Diccionario Bíblico

Bruno Pelaia

REINO DE DIOS

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En sentido muy general, Reino de Dios es el universo, ya que Dios es su creador y, por tanto, su dueño absoluto. Tal concepto se tiene presente o se presupone en todas las páginas de la Biblia , empezando por el relato de la creación , donde Dios concede al hombre amplios poderes sobre la creación (Gén. 1, 26; 9 ss.; Sal. 8, 7 ss.), en tanto que el hombre debe a su vez estar sometido a su soberana voluntad (Gén. 2, 16 s.), de la cual depende la misma existencia de 500Atodo lo creado (Gén. 6, 5; Sal. 24 (23), 7 s.; 47 (46), 3-8, etc.). En la Sagrada Escritura, Reino de Dios tiene, además, otro significado preciso, concreto, que se desarrolla y se realiza en tres tiempos, aunque conservando una perspectiva unitaria hasta el extremo: la perspectiva mesiánica, que constituye su fulcro, su base y su cumbre. 1.—El Reino de Dios en su fase preparatoria. Comienza con la elección del pueblo hebreo (Dt. 7, 6-14) destinado a ser el depositario de la divina revelación precristiana, y como el canal de oro por el cual se hará llegar a todos la Redención (Rom. 3, 2; 9, 5).

Y, efectivamente, Dios será siempre el verdadero soberano del pueblo elegido, aunque haya determinadas personas que estén llamadas a representarlo (1 Sam. 8, 7; 12, 12). Es, pues, exactísima aquella expresión de 1 Par. 29, 23; 28, 5: Salomón se sentó en el trono del Señor. En este sentido muy acertadamente definió Fl. Josefo ( C. Apion. II, 16), el régimen del pueblo hebreo llamándolo «teocrático». En este pequeño gran reino, en este ambiente, Dios iba disponiendo con una asistencia excepcionalmente diligente, cautelosa, las personas, los acontecimientos y las cosas, centrándolo todo, encauzándolo todo para pronosticar, prefigurar y preparar un reino más excelente, más espiritual: el reino universal del Mesías , o sea la Iglesia , en el cual no sólo los judíos (pueblo elegido), que serán privados del privilegio teocrático, sino los gentiles también serán los actores y los beneficiarios más insignes (Mt. 21, 33-46; Mc. 12, 1-12; Lc. 20, 9-16). 2.—El Reino de Dios en su actuación (fase terrestre), no es otra cosa que la Iglesia fundada por Jesús.

Los profetas preanuncian el Reino de Dios futuro, que será universal, espiritual, interno; pero, sobre todo, insisten en su carácter exterior o social; cf. Is. 2, 2 ss.; 11, 9; 42, 1-6; 49, 6; 53, 10; Sal. 2, 8; 22 (21), 28 s.; 72 (71), 7-11; Dan. 2, 31-45; 7, 8-18; Jer. 31, 31- 37. Esos textos, especialmente si se miran con la luz del Nuevo Testamento, al cual se referían, suponen necesariamente: a) un verdadero poder real; b) personas concretas sobre las cuales pueda ejercerse la autoridad; c) un ámbito circunscriptivo del ejercicio de la misma. Tales son precisamente las características que concurren en la Iglesia.

Así, lo mismo Juan Bautista (Mt. 3, 2) que Jesús (Mt. 4, 17; Mc. 1, 15), anuncian sin preámbulos o explicaciones de ningún género la inauguración de la nueva economía que sucede a la antigua y se 500Bconcreta en la Iglesia, diciendo aquellas conocidas palabras: Haced penitencia, porque el Reino de los cielos está cerca. Esta expresión es perfectamente equivalente a la de Reino de Dios, y es preferida por Mto. porque escribe para los hebreos, por lo que se abstiene de nombrar con frecuencia el nombre de Dios. Hablando con Nicodemus sobre la necesidad de tomar parte en la nueva sociedad, Jesús presenta el doble aspecto —interno y externo— de su Reino: En verdad, en verdad te digo, que quien no renazca del agua y del Espíritu Santo, no podrá entrar en el Reino de Dios (Jn. 3, 5).

Esa identidad se supone también claramente en la promesa de la primacía que se hace a Pedro (Mt. 16, 18 s.: fundamento visible de la Iglesia—administrador de los tesoros del Reino de los cielos), especialmente si se considera con la luz de Jn. 21, 15 ss., donde se comunica al mismo Pedro el gobierno universal del Reino de Dios por medio de la conocida metáfora del rebaño, frecuentísima tanto en boca de Jesús (Jn. 10, 11-16; Mt. 18, 12; Lc. 15, 4), como en la pluma de los profetas (Mi. 2, 13; 4, 6 s.; Jer. 23, 3; 31, 10; Is. 41, 11; Ez. 34, 7-24; 37, 23-35); y, sobre todo, es visible en las «Parábolas del Reino», en las que Jesús se propone precisamente esclarecer el «misterio» del Reino (Mt. 13, 11; Lc. 8, 10).

Dichas parábolas son: la del sembrador (Mt. 13, 3-9) y la de la cizaña (Mt. 13, 24-30), que muestran cuáles son los obstáculos externos e internos para la extensión del Reino de Dios, ya en acto aquí en la tierra; la de la semilla de mostaza (Mt. 13, 31-32) y la de la levadura (Mt. 13, 33), que ponen en evidencia la eficacia y la fuerza de expansión de la Iglesia; la del tesoro escondido (Mt. 13, 44) y la de la perla que vuelve a aparecer (Mt. 13, 45-46) que explican su alto valor; y finalmente la de la red que igualmente coge los peces buenos que los malos (Mt. 13, 47-50), que nos proporciona la clave para resolver el problema de la presencia del mal, incluso entre los que han sido «santificados» en Cristo Jesús. Es imposible entender estos textos si se los aplica a un reino que no sea visible y exteriormente organizado; e igualmente sería difícil explicarlos como pertinentes a un reino trascendente, que excluyese en absoluto toda mezcla de buenos y malos y toda idea de descubrimiento, conquista, expansión y repoblación ulteriores.

San Pablo, que gastará toda su vida en predicar, organizar, propagar la Iglesia de Dios, columna y fundamento de la verdad (I Tim. 3, 15), emplea indiferentemente las dos 501Aexpresiones: Reino de Dios e Iglesia: cf. Col. 1, 13; 4, 11; Act. 19, 8; 20, 25; 28, 23-31; I Cor. 15, 28; Rom. 14, 17. Loisy ( Les Évangiles Synoptiques I, Ceffonds 1907, 136 s.) reconoce que «para el redactor del primer Evangelio, la Iglesia es el Reino de los cielos ya realizado». 3.—El Reino de Dios en la consumación (fase celestial). A la fase terrestre, concretada en la Iglesia, fundada sobre Pedro (Mt. 16, 18 s.), corresponde una fase celestial, que ya está en acto desde el momento de la Ascensión (v.) de Jesús.

Esta segunda fase, que pudiera llamarse de «recompensa» (Mt. 25, 34-40), no es otra cosa que el perfeccionamiento y la consumación de la primera, lo mismo que la gloria no es más que la consumación de la gracia (Rom. 8, 18.23 ss.). Tal Reino «bienaventurado», no obstante ser esencialmente un don de Dios, supone siempre la cooperación humana. Para tomar parte en él es indispensable haber observado fielmente la ley de Dios, y así se explica cómo pueden ser excluidos del «premio» los que se hacen indignos con su vida (Mt. 25, 41-46; I Cor. 6, 9 s.; Gál. 5, 19 ss.); v. Muerte . La fase terrestre cesará cuando haya cesado la vida humana en la tierra y se haya dado la resurrección de los cuerpos (I Cor. 15; Ap. 22).

Entonces Jesús hará entrega del Reino (los elegidos) a Dios Padre, una vez que haya hecho que se desvanezcan todas las fuerzas adversarias; incluso el mismo Hijo se someterá al Padre, para que Dios lo sea todo en todos (1 Cor. 15, 24-28) durante toda la eternidad. [B. P.]

Bibliografía

A. Médebielle, Église, en DBs , II, col. 491-503. M. J. Lagrange, Le Royaume de Dieu dans l’A. T. , en RB 17 (1908) 36-61. J. B. Frey, Royaume de Dieu, en DB , V/II, col. 1237-57. F. M. Braun, Nuovi aspetti del problema della Chiesa , Brescia 1943, passim. H. Dieckmann, De Ecclesia , I, Friburgo 1926, nn. 108-128. A. Lemonnyer, La Théologie du N. T. , París 1928, 21 ss.

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