Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

RESURRECCIÓN de Jesús

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Es la verdad fundamental del cristianismo. Jesús resucitó del sepulcro con su mismo cuerpo y por su propia virtud. El alma , unida siempre a la divinidad, había descendido a los infiernos al morir, y en la mañana del domingo volvió a unirse con el cuerpo para darle vida nuevamente. Jesús había predicho repetidas veces su resurrección. Para presentar a los fariseos una señal o milagro demostrativo de su autoridad divina, les dice: «Destruid este templo, y yo lo reedificaré en tres días» (Jn. 2, 18). Los discípulos entendieron el sentido exacto de la frase después de la resurrección (Jn. 2, 20 s.). Los fariseos se sirvieron de ella para acusarlo ante el Sanedrín (Mc. 14, 57 ss.) y para escarnecerlo al lado de la Cruz (Mc. 15, 29 s.; Mt. 27, 40), entendiéndola del templo material.

Pero Jesús había sido explícito con ellos cuando insistían pidiendo un prodigio extraordinario y les dijo a continuación: «Una generación perversa y adúltera pide un prodigio, y no se le dará otro que el del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo durante tres días y tres noches en el vientre del pez, así el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el corazón de la tierra» (Mt. 12, 39 s.; Lc. 11, 29 ss.).

Los fariseos lo entendieron y lo recordaron perfectamente el día siguiente a la crucifixión, para conseguir de Pilato que pusiera un cuerpo de guardia armada junto al sepulcro, al que protegen poniendo sus sellos en la piedra que cerraba su entrada. «Hemos recordado que aquel impostor dijo, cuando estaba en vida: Al cabo de tres días resucitaré. Manda, pues, vigilar el sepulcro» (Mt. 27, 62-66). A los discípulos, después de anunciarles sus padecimientos y su muerte , les dijo tajantemente: «Es necesario que el Hijo del hombre 503Asea entregado a la muerte y que resucite tres días después» (Mt. 16, 21; Mc. 8, 31 s.; Lc. 9, 22). Lo mismo les repite segunda (Mt. 17, 22 s.; Mc. 9, 30 s.; Lc. 9, 44) y tercera vez (Mt. 20, 17; Mc. 10, 32 ss.; Lc. 18, 31-34). Los discípulos, que no quieren admitir los padecimientos y la muerte del Mesías , se preguntan qué querrá decir eso de «resucitar de entre los muertos» (Mc. 9, 10); y los evangelistas recalcan esa incomprensión (Mc. 9, 30 s.; Lc. 9, 45).

Después de la transfiguración, Jesús intima a los tres predilectos: Pedro, Santiago y Juan, a que «no digan a nadie lo que han presenciado, hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos» (Mc. 9, 9; Mt. 17, 9). Cf. también Jn. 12, 33 s.; 8, 28. Es, pues, el mismo Jesús quien ha presentado su resurrección como punto de apoyo, como el prodigio más conveniente para dar prueba de la divina autoridad de su misión y de su misma naturaleza divina.

También San Pablo lo afirma escribiendo a los corintios hacia el año 55 desp. de J. C.: «Porque desde el principio yo os enseñé lo mismo que había aprendido: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fué sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Pedro y después a los once. Después fué visto por más de quinientos hermanos estando juntos (de los cuales aún hoy en día viven muchos, y otros ya se han muerto); después se apareció a Santiago, y luego a todos los Apóstoles . Y el postrero de todos como un abortivo se me apareció a mí también. »Porque yo soy el menor de los Apóstoles , indigno de ser llamado apóstol, porque perseguí la Iglesia de Dios ... Porque sea yo, o sean ellos; así predicamos, y así habéis creído. »Y si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre vosotros que no hay resurrección de muertos?

Pues si no hay resurrección de muertos tampoco Cristo resucitó. »Y si Cristo no resucitó, luego vana es nuestra predicación, y también es vana vuestra fe... Y si Cristo no resucitó, vana es vuestra fe; aún estáis en vuestros pecados. Y, por consiguiente, los que durmieron en Cristo han perecido... Pero no; Cristo resucitó de entre los muertos...» (1 Cor. 15, 3-20). Es indiscutible que en los sagrados textos del Nuevo Testamento se afirman cuatro verdades que no permiten en modo alguno dudar del magno prodigio: la realidad de la muerte de 503BCristo (Mt. 27, 45-56; Mc. 15, 33-41.45 s., donde Pilato recibe del centurión responsable de la ejecución la declaración auténtica de la muerte de Jesús; Lc. 23, 44-49; Jn. 19, 28 ss., uno de los soldados se aseguró con la lanza de que Jesús ya estaba muerto; Flp. 2, 2 s., etc.); la realidad de su sepultura (Mt. 27, 57-66; Mc. 15, 42-47; Lc. 23, 50-56; Jn. 19, 38-42; etc.); el hallazgo del sepulcro vacío y las apariciones del Señor (Mt. 28; Mc. 16; Lc. 24; Jn. 20).

El cuerpo del Redentor es depuesto de la cruz, y después de haberlo lavado se procede a su sepelio empleando los procedimientos que se acostumbraba entre los judíos, según atestiguan San Juan y precisan los Sinópticos. José de Arimatea había pedido la correspondiente autorización a Pilato, y juntamente con Nicodemo había hecho todos los preparativos con el fin de que todo estuviese terminado antes de la puesta del sol, cuando comenzaba el descanso del sábado (Jn. 19, 38-42; M. Braun, La sépulture de Jésus , París 1939; cf. RB, 1936). Los acontecimientos (sepulcro vacío, apariciones) de la mañana de Pascua y apariciones sucesivas siguen el orden siguiente:

1. Después de la Pasión, los Apóstoles se habían escondido en Jerusalén, pues no les era fácil huir a Galilea, dado el descanso festivo de aquellos días solemnes. Vencidos por el descorazonamiento, ninguno de ellos pensaba en reavivar su fe.

2. Muy de mañana el domingo se produjo un terremoto; un ángel abrió la puerta del sepulcro y se sentó encima de la gran piedra que había sido removida.

3. Los soldados se dispersan atemorizados, y van a anunciar a los sacerdotes el hecho que les ha aterrorizado. Cristo ha resucitado; el ángel abre el sepulcro para que pueda comprobarse. Habiendo sido sepultado el viernes, antes de que con la puesta del sol comenzase el nuevo día, el sábado, había permanecido en el sepulcro el sábado íntegro —de tarde a tarde—, y luego hasta el alba del día siguiente (comienzo de la semana), que los cristianos llamaron Domingo (día del Señor). Las pocas horas del viernes son contadas por un día entero, según la costumbre hebrea; y lo mismo la noche después del sábado, de suerte que se habla en forma global de tres días enteros, o bien de tres días y tres noches.

4. El grupo de las piadosas mujeres, que obedeciendo a un impulso providencial se dirige hacia el sepulcro con aromas preciosos sin pensar en las dificultades prácticas, llega al sepulcro hacia las seis de la mañana sin la menor 504Asospecha; y se encuentra con la puerta abierta y el lugar desierto.

5. Nada más mirar, se cercioran de que ya no está allí el cuerpo, y María Magdalena abandona a la comitiva y se va corriendo a anunciárselo a los Apóstoles (Jn. 20, 2). Se ve que separándose de las otras, tras una simple mirada, se dirigió corriendo hacia los Apóstoles. Las mujeres ven al ángel apenas entran en el sepulcro (Mt. 28, 5 ss.; Mc. 16, 5). Tanto Mc. 16, 8 como Lc. 24, 4 hablan de su consternación; «estaban fuera de sí» (Lc.). El ángel les manda llevar a los discípulos la noticia de la resurrección de Cristo. S. Pedro (Lc. 24, 12) acude al sepulcro acompañado de Juan (Jn. 20, 3-10; cf. Lc. 24, 4); lo examina todo atentamente, y juntamente con Juan posee la prueba física de la resurrección de Cristo, según veremos.

6. Jesús se aparece a la Magdalena, que ha vuelto al sepulcro (Jn. 20, 11-18; Mc. 16, 9 ss.; cf. Mt. 28, 9 s., que emplea el plural, atribuyendo a las mujeres —de cuyo grupo era María y de las cuales había sido la primera en separarse— todo cuanto atañe a sólo esta última usando un procedimiento literario que en él hallamos en otros lugares).

7. Se aparece a Pedro (Lc. 24, 34; 1 Cor. 15, 5); a Santiago el Menor (1 Cor. 15, 7); y hacia la puesta del sol a los discípulos que se dirigían a Emaús (Lc. 24, 13-35; Mc. 16, 12 s.); por la tarde a los discípulos, reunidos, en Jerusalén (Lc. 24, 36-49; Mc. 16, 14-18; luego Jn. 20, 19-33; cf. 1 Cor. 15, 7). Ocho días después, a los discípulos, hallándose presente ya Tomás (Jn. 20, 24-29). Entonces fué, sin duda, cuando los Apóstoles , fortalecidos ya y reunidos por el Pastor resucitado, fueron de nuevo llevados a Galilea (cf. Mt. 26, 32; Mc. 14, 28: el rebaño se dispersa en la Pasión, «pero después que yo haya resucitado, os volveré a llevar a Galilea»; Mt. 28, 7). Jesús se aparece a las orillas del lago de Genesaret y allí confiere a Pedro la investidura de Cabeza de la Iglesia , en presencia de seis discípulos (Jn. 21). Después de esto se manifiesta a todos reunidos y comunica a los Apóstoles la misión de convertir al mundo (Mt. 28, 16-20; 1 Cor. 15, 6: la aparición a más de 500 hermanos).

Más adelante regresan a Jerusalén por mandato de Cristo y, tras un coloquio de despedida con los suyos, Jesús entra definitivamente en su gloria con la Ascensión (v.) sensible, que clausura el período de sus apariciones entre 504Bellos durante cuarenta días (Lc. 24, 50 ss.; Act. 1, 9 ss.; Mc. 16, 19). En el relato del sepelio los evangelistas coinciden en todos sus detalles con los datos arqueológicos hoy mejor comprobados. La concesión del cadáver a quien lo pedía está de acuerdo con la práctica judía, de que hay constancia desde los tiempos del emperador Augusto. Además de esto, la iniciativa de José conforme con el espíritu de la ley judaica que prohibía dejar abandonado, pasado el crepúsculo, al cuerpo del ajusticiado colgado del palo o de la cruz. La descripción del sepulcro —abierto en roca y cerrado con una gran piedra— concuerda rigurosamente con un tipo de sepulcro judío que estaba en uso en el campo de Palestina en los tiempos de Jesús, de lo cual son prueba, entre otras muchas, la tumba de Elena de Adiabena, al norte de la puerta de Damasco en Jerusalén y la de los Herodes en Nikefurich.

Todo el relato evoca el recuerdo de instituciones romanas que aún hoy podemos comprobar con precisión (F. M. Braun). San Pablo (1 Cor. 15, 3 s.; y también en el discurso de Antioquía de Pisidia, Act. 13, 23 s.) confirma la comprobación del sepulcro hallado vacío. Sabido es que el Sanedrín divulgó la mentira del rapto del cuerpo por parte de los discípulos (Mt. 28, 11-14), mientras los soldados de la guardia estaban durmiendo. «¡Estúpida astucia! Alegas testigos que estaban dormidos», exclama San Agustín. La decidida afirmación de los Apóstoles desbarataba esta increíble mentira judaica, como advierte el mismo O. Cullmann ( Les premières professions de foi chrétiennes , París 1943). Sobre este punto tiene excepcional importancia la visita de Pedro y de Juan al sepulcro (Jn. 20, 3-10).

El punto central de este relato evangélico, tan vivo, tan cuidadoso y minucioso, está en la trabazón que existe entre todo lo que los dos Apóstoles hallaron, vieron y observaron en el sepulcro; y en la fe en la resurrección de Cristo aquí explícitamente formulada por primera vez, antes de todas las apariciones: «Entonces entró también el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro, y vió y creyó» (v. 8). Nadie entre los Apóstoles pensaba en la resurrección; aun después de las primeras apariciones, no piensan en ella los dos de Emaús (Lc. 24, 21-24), ni creerá Tomás (Jn. 20, 24 s.) hasta que lo haya invitado Jesús, diciéndole: «Pon aquí tu dedo y mira mis manos, etc.» (Jn. 20, 27). La hipótesis que saltó a la mente de las piadosas mujeres y de la Magdalena tan 505Apronto como advirtieron que «la piedra había sido removida» (Lc. 24, 2) y comprobaron la falta del cadáver fué ésta: «Han robado el cuerpo de Jesús». Y así enfocó María el informe a Pedro y a Juan: «Han llevado del sepulcro el cuerpo del Señor, y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn. 20, 2).

Pedro y Juan observaron atentamente: el sudario estaba arrollado, tal como lo habían arrollado ( ἐντετυλιγμένον , participio perfecto = había sido y permanecía envuelto; el verbo ἐντυλίσσω sólo tiene este significado: cf. Mt. 27, 59; Lc. 23, 53), el viernes por la tarde envolviendo la cabeza del Redentor. Asimismo, las fajas ( τὰ ὀθόνια = venda o sábana) que habían sido atadas (Jn. 19, 40, tal como se acostumbraba entre los hebreos; cf. resurrección de Lázaro Jn. 11, 44, de suerte que ceñían las vendas en torno al cuerpo desde los pies hasta las espaldas), estaban allí, tal como las habían visto envolver el cuerpo en el momento del sepelio. Pero ahora ya no tenían nada que oprimir: yacían ( κείμενα ) vendas y sudario, como si el cuerpo de Cristo se hubiese volatilizado. Cuando no se empleaba una parte de la sábana para cubrir el rostro del difunto, el sudario que se usaba para envolver la cabeza se sujetaba con una venda alrededor del cuello. Y San Juan pone en claro que el sudario no estaba con los lienzos, sino «aparte» ( χωρίς ).

O sea que en todo se observaba la misma disposición que en el momento del sepelio: el sudario en su puesto (en el mismo puesto que antes, εἰς ἕνα τόπον ), y la sábana ceñida al cuerpo con las vendas. La descripción desciende a precisar cada cosa con rigurosa exactitud ( θεωρεῖ ) y hace resaltar el hecho maravilloso, nuevo, importantísimo, comprobado por los apóstoles y que fué causa del acto de fe en la resurrección. Era imposible humanamente explicar de otro modo la ausencia del cuerpo de Cristo; era físicamente imposible que nadie lo hubiese sacado y ni siquiera tocado sin desatar las vendas y desenvolverlas, sin desenvolver el sudario. El evangelista tiene una prueba física de la resurrección de Jesús. Tanto para él como para Pedro, la fe en la resurrección tiene por fundamento y origen, no las profecías de los libros sagrados (como expresamente recuerda San Juan en el v. 9), sino esta experiencia, esta comprobación; es el hecho histórico por ellos comprobado, y nada más. Tenemos, pues, en este trozo «un testimonio directo del hecho mismo de la resurrección».

La exactitud del historiador sólo alcanza a 505Bprecisar y expresar su propio sentimiento, omitiendo lo que pudo brotar del ánimo de Pedro, de quien dice San Lucas que se retiró «admirando lo que había sucedido» (24, 12); θαυμάζω en San Lucas no excluye la fe, la convicción; expresa un sentido de desvarío ante una manifestación extraordinaria de lo sobrenatural. San Pedro comprobaba este hecho admirable que entonces se verificaba por primera vez: el cuerpo del Señor que ya no está entre aquellos lienzos con que había sido envuelto y atado; que ha salido de entre ellos sin resolver nada, dejando todo intacto, lo mismo que había salido del sepulcro dejando intacta la gran piedra que cerraba su entrada con los sellos que en ella había puesto el Sanedrín (Mt. 27, 66). Sería suficiente con que Pedro diese testimonio de esto, que saliese responsable de esta comprobación, aun cuando no le fuera posible dar explicación alguna del acontecimiento.

Cuando el Resucitado se haya aparecido, entrando a veces con las puertas cerradas, desplazándose tan veloz como el pensamiento, entonces se comprenderá cómo salió también de entre el envoltorio de los lienzos sin deshacerlo y cómo salió del sepulcro dejando sellada la puerta, Él que no sólo era espíritu, sino también cuerpo real. Son las dotes del cuerpo glorioso, de las cuales hablará San Pablo (1 Cor. 15, 42-52). La reserva del Príncipe de los Apóstoles , de la que se hace eco Lc. 24, 12, es también un detalle vivo y preciso, digno del historiador objetivamente más exigente (F. Spadafora, en Rivista Biblica , 1 [1953] 99-123). Por consiguiente, la resurrección constituye la parte central de la catequesis apostólica (Act. 2, 22-36; entre otros puntos está el de que la resurrección da cumplimiento a las profecías del Antiguo Testamento: Sal. 110, 1; Mt. 22, 44); cf. también 3, 14 ss. 18.26, cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento (vv. 21-26); 4, 10 ss., San Pedro ante el Sanedrín; y también 5, 29-32; 10, 37-43.

Más aún: Apóstol es sinónimo de «testigo de la resurrección de Jesús» (Act. 1, 22; 3, 15); y San Lucas sintetiza la predicación de los mismos en ese testimonio (Act. 4, 33: con gran poder daban testimonio de la resurrección de Jesús).

El diácono Felipe demuestra que se ha realizado en Cristo la profecía de Isaías (53, 7 s.; muerte y resurrección; v. Siervo de Yavé). Los Actos dan cuenta hasta tres veces de haberse aparecido el Resucitado a Saulo-Pablo (9, 1-9; 22, 6-10; 26, 19; cf. 1 Cor. 15, 8), y el perseguidor se convierte en apóstol, es decir, se suma a los testigos de la resurrección de Jesús (506Acf. 1 Cor. 9, 1; Gál. 1, 12.16), reflejando fielmente la catequesis primitiva (Act. 13, 23.39; con el mismo argumento del Sal. 16, 10); cf. Act. 17, 31; 26, 22 ss.

La resurrección restablece a Jesús «en el poder que le corresponde como Hijo de Dios » (Rom. 1, 4; Flp. 2, 9 ss.); la resurrección es, juntamente con la muerte , causa de nuestra justificación (Rom. 4, 25; II Cor. 5, 14); el bautismo nos incorpora al Señor para hacer que viva en nosotros su muerte y su resurrección (Rom. 6, 4; Col. 2, 12; cf. Ef. 1, 20 ss.; 2, 5 s.); «el poder de la resurrección» es el sostén de toda la vida cristiana (Flp. 3, 10 s.); la resurrección de Jesús es causa eficiente y ejemplar de nuestra resurrección corporal (1 Tes. 4, 14-17; 1 Cor. 15; Rom. 8, 12-39).

La resurrección de Cristo es a la vez demostración y efecto de su naturaleza divina (Jn. 1, 1-14; Hebr. 1). «Si la muerte y la resurrección pudieran separarse, habría que decir que el acontecimiento central en San Pablo es la resurrección de Cristo, o sea —dicho en términos más sicológicos— la certeza adquirida en Damasco de que Cristo está vivo. Con esto se ilumina la cruz; sin el viviente la cruz sería un escándalo; pero en virtud del hecho de que Cristo ha resucitado, la cruz se yergue cual aurora luminosa de la transfiguración» (Düsmann, W. T. Hann). El testimonio de San Pablo, furibundo perseguidor transformado en fervoroso apóstol de la poderosa aparición de Cristo resucitado, tiene idéntico valor al de los hechos evangélicos. Es inútil y pueril cualquier tergiversación para disminuirlo.

No es posible oponerle resistencia (cf. Act. 9, 5). «Más vale —escribe lealmente M. Goguel ( Introd. N. T. , IV, 1925, p. 207)— confesar nuestra ignorancia (cuando se intenta negar lo sobrenatural) que tratar de disminuirla con construcciones arbitrarias. La conversión fué para Pablo una revelación del hijo de Dios : vió a Cristo vivo y glorioso; he ahí lo esencial de su experiencia. Cristo se le apareció en tales condiciones que le aseguraron de que él estaba vivo y glorificado.» Respecto de las epístolas católicas, cf. 1 Pe. 1, 3.21; 3, 21 s.; 4, 5 s.; II Pe. 1, 1.16.19; la resurrección de Jesús se supone sobre todo en Sant. I-II-III Jn.; Jud. (cf. De Ambroggi, Le epistole cattoliche , 2.ª ed., 1949, pp. 21.94 s. 217.297). Todo el Apocalipsis (v.) describe la victoria perenne de Cristo resucitado en la Iglesia militante y triunfante. [F. S.]

506BBibliografía

L. De Grandmaison, Jésus-Christ , II, 3.ª ed., París 1928, pp. 369-446, 464-532. J. Bonsirven, Il Vangelo di Paolo , Roma 1951, pp. 171 ss.
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Id., Teología del N. T. (trad. it.), Torino 1952, pp. 136-39, 183 ss., 229. F. M. Braun, Storia e critica (trad. it.), Firenze 1950, pp. 177-299.
J. María Bover, La aparición del Señor resucitado a las piadosas mujeres, EstB , 1945
Enciso Viana, El sepulcro vacío, Ecc. 1943, 24 abr.
Id., Nuestra fe en la Redención, Ecc. 1948, 3 abr.
A. Briva, El problema teológico de la Santa Resurrección de Jesucristo, AS , 1953.

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