JESUCRISTO
Jesús, del hebr. Ieshua = Salvador; Cristo, del gr. Χριστός = ungido, es decir, Mesías. Es el Hijo de Dios hecho Hombre.
Los Evangelios nos permiten reconstruir el cuadro de la vida de Cristo y comprender sus enseñanzas en perfecta armonía con la realidad histórica, que precedió y acompañó su paso por la tierra.
El período de la infancia de Jesús constituye un ciclo completo y definido. Polarizados alrededor de dos insignificantes aldehuelas (Belén en Judea y Nazaret en Galilea) los sucesos de aquellos primeros años tienen muy pocos espectadores. Un silencio de treinta años sigue al esplendor del nacimiento de Cristo y a los episodios de su reconocimiento en el Templo de Jerusalén por parte de Simeón y de Ana, pero quien medita atentamente sobre aquellos hechos se da cuenta de que en ellos se encierran todas las premisas y presagios de la futura manifestación pública de su naturaleza y poderes divinos y de la misión redentora de Cristo.
Hacia los treinta años Jesús aparece de improviso en las riberas del Jordán. Algunos meses antes Juan Bautista, salido del desierto, invitaba a las muchedumbres de Judea a una renovación moral en espera de la inminente aparición del Mesías, de quien se declara Precursor. Jesús quiso recibir también el Bautismo de penitencia y una voz del cielo reconoció en el «Hijo del Carpintero» al Hijo único de Dios. Después de cuarenta días de retiro en el desierto, Jesús inicia definitivamente su ministerio público y Juan se retira humildemente a la sombra, encaminando hacia Él a la turba y a seis de sus mejores discípulos.
Durante su vida Cristo limitó sus enseñanzas y sus obras a los hijos de Israel, a aquel pueblo que esperaba el cumplimiento de las promesas mesiánicas hechas por Dios a sus Padres; después de su muerte, una vez que Israel hubo demostrado no darse cuenta de que aquélla era su hora, vendrá la hora de todos los pueblos.
Después de una breve estancia en Galilea, Jesús se dirige —a principios del año 28— a Jerusalén, corazón de la nación judía. En el Templo un acto de autoridad —la expulsión de los mercaderes que lo profanaban— lo impone a la atención de los jefes y de la turba. Los jefes se muestran inmediatamente hostiles frente a aquél, que se presenta como Maestro y se atribuye una autoridad, que le ponía por encima de toda medida humana y en contra de toda la tradición de pensamiento y de piedad celosamente custodiada por los Doctores de Jerusalén y por los miembros del Sanedrín, tribunal supremo de la nación.
La turba se entusiasma con las palabras de Jesús y con los milagros que las acompañan, pero es inconstante y no llega a formarse una sólida convicción. Jesús hace algunas conquistas aisladas incluso entre las personalidades del Sanedrín. Vuelto a Galilea, Samaria le reconoce como Mesías y Salvador del mundo, pero es éste un episodio que, por la limitación del ambiente, no llega a tener la resonancia debida.
Durante el primer año de su ministerio Jesús recorre la Galilea, tomando por centro de sus operaciones a Cafarnaum; llama definitivamente a los doce Discípulos, once de los cuales son galileos, e inicia sus enseñanzas trazando las líneas generales de la nueva ley moral. La turba se asombra y los fariseos se escandalizan al ver cómo Jesús se arroga la autoridad de perfeccionar e interpretar definitivamente la Ley de Dios. Numerosos milagros confirman sus palabras y provocan un amplio movimiento popular en toda la región. A fines de este año Jesús comienza a hablar del «Reino de Dios» (v. esta pal.), velando su enseñanza con las parábolas, para evitar que su doctrina de un reino espiritual pueda ser comprometida por la intemperancia de una muchedumbre, que soñaba con restaurar un reino terreno en Israel. El primer año concluye con una breve excursión por los territorios orientales del lago de Tiberíades, donde predominaba la población pagana. Los fariseos de Jerusalén siguen a Jesús a Galilea y tratan repetidas veces de entablar polémicas con Él con la secreta esperanza de ponerle fuera de la ley.
El segundo año de ministerio —año 29— se abre con el envío de los discípulos en una breve misión, que les sirve para hacer sus primeras experiencias en el apostolado. La turba llega a intentar una revuelta en favor de la proclamación de Jesús como Rey de Israel. El Maestro insiste para que la atención y los esfuerzos de todos se dirijan al reino de Dios y se ve obligado a sustraerse a las turbas, refugiándose en los vecinos territorios paganos. Dedica mayor interés a la formación de sus discípulos, y cuando en Cesarea de Filipo declara Pedro la fe del colegio apostólico en su dignidad mesiánica y en su divinidad, Él revela su propósito de fundar sobre el Apóstol su Iglesia. A partir de este momento se hace más evidente la separación de la Sinagoga. El viejo edificio religioso se derrumba y de sus ruinas nace la nueva casa de Dios, abierta a todas las gentes. Jesús comienza a hablar de su Pasión y se dedica a una cuidadosa formación de sus discípulos, para prepararlos a la hora de las tinieblas. La Transfiguración prepara la Cruz, en cuanto que ésta no significará la derrota de Cristo en manos de sus enemigos, sino la aceptación espontánea de un designio meditado y definido.
Jesús vuelve de nuevo a Jerusalén; durante las fiestas de los Tabernáculos (septiembre-octubre) y de la Dedicación (noviembre-diciembre) del año 29 se encuentra en la capital, en el Templo, dominando a amigos y enemigos con el prestigio de su palabra y de sus milagros. El Maestro habla más claramente de su divinidad, combate en su terreno a fariseos y saduceos y desenmascara su voluntaria ceguera y su hipocresía, causa de la ruina moral de todo el pueblo. El Sanedrín no perdona a Jesús y se convence de la necesidad de suprimirle, pero tiene miedo a la turba.
Al principio del tercer año de su ministerio —año 30— se encuentra Jesús en Transjordania y después en Galilea. Hacia febrero del mismo año Jesús va por última vez a Jerusalén, sabiendo que va al encuentro de su fin violento.
El milagro de la resurrección de Lázaro, en las inmediaciones de la capital, precipita los acontecimientos. El Sanedrín espera la ocasión propicia para condenarlo a muerte. Por tercera vez Jesús habla con precisión de los detalles de su Pasión. El domingo anterior a la última Pascua (marzo-abril) no impide, como hizo en otras ocasiones, que la muchedumbre lo aclame como Mesías y lo acompañe hasta el templo, llenándolo con sus clamores entusiastas. El martes lo llenan las polémicas y amenazas a los fariseos, traidores a Dios, y el gran discurso, en que Jesús anuncia el fin de la ciudad, en que se llevará a cabo el deicidio y habla del fin del mundo, en que vendrá como Juez justiciero y dominador victorioso. El miércoles Judas trata del precio de su traición.
En la tarde del jueves, durante el tradicional banquete pascual, Jesús instituye la Eucaristía y se abandona a confidencias íntimas. Ya entrada la noche es apresado en Getsemaní, después de que su naturaleza humana, en una dolorosa agonía, ha sentido el peso inmenso de una redención que exigía la inmolación cruenta. Aquella misma noche y al amanecer, el Sanedrín condena a Cristo como blasfemo, por haberse titulado Hijo de Dios. Para conseguir que el Procurador romano, a quien estaba reservado el derecho de vida y muerte, consienta en la condenación capital de Jesús, se intenta llevar el proceso al terreno político, pero frente a la resistencia de Pilato, convencido de la inocencia de Jesús, el Sanedrín se ve obligado a revelar la verdadera acusación: la filiación divina, acusación que Pilato era incompetente para juzgar. Concédese la condena, y la pena es la que se da a los miserables y a los sediciosos: la cruz.
A las tres de la tarde del viernes el delito queda consumado, pero la muerte de Jesús va acompañada de prodigios que remueven la conciencia de muchos. Al amanecer del domingo se encuentra vacío el sepulcro de José de Arimatea, en el cual había sido depositado el cuerpo de Jesús, y el Crucificado se presenta vivo entre los suyos aquel mismo día, ofreciéndoles muchas pruebas de la realidad de su Resurrección. Durante cuarenta días completa la obra de instruir y formar a sus Discípulos, al término de los cuales se sustrae a su vista ascendiendo al cielo, después de haberles dado la orden de esparcirse por el mundo predicando a todas las gentes y comunicando a todos los beneficios de la Redención, después de haber recibido en Jerusalén el Espíritu Santo.
La doctrina de Jesús es antigua y nueva: para conocerla perfectamente es preciso conocer las premisas históricas e ideales que son su base. La antigua Revelación divina había sido hecha y confiada al pueblo de Israel, que en la perfección de los tiempos había de transmitirla al mundo entero. Cristo vino a dar razón de la Revelación del A. T. y a completarla definitivamente. Por esta causa, aunque hablaba y había de morir por todos los hombres, no traspasa en su vida terrena los confines de Israel. Jesús ha revelado los misterios de la naturaleza y de la vida íntima de Dios. Aquel Dios que se había revelado a los Patriarcas como el Único por esencia es Trino en Personas. Tiene un Hijo Único que se ha encarnado para cumplir la voluntad del Padre, que quería reconciliarse para siempre con el hombre en la sangre de su Hijo, que cancelaría eficazmente la ofensa de Adán. La tercera Persona es el Espíritu Santo, que el Padre y el Hijo enviarían después de la muerte del Redentor para completar su obra con la concesión de sus dones sobrenaturales.
Jesús demostró que en Él se realizaban las antiguas profecías, afirmando ser el Mesías e Hijo de Dios; heredero del trono «eterno» de David por la fundación de un reino que no era de este mundo, en el cual todos los hombres serían admitidos con iguales derechos. El reino es la Iglesia, y su gloria es la riqueza sobrenatural de que la ha dotado Cristo. Los Sacramentos son los canales de la gracia, que redimen y renuevan al hombre, confiriéndole una participación de la naturaleza divina, que le hace hijo de Dios, unido íntimamente a Él. Un vínculo misterioso une a todos los creyentes entre sí y con Cristo, el cual es una sola cosa con sus fieles en la unidad de un organismo vital: el Cuerpo Místico. La Eucaristía es el don supremo que perpetúa para todos y para cada uno la oblación que Cristo hizo de sí mismo. Porque las maravillas de la Redención son fruto de su inmolación cruenta. La ley del reino se resume en el precepto del amor, y la verdadera religión consiste en realizar la verdad en el amor; la religión no estriba en la observancia exterior de los preceptos, sino en una vida de amor y, por tanto, de sacrificio, de oblación; es una imitación del Hijo, un identificarse con Él.
El enemigo del reino es el enemigo mismo de Dios: Satanás, a quien Jesús derrotó definitivamente libertando a los hombres de la esclavitud del mal.
La divinidad del Mesías, su dolorosa Pasión, el carácter supraterreno de su reino, la unión de todos los hombres sin distinción, en un nuevo organismo por el que circula la linfa vital de la gracia, una religión de libertad y de espíritu, es decir, de amor, fueron los escollos principales en que se estrelló Israel. Extraviado por sus jefes y por las sectas religiosas, incapaces de superar los ficticios esquemas de pensamiento y de acción creados por una incomprensión sustancial de la auténtica Revelación divina; incapaces de apartarse de la concepción de un reino mesiánico limitado a los confines de una sola nación y a los términos de una prosperidad material, obsesionados por una práctica religiosa exterior agravada y viciada por una proliferación cancerosa de preceptos humanos, el pueblo de Israel se mostró inhábil para su misión, y como pueblo no pudo alcanzar la meta que Dios le había señalado. Sin embargo, el milenario plan divino se había de realizar y no se habían de frustrar las promesas antiguas. Los Apóstoles son el auténtico Israel por medio del cual se dio al mundo el anuncio y los dones de la Redención.
La historia de la Revelación divina y de la redención humana, pacientemente preparada por Dios durante los milenios de la espera, culmina en la enseñanza y en la obra del Cristo de todos los tiempos. El nuevo Adán repara la caída del primer Adán y vuelve a unir con Dios a toda la humanidad. Así se torna a la unidad y a la felicidad primitiva; en la miseria del tiempo es posible acumular una riqueza eterna, y en el dolor y amargura del mundo preparala felicidad de la posesión eterna de Dios.
Bibliografía
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- D. apologético — Jésus (Conclusion : le témoignage du Saint Esprit)
- D. apologético — Jésus (I. Milieu évangélique)
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- D. apologético — Jésus (III. Les preuves du témoignage)
- D. apologético — Jésus (Introduction)
- D. apologético — Jésus (IV. Le témoignage du Père)