Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

SENTIDOS bíblicos

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Es una im portante tarea de la hermenéutica (v.) el definir con exactitud los diferentes aspectos del sentido literal, la existencia y la naturaleza del sentido típico y del adecuado y pleno, para de term inar las norm as que debe seguir el exegeta en su trabajo. En realidad en la Sagrada Escritura se dan dos sentidos que corresponden a su doble característica de libro humano y divino: el sentido literal y el típico. Entendida debidamente, esta distinción puede considerar 546Bse como adecuada. El sentido literal es el sentido que, como cuando se trata de cualquier libro, está expresado en sus mismos términos: así es como los hombres comunican a los de más su propio pensamiento cuando escriben. Y como Dlos ha querido comunicarnos su pen samiento por m ediación del hagiógrafo, ins trumento suyo, aplicando las facultades de éste, no transform ándolas, adaptándose en todo a la m entalidad humana, excepto en el error, no podem os rem ontarnos al pensamien to divino, sino a través de las palabras, de las form as estilísticas del hombre, su instrumento.

H e ahí porque los Sumos Pontífices han san cionado la regla de oro, form ulada ya de antiguo por los Padres y por los Doctores de la Iglesia; que el primero y principal cuidado del exegeta sea la investigación del sentido li teral (tal como se desprende del texto y del contexto, de los lugares paralelos y de la ayuda de todas las ciencias auxiliares; filología, arqueología, histo.ria, geografía, etc. León X III, Enc. Providentissimus, en EB, n. 107; Benedic to XV, Spiritus Paraclitus, en EB, n. 485; Pío X II, Divino Aflante Spiritu, en AAS [1950], 568 ss.). En cam bio, el sentido típico es exclusivo de los libros sagrados, y responde a su carac terística de libros, cuyo autor principal es Dlos (Santo Tomás, Quodl. 7, a. 16), que se propone preparar y presentar veladamente en el Antiguo Testamento el Nuevo, de suerte que los muchos hechos y personajes del primero ex presan, preanuncian objetos y verdades del segundo; así el m an á está dispuesto por Dlos para expresar la Eucaristía (Jn, 6, 31.49), y el cordero pascual es tipo de Jesús R edentor.

AI sentido literal pertenecen todas las fi guras de estilo em pleadas para com poner: me táfora, alegoría, parábola, sím bolo, etc. (Santo Tomás, Com. ad Gal. 4, 7).

En la m etáfora («Yo soy el camino» Jn..14, 6) las palabras no se entienden en sentido pro pio (el hombre ríe), sino en sentido trasladado o figurado (= el prado ríe; Jesús es el cordero de Dios, e t c.; y lo mismo debería decirse de los antropom orfism os). La alegoría no es más que una m etáfora con tin u a d a; y por lo tanto, aquí se tom an los términos en sentido trasla dado; cf. el canto de la viña (Is. 5, 1-6 = pueblo de Israel, v. 7). En la alegoría mixta (Jn. 15,.1-6; Sal. 80 [79], 9-19) se insertan términos en sentido pro p io.

La parábola (v.) es esencial mente un p a ra n g ó n; asi como el padre acogió con regocijo de fiesta al hijo pródigo, de igual modo el Padre celestial acoge con amor al pe cador a rre p en tid o: como el pastor deja en el 547Aredil las noventa y nueve ovejas y se va en busca de la que se h a extraviado, y cuidado samente la lleva consigo y la acaricia, así tam bién obra Dlos con el pecador (Lc. 15).

El término de la com paración se toma de la vida o rdinaria (a diferencia de lo que sucede en la fábula, donde se crea un escenario imagi nario en el que hablan los animales, las plan tas, etc.) en un relato perfecto en sí mismo y com pleto, en el cual los términos son em plea dos en sentido pro p io; y a veces hasta cabe preguntarse si no se tratará de un hecho real mente aco n tecid o: el buen Samaritano, por ejem plo, Lc. 10, 25-37, etc. Mientras que en la alegoría pnra cualquier detalle está puesto únicamente con m iras a la enseñanza que se quiere inculcar, sin que deba ocuparnos el que responda o no responda a la realidad, en la parábola los detalles sólo sirven para embellecer y completar el relato; por lo que sería superfluo y erróneo el querer hallar siempre su correspondiente aplicación en el orden sobrenatural. El exegeta debe ate nerse a la idea central, razón del parangón, que frecuentemente es form ulado explícitamente por Nuestro Señor. Es inútil, pues, buscar qué puede significar el traje nuevo, el anillo, el cal zado, el becerro cebado y todos los demás detalles de la parábola del hijo pródigo (Lc. 15).

En un relato tan pintoresco tales detalles son un reflejo de las costumbres del tiempo: al hijo que vuelve se le viste según era de usanza entonces.

En cam bio en la parábola del S amaritano (Mt. 13, 18-23), Nuestro Señor mism o hace la aplicación de los diferentes por m enores. Pero ocurre a veces que la parábola envuelve en sí elementos alegóricos (parábola alegorizante); y en tal caso es el contexto el que debe g u iar al exegeta en la inclusión de tales elementos en el parangón. T am bién el sím bolo está incluido en este gé nero de parangón, sólo que en vez de un re lato es un a acción o una cosa lo que se em plea como representación y signo de algo con lo cual g u ard a cierta analogía o semejanza. Isaías va desnudo y descalzo para significar que el rey de A sur se llevará los prisioneros desde Egipto y desde Etiopía igualmente desnudos y descalzos (Is. 20, 2 ss.). T o d as estas form as literarias están regular mente com prendidas en el sentido literal. A veces del sentido explícito, expresado directa mente, se deduce alguna otra verdad conteni da im plícitamente en el texto (sentido implíci to). A sí la solemne afirmación de S.

Ju a n: El Verbo se hizo carne (1, 14), afirma explíci tamente la asunción de la humana naturaleza SEN TID O S bíblicos (547Bcarne = hombre) por parte del V erbo e te rn o; e implícitamente el V erbo encarnado es el al m a, la inteligencia, la voluntad, el cuerpo real, etcétera, en una palabra, todo lo que consti tuye la naturaleza humana. El exam en del texto y del contexto será el que perm itirá establecer con seguridad la existencia de tal sentido im plícito, que es revelado virtualmente, y es verdadero sentido bíblico, intentado por Dlos y por el hagiógrafo. M as cuando de un a frase de la Sagrada Escritura se saca una conclusión por vía de una proposición de orden puramente racional, entonces tenemos una simple deducción escriturística que los m anuales llam an sentido con siguiente. T al deducción no pasa de ser m era mente humana, y no puede llamarse sentido bíblico, a no ser que sea N. S. Jesucristo quien la form ula (Mt. 22, 31 s.; del te x to: Y o soy el Dlos de Abraham, de Isac, etc. [Éx. 3, 6], Jesús prueba la inm ortalidad del alm a diciendo que no es el Dlos de los muertos, sino de los vivos, y, por tanto, los. P atriarcas viven: v. Resurrección de los cuerpos); o tal vez el mismo hagiógrafo (S. Pablo, I Cor. 9, 7 ss, etcétera). Lo que nunca puede llamarse sentido bíblico y, por tanto, tam poco puede alegarse como argumento para dem ostrar ninguna verdad, es lo que im propiamente se tiene como sentido acomodaticio, ya que en realidad no se trata más que de una adaptación de las proposiciones del texto sagrado a personas o a hechos en teramente ajenos a la intención de Dlos y del hagiógrafo.

Esta adaptación puede darse por simple ex tensión, respetando el sentido del sagrado texto, como cuando la Iglesia aplica a los santos en la liturgia las alabanzas que Eclo. 44, 17. 20 tributa a N oé, a A b ra h a m: «Noé fue ha llado enteramente justo, y en tiempo de la có lera fue m inistro de la reconciliación», «Abraham... guardó la Ley del Altísim o y en la prueba fue hallado fiel...» o cuando aplica a la Sm a. Virgen, sede de la Sabiduría, lo que Eclo. 24 dice de la Sabiduría Increada, atributo divino, comunicada de un modo estable a los hombres.

Los padres y la liturgia abundan en tales adaptaciones, muchas veces particularmente fe lices y delicadas (cf. Ez. 44, 2: «Esta puerta (la oriental en el tiempo ideal que allí se describe) ha de estar cerrada, no en trará po r ella hombre alguno, porque h a entrado por ella Yavé, Dlos de Israel»; y San Jerónimo, P L 25, 430: «Algunos gustan de ver en esta puerta cerrada por la que sólo pasa el Señor... a la Sm a. Virgen M a SEN T ID O S bíblicos 548Aría, que sigue siendo Virgen antes y después del parto»), Pero es censurable la aplicación que se hace fundándose en una simple alusión que no ofrece más que la analogía externa de lo s términos (por ej. Sal. 68 [67], 36: Adm i rable Dlos in sanclis suis, aplicado a los santos, cu an d o en realidad se trata del el santuario», del templo), y más aún si se desfigura enteramente el sentido (por ejem plo: Sal. 64 [63], 7 s.: «Ac cede! homo ad cor allum et exal/abiturn, apli cado al Sagrado C o razón: el hombre que se acerca a este Corazón será ensalzado, cuando el texto sagrado habla de enemigos, cuya men te y cuyo corazón son oscuros, y tienden la zos contra el ju sto; pero Dlos dispara contra ellos una flecha, interviene para castigarlos). T am bién en esto abundan los ejemplos de ca sos aprovechados por predicadores poco avi sados.

Hállase una lista casi com pleta de estos contrasentidos bíblicos en J. V. B m n v e l, Les contresens bibliques, 2.‘ ed, París 1906. C f. tam bién R iccio tti, Bibbia e non Bibbia, 4.‘ ed, Brescia 1947. La misma dignidad de la Sagrada Escritura excluye esos dobles sentidos que los hombres em plean sólo para brom ear o engañar. Ocurre que a veces se dan diversos significados o ex plicaciones, que en realidad no son sino tenta tivas de los exegetas por llegar a entender y definir el tínico sentido que Dlos y el hagió grafo se han propuesto expresar, como, por ejem plo, las diferentes explicaciones que ha llam os en los com entadores respecto de algunos tercetos de la Divina Comedia. Es verdad que Dlos h a previsto todas las diferentes interpretaciones; pero se trata de es tablecer lo que efectivamente ha intentado, y lo que ha querido comunicarnos. En torno al pensam iento de San Agustín y de Santo T o más cf. G. Perrella, en Biblica, 26 (1945) 277 302, con una selecta bibliografía. Sentido típico. La práctica de Nuestro Se ñ o r y de los Apóstoles nos enseña que en algunos episodlos del Antiguo Testamento anun ció y figuró Dlos diferentes aspectos del Mesías y de su Reino.

Es, pues, una verdad de fe la existencia del sentido típico. En el Ex. 12, 46 entre las prescripciones que se dan para la cena del cordero pascual figuraba la de que había que comerlo sin rom perle los huesos: «ni quebrantaréis ninguno de sus huesos». Ni el au to r inspirado ni los de más podían imaginar que con esta prescripción intentaba Dlos predecir un pormenor de la muerte del Divino R edentor en la C ruz. Con esto el cordero se convierte en tipo, figura de) Mesías, y aquel pormenor se realizó cuando 548Blos que lo crucificaban rompieron las piernas de los dos ladrones para acelerar su muerte, pero «al acercarse a Jesús... no le rompieron las piernas, sino que uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza...» Así se realizó la Escritura (Ex. 12, 46) y Zac. 12, 10 (por lo que atañe a la lanzada). Así que Dlos mismo nos revela en el Nuevo Testamento este sentido típico, que sólo Él intentó en el A n tiguo, y que está basado en el sentido literal, en sí com pleto y suficiente y que se propusie ron Dlos y el hagiógrafo. I Cor. 5, 7: «Cristo nuestra víctima (o cor dero) pascual ha sido inmolado».

Asimismo Mal. 3, 1 profetiza la venida del Precursor del Mesías tom ando a Elías (v.) por t ip o: «Antes que venga el día del Señor m andaré el profeta Elías. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos..» (Heb. 4, 5 s.). Lo mismo el Ángel (Lc. 1, 17) que Nuestro Señor (Mt. 11, 10; 17, 10-13) explican que Elías no era sino un tipo, figura de Juan Bautista, ora por la vida penitente (cf. incluso el vestido: Mt. 3, 4; Mc. 1, 6 = II Re. 1, 7 s.), ora po r el celo im pertérrito (= «carácter fuerte de Elias»: Lc. 1, 17) de Elías contra Ajab y de Juan Bautista contra Herodes Antipas.

La serpiente de bronce colocada sobre un asta en el desierto, a la que recurrían los hebreos a quienes habían m ordido los reptiles ve nenosos, y se curaban, era un tipo de Cristo que mediante la inm olación en la C ruz obrará la salvación del género humano (Núm. 21, 8 s.). «A la manera que Moisés levantó la ser piente en el desierto, así es preciso que sea levantado (término técnico para la crucifixión) el Hijo del hombre para que todo el que cree en Él tenga la vida eterna (Jn. 3, 14 s.; cf. Sab. 16, 6 s. 10). Melquisedec y su sacerdocio, tipo del sacerdocio de Jesús (Heb. 7). De tal suerte los mismos acontecimientos anuncian de antem ano al Mesías y su Redención.

Pero nosotros no podem os saberlo sino cuando el mismo Dlos nos lo revela, o en el Nuevo Testamento (como en los ejemplos alegados), o en la tradición auténtica, es decir, mediante el m agisterio infalible de la Iglesia, del que son testigos los Santos Padres respecto de los primeros siglos, en las circunstancias y con las m odalidades fijadas ya en la (v.) Hermenéutica. En el mismo Nuevo Testamento hay que notar una interpretación típica que se des prende de un principio un tanto diverso del que se había venido form ulando hasta ahora.

Así S. Pablo, para resolver conform e a las m iras divinas las relaciones entre la Iglesia y la Sinagoga, apela al ejemplo de Sara y Agar (549AGál. 4, 21-30). Abraham tuvo dos hijos, Is mael, de la esclava (Agar), e Isac, de la libre (Sara), y lo mismo que entonces el primero vejaba al segundo, así hacen ahora los judíos de la Sinagoga con los hijos de la Iglesia. ¿Cóm o resolvio Dlos entonces aquella situación? O rdenando que fueran despedidos Ismael y A gar, y eso mismo es lo que ahora hace disponiendo la reprobación de la Sina goga con sus secuaces, puesto que siendo Dlos inm utable o b ra de idéntico modo siempre que se presentan las mismas situaciones que se han dado en otras ocasiones de las cuales he mos sido inform ados por la Sagrada Escritura.

Este principio se aplica más tajantemente aún en I Cor. 10, 1-1 í respecto de los aconteci mientos que se dieron con los hebreos en oca sión del éxodo de Egipto. Fuera de este campo, que es muy lim itado y sum amente restringido, se correría peligro de caer en un subjetivismo absolutamente irrespon sable, recurriendo a interpretaciones tipológicas, o espirituales, como gustan de calificarlas, de las cuales se han dado recientes ejemplos la m entables. N o se trata ya aquí de exégesis católica, de sentido bíblico, sino de divagaciones im agina rias, de acomodaciones arbitrarias e incluso irreverentes.

«El sentido espiritual o típico debe fundarse en el literal, y además ha de estar aprobado por el uso de Nuestro Señor, por el de los Apóstoles o de los escritos inspirados, o por el de la tradición de los Santos Padres o de la Iglesia» (C arta PCB, 20 agosto 1941). En realidad hay que distinguir bien en los Padres y en el uso litúrgico entre el sentido típico y la simple acomodación, ya que esta últim a se ha extendido muchísimo, y teniendo tam bién cuenta que los Padres siguen el alegorismo alejandrino como m étodo de su exégesis privada, en tanto que su autoridad sólo tiene valor cuando exponen una explicación como testigos de la fe católica. Asimismo el sentido literal adecuado o pleniór, según suele llamarse, no puede llegar a nuestro conocimiento, sino mediante la reve lación. Cuando David quiere expresar en el Sal. 16 (15), 9 s, que la suerte feliz de poseer a Dlos no acabará con la muerte, sino que se perpetuará en una vida bienaventurada (A. Vaccari), escribe así: Todo mi ser goza seguro, «porque no abandonarás nunca a mi alm a en el reino de los muertos, ni consentirás que tu santo vea la corrupción».

Pero resulta que eslas palabras sólo parcialmente, y diría que er, sentido restringido, se realizaron en David, SEN TID O S bíblicos 549Bcuya alm a dejó el se’ol (o limbo) juntamentecon la de los otros justos cuando resucitó le sús, para gozar eternamente con Dlos y de Dios, en tanto que su cuerpo se descom puso realmente y permaneció en el sepulcro. Y con las mismas palabras, tom adas en su sentido adecuado, o sea tom adas según todo su alcan ce, el autor principal, el mismo Dios, intentaba profetizar la resurrección de Cristo, según lorevela explícitamente San Pedro (Act. 2, 29' ss.). Tam poco en esto iba David más allá al expresar- su firm e esperanza. N ingún exegeta habría pensado en semejante predicción, y aun cuando hubiera pensado, nunca habría podido alegar pruebas de que fuera ésa la intención de Dios.

Aun en nuestros tiempos no todos adm iten ese sentido literal pleno (plenior) o adecuado, que reduce al simple sentido típico: G. Courtade, en RScR, 37 (1950) 481-99; C. Spicq, en Bulletin Thomiste, 8 (1947-52) 210.21; cf. EThL, 27 (1951); EstB 10 (1951) 456 49.467 ss, 471 ss. El sentido típico sólo puede utilizarse para la dem ostración de una verdad dogm ática cuando ha sido indiscutiblemente dem ostrado (por revelación). Dígase otro tanto respecto del sentido pleno. P o r otra parte es más lógico re currir directamente al sentido literal de los pasos explícitos del Nuevo Testamento (cf.. Santo Tomás, Summa T h„ I, q. 1, a. 10 ad 1; Qitodl. 7, a. 14 ad 4).

Al inculcar la encíclica Humani Generis (AAS [1950] 568 ss.) la doctrina bíblica sobre los sentidos bíblicos, que ya se había asentadoclaramente en las encíclicas precedentes (Providentissimus, Spiritus Paraclitus, Divino A f ilante Spiritu), condena explícitamente la exé gesis espiritual de algunos m odernos a quienes se ha aludido anteriormente (A. Bea, en La Civ. Catt, 18 nov. 1950, 401-406; G. Lam bert, en N R T h, 83 [1951] 225-28). T al doctrina había sido defendida principalmente por los P P. D aniélou y De L u b a c: un retorno, pero no sin innovación, a la tipología de O rígenes; sólo el que lee tipológicamente el Antiguo Testamento puede sacar la miel de la edificación espiritual. Y no ya sólo este o aquel fragmento, sino lodo el Antiguo Testamento había de ser inter pretado con la luz de este horizonte crist'ológico que com prende al Cristo histórico, místico y escatológico, es decir todo el contenido de la doctrina cristiana. Todo es tipo: el sentido li teral queda simplemente reem plazado; pero donde todo es tipo, todo es som bra, e incluso la misma realidad, aparte de no tener im por tancia, apenas si puede llegar a entreverse. De esta suerte se nos ofrecen meditaciones, ex 550Ahortaciones, que a veces son edificantes, pero que no tienen fundamento alguno en el sentido literal. Será filosofía de la historia o conside raciones más o menos profundas, pero fruto exclusivo de nuestra inteligencia, si no de la fantasía, que nada tiene que ver con la palabra de Dlos transm itida a nosotros po r el autor inspirado, ni con el sentido típico inten tado por Dlos y que Él mism o nos ha revelado c:i el Nuevo Testamento. V er en el arca la fi gura de la Santísim a T rinidad, hacer de Saúl, que se quita la vida, una figura de Jesús que se entrega voluntariamente a la muerte (D ahin Cohenel) es una arbitrariedad y una ofensa al sentido histórico y a la piedad cristiana. Ver en R ahab un a figura de la Iglesia, y ' en el cordón de p úrpura un tipo de la sangre re dentora (D aniélou) es colgar al texto de Jos. 2, 18, ideas que no sólo son ajenas a su letra, sino incluso al espíritu (cf. RB, 57 [1950] En realidad lo que hay es sobra de osadía por parte del intérprete que se arriesga a envi lecer la Sagrada Escritura por dar rienda suel ta a su imaginación (J. Coppens, Vom christlichen Verstandnis des Alten Testament, ParísFriburgo. B. 1952, pp. 9-24; F. Spadafora, en Rivista Biblica, 1 (1953) 71-76). Institutiones Btblicae, I, 6.“ cd.. Roma 1951. pp. 341-59 (A. Fernández). A. Vaccari. Lo siudio della S. Scrittura, Roma 1943. p p. 132-46. G. P e r r e l la, Introdnzzione Generale, 2.* ed.. Torino 1952. pp. 249-83 (Col.

La S. Bibbia), con abundante bibliografía. Acerca de los varlos prob'em as sobre el sentido plenior cf. X II Sem ana Bíblica Española. M a drid 1952. pp. 221-498. A. F e r n á n de z. E. F. S u t c l i f f e, P. T e r n a n t, en B ’blica, 34 (1935) 229-326. 333-34. 135-58. 354-83.
M a r t ín e z H f r a s, El sensus plenior de la Saerada Escritura, EstB (1956. en.-mar.). A. C o l un o a, ¿Existe pluralidad de sentidos literales en la S. Escritura?. EstB (1943-4). S. de l P á r a m o. Reflexiones sobre los géneros de la Escritura, EstE (1948). A u se j o, El sensus plenior de la S. Escritura. EstB (1955).

Bibliografía

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