HEBREOS (Epístola a los)
Última en el epistolario paulino, notable por su doctrina. Es 251Btema central de la primera parte (1, 1-10, 8) la absoluta superioridad de la nueva Alianza sobre la antigua, que era su preparación. Generalmente desarróllanse los argumentos con referencias al Antiguo Testamento. La superioridad de la nueva economía es probada, principalmente, con la presentación de Jesucristo, su mediador, que, en su doble cualidad de Hijo de Dios y del Hombre, en cuanto creador del Universo y Redentor, es infinitamente superior a los Ángeles (1, 1-14), medianeros con Moisés de la antigua ley. Viene inmediatamente la recomendación práctica de evitar el gravísimo delito de deserción y apostasía (2, 1-4): Cristo es siempre superior a los Ángeles, aun cuando por breve tiempo se mostró en la humildad de la Encarnación (2, 5-18). Mayor aun es la distancia que separa a Cristo, Hijo de Dios y por tanto «amo de casa», de Moisés que no fue más que un simple siervo en la «casa» de Dios (3, 1-6).
Por lo tanto, así como la des obediencia a Moisés fue castigada con la expulsión de la tierra prometida, así la desobediencia a Cristo excluye de la posibilidad de alcanzar la vida eterna (3, 7-5, 10), pues nada puede impedir el efecto del poder de la palabra de Dios (4, 11-13). En la perícope siguiente (4, 14-10, 18) examínase la relación existente entre el sacerdocio mosaico y el de Cristo, cuyo contraste forma realmente la parte central de la epístola para sacar la conclusión de que solo Cristo reúne todos los requisitos del legítimo y eficaz intermediario entre Dios y los hombres. Él es el verdadero sumo pontífice según la orden de Melquisedec (4, 14-5, 10). Una breve digresión advierte el peligro de apostasía e incita a la fidelidad a semejanza de Abraham (5, 11-6, 20). Vuelve a explicarse la supremacía del sacerdocio de Cristo, insistiendo en el parangón con el de Melquisedec (7, 1-28).
La sustitución de los dos sacerdotes reclama el fin de la antigua alianza, inútil para lo sucesivo por haber quedado aventajada por una nueva y eterna; y la realidad de todo esto se desprende del sacerdocio de Cristo, que ha abolido toda forma de culto anticuado, y ha comunicado a su autor el derecho de entrar en un santuario celeste (8, 1-10, 18). En el último fragmento (9, 1-10, 18) se insiste mucho en mostrar la imperfección de los antiguos sacrificios respecto del sacrificio del Calvario. En la segunda parte (10, 19-13, 25) puede considerarse como tema central el concepto de que la nueva alianza exige constancia en la fe y en la práctica de las virtudes. Recomiéndase la perseverancia en la fe mediante varios argu 252Amentos teológicos y con ejemplos de tremendos castigos infligidos a los apóstatas (10, 19- 31). Recuérdase la constancia de los primeros miembros de la comunidad cristiana (10, 32-39) y de los grandes personajes del Antiguo Testamento (11, 1-40) y del mismo Jesucristo (12, I ss.). Explícase el verdadero significado que tienen las tribulaciones para un cristiano (12, 4-13) y vuelve sobre el parangón entre la antigua alianza y la inaugurada por Jesús (12, 14- 29).
En el último capítulo se recomienda la observancia de varias virtudes (13, 1-6) y la constancia de la fe en Cristo, víctima por el pecado y portador de la eterna felicidad (13, 7-14).
Después de haber recordado la necesidad de la beneficencia, de la liberalidad y de la obediencia a la jerarquía (13, 15-17), siguen unos breves saludos y una recomendación para preparar a Timoteo una buena acogida (13, 18-25). Con razón, pues, está presentado este escrito como un «discurso de exhortación» (13, 22). Tal hecho, unido a la falta de algunos elementos (dirección, saludo, bendición con deseos de prosperidad, toma de contacto con la comunidad destinataria, etc.), ha inducido a no pocos escritores acatólicos a ver en Hebr. una homilía o un tratado dogmático reducido artificiosamente a forma de carta con la añadidura del capítulo 13. En realidad, ni la tradición manuscrita ni el examen intrínseco ofrece apoyo serio para tal hipótesis.
El c. 13, del que dan fe todos los manuscritos, está íntimamente enlazado con no pocos versículos de los capítulos precedentes. Aparte de eso, las frecuentes apostrofes y referencias a destinatarios específicos lejanos, excluyen el que se trate de una homilía, aun cuando sea innegable la existencia de cierto tono oratorio. Acerca de su autenticidad, ya Orígenes (Eusebio, Hist. Eccl., VI, 25, 13 s.) hacía distinción entre el contenido y la forma literaria, atribuyendo lo primero a Pablo , mientras la segunda sería de otro autor. Clemente de Alejandría (cf. Eusebio, op. cit., VI, 14, 2) suponía un original semita del Apóstol traducido por Lucas al griego. En Occidente la autenticidad paulina del escrito (cf. Hier., Epist. 129, 3) fue negada por Ireneo, Hipólito, Tertuliano, Gregorio de Elvira. San Agustín se mostró titubeante, principalmente hacia el fin de su vida; y la misma duda se muestra en la fórmula empleada por el II Concilio de Cartago del 397.
Mas poco después prevaleció la tesis de la autenticidad defendida por todos los otros (Hilario, Lucifer de Cagliari, Ambrosio, Rufino, Paciano, Prisciliano, Mario Victorino, etc.) y por los Padre s exegetas griegos, que sin duda eran los más 252Bcotizados en estos asuntos de argumentos lingüísticos. Nadie la puso ya en duda hasta Erasmo y el cardenal Cayetano. Los críticos protestantes renovaron la cuestión y la resolvieron en sentido negativo. Pero los católicos, con matices más o menos diversos, y exceptuados unos pocos conservadores, volvieron a la opinión de Orígenes, distinguiendo entre las ideas ciertamente paulinas y la forma griega, que aparece muy diferente de la de las otras epístolas del Apóstol. Están destituidas de fundamento las pretendidas discordancias doctrinales y las presuntas analogías con Filón. Algunas dificultades, como la falta de exordio y de las acostumbradas, fórmulas finales para los saludos, pueden resolverse con probabilidad teniendo en cuenta la postura del Apóstol por antonomasia de los gentiles respecto de los judeocristianos.
La otra dificultad, más grave, tomada de la forma literaria, puede resolverse admitiendo un redactor, sobre el que nada sabemos, pese a las muchas tentativas de averiguarlo. Las preferencias se han inclinado por Apolo o por Bernabé, y está completamente abandonada la antiquísima hipótesis de una traducción griega de un original semita de Pablo. Si por una parte se vió largamente agitada la cuestión de la autenticidad paulina, la referente a la canonicidad estuvo limitada a algunos escritores de la Iglesia latina. Solo del presbítero Cayo de Roma consta que repudio la autoridad de la epístola (Eusebio, Hist. Eccl., VI, 20, 3). Otros autores nunca citan la epístola (S. Cipriano, San Optato de Milevio), sobre la cual guardan silencio también el Fragmento Muratoriano y el canon de Mommsen. Pero desde mediados del s. iv van desapareciendo lentamente tales dudas en la Iglesia latina, que vuelve a su primitiva tradición de acuerdo con todos los escritores eclesiásticos de otras lenguas (v. Canon). Destinatarios y fecha de composición. — La tradición antigua es constante en considerar el escrito como dirigido a una comunidad de judeocristianos.
El mismo examen interno demuestra que los lectores tenían que estar grandemente familiarizados con los textos litúrgicos judíos y con los libros del Antiguo Testamento, lo que seria muy poco probable en una iglesia compuesta de ex-paganos. Con toda probabilidad Hebr. fue dirigida a la Iglesia de Jerusalén, pues solo allí tenían actualidad las repetidas insistencias en prevenir a los fieles contra la fascinación del culto judío. Esa misma consideración aconseja, sin más, a considerar la composición de la epístola como 253Aanterior al año 70 desp. de J. C. Después de esta fecha sería incomprensible la gravedad de un peligro de recaída en el judaísmo, así como las alusiones a un culto normal o espléndido. (cf. 7, 11; 8, 3-5. 13; 9, 6-10. 25; 10, 1-3; 13, 9-11). El hecho de que no se haga alusión a un estado de guerra, dado caso que la epístola fuera destinada a Jerusalén, no es suficiente para atribuirle una fecha posterior a 66-67. Juzgamos que el año más probable en la cronología paulina debe de ser el 64 (cf. A. Penna, San Paolo, 2.ª ed., Alba 1951, p. 100). [A. P.]
Bibliografía
A. Médebielle, Épître aux Hébreux (La Ste Bible, ed. Pirot), París 1938, pp. 269-372. J. Bonsirven, Épître aux Hébreux, París 1943. Teodorico da Castel San Pietro, La lettera agli Ebrei (La Santa Bibbia), Torino 1952. C. Spicq, L’épître aux Hébreux, I, Introduction, París 1952. C. Spicq, L’épître aux Hébreux, II, Commentaire, París 1953.
D. G. Maeso, Lengua original, autor y estilo en la epístola a los hebreos, en CB, XII (1955), 146-151.