Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

JUDAÍSMO

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333B334A334B335AEs el conjunto religioso y social del nuevo Israel formado después de la cautividad en el territorio de la tribu de Judá , en torno a Jerusalén, que vuelve a ser, con el Templo, el centro propulsor de la pura fe yaveísta y de la más viva esperanza mesiánica. Los supervivientes del reino de Samaria (diez tribus septentrionales), que en el 722 a. de J. C. habían sido deportados a Asiria, quedaron absorbidos por las gentes, y estaban ya fuera de la alianza del Sinaí. Los deportados del reino de Judá , en el 597 a. de J. C., constituyen el núcleo central de aquel «residuo» que el Señor se reservaba para la continuidad de su plan de salvación (Ez. 11, 13-20; 37, 12; Jer. 24, 5; 29). Habiendo sido colocados, al menos la mayoría, a los lados del gran canal (Nar-Kabari) entre Babel y Nipur, disfrutaban de cierta autonomía. Fueron empleados en los trabajos del campo (cf. el nombre Tell-Abib, colina de la espiga, Ez. 3, 15; Tell-Harsa, colina del arado, Esd. 2, 59, etc.) y formaban colonias en las que los ancianos ejercían cierta autoridad (Ez. 8, 1; 14, 1; 20, 1).

El consejo que les dió Jeremías (c. 29) de construir casas y plantar huertas, la prosperidad alcanzada por tales colonias en el momento de la repatriación, muestra que cada uno podía mejorar de condición e incluso llegar a convertirse en propietarios. Los caldeos se contentaban con la alta vigilancia que procuraban se hiciera notar lo menos posible (cf. Jer. 29 sobre la muerte de los falsos profetas hostiles a los caldeos). Las condiciones religiosas y morales estaban muy lejos de ser prometedoras, al menos al principio. Por el contrario existía el grave peligro de un extravío definitivo, por lo expuestos que estaban a la fascinación de los grandiosos cultos que se tributaban a los dioses de los caldeos vencedores. Los cautivos confiaban ciegamente en un regreso triunfante: Yavé debía tomar el desquite por ellos. Era imposible que Jerusalén fuera destruida: el Templo con el culto a Yavé era su centro vital; Dios podía permitir un castigo momentáneo, pero no una destrucción, pues 335Bestaba de por medio su prestigio, su propia existencia. Se habían asimilado la falsa mentalidad de la religión popular (v.), según la cual la religión se reduce a los actos del culto externo.

En consecuencia, la destrucción de Jerusalén (587 a. de J. C.) podría haber acarreado la ruina de toda esperanza, la muerte de su fe y el tránsito a la idolatría. Los profetas Isaías, Jeremías, y más directamente Ezequiel (v.), fueron quienes trabajaron por la preservación de aquel «residuo». Desde el 593 hasta el 587, Ezequiel, el tímido sacerdote deportado, profeta de sus compañeros de cautiverio, reanuda y desarrolla enérgica y sistemáticamente las enseñanzas de los anteriores, comunicando la palabra del Eterno. Yavé les ha salvado de la tempestad para convertirlos, pues son el objeto de sus divinos designios respecto del futuro. Yavé está en medio de ellos, allí en Babilonia. Tienen que desechar todas sus necias ilusiones de desquite: es Dios mismo quien ha entregado Palestina a Nabucodonosor : Jerusalén y el Templo serán destruidos (4-12. 21 etc.; cf. Jer. 7, 12-15; 26, 4-9; Miq. 3, 12 s.), porque así lo exige la divina justicia ultrajada en su misma casa (Ez. 8; 22). Israel ha violado la alianza (v.), y por ello se le sanciona con la destrucción del reino y el destierro (Ez. 14, 16. 20. 22 s.). Pero el castigo es sólo medicinal (cf. Lev. 26; Dt. 28), encaminado a su conversión.

De esta suerte, los acontecimientos del 587, predichos en sus menores detalles, hacen que los deportados reconozcan en Ezequiel al verdadero portavoz de Yavé, y así puede ahora él dedicarse eficazmente a levantar su moral prediciendo con luminosos colores el porvenir de Israel, que renacerá en las colinas de Palestina (Ez. 33-48). Era una evocación de las promesas de Isaías (cc. 40-66) y de Jeremías (cc. 31-33). Setenta años más tarde Yavé, en su misericordia, hará que vuelva a su patria el «residuo» purificado (Jer. 25, 6; 29), con el que renovará la alianza del Sinaí, la cual hallará en el Israel renacido la fiel correspondencia que hasta ahora ha faltado. Luego vendrá directamente el reino del Mesías, término final del plan divino. En el destierro, el «residuo» será probado y muchos serán descartados (Ez. 20, 33-38; 34, 16 s.). Las mismas circunstancias favorecerán semejante purga. Contribuyó asimismo en gran manera a tal preparación la misión profética del longevo Daniel (v.). 336ALa restauración. Esd., Neh., Ag., Zac. y Mal. nos permiten reconstruir en sus líneas centrales cómo se llevó a cabo el renacimiento nacional.

La primera caravana de cautivos que después del edicto de Ciro (538 a. de J. C.; v.) volvía a la patria (537), iba capitaneada por Zorobabel, príncipe de la casa de David y por el sumo sacerdote Josué (Esd. 2, 1 s.; 3, 2 etc.). Eran en total unos 40.000 (Esd. 1, 64), de las tribus de Judá y Benjamín (1, 5), y sacerdotes y levitas en gran número. Después Esdras se lleva otros 6.000 (Esd. 7-8; cf. Neh. 7; 11-12). Estableciéronse en Jerusalén y comarcas cercanas. Se trata únicamente del reino o territorio de Judá. Son el «residuo» que se ha reservado el Señor (Esd. 9, 8-13 ss.) y constituyen el «pueblo de Yavé» (Esd. 2, 28). Su primer acto, como firme manifestación de la fe que los animaba, consistió en levantar el altar y comenzar la reconstrucción del Templo, a los siete meses de haber llegado, o sea cuando apenas habían tenido tiempo para entrar en posesión de las propiedades mediante el rescate, etc. Así se cumplían las profecías (cf. Ez. 11, 16; 40-46) según las cuales Yavé volvería a recibir en Jerusalén y en su Templo el antiguo culto.

Se suspendió la construcción a causa de la rabiosa hostilidad de los vecinos, con los samaritanos a la cabeza, y se reanudó unos 16 años después, en el 520, 2.º año de Darío I, y una vez terminada se celebró la solemne inauguración (Esd. 5-6). Altar y Templo, construcción material y comienzo del culto, fueron el primer paso del renacimiento. Hacia el año 545-4 se emprende la reconstrucción de las murallas de Jerusalén, por iniciativa de Nehemías (Neh. 3-6). Entre tanto se comenzó a poner en práctica la reforma civil y religiosa, es decir, la lucha contra la injusticia social y los matrimonios mixtos (Esd. 9-10), lucha que seguirá adelante y llegará a feliz término con la solemne renovación de la alianza (Neh. 8-10). Ageo y Zacarías cooperan eficazmente a la restauración del Templo y a la reanudación del culto. Malaquías contribuyó mucho a la reforma religiosa, a la dignidad y realce del culto y a la labor en contra de los matrimonios mixtos. Todos ellos elevaron los ánimos de los repatriados, abatidos bajo el peso de las dificultades. El decreto de Ciro no imponía a los cautivos el regreso; sólo lo autorizaba a quienes lo desearan.

Las riquezas adquiridas, los comercios abiertos, eran una invitación a quedarse en aquella tierra que tan hospitalaria se les 336Bhabía mostrado.

Por otra parte las inclemencias anejas a todo largo viaje, las incógnitas que podía encerrar la Judea con los nuevos habitantes después de los cuarenta años transcurridos, y las dificultades inherentes a toda reconstrucción desarmaban fácilmente a los menos fervientes, a los menos decididos. Sólo una ardiente fe era capaz de lanzar a los desterrados a tomar parte personalmente en la empresa. Los otros se limitaron a ayudarla económicamente. Estos fervientes yaveístas, al iniciar el largo camino del desierto para el regreso, por considerarse como el «residuo» o «germen sagrado» bendecido por Yavé (cf. Ag. 1, 12; Zac. 8, 6), pensaban que en ellos se realizarían las promesas de prosperidad y de paz que llenan la segunda parte de Is. y especialmente Ez. 34, 25-31; 35- 37.

Pero no hallaron nada de la felicidad con que soñaban (cf. Esd. 3-4; Neh.), por el contrario se encontraron con la vida ordinaria sobrecargada de mayor trabajo y que resultaba insegura y pesada por los peligros externos y por toda clase de asechanzas; y añádase a todo esto la odiosa usura de los ricos, nada favorable a los pobres (cf. Neh. 5). El paso de la ilusión a la dura realidad fué brusco (cf. Sal. 126; 85: Vulg. 125; 84). Las profecías aseguraban la protección de Yavé y hablaban de la restauración y del reino del Mesías al que la restauración iba encaminada. Mas había que contar con la cooperación y con las molestias de los miembros del renacimiento (cf. Dan. 9).

El Señor se sirve siempre de los hombres para la realización de sus admirables designios, que lleva a efecto valiéndose de sus debilidades e insuficiencias. Era preciso no confundir las dos fases del renacimiento: la preparatoria y la definitiva. Muchas de las promesas proféticas se referían únicamente a esta última, o sea al reino mesiánico.

La actividad de Esdras y Nehemías, el celo de Zorobabel y del sumo sacerdote, la inspirada predicación de Ageo, Zacarías, Joel y Malaquías llevaron a efecto la obra de reconstrucción y aseguraron la vida al hogar nacional recién encendido.

El judaísmo estaba fundado. «Con esto queda entendido que los hijos de Israel estaban reducidos al solo reino de Judá. Aislados en sus montañas, los judíos formaban un grupo bastante com pacto , un verdadero hogar. Su influencia se extendía a todas las comunidades, dondequiera estuvieran dispersas, que conservaran el recuerdo de la antigua 337Aalianza y la adhesión a la antigua religión (v. Diáspora )» (Lagrange). Notas esenciales del judaísmo: ausencia absoluta de todo pecado de idolatría y de todo sincretismo (v. Cantar de los Cantares ), gobierno sacerdotal. «Después de la restauración Yavé reinó solo. Se conservaba firme la alianza entre los judíos y su Dios.

«Ahora es cuando la ley mosaica se convierte en verdadero código religioso y civil de la comunidad, que se esmera escrupulosamente en cumplirla. Yavé es el verdadero principio de Judá. Después de haber tolerado que Zorobabel fuese al frente de los emigrantes, la corte persa dió un paso atrás: la autoridad fué confiada al sátrapa de allende el río. Jerusalén tuvo su prefecto particular que podía ser judío, como Nehemías. »El sumo sacerdote siguió siendo el verdadero jefe de un pueblo que se distinguía de los otros por un culto especial y exclusivo. Tratábase de un pequeño estado religioso. »El judaísmo fué una teocracia; el poder de Dios estaba asegurado por un sacerdocio hereditario» (Lagrange).

En el nuevo Israel pueden también tomar parte los gentiles (Is. 56, 1-9), con tal que renuncien a la idolatría y abracen la fe de Israel. Pero estos gentiles de fe yaveísta eran casos aislados; sólo el reino del Mesías se extenderá a todos los hombres. La mentalidad judaica después del cautiverio sintió fuertemente el orgullo del renacer nacional, a lo que contribuyeron las contrariedades sufridas, y se sintió empujada más bien a un exclusivismo intransigente (v. Jonás ).

El episodio de los samaritanos (Esd. 4, 2-5), cuya oferta de cooperación a la reconstrucción fué rechazada de cuajo por Zorobabel y los jefes de los repatriados, muestra por una parte el celo por conservar pura la fe en Yavé manteniéndose alejados de toda forma sincretista, pero al mismo tiempo es una prueba de su mentalidad respecto de las relaciones con los otros: el apartamiento absoluto. El período de la reconstrucción material se extiende desde el 537 hasta el 400 a. de J. C., y luego siguen dos siglos de tranquilidad. La vida de la comunidad judaica no se vió turbada ni por el paso de la hegemonía griega. Después de la batalla de Iso (333 a. de J. C.) contra Darío III, último emperador persa, Alejandro Magno bajó para adueñarse de Siria y Palestina. Tiro fué tomada después de siete meses de asedio (agosto del 332); Gaza, la antigua ciudad filistea, sólo resistió dos meses. Según Flavio Josefo (Ant. XI, 8. 4 s.), después 337Bde la conquista de Gaza el gran macedonio se dirigió a Jerusalén, donde fué acogido con grandes honores por el pueblo y el sumo sacerdote Jaddo; ofreció sacrificios en el Templo y concedió grandes favores al pueblo.

Se admite comúnmente que en realidad Alejandro demostró (según su norma habitual) una benévola tolerancia hacia la comunidad de Jerusalén, que gracias a ello no sufrió ningún daño. Todo lo demás es considerado como legendario. A la muerte de Alejandro (323 a. de J. C.) los altos soberanos de Palestina fueron los Tolomeos de Egipto, quienes se contentaron con recaudar los tributos locales, y nunca pusieron obstáculos a los sentimientos yaveístas de la comunidad de Jerusalén. Por otra parte, el continuo volcarse de la población palestina en Egipto, especialmente en Alejandría, su nueva capital, y los favores con que los Tolomeos promovieron esta inmigración (v. Diáspora), crearon entre Jerusalén y los Tolomeos una corriente de simpatía que se mantuvo aún cuando la soberanía de Palestina pasó a los Seléucidas de Siria (h. 198 a. de J. C.) con la batalla de Panión (la actual Banjas, llamada Cesarea de Filipo en el s. i de J. C.).

Desde este momento la comunidad judía sufrirá grandes sacudidas que desembocarán en la feroz persecución de Antíoco IV Epífanes (v.): todo a causa de las intrigas de la familia amonita de los Tobíades, que tratará de inmiscuirse en los asuntos internos de Jerusalén para asegurarse allí el predominio administrativo y civil, y también por la influencia que el helenismo había ejercido en algunos grupos sacerdotales degenerados. Antíoco quiso imponer por la fuerza las costumbres y la mentalidad derrocando la teocracia, la religión judía. El 15 de diciembre del 167 a. de J. C. se erigió en el Templo la estatua de Júpiter Olímpico y cesó el sacrificio cotidiano.

Se impuso a todos el culto idolátrico bajo pena de muerte, y se conminó con idéntica pena a cuantos observaran los preceptos de la ley mosaica, comenzando por la circuncisión de los niños. Antíoco Epífanes (175-173 a. de J. C.), aun con todo su extraordinario poder, no logró su propósito, y continuaron la lucha sus sucesores hasta Demetrio II, cuando Simón Macabeo (142-141 a. de J. C.) cosechó los heroicos sacrificios de sus hermanos (v. Macabeos ) que murieron todos en la dirección de la lucha épica sostenida en nombre de Dios y de su santa Ley. Muchos judíos, sacerdotes y sumos 338Asacerdotes, usurpadores (Jasón, Menelao, Alcimo) se alistaron en el ejército de Satanás, traicionando al país y a la religión; uniéronse a los paganos contra sus propios correligionarios, y muchas veces los superaban en la crueldad y en la violación de todo pacto jurado.

Pero también brillaron los fieles y los mártires. La victoria se decidió por el Señor y la teocracia sobrevivió, purificada de tanta escoria, como habían predicho Ez. 38-39; Dan. 7-12; Ag. 2, 6-9. 20-23; Jl. 4, 9- 17. El asalto no había sido menos poderoso que el de Nabucodonosor, especialmente si se tienen en cuenta las traiciones en el interior y la falta absoluta de preparación bélica de la comunidad judía; pero entonces Judas Macabeo violaba con su sincretismo la alianza del Sinaí, mientras que la teocracia renacida había desterrado toda idolatría y observaba las condiciones del pacto. Y Yavé mostró a las claras su omnipotente protección (v. Macabeos, libro I-II ).

Con Simón Macabeo termina el período de la entusiasta insurrección, dirigida por los hijos del sacerdote Matatías, y comienzan con Juan Hircano, hijo de Simón (134 a. de J. C.), las vicisitudes habituales de una dinastía, la de los asmoneos (v.). Las guerras son bastante más dinásticas que yaveístas; y, lo que es peor, no son ya los representantes de la mayor y mejor parte de una nación sublevada, sino que se convierten poco a poco en jefes de partido que se apoyan en una fracción de sus antiguos seguidores y se hostilizan mutuamente (v. Fariseos y Saduceos); e incluso llegan a transacciones y acomodaciones con aquel mundo espiritual contra el que habían luchado los antiguos macabeos hasta ganarse el trono regio.

Podemos, pues, decir que sus vicisitudes quedan al margen del judaísmo, tal como lo hemos definido al principio. Tal vez por eso termina siempre Daniel sus vaticinios con la épica lucha de los macabeos, con la muerte del perseguidor, enlazando directamente la victoria de la teocracia con la venida del Mesías. Los altercados de una dinastía que no era la de la casa de David, acarrearon con sus luchas intestinas la intervención de Roma (63 años a. de J. C.) y la ocupación del trono de Judá por parte de un cruel idumeo, Herodes (v.), bajo la tutela de César. En estos dos siglos (del 175 a. de J. C. a la venida de J. C.) se forman y se desarrollan las agrupaciones y las instituciones que hallamos en el tiempo de Nuestro Señor: fariseos, saduceos, esenios, sanedrín, sinagogas, etc. (v. voces 338Brespectivas), y principalmente el concepto restringido de un mesianismo nacionalista, excluyendo de la salvación a los gentiles, como fácilmente se puede comprobar leyendo la literatura apócrifa (v. Mesías). El puritanismo de los fariseos, la bastarda y escéptica intransigencia del sanedrín, se alzarán contra el divino Redentor, los Apóstoles y la naciente Iglesia.

La trágica desviación del judaísmo tendrá su fin y su castigo en la destrucción de Jerusalén (70 desp. de J. C.) tras un tremendo asedio de tres años, predichos con tanta vivacidad y detalles en Mt. 24; Mc. 13; Lc. 17, 20-18, 8;

21. Con las ruinas del Templo se extinguió también exteriormente aquel hogar que se había restablecido en Jerusalén en el 537 a. de J. C.: había perdido ya todo su sentido y su valor con la muerte de Cristo, al desgarrarse el velo del Santísimo (Mt. 27, 51). [F. S.]

Bibliografía

M. J. Lagrange, Le Judaïsme avant Jésus-Christ , 3.ª ed., París 1931 (cf. particularmente pp. 14-21). G. Ricciotti, Storia d’Israele , II, 2.ª ed., Torino 1935. F. Spadafora, Collettivismo e individualismo nel Vecchio Testamento , Rovigo 1953, páginas 266-96. Murillo, La restauración de Israel en los discursos de Isaías, 40-48 , en EstB (1930), pp. 169-178.

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