ECLESIÁSTICO
Es el más extenso y el más rico en enseñanzas entre los libros didácticos o sapienciales (v.) del Antiguo Testamento, casi equivalente a un tratado de moral para todos los estados y todas las circunstancias de la vida (San Agustín, PL 34, 948; San Jerónimo, PL 25, 545). En la Iglesia latina tuvo ya el título de Eclesiástico desde los primeros tiempos (San Cipriano, PL 4, 696. 729), por haber sido el más •empleado en la liturgia, después de los Salmos, y en la preparación de los catecúmenos, como -catecismo oficial de ellos (Rufino, PL 21, 374). Los manuscritos griegos le dan el título de Sabiduría de Sirac o Jesús hijo de Sirac, del nombre del autor. Y los modernos gustan de •citarlo por el simple patronímico (Sirácides). En el texto original (cf. San Jerónimo, PL 28, 1242; y citas rabínicas) el título era: Proverbios (mesálim) del hijo de Sirac (cf. texto hebreo 50, 27). El Eclesiástico toma de la sabiduría el argumento y la división. Distínguense en él diez partes, todas las cuales comienzan por un elogio de la sabiduría o por un himno a Dios en cuanto que es autor de toda sabiduría. Al fin vienen dos breves apéndices. I. Elogio de la sabiduría.
Deberes para con Dios, para con los padres, para con el prójimo: humildad y mansedumbre, compasión para con los desgraciados (cc. 1-4, 10). II. Elogio de la sabiduría. Sinceridad y franqueza, contra la presunción, amistades (4, 11- 6, 17). III. Invitación a la práctica de la sabiduría. Contra la ambición. Contacto con varias clases de personas. Deberes de los gobernantes; de los ricos. No fiarse de las riquezas sino de Dios. Personas de quienes hay que guardarse. Contra la avaricia (6, 18-14, 19). IV. Frutos de la sabiduría. El pecado viene del libre albedrío, no de Dios; y nunca queda sin castigo (14, 20-16, 23). V. Himno a Dios en cuanto creador. Generosidad y previsión. Frenar las pasiones y hacer buen uso de la lengua; continencia del alma, disciplina de la boca (16, 24-23, 27). VI. Himno de la sabiduría. Tres cosas amables y tres odiosas, tres temibles y dos peligrosas. Sobre las mujeres buenas y malas. Empréstitos, dones y fianzas. Educación de los hijos; salud y vicios que la minan; 170Btemplanza; conversación y mesa. Temor de Dios; providencia divina (24, 1-33, 17). VII. Invitación a escuchar. Modo dé tratar a los siervos. Supersticiones: buena y mala religión.
Oración por el triunfo de la religión de Israel (33, 18-36, 22). VIII. Elección de lo mejor: mujer, amigo, consejero. Cuidado de la salud: modo de portarse en las enfermedades y respeto de los muertos.
La confesión más noble: el estudio de la sabiduría (36, 23-39, 11). IX. Himno a Dios en cuanto creador, que todo lo dispone óptimamente para bien de los justos, para castigo de los malos. Desdicha de la vida humana, sobre todo para los impíos. La vergüenza: una buena y otra mala. Las maravillas de la creación: otro himno (39, 12-43* 37). X. Himno de alabanza a los patriarcas, que vivieron según la sabiduría que Dios les comunicó, desde Adán hasta Simón, hijo de Onías , sumo sacerdote en el tiempo del autor (44-50). 1. " Apéndice (51, 1-12): Himno de acción de gracias a Dios por haber obtenido la liberación de muchos y graves males. 2. ° Apéndice (51, 13-30): Canto alfabético ea que el autor describe los cuidados puestos por él en el estudio de la Sabiduría, e invita a imitarlo» (A. Vaccari).
Entre los dos apéndices el manuscrito hebreo B intercala un salmo semejante al 136 (135]. Como antiguo que es, no es creación del mismo autor, sino que ha sido tomado del uso litúrgico. El Eclesiástico fue traducido al griego por el nieto del autor, que antepuso un prólogo «importante, no solo porque nos facilita las fechas de la composición y de la traducción del Eclesiástico, sino además porque nos muestra cómo en el s. II a. de J. C. ya se distinguían entre los hebreos en los libros sagrados del Antiguo Testamento los tres órdenes que luego llegaron a ser tradicionales: ley (Pentateuco), profetas y escritos; y cómo todos esos órdenes habían sido, traducidos, al menos en parte considerable, al griego» (A. Vaccari).
Al fin de la 10.ª parte (50-29), el autor nos da su nombre: Jesús, hijo de Eleazar, hijo de Sirac («Simeón» en el hebreo, ibid., es una glosa). Jesús era natural de Jerusalén (como lo precisa el nieto: 50, 27 griego); allí vivió largo tiempo y allí redactó el libro hacia el final de su vida. Era piadoso (cf. 50, 5 ss.; 51, 4), de una fe profunda, constante en el estudio de los libros sagrados desde su infancia (prólogo: 38, 24), diligente en la adquisición de la sabiduría (51, 13-30). Adquirió grande experiencia de los 171Ahombres y de las cosas (34, 11; 51, 13) en sus largos viajes. En medio de la maldad humana, Dios le libró de los peligros (51, 2-12).
Su ardiente celo por la religión le impulsó a comunicar su doctrina a los otros (24, 30. 40). Abre una escuela en Jerusalén, donde congrega (51 23. 29) la juventud aristocrática, a la que enseña el culto de Dios, las tradiciones, la Ley, los caminos de la Sabiduría. Todo esto muestra en Jesús «el perfecto dominio del hebreo, el profundo dominio de la literatura sagrada, la amplitud de miras, el sentido realista de la vida, el tono autoritario de su enseñanza, y sobre todo la multiplicidad de las materias tratadas con la luz de la revelación y de la experiencia, con el fin de dar a los jóvenes la educación civil y moral necesaria para bien vivir y agradar a Dios» (C. Spicq). Hay dos datos que nos permiten precisar el tiempo en que vivió el autor. a) En el capítulo 50 retrata al sumo sacerdote Simeón, hijo de Onías, «con tales colores, que muestra a las claras haberle visto con sus propios ojos y haberlo admirado en el ejercicio de las funciones sagradas. De los dos pontífices que llevaron ese nombre, el" primero falleció hacia el 300 a. de J. C., el segundo un siglo más tarde (218-198 a. de J. C.)» (A. Vaccari).
Los vv. 50, 1-5 son aplicables casi exclusivamente al pontificado del segundo. b) Efectivamente: el nieto dice en el prólogo que fue a Egipto el año 38 del reino de Tolomeo Evérgetes, o sea Tolomeo II (170-116), y por consiguiente comenzó la traducción poco después del 132 a. de J. C. Vivio, pues, el abuelo a la distancia de dos generaciones, y probablemente hacia el 180 fue cuando Jesús (Sirácides) terminó su libro. Escribió en lengua hebrea, y fue haciéndolo poco a poco, según las circunstancias.
Fue su intento preservar a sus correligionarios, especialmente a los de la Diáspora, del influjo del helenismo, manteniéndose fieles a la alianza del Sinaí, ya que ellos forman el nuevo Israel, he-.redero de la teocracia mosaica (50, 13 s., griego) cuyo cometido es el iluminar a las gentes, que también pueden participar de la Sabiduría (= la verdadera religión, sagrado depósito de Israel), si se adhieren al yaveísmo (cf. 17, 1-17; 24; 36, 1-17; etc.).
El hijo de Sirac medita y reproduce toda la revelación precedente exponiéndola en su género literario, juntamente con los dictámenes de la razón. «Yavé, que gobierna con sabiduría al universo (39, 12-40, 17), escudriña las conciencias (42, 18 s.), discierne a sus adoradores (16, 171B16-23), los ayuda para que permanezcan fieles (2, 17 s.; 22, 27-33; etc.). »El temor de Dios atrae las bendiciones celestiales (23, 1; 40, 26). No hay que dejarse influenciar por el prestigio de los malos (4, 17 s.; 7, 14 s.), para buscar su amistad (9, 16). Dios perdona a los extraviados que hacen penitencia (17, 24 ss.; 18, 23), pero castigará a los malos y recibirá gloria en defender a su pueblo (35, 19-36, 17)» (C. Spicq). La exposición doctrinal llega a su cumbre en el c.
24. En él se presenta a la sabiduría como una realidad que ha estado siempre con Dios, creador y supremo legislador, y que Dios ha comunicado a Israel: una realidad concreta que habla, cual si fuese una persona, y a la que nunca se ha atribuido una existencia personal, efectivamente distinta e independiente de Dios. Trátase de una providencia práctica de un atributo divino (Prov. 8; Sab. 7). Después de la venida de Cristo, Verbo eterno (Jn. 1, 1-14; cf. Col. 1, 15 ss.), era fácil reconocerlo en la descripción de la Sabiduría eterna, en sentido pleno (plenior). Y brotó espontáneamente la aplicación, en sentido espiritual alegórico, a la Sma. Virgen, «asiento de la sabiduría», de todo cuanto se dice de la sabiduría, que es comunicada a todos los hombres.
«El texto original que vio San Jerónimo (PL 28, 1242) y que no raras veces citan escritores de la edad media, estaba perdido desde hacía unos cuantos siglos, hasta que entre el 1896 y el 1900 se hallaron cerca de dos terceras partes de él en lo secreto (genizah) de una antigua sinagoga de El Cairo. En 1930 hallóse un nuevo folio con los cc. 32, 16-33, 32; 34, 1 entre los manuscritos de la colección E. Adler, en Nueva York, en la biblioteca del seminario teológico judío. »Con esto hemos podido tener nuevamente las tres quintas partes del texto hebreo; 40 cc. entre 51, 1.090 versos entre 1.616 de la versión griega.
La edición completa de las partes halladas se ha llevado a efecto bajo la dirección de M. S. Segal, Liber Sapientiae filii Sirac, Jerusalén 1933. »El texto hebreo que contienen tales manuscritos es bastante menos satisfactorio que el de los otros libros sagrados. Copistas y editores se permitieron con el Eclesiástico mayor libertad o negligencia que con las Escrituras del canon hebreo. Por eso también tienen en este caso más valor que de ordinario las dos versiones independientes, la griega y la siríaca, especialmente la primera». (A. Vaccari). Ésta (códice Vaticano B) en general traslada felizmente el hebreo, de un texto de forma 172Aex- celente. En la Vulgata se conserva la antigua versión latina, que ni siquiera fue retocada por San Jerónimo. Fue preparada sobre un códice griego (ms. 248 y pocos afines) bastante interpolado, y posteriormente recibió algunas añadiduras, duplicados, glosas.
Mas con las oportunas correcciones, para lo cual servirán de ayuda las citas de los Padre s, no es raro que ofrezca lecciones excelentes (A. Vaccari). El Nuevo Testamento no cita explícitamente al Eclesiástico, pero hace a él notables alusiones: Mt. 11, 25-30 = Eclo. 51, 13 ss.; I Cor. 15, 8 ss. = Eclo. 33, 16 s.; etc. (C. Spicq). El mismo Sirácides se presenta como profeta inspirado (24, 33; 39, 12; etc.). En el prólogo se sitúa al lado de los otros libros sagrados. Para lo que atañe a las dudas que surgieron en el s. IV en las iglesias que estaban más en contacto con los judíos (San Atanasio, San Cirilo de Jerusalén, San Jerónimo) acerca de la canomcidad del Eclesiástico, por no figurar en el canon judío, si bien tales dudas se desvanecieron pronto, v. Canon. [F. S.]
Bibliografía
F. Spadafora, en Enc. Catt. It., V, col. 40-45. A. Vaccari, La S. Bibbia, V, pp. 177-80. C. Spicq, L’Eclésiastique (La Ste. Bible, ed. Pirot, 6), París 1946, pp. 531, 56.
J. Enciso, Como cinamomo y bálsamo aromático, en Ecc. 1946, 282.