Diccionario Bíblico

Angelo Penna

DEDICACIÓN del Templo

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Fiesta instituida por Judas Macabeo para conmemorar la purificación del Templo que tuvo lugar el 25 de Casleu del 148 de la era seléucida (= nov.-dic. del 164 a. de J. C.), tres años después de haber sido profanado por Antíoco (I Mac. 1, 54; II Mac. 10, 13; Fl. Josefo, Ant. XV, 320). La solemne función fue celebrada, como lo fuera en tiempos de Salomón (I Re. 8, 65 s.), con cánticos acompañados de instrumentos músicos, y duró ocho días (cf. II Par. 7, 8 s.); ofreciéndose sacrificios pacíficos (cf. Lev. 9, 4; Dt. 27, 7; II Par. 31, 2), símbolo de la paz restablecida entre Dios y su pueblo, y de la gratitud de éste (cf. II Par. 33, 16). Para perpetuar el recuerdo del acontecimiento se fijó una solemnidad anual (I Mac. 4, 49) denominada Encenia o renovación (cf. Jn. 10, 22), cuyo nombre griego se tradujo al latín por dedicatio. En hebreo se llamó hanukkáh, que con más exactitud se traduciría por inauguración (cf. I Re. 8, 63; II Par. 7, 5). La celebración tenía un carácter alegre, y en ella se empleaban abundancia de luces, de donde vino el llamarla la Fiesta de las luces (cf. Fl. Josefo, Ant. XII, 325, que la llama φῶτα).

Mientras que en I Mac. (4, 36-59) solo se alude al restablecimiento de la iluminación del Templo (4, 50), en II Mac. (10, 1-8) se nota la renovación del fuego sagrado (10, 3) y la conexión que, por motivos históricos y por semejanza de ritos, se da entre la nueva fiesta y la de los Tabernáculos, celebrada del mejor modo posible tres meses antes (10, 6), de donde le viene la denominación de fiesta de los Tabernáculos en el mes de Casleu, que se lee en II Mac. 1, 9.

18. La importancia que en ese texto se atribuye al «fuego sagrado» prepara la interpretación de Fl. Josefo que en la iluminación ve el elemento esencial y el símbolo conmemorativo de la inesperada realización (φανῆναι; cf. φῶτα) de la liberación obtenida con el auxilio divino, y de las diferentes leyendas rabínicas 149Aen torno al milagro del «fuego» venido del cielo, y del aceite que, siendo tan poco, duró ocho días consecutivos. Después de la definitiva destrucción del Templo, en la diáspora se fue acentúando cada vez más el elemento accesorio de la iluminación de las casas (cf. Persio, Satira V, 180-82), y se conservó la fiesta hasta ahora, como recuerdo de una particular protección divina en un momento crítico de la historia hebrea. [A. P.]

Bibliografía

F. M. Abel, Les livres de Macabées, París 1949, pp. 416-21.

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