BIENAVENTURANZAS
Ocho proclamaciones (Mt. 5, 3-10) que inician el sermón (v.) de la montaña proponiendo las condiciones que más facilitan la entrada en el Reino mesiánico considerado en su doble fase terrena y celeste. Cada una de las ocho bienaventuranzas es una máxima rítmica de dos cláusulas: una alabanza en presente, a la que sigue una apódosis encabezada con un ὅτι (propiamente aseverativo como el hebr. kî con el sentido de γάρ) que es la explicación y la justificación de la prótasis y contiene la manifestación de una promesa categórica que, con referirse al futuro, es puesta de actualidad pola fe y la esperanza (cf. Rom. 5, 3 ss.; Hebr. 11, 1). El Señor declara que desde ahora son ya «dichosísimos», afortunados, los que por seguirle a Él, aun cuando sea entre espinas, tendrán en el cielo su plena recompensa. Declara que son bienaventurados, dignos de verdadera alabanza y de veras felices los que tienen o procuran tener las disposiciones más convenientes para entrar en el Reino, o sea para acatar su doctrina. 1) Bienaventurados los pobres, τῷ πνεύματι (- que son tales en el espíritu).
No cabe dudarlo : trátase de los verdaderos pobres, de los que están privados de los bienes materiales, según se ve claramente en Lc. 6, 20.27, donde la tesis, por decirlo así, va seguida de la antítesis: ¡Ay de vosotros los ricos! El dativo xvevpaTt, que hace las veces de acusativo (Abel, Gram. du Grec bibl., § 43 k), especifica cómo no basta ser pobre, sino que es necesaria la aceptación voluntaria de tal estado. La pobreza es como el engaste: la perla es la disposición del ánimo que acepta su miseria como venida de manos de Dios. Y no puede ser de otro modo. En el Reino del espíritu, donde no se entra sino mediante un renacimiento (Jn. 3, 3), no hay lugar para las diferencias de clases, para situaciones que dependan de la fortuna o de cualquier género que sean, cuando son extrínsecas al entendimiento y a la voluntad. El Señor proclama bienaventurados a los menos favorecidos de la fortuna, los cuales, al no codiciar las r¡quezas de que se hallan privados, al no ansiar los placeres que no pueden proporcionarse, se hallan en condiciones óptimas para aceptar su invitación: Quien quiera venir en pos de mí tome su cruz 86Bconstantemente y sígame (Mt. 16, 26: Lc. 9, 23).
Hállanse en las mejores condiciones que pueden darse para buscar su felicidad en otra parte, en los bienes del espíritu. Bienaventurados, «porque de ellos es el reino de los cielos». A ellos está destinado el reino de Dios, que es la Iglesia aquí en la tierra y el gozo perdurable en la eternidad de los Santos junto a Dios.
El cuadro lo forma la voluntad benévola que soporta con paciencia el dolor, con los ojos fijos en el cielo. Todos éstos, aleccionados por el persuasivo y sabio maestro que es el dolor, conociendo por experiencia la vana fugacidad de los bienes de esta vida y lo engañoso de toda promesa y de toda ayuda fundada en el hombre, están en la mejor condición para acercarse confiadamente a Aquel que dirige esta invitación: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas, pues mi yugo es blando y mi carga ligera» (Mt. 11, 28 ss.).
Para gozar, pues, de los bienes de Cristo, a todos los que se sienten oprimidos y tienen padecimientos se les pone como condición necesaria el que desechen el odio, que aprendan de Jesús la mansedumbre, o sea la virtud de tratar con caridad y con humildad aun a aquellos que nos dan que sufrir. Solamente así serán bienaventurados y «poseerán la tierra con derecho hereditario», el reino de Dios, cuyo símbolo en el Antiguo Testamento era la tierra prometida. 4. Bienaventurados los hambrientos y los se dientos (Mt. 5, 6; Lc. 6, 21). Tampoco aquí cabe duda de que se trata de indigencia material; cf. la antítesis de Lc. 6, 25: «Ay de vosotros, los que estáis hartos». Si Mt. añade ude justiciay» lo hace, lo mismo que en la primera bienaventuranza, por especificar y subrayar el hecho de que el tener hambre y sed no es título suficiente para la posesión del Reino, cuando se desprecia o se desconoce el alimento del espíritu. ITen'áw = tener hambre, y también = «comer de todo».
Estos hambrientos son, por tanto, pobres que están en condiciones verdaderamente dignas de lástima. Así 87Avolvemos a la primera bienaventuranza cuyo sentido es idéntico. Jesús les promete que tendrán en abundancia toda clase de bienes, es decir, «serán hartos», se entiende en el reino de Dios, que es su reino. No hay comida en este mundo que quite el hambre para siempre, ni bebida que apague la sed de una vez; pero Jesús sí que ha ofrecido un agua viva que tiene ese poder (Jn. 4, 13 ss.), pues a eso equivale el adherirse a Él, con una adhesión total, de donde nos viene el particular de la propia vida de Dios. La vida cristiana es sustancialmente la vida bienaventurada que comienza inmediatamente después de la muerte , la cual es continuación de la primera, aunque sea de un modo más perfecto y completo. 5. Bienaventurados los misericordiosos, que, a imitación de Jesús (Hebr. 2, 17; Col. 3, 12), participan de los dolores y de las aflicciones de sus prójimos compartiéndolas con ellos. 6. Bienaventurados los que tienen el alma limpia de toda culpa. A éstos se les promete la visión de Dios (cf. Sal..11, 7; 17, 3, 15), la unión con Dios, su pleno conocimiento aquí en la tierra (Jn. 17, 3) y la eterna contemplación en el cielo (I Cor. 13, 12). 7. Bienaventurados los portadores de paz (.εἰρηνοποιοί que tienen paz (orden en sus relaciones con Dios y con los hombres) en sí mismos y procuran que los otros la tengan.
Tal es la misión de Jesús, de los Apóstoles , verdaderos hijos de Dios hasta el punto de convertirse en colaboradores y propagandistas de la salvación mesiánica. 8. Bienaventurados los que son perseguidos por la causa de Jesús y por la de su Reino, y que se ven aborrecidos del mundo (Mt. 10, 16- 22; Jn. 15, 18, 25). «La música de las bienaventuranzas a todos es perceptible, pero lo que en ella se esconde, la más sublime obra del universo, la transformación del hombre, no hay nadie capaz de sentirla, si no es aquel que le da realidad en sí mismo. Buscad ante todo y sobre todo el reino de Dios: los bienes espirituales que lo caracterizan, y la justicia, la perfección moral que Dios ha manifestado por medio de Jesús, y el Padre celestial os dará por añadidura todo lo demás, todo lo necesario para la vida.
Trátase de un aliento celestial. Desde los primeros siglos ya comprendieron los cristianos que el Sermón de la Montaña, del que las bienaventuranzas forman el proemio, es la palabra que viene de lo alto, la palabra más celestial entre cuantas han sido pronunciadas en el mundo» (Merezkovskij, La missione de Gesù, 42 s.). [F. S.] L. Pirot, 87Ben DBs, I, col. 927- 39. D. Buzy, S. Matthieu (La Ste. Bible, ed. Pirot, 9), París 1946, pp. 52-58. L. Marchal, S. Luc (ibíd. 10), 1946, p. 87 ss. Simon-Dorado, N. T., I, 6.ª ed., Turín 1944, pp. 511- 27. A. Romeo, en Enc. Catt. It., II, col. 1100-1107. F. Spadafora, Temi di Esegesi, Rovigo 1953, pp. 320- 31. D. J. Dupont, Les béatitudes. Le problème littéraire. Le message doctrinal, Lovaina 1954. * J. M. Bover, Beati qui esuriunt et sitiunt iustitiam, Mat. 5, 6, en Ecl. LX (1942) 16. F. Asensio, Las bienaventuranzas en el Antiguo Testamento, en EstB, IV (1945) 3.