Diccionario Bíblico

Francesco Vattioni

GRIEGAS (Versiones)

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I. Versión de los Setenta. — La difusión de la lengua y de la cultura griega por todo el mundo civilizado indujo a los judíos, especialmente a los de la Diáspora residentes en Alejandría de Egipto, a procurarse una versión griega del Antiguo Testamento que fuese accesible al mundo helénico. La versión recibe el título de Alejandrina, por el lugar en que se hizo, y más comúnmente de los Setenta (LXX). Nos proporcionan elementos para la historia de los LXX la Epístola de Aristea, del filósofo judío Aristóbulo (Eusebio, Praep. Evang. 13, 12; PG, 21, 1907); el prólogo del Eclesiástico, compuesto por el nieto del autor (130 a. de J. C.); el hebreo Filón (De Vita Moysis 2, 5-7); FI. Josefo (Ant. XII, 2), y varios escritores eclesiásticos y del Talmud. El autor de la Epístola de Aristea, un judío que se oculta bajo el nombre pagano de Aristea, refiere a su hermano Filócrates que las autoridades de Jerusalén, a ruegos del rey Tolomeo Filadelfo (285-247), enviaron 72 doctores de la Ley, los cuales, retirados en el islote de Faro y viviendo a expensas del rey, tradujeron al griego todo el Pentateuco.

El fondo de la legendaria epístola, o sea la traducción griega del Pentateuco a mediados del s. m (durante el reinado de Tolomeo Filadelfo) en Alejandría, es reconocido como histórico por todos los críticos. Los otros elementos legendarios fueron aceptándose y ampliándose. Filón habló de una inspiración divina de los 72 traductores que les llevó hasta coincidir palabra por palabra en todas las traducciones que efectuaron aisladamente; los escritores posteriores, judíos y cristianos, redujeron a setenta el número de los traductores (de donde proviene la denominación corriente); hicieron objeto de la traducción no solo al Pentateuco sino también a los Profetas y a todo el A. T.; aislaron a los traductores a cada uno en una celda (solo San Epifanio los distribuyó de dos en dos, suponiendo 36 celdas para los 72 individuos), para subrayar más eficazmente la inspiración que condujo hasta la identidad verbal. La versión de los LXX, que se inició con la versión del Pentateuco hacia el 250 a. de J. C., se completó hacia el 130 a. de J. C. con la traducción de los otros libros en diferentes tiempos y por autores diversos (prólogo del Eclesiástico).

Se utilizó un arquetipo hebreo notablemente diferente del texto premasoreta. 241Aque, en sus elementos consonantes, cristalizará a principios del s. i a. de J. C. y servirá de base a las versiones griegas de Áquila, Símaco y Teodoción, a la Pesitta siríaca y a la Vulgata latina, y pasará íntegramente al texto masorético. La índole de la versión no es idéntica para todos los libros. Respecto de la conformidad con el original, se da el servilismo en Cant. y Eclo.; literalidad en Sal. y Profetas, excepto Dan.; fidelidad en el Pentateuco y en los libros históricos; libertad en Job, Prov., Dan. y en gran parte de Est. En cuanto al grecismo, se distinguen Job y Prov., y por la comprensión del texto se aventaja el Pentateuco. Los LXX tienen una importancia histórica que es difícil valorar, pues se convirtieron en la Biblia de los Apóstoles y de la primitiva Cristiandad; y no es menor su importancia crítica, porque reflejan un arquetipo hebraico diferente del que sirve de base al masorético, y dieron origen a las versiones latinas prejeronimianas, copta, armenia, etíope, geórgica y gótica. II. Versiones griegas del s. II desp. de J.

C. — La versión griega de los LXX, que con tanto júbilo había sido acogida por los judíos helenistas, hasta el punto de celebrarse el aniversario de la traducción, fue repudiada por el judaismo oficial. Y la causa principal fue que, a consecuencia de la unificación del texto hebreo, iniciada hacia el año 100 desp. de J. C. principalmente en virtud de la influencia del gran Rabi ’Aqiba’, con el fin de crear una base valedera para la exégesis rabínica que atribuía un significado a cada palabra o sílaba, se determinó un fuerte contraste con la versión de los LXX, representada por manuscritos que en muchos puntos disentían entre sí y del texto hebreo oficial. Otra causa de la aversión fue el uso que los cristianos hacían de esta versión en sus controversias cristológicas con los judíos. Los judíos helenistas se vieron precisados a acudir a nuevas versiones griegas, en su imposibilidad de recurrir al hebreo por la ignorancia de la lengua. La primera de éstas fue compuesta hacia el año 140 desp. de J. C. por un prosélito griego llamado Áquila.

Estando como estaba empapado del método hermenéutico de ’Aqibá’ y conociendo a fondo el griego y el hebreo, reprodujo el texto oficial hebreo con toda exactitud, hasta en las minucias más insignificantes. La estimaron muchísimo los judíos por la rigurosa fidelidad con que reproducía el texto hebreo, por lo que estuvieron sirviéndose de ella en las sinagogas durante mucho tiempo. Por deseo de los judíos aficionados aun a los LXX, otro prosélito llamado Teodoción hizo, tal vez hacia el año 180 desp. 241Bde J. C., una versión del hebreo que más bien representa una armonización de los LXX con el texto hebreo. Esta versión gozó de la simpatía de los cristianos. Hacia el 200 desp. de Jesucristo el ebionita Símaco preparó una tercera versión griega empleando un método diferente del de sus predecesores. En un griego elegante, y adaptándose a menudo muy felizmente al genio de la lengua griega, se propuso más la fidelidad del concepto que la verbal, como había hecho Áquila.

La importancia de estas versiones fue debida a su contribución a las vicisitudes de los LXX y a la formación de la Vulgata latina, puesto que San Jerónimo en su difícil traducción del texto hebreo recurrió frecuentemente a ellas, principalmente a Áquila, a quien juzgaba de «verborum diligentissimum explicatorem». Otras versiones griegas, parciales y anónimas, reciben los nombres de «Quinta», «Sexta» y «Séptima». En las antiguas literaturas cristianas hácese mención también del «Sirio», una versión griega que llevó a efecto sobre el hebreo un sirio desconocido, y el «Samaritano», otra griega preparada por los samaritanos. De estas versiones solo poseemos fragmentos en los comentarios de San Jerónimo y otros Padre s, en el margen de los cód. Marcaliano (Q), 86, 710, de la versión siriohexaplar y en los pocos restos que quedan de las Hexaplas de Orígenes. III. Recensiones de los LXX. — La versión de los LXX había perdido ya en el s. i a. de Jesucristo su primitiva integridad, por lo que en el Asia Menor la conformaron con el texto hebreo, como se ve por las citas que aparecen en Filón, en los escritos del N. T. y en Flavio Josefo.

Las grandes diferencias que se comprueban entre unos códices y los otros y su discrepancia del texto hebreo no dejaron insensibles a los cristianos, tenaces defensores de los LXX. Orígenes intentó poner remedio con la colosal obra de las Hexaplas (τὰ ἑξαπλᾶ, «séxtuple»), en la que transcribió o hizo transcribir todo el Antiguo Testamento seis veces en seis columnas paralelas que contenían por orden: 1) el texto hebreo con caracteres hebreos; 2) el texto hebreo transcrito en caracteres griegos; 3) la versión griega de Áquila; 4) la de Símaco; 5) la versión de los LXX; 6) la de Teodoción. Orígenes puso el mayor cuidado en la quinta columna (LXX), con lo cual buscaba dos fines: uno científico en servicio de la polémica religiosa y otro *práctico en pro de la exégesis bíblica (PG, 11, 60 ss.; PG, 13, 1293).

Para dar a conocer a los apologetas cristianos, los más de ellos desconocedores del hebreo, la conformidad o no confor- 242Amidad del texto griego de los LXX que había sido adoptado, mediante su confrontación con el texto hebreo que los hebreos invocaban en sus polémicas religiosas, señaló con un obelo (rayita horizontal, las más de las veces con un punto por encima y otro por debajo) lo que se leía en el griego y no en el hebreo, y con un asterisco lo que se leía en el hebreo y no en el griego (para el cual tomaba la expresión generalmente de la versión de Teodoción). Al mismo tiempo se proponía un segundo fin: dar a la Iglesia cristiana un texto de los LXX correcto y uniforme. Eligiendo un buen códice del tipo del códice Vaticano B (que representaba la recensión prehexaplar), corrigió los errores de este con la ayuda del texto hebreo y con la de las otras versiones griegas, y logró la corrección en grado notable. Mas la recepción hexaplar, constituida por la quinta columna, fue adoptada únicamente por las iglesias de Palestina , y por tanto no alcanzó la deseada uniformidad.

De las Hexaplas de Orígenes (50 gruesos volúmenes de formato atlante), terminadas en Cesárea de Palestina, donde se conservaron hasta la destrucción árabe (638), nunca se copiaron íntegramente, pero se hicieron de ellas dos especies de copias: 1) copias de un solo libro (por ejemplo el Salterio en los fragmentos del Cairo y de la Ambrosiana), con todas las columnas a lo largo, al menos las griegas; 2) copias enteras de la quinta columna (LXX), con la añadidura, al margen, de buenas lecciones de las otras columnas, o sea de Áquila, Símaco y Teodoción, que aparecen en numerosas citas que se hicieron de lecciones hexaplares y que nos han sido transmitidas en los comentarios de los Padres griegos y al margen de los códices griegos de los LXX. Tenemos también copias de la quinta columna en códices con signos diacríticos (códices 376; 426; A; 247, etc.) y en la versión siriohexaplar, de la que se conserva la mitad en un códice de la Bibl. Ambrosiana.

Juntamente con las Hexaplas figuran las Heptaplas y las Octaplas de que hablan algunos códices y escritores: incorporando a las Hexaplas las versiones anónimas y parciales (la quinta, sexta y séptima), Orígenes obtuvo siete u ocho columnas más bien que seis. Mas las Tetraplas son obras distintas y extractadas de las Hexaplas mediante la omisión de las dos columnas hebreas y con alguna que otra variante o mejora en los LXX. El original de las Tetraplas pereció en Cesárea juntamente con las Hexaplas, y solo queda algún fragmento de ellas en varios códices y escritores. La tercera recensión de los LXX (códices 242BM, Q, 2, V, 29, 86, 121, 128, 243), y solo lo sabemos por San Jerónimo (Praef. in Par.: PL 28, 1324 ss.), fue realizada por Hesiquio, a quien algunos identifican con el obispo egipcio del mismo nombre que murió mártir hacia el año 300 (Eusebio, Hist. Eccl. 8, 13), el cual, sirviéndose de un códice afín al Vaticano (B), conformó los LXX con el texto hebreo más servilmente que Orígenes, aunque sin descuidar las exigencias estilísticas y exegéticas.

Otra recensión (códices K, 54, 59, 75 para el Octateuco; 19, 82, 93, 108 para los otros históricos; V, Z, 22, 36, 48, 51, 231 para los profetas), sobre la cual también debemos el informe a San Jerónimo, fue dispuesta por Luciano, fundador de la Escuela Antioquena, mártir en el año 312, el cual, sirviéndose asimismo de un códice afín al Vaticano (B), conformó los LXX con el texto hebreo, recurriendo preferentemente a Áquila y proponiéndose fines de concordia y estilística. [F. V.]

Bibliografía

A. Vaccari, en Institutiones Biblicae, I, 6.ª ed., Roma 1951, pp. 327-31, 354-60. J. Verhoote, en DBs, III, col. 1320-69. F. M. Abel, Grammaire du grec biblique, París 1927. F. Zorell, Novi Testamenti lexicon graecum, 2.ª ed., París 1931. A. Boatti, Gramm. del gr. del Nuovo Testamento, 2.ª ed., Milano 1934. M. Zerwick, Graecitas biblica exemplis illustratur, Roma 1944. L. H. Brockington, The Greek Text of the Old Testament, Londres 1944. P. Joüon, Grammaire de l’hébreu biblique, 2.ª ed., Roma 1947.

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