Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

TENTACIONES de Jesús

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L o mismo que los grandes personajes del Antiguo Testamento, Moisés, Elías y Juan Bautista, inmediatamente después del Bautismo en el Jordán y de las manifestaciones del Padre celestial, Jesús se dirige a un lugar desierto con el fin de prepararse para su misión.

La tradición identifica el lugar con una región inculta y silvestre de junto a Jericó, donde se halla un monte al que se ha llamado de la Cuarentena en memoria de los cuarenta días que allí pasó Jesús. Es el Gebel Qarantal, a 4 km. al noroeste de la actual Jericó. El Espíritu que reposó sobre Jesús en el Bautismo lo guía en sus enseñanzas y en su ministerio; cada acto del Redentor responde a un designio divino (Mt. 4, 1).

La tentación fue real y exterior, según se desprende de los términos em pleados y de la misma naturaleza de Cristo: la incitación interna al m al era im posible en él, d ad o su carácter de verdadero hijo de Dios (A. Vaccari). Él perm itió tales tentaciones para hacerse sem ejante a nosotros y darnos ejemplo de invencible resistencla (Heb. 4, 15; 12, 3 s.). Las tentaciones son tres y por este orden con que se exponen en Mt. 4, 1- 11: en el desierto, en el Templo y en un monte muy alto.

Lc. 4, 1-13 cam bla la tercera para el segundo lugar. Mc. 1, 12 s. hace una alusión de conjunto. Todos los modernos exegetas están de 577Bacuerdo en atribuir un sentido mesiánico a las tentaciones. «Habiendo ayunado...

Jesús tuvo hambre. Y acercándose el tentador (en forma humana), le d ijo: «Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan.» Pero Él respondio diciendo: «Está escrito: No de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.» (Dt. 8, 3). En el plan divino estaba definido que Cristo padeciese, muriese y asi entrase en la gloria (cf. Lc. 24, 26).

El demonio, que nos hace ver que conoce quién es Jesús (Mc. 1, 24.34; 3, 10 s.; Lc. 4, 4) si analizamos un poco su manera de decir aparentemente inocente, le pro p o n e: usa en tu favor el poder extraordinario que tienes. Es evidente que si Nuestro Señor hubiese em - pleado su poder siempre que se le hubiese ofrecido cualquier padecim iento y en el m omento de la pasión, no se habría realizado el p lan establecido por Dios respecto de la Redención. Jesús responde con palabras del Dt. 8, 3 que para él hay una com ida superior (cf. Jn. 4, 31 s.); y como para él, así para todos los hom - bres debiera consistir en cumplir la voluntad de Dios. Hay un plan divino al que debe atenerse.

El dem onio form ula su tentación como si se tratase de la fam a de Jesús, como si no tra - tase más que de invitarle a o b rar aquel prodigio aislado. Obsérvese cóm o se insinúa y emprende el fatal coloquio con Eva (Gén. 3, 1 s.) a un conociendo el alcance del precepto y el fin que Dios se propone; intenta socavar el p lan divino y convertir al hombre en un seguidor suyo perm anente (Gén. 3, 15).

Pero Jesús le responde que él nunca se apartará d el plan divino, el de salvar al mundo mediante el sufrim iento. «Si eres hijo de Dios», dice el tentador. Como veremos, en la tercera habla ab iertam en te: sabe quién es Jesús. L o mism o que en Jn. 7, 4. «Si haces tales cosas, m uéstrate al mundo», equivale a decir: «Ya que obras tantos prodigios», etc. «Entonces lo llevó consigo (παραλαμβάνω, como en Mt. 17, 1, «Jesús tom ó consigo a Pedro, a Santiago y a J u a n »; Lc. 18, 31; de la Vulgata «assumpsit» procedio la errónea im aginación de un traslado de Jesús por el aire por obra de Satanás) a la ciudad santa, y poniéndole sobre el pináculo del Templo le dijo: «Si eres hijo de Dios, échate de aquí abajo, pues escrito está: A sus ángeles encargará que te tom en en sus m anos para que no tropiece tu pie contra una piedra (Sal. 91, 11 s.; que prom ete la protección especial de Dios a quien 578Ale guarda fidelidad). Díjole le s ú s: «También está escrito: No ten tarás a) Señor tu Dios (Ex. 17, 1-7)», exigiendo sin razón una intervención extraordinaria.

La segunda tentación sugiere un milagro ruid oso. La tu rb a, que norm almente se hallaba bajo los pórticos del atrio exterior, habría visto a Jesús cayendo desde lo alto e ir a d a r al precipicio de un o s centenares de m etros de profundidad sin hacerse d año alguno. T al es la m anifestación im provisada y solemne a que Satanás induce al Señor. A esto responde aquella erró n ea m entalidad de los ju d ío s: «Nosotros sabem os de dónde viene éste (Nuestro Señor Jesucristo); más cuando venga ei Mesías nadie sabrá de dónde viene» (Jn. 7, 27).

Pero el plan divino establecía que Jesús diese a conocer insensiblemente la venida del Mesías y el com ienzo del nuevo reino corrigiendo lo s falsos conceptos de sus contemporáneos (cf. Lc. 17. 20 s.).. El reino de Dios, dirá Jesús, ya h a com enza d o; h a entrado inadvertidamente en el mundo, sin bullicio ni ostentación y sin alarde de fue rz a; se desarrollará poco a p o c o...; obrará como la levadura que lenta e insensiblemente transforma to d a la m asa (Lc. 13, 18-21; Mt. 13, 31 s.). «De nuevo lo llevó el diablo a un monte muy alto, y m ostrándole todos los reinos del mundo y la gloria de ellos (al oeste el imperio rom ano, al este los antiguos imperlos desde el babilónico en adelante; mediante una representación fantasm agórica le m uestra S atanás el fausto presente y el pasado de esos im perlos mundiales), le d ijo: «Todo esto te d aré si po strándote m e adorares».

El reino del rey mesías debía ser universal-; Satanás se llama a sí mismo dueño del mundo, y en realidad Jo dom ina (cf. Jn. 12, 31; 14, 3 0; 16, 11; Ef. 2, 2); y puede delegar su poder. S atanás está dispuesto a hacerle entrega de él; la condición que pone es que Jesús le reconozca por señor. En sustancia, la tentación se presenta como las o tr a s: no hay por qué esperar con pérdida de tiempo. H as venido para conquistar el dom inio del universo, y yo te lo en treg o; inmediatamente te pondré en posesión del mism o, pues a ti se te debe.

El procedim iento elegido por Dios (lentamente y mediante el padecim iento), lo sustituye Satanás por el suyo, más cómodo, más fácil, de realización inm ediata, con tal que se cumpla aquella condición —y al fin y al cabo se trata de un simple reconocimiento por el que S atanás se 578Bdará por satisfecho—, el demonio se manifiesta dispuesto a favorecer a l Mesías. La respuesta de Jesús está igualmente tom ada del Dt. 4, 13; 10, 20; es el gran principio dei m onoteísm o: en el mundo no hay más que un solo Señor, a quien hay que servir y adorar. «Retírate, Satanás.» «Y llegaron los ángeles y le servían.» Los apóstoles tuvieron conocimiento de las tentaciones únicamente por la narración directa del divino M aestro.

En contra de la m entalidad judaica de un mesías glorioso e impasible, ellas explican el plan de Satanás (cf. Mt. 16, 21 ss.). También los apóstoles participaron de tal mentalidad (cf. Lc. 9, 46 s s.; 18, 31-34; 22, 24-27, etc.), por lo que nada había tan a propósito para ilum inar sus inteligencias y darles a entender la verdadera misión del Mesías, como el relato de las tentaciones, el cual es como la síntesis, el anuncio y la explicación de cuanto se verificará en la vida de le sú s; los judíos siguen y quieren el plan de Satanás (cf. Jn. 8, 44), y en su ceguera, al crucificar al Redentor, cooperan materialmente a la realización <tel plan divino.

Las tres tentaciones son, en cierto sentido, el motivo guía de la narración evangélica: enseñan la naturaleza de la misión de le sú s; explican la incredulidad y la hostilidad de los judíos. Dios ha querido salvar al mundo con la necedad de la Cruz, pero lo que es necedad para los hombres, es sabiduría y fortaleza para Dios (I Cor. 1, 18-25). Semejante oposición entre los dos planes, divino y humano-diabólico, se pone especialmente en evidencia en todo el IV Evangelio. H. Simon-G. D o rad o, N ovian Testamentum, 1, Torino 1944. pp. 404-11:D. Buzy. St. Mt. (La Ste. Bible, e(l. Pirot 9). París 1946, pp. 36-44: I - M a r c h a l. St. Luc. (ibid.. 10), pp. 62-66: F. S p a - d a f o r a, Tem í di esesesi. Rovigo 1953, pp. 285-319.

Bibliografía

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