Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

CANON bíblico

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Es el catálogo (o lista) oficial de los libros inspirados, que son la regla de la fe y de la moral. El griego κανών (cf. hebr. qāneh) equivale a vara, regla de medida y, en sentido metafórico, norma. El sentido de catálogo de los libros sagrados prevaleció en el uso eclesiástico desde el s. IV (y ya aparece en el s. III: Prólogo Monarquiano y Orígenes, PG, 12, 834). El Concilio de Trento (Sesión IV, 8 de abril de 1546) sancionó con una verdadera definición dogmática el canon fijado de antiguo por la tradición, por los tres Concilios Provinciales: de Hipona (393), de Cartago III y IV (397-419), y por el Concilio Florentino (1441). El Concilio Vaticano (1870) renovó y confirmó la definición del Tridentino (cf. EB, nn. 16-20.47-60.77 s.). El canon abarca todos los libros del Antiguo (47) y del Nuevo Testamento (27) contenidos en la Vulgata (v. Biblia). Siete de ellos faltan en la Biblia hebrea o masorética y en las biblias protestantes. Son 96Blos de Tob., Jdt., Sab., Bar., Eclo., I-II Mac., a los que hay que añadir los siguientes fragmentos: Est. 10, 4-c. 16; Dan. 3, 24-90; cc. 13-14 (según la disposición de la Vulgata, pues en la versión griega de la Vulgata están distribuidos de otra forma).

En orden a los libros del Nuevo Testamento, en el s. IV se dudó de la canonicidad (si debían estar o no en el número de los libros inspirados) de los siete siguientes: Hebr., Sant., II Pe., II-III Jn., Jds., Apoc. A estos catorce libros se les llama deuterocanónicos (siguiendo a Sixto de Siena, Bibliotheca sacra, I, p. 2 s.), en cuanto que en un momento dado se discutió entre los Padre s su origen sagrado, en oposición a los protocanónicos, cuyo carácter sagrado estuvo siempre fuera de discusión. Los protestantes llaman apócrifos a los deuterocanónicos del Antiguo Testamento, y seudoepígrafos a los que nosotros llamamos apócrifos (v.), o sea que se parecen a los libros sagrados en cuanto a la forma y al contenido, pero que nunca figuraron en el canon. El motivo fundamental de semejantes dudas entre los Padres fue la carencia de un canon sancionado por la Iglesia. En cuanto al Antiguo Testamento influyó el hecho de que los judíos no admitían en su biblia los deuterocanónicos, y por lo que al Nuevo Testamento se refiere se debió a ciertas dificultades dogmáticas originadas por la inexacta exégesis de algunas perícopes.

Lo mismo que con tantas otras verdades de la fe, la Iglesia no intervino con su autoridad infalible en la fijación del canon hasta que los protestantes intentaron rechazar los deuterocanónicos del Antiguo Testamento, con el fútil pretexto de atenerse al canon hebreo.

La Iglesia recibió de Nuestro Señor y de los Apóstoles el Antiguo Testamento y nos basta su autoridad para que lo aceptemos como inspirado. La colección de los libros sagrados era ya un hecho consumado entre los judíos en tiempo de Nuestro Señor, incluso en cuanto a su distribución en tres grupos, que aún se conserva en la biblia hebrea, cuales son: Tóráh (= Ley, los cinco libros de Moisés : Gén., Éx., Lev., Num., Di.). Nebhi’im (= Profetas) y Kethübhim (= Escritos). Los «profetas» comprenden los libros históricos: Jos., Jue., Sam., Re., llamados «profetas anteriores», y nuestros libros proféticos («profetas posteriores») desde Is. a Mal., a excepción de Dan. al que colocan entre los Escritos.

Las tres partes de la colección fueron formándose sucesivamente. Referente a la Ley (cf. Dt. 31, 9-13. 24 ss.) es sabido que los levitas la conservan junto al arca, donde serán colocados sucesivamente los 97Alibros de Josué (Jos. 24, 26) y de Samuel (I Sam. 10, 25). El libro de la Ley, descubierto en tiempo de Josías (621) es reconocido inmediatamente como sagrado (II Re. 23, 1-3; II Par. 34, 29-32); después del destierro (445 a. de J. C.) Esdras renueva la alianza leyendo la Ley al pueblo que se obliga con juramento a observar los preceptos divinos (Neh. 8, 10). En cuanto a los Salmos y a los Proverbios (cf. Prov. 25, 1 y II Par. 29, 30) el rey Ezequías (h. 700 a. de J. C.) procuró que se coleccionaran.

Los profetas más recientes (los últimos, s. v a. de J. C.) citan a la letra las profecías de sus predecesores. Dan. 9, 2 afirma haber leído en los «libros» la profecía de Jer. 29, 10. Hacia el año 180 a. de J. C., el Eclesiástico (44-50, 24) traza el elogio de los antepasados enumerando los personajes según el orden de los libros correspondientes a la segunda parte: los profetas, a saber Josué, Jueces, Samuel, Reyes, Isaías, Jeremías, Ezequiel, los Doce (menores). Finalmente, medio siglo más tarde, en el prólogo del Eclesiástico (v.) se habla de la colección en conjunto: Ley, profetas y otros escritos.

Estos últimos están especificados en II Mac. 2, 13, bajo el título de «escritos de David», o sea los Salmos, el libro más importante del tercer grupo, refiriéndose con él al grupo entero. Y especialmente en los Evangelios, véase como se citan la Ley y los Profetas (Mt. 5, 17 s.; 7, 12 etc.); la Ley, los Profetas y los Salmos (Lc. 24, 44) para indicar todo el Antiguo Testamento.

Las tres partes por entero (incluyendo los deuterocanónicos) se encuentran en la Biblia Griega o Alejandrina (la versión griega del Antiguo Testamento llamada de los Setenta), que se convirtió en la Biblia de la Iglesia primitiva después de haber sido empleada por los Apóstoles para la predicación del Evangelio, y muchas veces también para citar el Antiguo Testamento en sus escritos inspirados (de 350 citas del Antiguo Testamento, 300 son según ella). El griego era en realidad la lengua hablada en todo el imperio. No cabe dudar de la unidad de fe que reinaba sobre los libros sagrados entre los judíos de Alejandría o de la diáspora en general y la comunidad madre de Jerusalén (v. Diáspora). Y hay no pocas pruebas en favor del uso de los deuterocanónicos, como libros sagrados en la misma Palestina . A excepción de Sab. y II Mac., los deuterocanónicos fueron escritos en hebreo (como Eclo., I Mac., fragmentos de Est. y Baruc; en hebreo o arameo Tob., Jdt., los fragmentos de Dan.) y por tanto en la misma Palestina y para las sinagogas palestinenses.

Los mismos rabinos 97Bse sirven del Eclo. hasta el s. x como de escritura sagrada; el I Mac. se leía en la fiesta de las Encenias o dedicación del Templo (cf. Talmud babilónico, Hanukkah). Baruc se leía en alta voz en las sinagogas en el s. IV desp. de J. C., según atestiguan las Constituciones apostólicas. De Tob. y Jdt. tenemos los Midrašim, o sea una especie de comentarios en arameo, que dan testimonio de que los dos libros eran leídos en la sinagoga (cf. C. Meyer, en Bíblica, 3 [1922] 193-203). Los fragmentos de Daniel se hallan en la versión grecojudaica de Teodoción (h. el 180 desp. de J. C.) hecha sobre el hebreo. No puede, pues, hablarse en manera alguna de un canon palestinense o de un canon alejandrino entre los judíos.

En realidad, la exclusión de los deuterocanónicos es obra posterior de los fariseos, quienes después de la ruina del Templo (70 desp. de J. C.) y del fin del sacerdocio tomaron todo bajo su dominio: destruyeron la literatura judía que les era adversa, y en cuanto a los libros sagrados se dispusieron a someterlos a una especie de rigurosa inspección, según se infiere de las discusiones que surgieron en aquel tiempo entre los rabinos acerca del valor sagrado de Ez., Prov., Cant., Ecl. A este respecto fijaron sus criterios: antigüedad del libro, composición en lengua hebrea, conformidad con la Ley.

El IV Esdr. 14, 44 ss.; el Talmud babilónico de aquel período (fin del s. i desp. de J. C.); Flavio Josefo, Contra Ap. 1, 8 presentan el canon hebreo desprovisto de los deuterocanónicos y aluden claramente a esos motivos, que en realidad sólo son externos y no tienen valor alguno. Quiso fijarse la antigüedad de Esdr. (s. v a. de J. C.) equiparándolo al Eclesiastés y al Cantar de los Cantares. I-II Par., Esd., Neh., fueron escritos posteriormente al s. IV-ii a. de J. <¿). Sábese que la lengua es un elemento del todo secundario respecto de la inspiración. Por otra parte sólo Sab. y II Mac. fueron escritos en griego. La conformidad con la Ley práctica mente se reducía a la conformidad con las ideas farisaicas sobre la Ley (cf.

Strack-Billerbeck, IV, 425-43). Los verdaderos motivos eran dos: la hostilidad de los fariseos a la dinastía asmonea considerada como usurpadora de los derechos de la dinastía davídica y partidaria de los saduceos (lo que explica la exclusión de I-II Mac. y de toda la literatura en ellos contenida perteneciente al período macabeoasmoneo): el odio a la Iglesia, que les indujo a rechazar la versión alejandrina a cambio de la que ellos habían hecho considerándola como propia. Iiáblase a veces de un canon esdrino, 98Aatribuyendo a Esdras la definición, y la clausura del canon hebreo, en favor de lo cual se aducen los testimonios ya alegados de Flavio Josefo, IV Esd., Talmud y II Mac. 2, 13.

Pero los tres primeros son imaginarios y se hacen eco de las arbitrariedades de los fariseos del s. i desp. de J. C. De II Mac. sólo se deduce que Esdras, lo mismo que los fieles de aquella generación que regresó del destierro (v. Sinagoga, la grande), se ocuparon de coleccionar y transcribir los libros sagrados, como lo hará también más tarde Judas Macabeo después de la tormenta desencadenada por Antíoco Epífanes. Durante los tres primeros siglos no existió duda alguna en la Iglesia acerca de los libros sagrados del Antiguo Testamento, integralmente contenidos en la Biblia Alejandrina que se convirtió en la Biblia de los cristianos.

En el mismo Nuevo Testamento, que en citas ocasionales del Antiguo no hace referencias a Abd., Nah., Est., Ecl., Cant., Esd., Neh., se leen alusiones a alguno de los deuterocanónicos (Sab. 12-15 = Rom. 1, 19-32; Sab. 6, 4. 8 = Rom. 13, 1; 2, 11; Sab. 2, 13. 18 = Mt. 27, 43 etc.; Eclo. 4, 34 = Sant. 1, 19; Eclo. 51, 23-30 = Mt. 11, 29 s. etc.; II Mac. 6, 18-7, 42 = Hebr. 11, 34 s. cf. L. Vénard, en DBs, II, col. 23-51). En los más antiguos escritos patrísticos se citan los deuterocanónicos como Escritura Sagrada : Clemente Romano (h. 95 desp. de J.

C.), en la epístola a Corinto, se sirve de Jdt., Sab., fragmentos de Dan., Tob. y Eclo; Hermas (h. 140) hace mucho uso del Eclo. y del II Mac. (Sim. 5, 3. 8; Maná. 1, 1 etc.); San Hipólito (235) comenta a Dan. con los fragmentos deuterocanónicos, cita como Escritura Sagrada: Sab., Bar., utiliza a Tob., I-II Mac. (cf. PG 10, 793. 805. 661. 697. 769). San Ireneo en Francia; Tertuliano, San Cipriano en África; los Apologetas en Oriente; Clemente de Alejandría (t 214) y Orígenes (t 254) dan testimonio expreso en sus escritos del unánime sentir de la Iglesia (cf. Ruwet, pp. 115 ss.). Orígenes pone explícitamente a Est., Jdt., Tob., Sab., entre los libros sagrados (PG 12, 780), y por más que los judíos no admitan la inspiración de algunos libros, en la epístola ad Africanum (PG 11, 57) defiende la canonicidad de los fragmentos de Dan., y con razón ridiculiza a quienes van a buscar entre los enemigos de la Iglesia cuáles sean los libros sagrados (PG 11, 60).

Si Orígenes, en su comentario al Salmo I, presenta el canon hebreo limitado a 22 libros, lo hace únicamente para decir que tal número tiene su significado, ya que 22 son las letras del alfabeto hebreo; y así 98Bcomo las letras del alfabeto conducen a la ciencia, así los libros sagrados, nos inician en la sabiduría divina. Es método predilecto que ve significados alegóricos hasta en los números. La cita abreviada que teníamos de este pasaje de Orígenes en Eusebio (H. E. 6, 25; PG 20, 580) fue considerada en la antigüedad como indicio de una duda acerca del canon del Antiguo Testamento. Pero la publicación de la Filocalia (especie de antología de las obras de Orígenes), donde está íntegramente reproducido el texto, ha permitido la precisión antedicha que, por estar plenamente de acuerdo con todos los otros escritos, excluye absolutamente toda clase de duda acerca del sentir de Orígenes, que resulta ser entre los griegos el más claro y completo testimonio de la tradición católica sobre el canon del Antiguo Testamento (Colon, la Revue des Sciences Religieuses 20 [1940] 1-27; Ruwert, en Bíblica 23 [1942] 18-21).

El elenco de los libros sagrados del Antiguo Testamento que el obispo Melitón de Sardis envía a Onésimo (s. II) después de haber estado en Palestina, no hace más que confirmar el tenor del canon hebreo y la falta de un catálogo oficial en la Iglesia. Esta circunstancia, más el hecho de que los Padres (p. ej., San Justino, Contra Tryphonem: PG 6) en sus disputas con los judíos hubieran de limitarse a los protocanónicos admitidos por éstos, y finalmente el pulular de los apócrifos, explican las dudas que surgieron en el s. IV en las Iglesias puestas más en contacto con los judíos. San Cirilo de Jerusalén y San Atanasio, cuando se trata de entregar a los catecúmenos el elenco de los libros sagrados, enumeran solamente los protocanónicos, sobre los cuales no cabía duda alguna. Prohíben la lección de los apócrifos que condenan, en tanto que consideran como dudosos los deuterocanónicos. San Atanasio permite a los catecúmenos la lectura de Sab., Eclo., Jdt., Tob. (cf. PG 33, 497 s.; PG 26, 117 s., 1436 s.).

Pero el uno y el otro citan los deuterocanónicos en sus libros como Escritura Sagrada (cf., p. ej., San Atanasio, para la Sab., PG 25, 20, 24. 36; para Tob. «se ha escrito» PG 25, 268; para Jdt. PG 26, 221; para Eclo. PG 25, 756 etc.). No abundan en semejantes dudas San Epifanio, San Gregorio Nazianceno y San Anfiloquio. En Occidente hay que colocar aparte a San Jerónimo, tan influenciado por sus odiosos consultores para la lengua hebrea, quien en su llamado Prólogo Galeato, que encabeza a modo de coraza (de donde viene su nombre) el primer volumen de su traducción del hebreo (Sam.-Re.; h. 390), después de haber presentado el canon 99Ahebreo, lanzó la célebre expresión que dice: «Cualquier otro libro, fuera.de éstos, ha de ser considerado como apócrifo». Pero en lo sucesivo fue mostrándose más reservado, como, por ejemplo, cuando afirma (a. 395) que «el libro de Tobías aunque no figura en el canon, este-, nido en consideración por muchos autores eclesiásticos» (PG 25, 1119); y tal vez acabó por admitir en ellos su carácter sagrado. Hablando de Judit , Rut y Ester, las presenta como «mujeres tan gloriosas como para merecer dar su nombre a libros sagrados» (PG 22, 623).

Y del libro de Judit afirma (PG 29, 39) que fue empleado como libro sagrado en el Concilio Niceno. Así, pues, la. opinión personal manifestada en el Prólogo Galeato aparece contradicha varias veces. Era esa opinión un eco de la influencia rabínica, con la que estaba en pugna el sentimiento católico de la tradición eclesiástica,.que tan vivo se manifestaba principalmente en la gran obra del solitario de Belén. La tradición primitiva se continúa en los escritos de todos los otros Padres en Oriente y en Occidente. Basta recordar a San Agustín al lado de San Jerónimo, y con San Agustín los tres concilios africanos antes mencionados, que forman el canon bíblico consagrado por la tradición, de la que sin ambages puede decirse que absorbió y sumergió las dudas que surgieran en el s. IV. Así se volvió rápidamente a la unanimidad de los primeros siglos. Si hubo alguien que en el tiempo del Concilio de Trento adujo las dudas acerca de los deuterocanónicos, eso fue debido únicamente al influjo de la grande autoridad de San Jerónimo a quien se refería explícita pero indebidamente.

Actualmente sólo los protestantes rechazan los deuterocanónicos del Antiguo Testamento; y la Iglesia Rusa los viene rechazando desde el s. xvm. En cambio, sobre el canon del Nuevo Testamento no existe divergencia alguna. Las dudas que surgieron en los siglos m y iv sobre los siete deuterocanónicos fueron parciales, y también limitadas geográficamente. Pin cuanto a los dos más importantes de ellos, se dudó de la epístola a los Hebreos en occidente mientras que en oriente era reconocida unánimemente como canónica, justamente lo contrario de lo que sucedio con el Apocalipsis, admitido siempre como sagrado en occidente. El Canon Muratoriano (EB, 1-7; h. 200 en Roma) consigna todos los libros sagrados del N. T. a excepción de Hebr., Sant., II Pe., III Jn.; el Canon Mommseniano (h. 260, África) omite Hebr., Sant., Jdt. En cambio San Cirilo de Jerusalén, San Anfiloquio (fines del s. IV, Asia Menor), Canones Apostolici (Antioquía) 99Bsolamente omiten el Apocalipsis. La versión siríaca, Pešitta (comienzos del s. v), conserva en el canon las epístolas a los Hebreos y Sant.; Teodoro de Mopsuestia (Antioquía) omite todos los deuterocanónicos menos Hebr.

Son bastante conocidos los motivos que originaron tales dudas. Montañistas y novacianos citaban Hebr. 6, 4 ss. en apoyo de su herejía de irremisibilidad de ciertos pecados; en este caso el pecado de idolatría. Y en vez de combatir tal error dogmático mediante una recta exégesis. se intentó negar el carácter divino de la Epístola. Esto en occidente. En oriente, en cambio, los Milenaristas abusaron del c. 20 del A p o c y el obispo Dionisio' de Alejandría al refutarlo trató de disminuir la autoridad del Apoc. negando su paternidad al apóstol San Juan, y siguiendo esta iniciativa, hubo quien acabó negándole su carácter sagrado. Para Sant. influyó su aparente oposición (2, 14-26) con la enseñanza de San Pablo (Rom. 3, 27 s.; 4). Para Juds. la cita de un libro apócrifo (v. 14), el de Enoc. Para II Pe., II-III Jn. el carecer de doctrinas características y su brevedad, razón por la cual se les citaba poco.

Pero también estas dudas quedaron absorbidas por el peso de la tradición, que en los primeros siglos fue unánime, y en los siglos sucesivos siempre fue poderosa (en Alejandría representada por San Clemente, Orígenes, San Atanasio; en África por Tertuliano y Cipriano, San Jerónimo, San Agustín, •etc.), hasta que en el s. vi y en lo sucesivo volvió a ser unánime. La colección de los libros sagrados del Nuevo Testamento fue formándose poco a poco desde la segunda mitad del s. i desp. de J. C. Ya San Pedro (h. el 66) equiparaba las epístolas de San Pablo a las «otras escrituras» (II Pe. 3, 15 s.). Y muy pronto en la liturgia se puso al lado de la lectura de los libros del Antiguo Testamento la de los Evangelios y de los otros libros sagrados del Nuevo, según testimonio de San Justino. De igual modo la emplearon los Padres desde los comienzos del s. II, empleando en sus escritos las mismas fórmulas: la escritura divina; está escrito. La Iglesia católica, apoyada en la tradición apostólica y guiada por el Espíritu Santo, ha conservado íntegra la colección de los libros sagrados del Antiguo y del Nuevo Testamento, defendiendo su carácter sagrado (v. Inspiración). [F. S.]

Bibliografía

S. Zara, De historia canonis utriusque Testamenti, 2.ª ed., Roma 1934. J. Ruwet, De Canone (Institutiones Biblicae, v. I), 5.ª ed., ibíd. 100A1937, pp. 103-157. G. Perrella, Introduzione generale. 2.ª ed.. Torino 1952, pp. 3-7, 109-167.
M. Nieto, Los libros deuterocanónicos del V. T., según el Tostado, Alonso del Madrigal, en Est B. abril (1954) 1.

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