a ellos diciendo: "Esto es mi cuerpo, que es entregado por vosotros; haced esto en memoria mía". Y habiendo tomado el cáliz, del mismo modo, después de la cena, se lo dio a ellos diciendo: "Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que por vosotros es derramada; o que va a ser derramada"».

Después de la tercera copa se iniciaba la recitación del Hallel (Sal. 113-118 [112-117]; Mc.14, 26; Mt. 26, 30). Esa recitación fue precedida de todas las predicaciones y recomendaciones que nos han conservado los Sinópticos y especialmente Jn. 14-17 (cf. 18, 1). La presencia real de Cristo bajo las especies se desprende fácilmente del carácter mismo del rito (naturaleza y finalidad) y es reclamada perentoriamente por la ecuación afirmada por Jesús: «Éste es mi cuerpo», «Ésta es mi sangre». El griego τοῦτο ἐστίν responde al demostrativo arameo (den) que afirma simplemente la identidad entre «esto» (pan, vino) y el cuerpo (σῶμα, cf. el hebr. basar = σάρξ, Jn. 6, 51) y la sangre (o sea la persona de Cristo).

Finalmente, el precepto: «Haced esto en memoria mía», demuestra que se trata de una institución que debe perpetuarse en tanto perdure la fase terrestre del reino de Dios, según dice explícitamente San Pablo (I Cor. 11, 26). «Hay que repetir lo que se hizo y lo que se dijo, gestos y palabras de Jesús, lo mismo que los israelitas tenían que reproducir siempre la cena pascual y comer realmente el cordero en memoria de la liberación de Egipto (Éx. 12, 14). Se hará como se hizo con el cordero pascual, porque es exactamente un cordero el que se inmola y se come, por más que el rito deba recordar la inmolación salvadora que hicieron los israelitas en Egipto y que fue preludio de 200Bsu liberación. De igual modo, lo que harán los discípulos tendrá la realidad de lo que hizo el Maestro, por más que el rito sea celebrado en "memoria de Él” y exista una estrechísima relación entre el don de su cuerpo dado a comer a sus discípulos y la inmolación que de ese su mismo cuerpo hará en la cruz para la redención del mundo » (Lagrange). Apenas han pasado veinticinco años de la muerte de Cristo, cuando San Pablo afirma que la institución de la Eucaristía por Jesús y el precepto de renovarla forman parte de la enseñanza tradicional que él transmitió a los fieles de Corinto (I Cor. 11, 23-34). Trata de ella ocasionalmente, porque aquellos fieles celebran la Eucaristía de un modo tan desordenado que hubo de intervenir con su vigilancia apostólica y responder a la cuestión que había surgido acerca de los idolotitos (o sea carne inmolada a los dioses y luego puesta a la venta): I Cor. 10, 14- 22. Si no es en estos textos, no se habla de esto en ninguna otra parte, fuera de las referencias implícitas contenidas en Heb. (cf. C. Spicq, L’Épître aux Hebreux, I, París 1952, p. 316 ss.).

San Pablo se funda en la catequesis apostólica (I Cor. 11, 23: παρέλαβον ἀπὸ τοῦ Κυρίου o sea tradición que se remonta a Cristo; cf. Gál. 1, 9-12; especialmente I Cor. 15, 3, etc.). Además de presentar ciertos episodios milagrosos de la historia de Israel en el desierto, como figura del bautismo y de la Eucaristía (I Cor. 10, 1-4), recuerda la institución de esta última (11, 23-26) para que se advierta mejor el contraste entre la mundanidad egoísta de los fieles de Corinto y el significado del rito eucarístico.

Las palabras de la institución son las mismas que hallamos en Lc., con la relación más explícita aún (la conexión más íntima entre la Eucaristía y el sacrificio cruento de la Cruz): «Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; cuantas veces lo bebáis haced esto en memoria mía. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que venga»; y con una afirmación indiscutible de la presencia real: «Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor». Si no estuviesen presentes el cuerpo y la sangre de Cristo, ¿cómo iban a ser profanados por quien toma ese alimento indignamente?

El Apóstol insiste: «Ése se come su propia condenación, porque no trata como conviene al cuerpo del Señor», (v. 29). Por eso encomienda a los fieles que hagan un atento 201Aexamen de conciencia antes de comerlo (v. 28), pues de lo contrario pecan gravemente y se exponen a mayores castigos (v. 30). «El indigno come su propia condenación al comer el pan sagrado, y la causa de tal condenación está en que no ha entendido el cuerpo del Señor, no ha considerado su precio infinito; nada tan fuerte ni tan expresivo acerca de la presencia real, sobre todo cotejando este v. 29 con el 27» (Alio).

Que la Eucaristía ofrezca a los fieles la carne de Cristo, «nuestra víctima pascual» (I Cor. 5, 7), inmolada en la Cruz, perpetuando así la cena sacrificial, término de todo sacrificio, está expresado en San Pablo de un modo especial y directo en I Cor. 10, 14-22: «Amados míos, huid la idolatría. El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la participación del cuerpo de Cristo?. Mirad al Israel carnal. ¿No participan del altar los que comen de las víctimas?» La semejanza es perfecta entre la Eucaristía y los sacrificios ofrecidos en el Antiguo Testamento en cuanto al significado de la participación de los oferentes en la cena que seguía inmediatamente al sacrificio, y en la cual los mismos consumían una parte de las carnes inmoladas sobre el ara. El mismo paralelismo afirma San Pablo (v. 21 s.) con un significado idéntico al que revestían para los paganos sus cenas sacrificiales.

Así como la cena consumada por los sacrificadores al comer parte de las carnes ya inmoladas a la divinidad, y por lo mismo pertenecientes a Dios, era un acto esencial del sacrificio, pues el comer equivalía para ellos a unirse en cierto modo al mismo Dios, así también en la Eucaristía se come la carne de la víctima divina inmolada en la Cruz y hecha presente mediante las palabras de la consagración, evocando y reproduciendo místicamente el único y eterno sacrificio. La Eucaristía es, pues (I Cor. 10, 17), la fuente de la unidad, la linfa del cuerpo místico: «Somos un solo cuerpo porque nos alimentamos con un solo pan», evidentemente el Cuerpo de Cristo, único y uno para todos los fieles. San Lucas, en los Actos, afirma la celebración de la Eucaristía en la primitiva comunidad de Jerusalén (2, 42.46), y en un relato especialmente interesante describe la cena eucarística celebrada por San Pablo en Tróade (20, 7-11), empleando la expresión de «fracción del pan» (cf. I Cor. 10, 16: «el pan que partimos»).

Es 201Bcierto respecto de este último episodio, y probable en la referencia precedente, el hecho de la celebración de la Eucaristía juntamente con una cena, según afirma San Pablo respecto de Corinto (I Cor. 11, 17-22.33 s.). No condena San Pablo este uso; lo que denuncia y condena son los abusos que le acompañaban. Tal vez en las disposiciones que después dio en persona (I Cor. 14, 34) estableciese una completa separación entre la cena eucarística y ese banquete, simple expresión de caridad fraterna. Con certeza hallamos atestiguado este banquete (= ágape) en el s. ii, pero es enteramente distinto de la celebración de la Eucaristía, incluso por lo que se refiere a la hora en que se celebraba. Para la Eucaristía en los Actos, cf. el estudio reciente de Ph. H. Menoud, en RHPhR, 33 [1953] 21-36; para el banquete (posteriormente ágape), cf. Alio, pp. 285-93. El discurso de Jesús en Cafarnaúm (Jn. 6, 51-65) se aclara con la luz de los textos precedentes y del contexto del IV evangelio. La multiplicación de los panes había suscitado la llamarada de aquel mesianismo nacionalista y temporal que obcecó fatalmente a los contemporáneos del Salvador.

Eran dos conceptos antitéticos: el plan divino y el sueño humano de los judíos; los hallamos formalmente opuestos en las tentaciones (v.), narradas por los Sinópticos, y en el coloquio con Nicodemus (Jn. 3, 1-15). El plan divino: redimir a todos los hombres mediante el sufrimiento y la crucifixión del Mesías (Jn. 3, 17), es, pues, un fin exclusivamente espiritual. Sueño judío: el reino de Dios como un poderoso imperio de su raza, con toda clase de prosperidad aquí en la tierra, y, por tanto, el Mesías sería el glorioso triunfador y jefe permanente de este imperio eterno. La multiplicación de los panes pareció un indicio manifestativo de este sueño, y se intentó que Cristo lo aceptara. Pero Cristo se alejó y dio orden a los Apóstoles para que se fuesen, librándolos así de aquel entusiasmo, del que con suma facilidad se dejaban también ellos ilusionar. La turba se dispersa, pero los dirigentes decidieron llegar a un acuerdo con Jesús: En resumidas cuentas, ¿qué intentaba hacer? Así, pues, a la mañana siguiente se llegan a él en Cafarnaúm. El divino Redentor Ies descubre el motivo por qué le buscan tan pronto como le interrogan y acepta el reto.

Ellos le buscan por el carácter material del milagro por él realizado. Pero es preciso cambiar de mentalidad: Jesús no tiene nada que 202Aver con los intereses terrenos; no puede ponerse de acuerdo con la concepción nacionalista y material con que ellos sueñan; no hay lugar a discusiones ni caben transacciones. La misión que él tiene que cumplir es divina: es el plenipotenciario del Padre: es preciso creer, abandonarse plenamente a su palabra. Los jefes se declaran abiertamente hostiles: no quieren reconocer en Jesús esa autoridad; ni el mismo Moisés pretendía tanto, y, sin embargo, su milagro (el maná) era con mucho superior al de la multiplicación de aquellos pocos panes. Y Jesús advierte que el maná había sido mandado por Dios, y no era obra de Moisés, en tanto que este milagro lo había obrado él mismo, como todos los otros de los que habían sido espectadores. El maná solo podía ser llamado «pan del cielo» metafóricamente, pues era un alimento material destinado al mantenimiento físico. Él, en cambio, es «el verdadero alimento espiritual», bajado del cielo. Él es el Mesías a quien hay que entregarse por entero.

El único motivo verdadero de la oposición estaba en la falsa idea judía de un Mesías glorioso. Pero, lejos de la idea de un rey o emperador de Israel con ejércitos y brillo mundano, el reino de Dios es únicamente espiritual, y Jesús sancionará la nueva alianza con el sacrificio de sí mismo; todos cuantos quieran tomar parte en ella tendrán que comer su carne, inmolada por la redención del mundo. Idéntica idea se lee en Jn. 3, 15: «A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado (crucificado) el Hijo del hombre, para que todo el que creyere en Él tenga la vida eterna». «Jesús afirma (Jn. 6, 22-65) que ha recibido la misión de dar el pan de vida, que es el doctor enviado por Dios para conducir hacia la vida eterna a todos los que crean en él. Pero ¿cómo da la vida al mundo? Mediante la inmolación de sí mismo (o sea con el sacrificio de la Cruz), y no es posible hallar acceso a la vida (ser partícipe de esta inmolación salvadora) sin participar de su carne inmolada» (cf. Lagrange, Evangelo di Gesù Cristo, 2.ª ed., Brescia 1935, p. 211 ss.). «El pan que yo daré es mi carne, vida del mundo» (Jn. 6, 51).

Los judíos, que no quieren reconocer en Jesús más que un simple hombre, rechazan naturalmente tal proposición como absurda.

La Eucaristía, como causa sacrificial que es, supone a Jesús crucificado, y además resucitado y verdadero Dios. Mas Jesús confirma solemnemente: «En verdad, en verdad os digo que si no coméis la 202Bcarne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Porque mi carne es verdaderamente comida, y mi sangre verdaderamente bebida» (verdaderamente se come, realmente se bebe). Y explica tajantemente: «El espíritu, el elemento espiritual unido a mi carne (es decir, «la divinidad») hace posible todo esto: es evidente que la humanidad por sí sola no puede producir cuanto se ha dicho de mí».

No es Jesús hombre quien puede instituir la cena sacrificial, sino Jesús hombre Dios que, habiéndose inmolado en la Cruz, resucita y obra un portento único que nos permite alimentarnos con su carne. «Mis palabras son espíritu y vida»; refiérense a ese reino espiritual del que no queréis formaros idea (cf. Jn. 5-10), y muestran el único medio de participar de la vida espiritual. «Gracias te sean dadas, Creador y Redentor de los hombres, por haber dispuesto aquella gran cena en la que nos diste a comer, no el cordero figurativo, sino tu sacratísimo cuerpo y tu sangre, alegrando a todos los fieles con el sagrado banquete» (Imitación de Cristo, IV, 11). [F. S.]

Bibliografía

J. Coppens, en DBs, II, col. 1146-1215. E. B. Allo, Première Épître aux Corinthiens, 2.ª ed., París 1935, pp. 236-45, 267-316. P. Benoit, Le récit de la Cène dans Luc, en RB, 48 (1939), 357-93. P. Teófilo de Orbiso, La E. in San Pablo, en EstB, 5 (1946), 171-213. Y. de Montcheuil, en RScR, 33 (1946), 10-43. J. Bonsirven, Hoc est corpus meum, recherches sur l’original araméen, en Bíblica, 27 (1948), 205-09. Id., Il Vangelo di Paolo, trad. it., Roma 1951, pp. 290-97. Id., Teologia del Nuovo Testamento, trad. it., Torino 1952, pp. 75-78, 156, 272 s. P. Teodorico da Castel S. Pietro, L’Epistola agli Ebrei, Torino 1952, p. 235 s. L. Tondelli, L’Eucaristia vista da un esegeta, Roma 1950. A. Ambrosiano, L’Eucaristia nell’esegesi di O. Cullmann, Napoli 1956.
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