Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

ORACIÓN

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En sentido riguroso, orar es pedir un bien a Dios . En sentido más general, orar es dirigirse a Dios con fe y con amor, ya sea con un acto externo, por ejemplo, un rito, ya con la palabra, ya en lo secreto del corazón, para así rendirle homenaje. La oración es un comercio efectivo del hombre con Dios. El culpable se halla ante la mirada de su Señor, el hijo ante la presencia de su padre. Nuestra condición de creaturas nos obliga a impregnar de humildad y de respeto nuestra oración, mas lo que el cristiano ha de tener presente ante todo en su oración es el aspecto de la filiación divina por la gracia de Cristo . «Así habéis de orar vosotros: Padre nuestro, que estás en los cielos» (Mt. 6, 9).

En el Antiguo Testamento la oración aparece por doquier en sus múltiples aspectos de simple petición ( tefilhah ), de súplica (Jer. 3, 21), para granjearse la benevolencia divina, de «grito» del corazón (Salmos 31, 23; 39, 13, etc.), de gemido, suspiro de uno que padece, de un afligido (Salmos 6, 7; 31, 11; Lam. 1, 22, etc.); de alabanza; tehilláh (cf. la fórmula litúrgica: hallelüjah , Sal. 104, 35 y muy frecuentemente) y de acción de gracias por el nombre (= majestad) de Dios : Sal. 113, 1, etc., por sus beneficios a la nación y al individuo, por sus diferentes atributos; oración de júbilo ( rinnáh ): Is. 52, 9; Sal. 98, 4, etc.; oración de culto y privada; en prosa o en verso, cf. la lírica de los Salmos; himnos y cánticos ( šîr ) (Éx. 15, 1.21, cántico de María; Jue. 5 el de Débora). Oración y alabanza son los dos términos que expresan por completo la gran colección de los Salmos, que por su abundancia y variedad, ofrecen modelos de oraciones para todas las circunstancias de la vida humana.

Así, pues, la oración aparece como expresión de toda la vida religiosa y de las ideas sobre Dios y sobre sus diferentes atributos, sobre las relaciones entre Dios y la nación, entre Dios y cada uno de los fieles. Por consiguiente, una monografía sobre la oración equivale a una teología del Antiguo Testamento. La oración va dirigida únicamente a Dios : es un hecho natural ligado con el mismo ser, que fluye de nuestra naturaleza. Por lo mismo la hallamos, por todas partes, entre los 425Bpueblos primitivos, y más pura en el culto del Ser Supremo y en el vivo sentimiento de la propia fragilidad e impotencia; y también en todas las otras religiones. La primera oración, que se nos ha conservado en el Génesis , es la expresión de confianza y de humilde agradecimiento de Eva por el nacimiento del primer hijo, inmediatamente después del castigo (Gén. 4, 1). Las primeras relaciones, tan familiares, de nuestros primeros padres inocentes con Dios , eran una oración perenne.

Israel creía en la omnipresencia y en la omnisciencia de Dios , que podía escuchar las oraciones de sus fieles siempre y en todas partes, como lo prueba la oración de Eliezer en Mesopotamia (Gén. 24, 12), la de Moisés en Egipto (Ex. 8, 12), la de Sansón en medio de los filisteos (Jue. 16, 28). No obstante, fueron elegidos los lugares sagrados para las apariciones de Yavé ( Bétel , etc.), y principalmente el Templo , morada de Dios (cf. I Re. 8, 29; Is. 56, 7, etc.). Después de la cautividad, la sinagoga es esencialmente el lugar de la oración, de donde tomó su nombre ( προσευχή ). Se elegía la habitación más alta (Dan. 6, 10; Tob. 3, 10) o de cualquier modo alejada de todo bullicio (Jdt. 8, 5; 9, 1; cf. Mt. 6, 8). La oración acompañó siempre al culto. Después de la cautividad, el israelita piadoso tomaba parte en la oración ritual establecida para la mañana y para las tres de la tarde (según nuestro cómputo actual), o sea agregada al sacrificio (holocausto perpetuo) de la mañana y tarde (cf. Fl. Josefo, Ant. IV, 8, 13; Dan. 6, 10.13; cf. Act. 3, 1; 10, 3), concretándose así la oración oficial, el sema‘ israel, que se lee en Dt. 6, 4-9; 11, 13-21; Núm. 15, 37-41.

No estaba prescrito un modo especial o ceremonial para la oración. Orábase ordinariamente en actitud propia del esclavo ante el Señor (cf. I Sam. 1, 9 s.; 26; Jer. 18, 20; cf. Lc. 18, 11). Las más de las veces en pie, con los brazos extendidos, abiertos hacia el cielo (cf. Éx. 9, 29; 17, 11, etc.); en voz baja (cf. I Sam. 1, 13) o alta. Eran objeto de la oración las grandes obras de Dios en la creación; oración de alabanza (Salmos 8; 18; 103; 107, etc.; Job. 26, 5-14; 35; 36-37, etc.); las admirables obras realizadas en favor del pueblo elegido (Salmos 67; 92; 104; 110); la exaltación de sus atributos (Salmos 113; 138, etc.). Son numerosísimas las oraciones de acción de gracias por la elección de Israel, por la alianza (v.) con él establecida (Salmos 99; 135, etc.), por la liberación de Israel de los enemigos y peligros (Salmos 9; 17; 20; 47; 117), por la liberación de Jerusalén (Sal. 47). 426AAcciones de gracias personales por toda clase de beneficios espirituales y corporales (Sal. 64, etc.), por la liberación de toda clase de peligros (Salmos 114; 115; 123); invocación y agradecimiento por otros casos particulares (Gén. 32, 10 ss.; Jdt. 13, 6, etc.).

La oración está siempre fundada en la omnipotencia de Dios (Salmos 68, 20; 141, 6; Est. 13, 9 ss., etc.), en su fidelidad y en su justicia (Salmos 30, 2, 6; 142, 1; Tob. 3, 2, etc.), en su bondad y misericordia (Salmos 24, 6 s.; 39, 12; 50, 3, etc.); y, por otra parte, en la conciencia de la propia indigencia y de la completa dependencia de Dios (Est. 14, 3; Salmos 70, 6; 108, 21 s., etc.). La práctica de la justicia es condición indispensable para que la oración sea meritoria y aceptable; Dios no escucha la oración del impío (Sal. 33, 16.18; Prov. 1, 28; 15, 8; Is. 1, 15, etc.). Toda la historia del A. T. está entretejida con oraciones. Abraham implora la misericordia divina en favor de Sodoma (Gén. 32, 10-13); Moisés es el mediador por excelencia y obtiene el perdón de las infidelidades de Israel (Ex. 32, 11-14.31 s.; 34, 8 s. y Núm. 14, 13-19). En el libro de los Jueces: las oraciones de Gedeón (6, 36-40), de los padres de Sansón (13, 8), de Sansón (15, 18; 16, 28). La estéril Ana , oprimida por la humillación y la tristeza, se refugia solitariamente ante el santuario, y se explaya silenciosamente en la oración, dirigiéndose a Yavé (I Sam. 1, 10 ss.).

La oración de David , inmediatamente después de la profecía de Natán , es una de las más bellas del A. T. (II Sam. 7, 18-29), prescindiendo de los Salmos que él compuso. Salomón eleva en Gabaón una oración verdaderamente regia, en la que pide la sabiduría (I Re. 3, 6-9); y nos ha sido transmitida otra oración suya para la consagración del Templo (I Re. 8, 23-53). En la historia de Elías se destaca su oración en el Carmelo (I Re. 18, 36 s.), y en Par. se nos han conservado las oraciones de los piadosos reyes Asa, Josafat y del mismo Manasés después de su conversión (II Par. 14, 10; 20, 6-12; 33, 22 s.); en Esdr. 9 y Neh. 9 las de Esdras y Nehemías. Entre los profetas es notable el puesto que corresponde a las oraciones de Jeremías en favor del pueblo (Jer. 10, 23 ss.; 14, 7-22; cf. 7, 16; 11, 14); con motivo de persecuciones de que personalmente era objeto (11, 20; 12, 1 ss.; 15, 15-18) se dirige con inmensa confianza a Yavé (17, 12.18; 18, 19-23; 20, 7-13). Finalmente, los libros de Tob., Jdt., Est., I-II Mac. nos ofrecen ejemplos notables y continuos de 426Boraciones personales, y de intercesión por la salvación de Israel.

En el Nuevo Testamento se inculca insistentemente la oración, dándonos ejemplo el mismo Jesús , cuya vida se manifiesta como una oración continuada. Ora en el bautismo (Lc. 3, 21); antes de la elección de los apóstoles (Lc. 6, 12); en la Transfiguración (Lc. 9, 28; Heb. 5, 7); antes de resucitar a Lázaro (Jn. 11, 41 s.); por la fe de Pedro (Lc. 22, 32); etc. Después de la Cena eleva su oración sacerdotal (Jn. 17); en el huerto de los Olivos dirige nuevamente al Padre una insistente plegaria (Mt. 26, 38 ss.), y finalmente en la Cruz ora por sus verdugos (Lc. 23, 34). Dió a sus discípulos la fórmula más perfecta de oración en el «Padre nuestro» (v. Pater noster) (Mt. 6, 9-13; Lc. 11, 1-4), insistiendo en la plena confianza que debe animarnos al dirigirnos a Dios , como a nuestro Padre, con la seguridad de que nuestras oraciones serán bien acogidas (Lc. 11, 5-13; Mt. 6, 5-8; 7, 7-11).

Jesús les dió repetidas veces directivas prácticas, exhaustivas, no meras teorías. Son varias las parábolas que insisten en la humildad necesaria para la oración; especialmente Lc. 18, 9-14, la parábola del fariseo y del publicano; en la insistencia en la oración (Lc. 18, 1-8, etc.); para vencer las tentaciones (cf. Mt. 26, 41; Mc. 14, 38; Lc. 22, 46); para perseverar (cf. Lc. 21, 36; «Velad, pues, en todo tiempo y orad, para que podáis comparecer ante el Hijo del hombre»).

No hay, pues, que extrañarse de que los Apóstoles, además de ofrecernos su ejemplo (Act. 1, 14, 24; 2, 42.46 s.; 3, 1; 4, 24-31; 6, 4, etc.), insistan tanto en inculcar las enseñanzas de Cristo sobre la oración (cf. I Tes. 5, 17; Rom. 12, 12; Col. 4, 2 «orad sin cesar»). Pablo encabeza todas sus epístolas con ardientes plegarias: alabanza, agradecimiento a Dios por el bien espiritual de los fieles a quienes escribe: invocación al Padre y a Jesús pidiendo toda suerte de gracias y la paz para ellos. Santiago inculcará la confianza de que debemos estar animados en la oración (Sant. 1, 5-8) por medio de vivas imágenes; cf. I Jn. 5, 14 s.; Flp. 4, 6 s.. Como es natural, los cristianos, además de dirigir la oración al Padre celestial, la dirigen a Jesús (Act. 7, 59 s.; Esteban , moribundo, implora el perdón para los que le están apedreando; Rom. 10, 12 nos exhorta a dirigirnos a Jesús «que es rico para todos los que le invocan»; cf. I Cor. 1, 2; II Cor. 12, 8; I Tim. 1, 12).

Según esto, la eficacia de nuestra oración depende enteramente de nuestra unión con 427ACristo (Jn. 14, 13 s.; 15, 7-16; 16, 23 s.; 26 s.) y de la presencia del Espíritu Santo en nosotros (Rom. 8, 26 s.). La vida del cristiano debe ser una oración continua: oración de acción de gracias y de alabanza, en toda acción: «Todo cuanto hacéis de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él». Col. 3, 17; Ef. 5, 20. Si toda nuestra actividad tuviese por término la unión con Dios de un modo consciente (cf. Col. 3, 3), toda nuestra vida sería una oración continua. La oración es el único bien que permanece por toda la eternidad.

Bibliografía

J. Herrmann, H. Greeven, en ThWNT, IX, pp. 782-806. J. Bonsirven, Il Vangelo di Paolo , Roma 1951, pp. 309-312. Id., Teología del N. T. (trad. it.), Torino 1950, pp. 257-66. J. Fernández y Fernández, El suplicante en el antiguo , Est B. (1929-1930) 68-82 y 212-223;
(1932) 202-217.

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