REDENCIÓN
Liberación de la esclavitud del pecado y comunicación de la vida sobrenatural.
El término latino corresponde al hebreo ghe’ullah = rescate, liberación. Es corriente en la teología, y sería inútil tratar de sustituirlo por otros. En su sentido etimológico, indica y acentúa un factor más bien negativo; el rescate del pecado es un elemento fundamental, pero hay otro positivo de excepcional importancia. No tanto se trata de un rescate, como de un cúmulo de beneficios gratuitos otorgados a la humanidad. En el Antiguo Testamento se habla de rescate de los primogénitos (Ex. 13, 13), de objetos que por derecho pertenecían a Dios ( Ibid. 13, 12); pero se tenía a Dios de un modo especial como a go’el o redentor del pueblo porque lo había librado de la esclavitud de Egipto ( Ibid. 6, 6; 15, 13) y se había comprometido a defenderlo o vengarlo contra eventuales enemigos políticos (Sal. 107, 2).
Pero tampoco es ajeno al Antiguo Testamento el 497Aconcepto positivo de toda una larga serie de privilegios otorgados a Israel , que es proclamado como pueblo propiedad de Dios (cf. Ex. 19, 5; Is. 43, 21); en los profetas, y especialmente en los cánticos del Siervo de Yavé, se predice la redención espiritual, obra de Cristo por excelencia y fin de su encarnación, como se ve claramente en todo el Nuevo Testamento. El programa del Verbo Encarnado puede vislumbrarse como sintetizado en esta afirmación: «El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, antes bien para servir y dar su vida para redención de muchos» (Mc. 10, 45; cf. Mt. 20, 28).
En la primera parte tenemos la realización del programa de abatimiento y abnegación (cf. Fil. 2, 7); en la segunda se presenta la propia muerte como un sacrificio en favor de la humanidad. Es la satisfacción vicaria predicha por Isaías (53, 4). El término griego lýtron de suyo significa «desligamiento, liberación, rescate». Ordinariamente tal acción incluye o presupone un pago o una compensación, como quiera que sea, o una persona que retiene el derecho sobre el que quiere ser puesto en libertad. La Redención fué realizada por Cristo mediante un acto oneroso (la muerte), pero esto no debe ser considerado en manera alguna como un precio entregado a alguien que retuviera esclava a la humanidad.
La Redención fué realizada por Cristo en cuanto se ofreció como «víctima» por los pecados de los hombres. Refiriéndose al texto de Isaías (53, 7), se le llama cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn. 1, 29). Los requisitos que según la ley mosaica (cf. Ex. 12, 5; Lev. 14, 10; 22, 19) debía llenar la víctima, concurrían en Jesucristo de una manera excelente: «No habéis sido rescatados de vuestra vana conducta con oro o con plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, cordero inmaculado e incontaminado» (1 Pe. 1, 18). Ejecutando un eterno decreto del Padre (Rom. 3, 25; 4, 25; 8, 32), Jesús expía los pecados de los hombres (Jn. 1, 29) a quienes libra de toda iniquidad (Tit. 2, 14). Jesús mismo aludía a su obra de redentor cuando recalcaba el valor de sacrificio que tendría su muerte (Jn. 3, 14 s.; 12, 32); y puso en claro expresamente el carácter expiatorio de su pasión (cf. Mt. 26, 28; Mc. 14, 24; Lc. 22, 20). La expiación afecta al pecado y a sus consecuencias. La humanidad había en cierto modo firmado un terrible documento de condenación con sus culpas, y no sólo con la de origen cometida por Adán .
Es lo que San Pablo llama quirógrafo, cuando con una frase audaz lo presenta como hecho pedazos y 497Bclavado en la cruz (Col. 2, 13 ss.), a consecuencia de la muerte redentora de Cristo. Con eso el cristiano, de esclavo del pecado, se ha convertido en «esclavo de Jesucristo» (cf. 1 Cor. 7, 22 s.; Gál. 1, 10; Col. 4, 12; Fil. 1, 1). No se trata de una simple liberación o de una filiación adoptiva de carácter jurídico, sino de una verdadera adquisición por parte de Dios. El pecado pasado ha quedado anulado. La mística crucifixión con Cristo (Gál. 2, 19) da derecho que Cristo recibe como cabeza del Cuerpo Místico . Se da una reconciliación completa con Dios y el renacer a una vida sobrenatural; una justicia verdadera, positiva, o sea participación en la justicia de Cristo (cf. Col. 1, 13 s.; 2, 13; 3, 13; Ef. 4, 32; Gál. 1, 4; Tit. 2, 14, etc.). Queda aún el poder del pecado sobre los hombres, pero en adelante ya podrán ellos vencerlo con la gracia de Cristo (Rom. 7, 25; 8, 3 s.).
La posibilidad y la realidad de la lucha con tal poder se convierte así en una fuente de méritos, en cuanto queda en el hombre la libertad de rendirse o de hacer frente con todos los medios sobrenaturales que tiene a su disposición. El cristiano es liberado hasta de la muerte, primera consecuencia del pecado, por cuanto en virtud del Espíritu de Cristo tiene derecho a la victoria final, a la resurrección (cf. Rom. 8, 10 s.; 5, 17.21). La Resurrección completa se realizará en el futuro; pero ya desde ahora se poseen los gérmenes con seguridad. La liberación que ha quedado ya enteramente realizada es la de la esclavitud de la Ley mosaica (cf. Rom. 6, 14; 7, 4 ss.; Gál. 3, 25; 5, 18; Ef. 2, 14 s.). Todos los que realizando un acto de fe y recibiendo el bautismo responden al llamamiento divino adquieren los derechos que dimanan de la Redención y constituyen «una raza elegida» (cf. Is. 43, 21), «un pueblo propiedad de Dios» ( populus acquisitionis ; cf. Ex. 19, 5; Is. 43, 21), «una gente santa», «un reino de sacerdotes» (cf. Ex. 19, 6). Tal es la enseñanza de San Pedro, que de esta suerte proclama haber sido traspasados a los cristianos todos los derechos del pueblo hebreo.
Con su adhesión e incorporación a Cristo los fieles han pasado de un mundo de tinieblas a otro de luz admirable (1 Pe. 2, 9), verificándose en ellos el dicho de Oseas (1, 9; 2, 1.25): el que no era pueblo de Dios se ha convertido en pueblo propiedad de Dios (1 Pe. 2, 10). Considerada la Redención en concreto, en los que de ella se benefician, puede definirse —con terminología de San Pedro— diciendo que es una regeneración en la esperanza. Es 498Aun renacer, o sea nacimiento a un mundo nuevo en el reino de lo sobrenatural y de la gracia (cf. Jn. 1, 13; II Cor. 5, 17; Gál. 6, 15; Ef. 4, 22 ss.; Tit. 3, 5).
Jesús se complacía en hablar de una regeneración de lo alto (Jn. 3, 3 ss.; cf. 1 Jn. 3, 14). Es el aspecto positivo de la Redención, cuya meta, en último análisis, es la glorificación de los fieles, lo mismo que la muerte de Cristo tuvo como consecuencia su solemne glorificación. Jesucristo amó a la humanidad y se entregó por ella como ofrenda y sacrificio de olor suavísimo para Dios. «Amó a su Iglesia y se entregó por ella» (Ef. 5, 2.25). Trátase de una entrega completa, no limitada necesariamente al momento de la pasión y de la muerte (cf. Gál. 2, 20; 1, 4; Tit. 2, 13 s.; 1 Tim. 2, 6).
Es innegable el valor esencial de la muerte de Jesucristo para la Redención (cf. 1 Cor. 11, 25), como también es exacto el concepto de satisfacción vicaria. Pero tales ideas no agotan el misterio de la Redención. Toda la vida de Cristo iba encaminada a tal fin, y mereció libertar al género humano de la esclavitud del pecado. Tal es la idea de expiación que tan profundas raíces tiene así en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Todas estas definiciones, lo mismo que las correspondientes teorías del rescate o de la expiación penal o de la sustitución, pueden aclarar teológicamente el concepto de Redención, pero no hacen más que acentúar un carácter o un aspecto del problema. Por eso se muestra mucho más atractivo y más conforme con las enseñanzas paulinas la teoría de la solidaridad. La segunda persona de la Trinidad se hizo solidaria con nosotros tomando nuestra carne de pecado. Pablo llega hasta emplear frases aparentemente blasfemas: «El Hijo de Dios se hizo pecado y se convirtió en maldición por nosotros» (II Cor. 5, 21; Gál. 3, 13).
Son modos enfáticos de decir, que sólo se proponen ponderar hasta qué extremo ha llegado la solidaridad del Hijo de Dios, asemejándose a la humanidad hasta los ínfimos límites. Esta solidaridad se proponía unir a los hombres para la vida sobrenatural. La misión de Cristo consiste en ser «mediador» (1 Tim. 2, 5) único para la reconciliación del hombre con Dios. Los Evangelios ponderan la importancia de la muerte y de la pasión en orden a la consecución de tal fin, pero reconocen también expresamente el carácter soteriológico de toda la vida de Jesús basándose en un texto de Isaías (61, 2). San Pablo desarrolló esta doctrina sirviéndose de una terminología propia de los ritos del sacrificio, y habla de Redención ( apolýtrōsis ; Rom. 3, 498B24), de rescate ( antílytron ; 1 Tim. 2, 6), del propiciatorio ( hilastḗrion ; Rom. 3, 25), de la ofrenda y de la víctima ( prosphorá kai thysía ; Ef. 5, 2) inmolada al Padre para la reconciliación de la humanidad. Cada uno de estos términos representa un aspecto del misterio, y no sólo se completan recíprocamente, sino también con muchas otras afirmaciones, a través de las cuales se transparenta mejor el carácter positivo de la Redención. [A. P.]
Bibliografía
A. Médebielle, Expiation , en DBs , II, col. 1-262. J. Rivière, Le dogme de la Rédemption. Étude théologique , 2.ª ed., París 1914, pp. 15-715. Id., Le dogme de la Rédemption. Études critiques et documents , Lovaina 1931, pp. 3-58. Bandas, The master-idea of St. Paul’s epistles on the Redemption , Brujas 1925. A. Kirschgässner, Erlösung und Sünde im N. T. , Friburgo 1950. A. Rivera, La redención en las epístolas y en el Apocalipsis de S. Juan , Roma 1920. J. Pérez, La redención en el N. T. , CB .
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