DIÁSPORA
Es la dispersión de los miembros del nuevo Israel por todo el mundo entonces conocido. El término griego diáspora equivale a diseminación, dispersión. Los grupos judíos, por muy alejados que se hallen, están ligados legal y espiritualmente al núcleo vital, que tiene su punto de apoyo en Jerusalén y en el Templo y que representa a la teocracia resucitada que renueva la antigua alianza (v.) en lo que se refiere al más puro monoteísmo y a la estricta observancia mosaica. Todos están de acuerdo en considerar el período helenorromano como de la diáspora en el sentido expuesto. Unos grupos de emigrantes judíos de Palestina , principalmente después de Alejandro Magno (f 323), se esparcieron en pequeños grupos por todas partes, reinando los Diadocos, y particularmente por Siria y Egipto, de donde se fueron extendiendo poco a poco por toda el Asia y otras regiones. El empuje hacia el occidente debió de producirse muy pronto, por los siglos iv-iii a. de J. C., estableciéndose primero en los grandes puertos y luego hacia el interior, principalmente por Italia, centro del Imperio. Hay documentos literarios que acusan la presencia de la diáspora en Roma desde el s. n a. de J. C.
Las inscripciones judías de las catacumbas de Monteverde comienzan ya en los últimos tiempos de la República. Las inscripciones dan testimonio de la existencia en Roma de no menos de trece comunidades judías (= συναγωγή; cf. Act. 6, 9; el edificio para el culto = προσευχή)- La política de los Seléucidas favoreció a los de la diáspora, ya que trataban de consolidar sus reinos con la mezcla y fusión de las diferentes nacionalidades mediante inmigraciones y emigraciones de una provincia a otra, y de poblar sus nuevas grandes ciudades, especialmente Antioquía, la capital, fundada el año 301 por Seleuco I (306-281). En Alejandría se calculaba un número de 120.000 judíos, una verdadera ciudad dentro de la ciudad. Se concedían a los inmigrantes plenos derechos de ciudadanía y 153Anumerosos privilegios. Antíoco I (281-216) implantó en Apamea, en el. corazón de Frigia, una numerosa colonia judía. Antíoco III (223- 187) trasladó 2.000 familias judías de Mesopotamia y de Babilonia al Asia Menor, y particularmente a Lidia y a Frigia. Según el oráculo sibilino (III, 271; 140 a. de J. C.) todas las regiones y todos los mares estaban llenos de judíos.
En Filón, Ad Caium, se lee la más completa descripción de la difusión de la diáspora por el imperio. Flaccus, propretor de la provincia de Asia, secuestró considerables sumas de dinero recogidas por los judíos y destinadas al Templo de Jerusalén. Los decretos de Julio César, Augusto, Dolabela y otros (FI. Josefo, Ant. XIV, 10, 12-23) demuestran que había notables grupos de judíos en Egipto, en Éfeso, en Sardis, en Laodicea, en Trallo, en Mileto, en Pérgamo, en Halicarnaso y en otras ciudades del Asia. Los Act. 2, 9 s. atestiguan también su presencia en el país de los partos, de los medos, en Elam, en Mesopotamia, en Ponto. San Pablo encuentra sinagogas en Antioquía de Pisidia (Act. 13, 14), en Iconio (ibid. 14, 1), en Tesalónica (ibid. 17, 1), en Corinto (ibid. 18, 1-4), en Éfeso (ibid. 18, 19). Damasco contaba con numerosas comunidades judías. Las inscripciones judías descubiertas circunstancialmente confirman estos datos (J. B. Frey, v. Bibl.).
Los judíos se aprovecharon en masa de las circunstancias sobredichas al verse forzados a emigrar, sea por su natural inclinación, sea por la inestabilidad y miseria de Palestina, duramente disputada entre seléucidas y tolomeos; por las sangrientas luchas intestinas en tiempo de los asmoneos, y por la intervención de Roma. La comunidad romana se vio notablemente acrecentada con los prisioneros deportados por Pompeyo después de la toma de Jerusalén (63 a. de J. C.), vendidos como esclavos y redimidos. Por todas partes conservaron, con un riguroso aislamiento, sus propias costumbres y su fe monoteísta, e incluso iniciaron el proselitismo (v.). Con tal fin, desde el comienzo de la época helenista se organizaron en comunidades independientes, en cuyo seno conservaban la fe, la ley y el derecho de sus padres, tal como se observaba en Tierra Santa. El sistema de organización varió según los tiempos y los lugares, y unas veces tenía forma de organización privada, otras consistía en un régimen político más o menos completo; pero siempre era independiente, para solos judíos, y con dirección judía.
La diáspora grecorromana imitó por lo común la organización municipal de las 153Bciudades griegas y de los «collegia» romanos. Siempre estaba perfectamente separada la administración civil (γερουσία con los ἄρχοντες> etc.), de la religiosa (ἀρχισυνάγωγος> etc.). Su estrecha unión con el hogar común yaveísta de Jerusalén se manifiesta: 1.°, en el desprecio y abominación de toda forma de idolatría; en la fe rigurosamente monoteísta, en medio del dominante sincretismo; 2.°, en las íntimas y continuas relaciones con la ciudad santa, corazón palpitante del renacido Israel; pagando los tributos anuales para el culto; llegándose a Jerusalén para celebrar allí las grandes solemnidades anuales; 3.°, con la lectura de los libros sagrados que tenía lugar todos los sábados en las sinagogas o casas de oración , que también servían de escuela; 4.°, con la celebración del sábado (especial expresión de la alianza: Is. 56, 2-6; Ez. 20. 12; 44, 24), de las neomenias y de las tres grandes fiestas anuales; 5.°, en la escrupulosa observancia de las leyes mosaicas concernientes a la calidad de los alimentos y de otras purezas legales.
No es fácil determinar la conexión existente entre la diáspora y los deportados del reino del norte (734-722 a. de J. C.), los del reino de Judá (especialmente 534-586 a. de J. C.) que quedaron en Babilonia y los otros israelitas fugitivos, o como quiera que se llame a los que moraban en Egipto después de la destrucción de Jerusalén (587 a. de J. C.), En cuanto a los primeros, se cree que en su inmensa mayoría se paganizaron, siendo absorbidos por el ambiente. Tampoco sabemos nada acerca de los deportados de Judea que permanecieron en Babilonia. Las noticias referentes a la diáspora de Babilonia son exclusivamente talmúdicas.
Estas florecientes colectividades, que permanecieron en aquella región hasta la alta edad media, reivindican, por medio de sus doctores y por las obras exegéticas, su conexión con los desterrados de Judá que permanecieron allá, pero ignoramos con qué fundamento. Es cierto que los deportados costearon la reconstrucción material de Jerusalén y de las otras ciudades. Tal vez algunos grupos permanecieron fieles al Yaveísmo y al Templo. La comunidad judía de Egipto que se nos dio a conocer a través de los papiros de Elefantina (ss. vi-v a. de J. C.) desapareció probablemente a fines del s. v. No consta que formaran parte de ella aquellos judíos, adoradores de la reina del cielo, que arrastraron consigo a Jeremías a Egipto (Jer. 42-44).
No existe prueba alguna o indicio que nos permita suponer la existencia de un influjo de los diferentes núcleos judíos esparcidos anteriormente en Egipto sobre las colectividades 154Ade la diáspora en el período helénico, o de una continuidad con las mismas. Con el proselitismo, la diáspora se encuadraba en la misión encomendada por Dios a Israel, contribuyendo a la preparación inmediata de los caminos para la difusión del cristianismo. Helenistas paganos se ponían en contacto con la noción de la revelación del verdadero Dios, único, creador, previsor y con una moral más elevada.
La primera predicación de Pedro en el día de Pentecostés (Act. 2, 5-11. 41) no fue solamente una admirable pesca local sino que halló eco fructífero por todo el imperio debido a la presencia de muchos prosélitos y judíos de la diáspora, que se fueron de Jerusalén convertidos en fervientes cristianos y evangelizadores.
La predicación de Pablo tiene siempre la sinagoga local como punto de partida, y recoge asentimientos y conversiones inmediatas entre los helenistas que la frecuentan (Act. 13, 5, 14 ss., 26. 43-50; 14, 1; 16, 13 ss.; 17, 1-4. 10 ss., etc.). Además, esa preparación permitía a Pablo poder predicar libremente, dados los privilegios de las comunidades judías de la diáspora y el reconocimiento de la religión judía como «religio licita». Con el año 70 desp. de J. C. vino la ruptura absoluta entre cristianismo y sinagoga. Las comunidades judías esparcieron por el mundo su odio y calumnias contra los cristianos, y en adelante los gentiles ya no confundían a unos con otros, todo en ventaja de la difusión del Evangelio, según la profecía de Jesús (Lc. 21, 28. 31 y paral.; F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme, Rovigo 1950, pp. 123 ss., cf. 97-111). [F. S.]
Bibliografía
E. Schürer, Geschichte des jüdischen Volkes, III, 4.ª ed., Leipzig 1911, pp. 1-188. J. Vandervost, en DBs, II, col. 432-45. G. Ricciotti, Storia d’Israele, II, 2.ª ed., Torino 1935, pp. 203-247. J. B. Frey, Corpus inscriptionum Iudaicarum. Europe, Roma 1936, pp. LIII-CXLIV, 1 s.;
introducción sobre la diáspora: organización, vida familiar, social y religiosaII, Roma 1952, Asie-Afrique, pp. 3 ss. 349-53.
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