Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

RESURRECCIÓN de los cuerpos

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Es el retorno de los cuerpos convertidos en ceniza a la vida, para participar con el alma del premio o del castigo eternos. Es la victoria sobre la muerte , último efecto de la Redención , al fin de los tiempos. Entre los textos del Antiguo Testamento es considerado Dan. 12, 2.13 como predicción de la resurrección de los cuerpos. «Muchos de los que duermen en la región del polvo se despertarán: los unos para la vida eterna, los otros para escarnio y eterna ignominia.» Pero el texto sugiere que se trata del fin de la estancia en el še’ôl , a lo que seguirá la bienaventuranza para los justos, y la eterna condenación para los impíos, que se realizaron con el descendimiento de Jesús resucitado a los infiernos. En el mismo sentido se interpretan Is. 26, 19 en oposición con 26, 14; y Sal. 16, 8-11; 17, 15; 49; 73; v. Retribución. La versión más autorizada de Job, 19, 25 s. no habla de la resurrección, ni de ultratumba. «¡Ay! Bien sé: mi vengador está vivo y al fin se levantará sobre este polvo, y a través de mi piel y en mi carne veré a Dios .» Así el texto masorético, en parte confirmado por la versión siríaca y por la griega de Teodoción.

Siempre es cuestión de la misma esperanza en que el Señor intervendrá para declarar la justicia de Job antes de que éste muera. La versión griega de los LXX inserta el concepto de la resurrección de los cuerpos omitiendo el «a través de» (v. 26) y anteponiendo el «se levantará»: «Sé que es eterno el que me ha de libertar, sobre la tierra surgirá mi piel...» Este concepto es admitido por algunos Padres griegos, pero lo rechaza San Juan Crisóstomo (PG 53, 565; 57, 396); y San Agustín (por ej. PL 41, 793) lo divulgó en la Iglesia latina apoyándose en la Vulgata. No se hace alusión alguna a la resurrección de los cuerpos en Sab. Pero está expresamente afirmada en II Mac. 7, 11: «He recibido de Dios estos miembros... espero recuperarlos de Él», dice el tercero de los hermanos mártires. Esta frase proyecta luz sobre las otras (7, 9.507A14.23) que de suyo sólo se refieren directamente a la bienaventuranza eterna. La visión simbólica de Ez. 37, 1-14 afirma la certidumbre de la restauración de Israel, entonces en la cautividad.

Según puede Yavé realizar el prodigio de devolver la vida a aquellos innumerables huesos diseminados desde hace largo tiempo por aquel valle, cosa que parece humanamente imposible, así restablecerá a Israel, lo que a los cautivos parecía irrealizable. Por tanto, no hay en este vaticinio referencia alguna a la resurrección de los cuerpos (F. Spadafora, Comm. , pp. 270-73). En el tiempo de nuestro Señor, los fariseos admitían la resurrección de los cuerpos. La negaban los saduceos (Mt. 22, 23-33; Act. 23, 6-10; 26, 5-8); pero incluso los primeros no tenían ideas claras, y los argumentos alegados están lejos de ser eficaces (J. Bonsirven, Le Judaïsme palestinien , 2.ª ed., 1934, pp. 468-85). De los citados textos (Dan., Is., etc.) que afirman el fin de la estancia en el še’ôl con la venida de Cristo; del concepto de muerte (v.), como separación temporal de Dios para el justo; del concepto de la unidad de la persona humana, los judíos habían de deducir la esperanza en que los mismos cuerpos habían de participar de la bienaventuranza traída por el Mesías . Jesús enseña claramente la resurrección de los cuerpos, y San Pablo la ilustra de un modo especial (1 Cor. 15).

En el discurso de Cafarnaúm (Jn. 6, 39 s.; 44 s.), con ocasión de la resurrección de Lázaro (Jn. 11, 24 s.); cf. Lc. 14, 14. La resurrección se supone en Mt. 13, 39-43. Se afirma directamente contra los saduceos (Mt. 22, 23-33; Mc. 12, 18-27; Lc. 20, 27-40). Objetaban éstos con la grotesca propuesta de una mujer que había tenido por maridos a siete hermanos uno tras otro (ley del levirato), ¿de quién será esposa? «Vosotros erráis —responde Jesús— porque desconocéis el poder de Dios ... Los resucitados no pueden morir (cesa el fin del matrimonio), y viven como ángeles de Dios en el cielo», es decir, en condiciones enteramente nuevas, adecuadas a la vida de eterna bienaventuranza. «Y que los muertos han de resucitar ya lo indicó el mismo Moisés cuando, al exponer el episodio de la zarza, llama al Señor Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob. No es Dios de los muertos, sino de los vivos, porque para él todos están vivos.» La supervivencia de algo del difunto en el še’ôl era un dato común, pero tal supervivencia no era una vida, sino un sueño, algo inerte, 507Bsombrío.

Pero es indiscutible que el texto citado (Ex. 3, 6), según el cual Dios está para siempre unido con sus adoradores, dejaba prever que el dador de la vida («para Él todos están vivos») nunca los abandonaría y que llegaría un día en que los llamaría de nuevo a la vida (cf. Sal. 16, 10 s., etc.; v. Retribución), dándoles la vida verdadera y completa, que los judíos no podían concebir, sino como participada por la persona completa: alma y cuerpo. He aquí por qué no replican los saduceos, mientras los fariseos y la turba quedan admirados. Al reivindicar su calidad de enviado plenipotenciario del Padre, Jesús precisa sus características mostrándose como dador de la vida (Jn. 5, 21: natural y sobrenatural; cf. Jn. 1, 3.4); único juez supremo de los hombres (vv. 22.27); autor de una doble resurrección: a) el tránsito (ya en acto) del pecado a la vida sobrenatural, obrado por la Gracia (vv. 24 s.), para los vivos contemporáneos suyos; b) para los difuntos, desde Adán hasta el día de la resurrección de Jesús, y para los justos el próximo tránsito a la eterna bienaventuranza, para los impíos el comienzo de la pena eterna (5, 28 s.; cf. Dan. 12, 2).

San Pablo afirma frecuentemente la resurrección de los cuerpos (1 Cor. 6, 14; II Cor. 1, 9; 4, 14; 13, 4; Rom. 4, 17; 6, 5.13; Col. 2, 12 s.; 3, 1; etc.); trata de ella metódicamente en 1 Tes. 4, 13-17 (v. Tesalonicenses); Rom. 8, principalmente en 1 Cor.

15. Por la resurrección de Jesús (1 Cor. 15, 1-11; 1 Tes. 4, 14; Rom. 8, 11) prueba la de los fieles, que forman con Él un solo cuerpo. Efectivamente, la resurrección de Jesús, además de servir de fundamento indiscutible para la verdad de este misterio, es causa eficiente y ejemplar de nuestra resurrección. Jesucristo resucitó como «primicia de los muertos», «primogénito de entre los muertos» (Col. 1, 18): él fué el primero, y en el plan divino entra el que le sirva de escolta una nutrida fila de resucitados con sus cuerpos glorificados (Rom. 8, 29). Así como las primicias, y lo mismo las raíces, carecen de sentido sin la masa de la que han sido extraídas, así también la resurrección de Jesús sin la resurrección de los miembros. En el plan divino de la Redención entra el propósito de devolver a la humanidad la pureza de sus orígenes, lo cual no queda completo, sino con la «redención de nuestro cuerpo» (Rom. 8, 23); entonces toda la creación, sometida por Dios al hombre, «se verá libre de la servidumbre de la corrupción» y será asociada a la glorificación de nuestro cuerpo (Rom. 8, 21).

Este último efecto de la Redención es 508Acertísimo; de él es una prueba la oración del Espíritu Santo en nosotros, y también el gemido de las creaturas, pero principalmente el amor indefectible de Dios, que se nos muestra en Cristo Redentor; todo está dispuesto desde la eternidad: toda una serie de gracias que corre desde el bautismo hasta la glorificación (Rom. 8, 19-29). Había fieles en Corinto que llegaban a dudar de esta gran verdad. ¿Cómo se realizaría? (1 Cor. 15, 35). San Pablo apela a la omnipotencia divina, y propone el ejemplo del grano de trigo que se consume en el surco para dar con ello vida a la espiga. El cuerpo resucitado y el cuerpo enterrado son un mismo sujeto, pero existe entre ellos una enorme diferencia: la misma que entre el grano de trigo y la espiga. El poder de Dios no está resumido en un solo tipo de creación: basta considerar la variedad indefinida de los seres creados. Por tanto, nada tiene de extraño el que al cuerpo mortal, que se ha desmoronado en el sepulcro, Dios haga seguir en la resurrección un cuerpo glorioso. Es el comentario a aquellas palabras de Jesús: «Vosotros erráis... porque desconocéis el poder de Dios» (Mt. 22, 29).

Y San Pablo se detiene a describir las dotes del cuerpo glorioso («Los resucitados serán como ángeles de Dios», Mt. 22, 30), aquellas dotes que los Apóstoles comprobaron en Jesús resucitado. Incorruptibilidad, esplendor, o participación de la gloria divina, poder, espiritualidad, en oposición con la corrupción, con la opacidad, con la debilidad del cuerpo natural que ha sido formado de tierra (1 Cor. 15, 42 ss.). La resurrección de nuestro cuerpo se asemeja en todo a la de Cristo, que sale de entre los lienzos sin desenvolverlos, sale del sepulcro dejando intactos los sellos grabados en la piedra que cerraba su entrada; se desplaza veloz como el pensamiento, se hace invisible, entra con las puertas cerradas. Esto es el cuerpo «espiritual», o sea provisto de estas dotes sobrenaturales que Dios le comunica; en oposición con el cuerpo que por vía natural —después del pecado— ( ψυχή = principio de la vida natural, sin la gracia ), nos es transmitido desde Adán en adelante.

Así volvemos a los orígenes, a los dones sobrenaturales que adornaron al hombre antes del pecado; y también en esto, lo mismo que en lo tocante a los efectos de la gracia en el alma (Rom. 5, 12-21), el efecto de la Redención se extiende a todos los hombres, con que no se opongan a ello. 508BEl paralelismo entre Adán, cabeza y transmisor del cuerpo «de muerte » (Rom. 7, 24) que se desmorona, y Cristo, cabeza de la nueva humanidad, renacida con el bautismo y participante de la nueva naturaleza divina, y causa eficiente y ejemplar del cuerpo «espiritual», confirma este admirable misterio de la transformación de los cuerpos (1 Cor. 15, 45-49). Por otra parte, trátase de una necesidad; la vida de la gracia tiene como término la vida de la gloria de Dios . Es evidente que en la morada de Dios, en el dominio de la incorrupción no puede entrar la corrupción; no puede lo humano (carne y sangre) defectible habitar juntamente con lo divino (reino de Dios); y por lo mismo es necesaria una transfiguración esencial que lo eleve a la categoría del Espíritu, de lo divino (vv. 50-53).

Por eso el «espíritu» que habita en nosotros (el alma con la gracia sobrenatural) es la prenda de la redención (II Cor. 5, 5; Rom. 8, 9 ss.). La resurrección de los cuerpos se realizará al fin de los tiempos (fin del reino de Dios en la tierra, 1 Cor. 15, 23-28). Tras una indicación del Altísimo se levantarán todos los hombres de sus sepulcros. Los elegidos se elevarán con sus cuerpos gloriosos hacia Cristo, que aparecerá escoltado de los Ángeles; esto será el triunfo del Mesías que pondrá el reino en manos de Dios. Las repetidas y claras afirmaciones del Apóstol acerca de la universalidad de la muerte y de la resurrección (A. Romeo, en VD, 14 [1934] 328-36) debe servir de guía para la exégesis de 1 Tes. 4, 15 (v. Tesalonicenses) y de 1 Cor. 15, 51: «Todos resucitaremos (según la acertada traducción latina: οὐ κοιμηθησόμεθα ) y todos seremos transformados». La negación sólo se refiere al verbo, y sería contra la sintaxis el referirla al πάντες como si fuese una limitación («no todos resucitaremos»).

En estos pasajes San Pablo habla directamente de la resurrección de los justos; el contexto prueba este enfoque particular (en 1 Tes., 1 Cor. y Rom.) que considera el aspecto luminoso de la resurrección en relación con el triunfo de Cristo. Pero enseña claramente la universalidad de la resurrección de los cuerpos, incluso los de los impíos (cf. Act. 24, 15 y todos los pasajes en que habla del Juicio universal [v.] que habrá de seguir inmediatamente a la resurrección). El Apocalipsis (v.) distingue en el c. 20 entre resurrección primera, o tránsito, mediante el bautismo , de la muerte a la vida espiritual, y resurrección de los cuerpos que se realizará al fin: los justos irán al cielo con Cristo, en tanto 509Aque los malos descenderán al fuego eterno con el cuerpo recuperado (Ap. 20, 11-21, 4). [F. S.]

Bibliografía

A. Romeo, en VD , 9 (1929) 307-12, 339-47, 360-64
Id., Omnes quidem resurgemus , en VD , 14 (1934) 142-48, 250-55, 265-75, 313-20, 328-36, 375-83. J. Bonsirven, Teología del Nuovo Testamento , Torino 1952, pp. 123 ss. 290 ss. 324 s. M. J. Lagrange, Epître aux Romains , París 1931, pp. 189-223. F. Spadafora, Dan. 12 2.13 e la resurrezione , en Rivista Biblica , 1 (1953) 193-215.

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