HERMENÉUTICA
Es la disciplina que enseña las reglas que deben seguirse para entender y explicar rectamente los Libros sagrados. Aun siendo etimológicamente sinónimas las palabras hermenéutica (ἑρμηνεύω = interpreto) y exégesis (ἐξηγέομαι = expongo, interpreto), se reclaman entre sí como los medios y el fin o el resultado. Exégesis es la misma interpretación mediante la aplicación de las reglas establecidas en la hermenéutica. A las reglas comunes valederas para cualquier escrito, la hermenéutica añade algunas otras particulares correspondientes al carácter divino y humano de los Libros sagrados (v. Inspiración). 257ALos tratados de hermenéutica constan generalmente de tres partes y un apéndice: 1) la noemática (νοῦς, sentido) determina los diferentes sentidos (v.) bíblicos; 2) la eurística (εὑρίσκειν, hallar) es la hermenéutica propiamente dicha; 3) la proforística (προφέρειν, comunicar) trata de los diferentes modos de exponer la exégesis, de comunicar a los demás la palabra de Dios. En apéndice se expone una síntesis de la historia de la exégesis, desde los judíos hasta los tiempos modernos (v. Interpretación).
Ya San Agustín (De doctrina christiana, PL 34, 15-122) trató de la hermenéutica y de la proforística.
El camino que el exegeta debe recorrer es el siguiente: una vez establecido cuál sea el texto genuino (v. Crítica textual), aplica sin doblegarse los principios establecidos científicamente por la hermenéutica, acomodándose al género (v.) literario de cada libro o perícope y al ambiente histórico del que ha salido o al que se refiere el escrito. En realidad el autor inspirado no realizó ni expresó la virtud particular de Dios, autor principal, sin poner en juego todas sus facultades naturales.
Por tanto, llegaremos a entender lo que Dios ha querido decirnos dándonos cuenta de lo que intentó comunicarnos (= sentido literal) el autor humano, instrumento suyo, escribiendo como escribían sus contemporáneos, empleando las palabras, las formas gramaticales y sintácticas del ambiente en que vivió, y con la mentalidad de su tiempo. Ha de ser, pues, el primer cuidado del exegeta la diligente investigación del sentido literal, y las normas que la hermenéutica le impone para tal investigación son cuatro. (Para el sentido típico, v. Sentidos bíblicos.) Ha de examinar el texto, el contexto, los pasos paralelos, el ambiente histórico (así la Ene. Providentissimus Deus). Para explicar el texto es necesario el empleo de la filología: conocimiento de las lenguas y de los modos literarios del antiguo Oriente.
La exégesis se hace sobre un texto original (hebreo, arameo, griego) que es natural tenga mayor autoridad y más peso que cualquier otra versión, sobre todo porque ninguna versión logra traducir todos los modismos del original, que a veces tienen no leve importancia para las mismas pruebas dogmáticas. Por consiguiente, es necesario conocer la lengua hebrea y sus frecuentes contactos con la rica literatura acádica. Vocablos del Antiguo Testamento que hasta ahora habían venido explicándose inexactamente, con perjuicio de la inteligencia del texto, han podido ser interpretados con exactitud como consecuencia de la publicación 257Be interpretación de nuevos textos cuneiformes. El conocimiento del hebreo no solo es necesario para la inteligencia del Antiguo Testamento sino también, y hasta diría que en igual grado, para la del Nuevo.
En realidad el griego en él empleado es la lengua común (no el griego clásico, ni el koiné literario) que se hablaba entonces en Palestina y muchos de cuyos vocablos no tienen del griego más que el ropaje, siendo el sentido enteramente hebreo. Además de esto, los autores del Nuevo Testamento piensan y se expresan como quienes estaban impregnados del Antiguo o de la versión de los Setenta (San Lucas). Tal es y no otro el mérito del ThWNT: el haber reconocido y utilizado el método exacto, buscando el verdadero sentido de los términos griegos del Nuevo Testamento, no tanto en el griego profano o de los papiros (y mucho menos en el clásico) cuanto a través de la versión de los Setenta que se remonta al hebreo. Es importante el conocimiento de las reglas de la gramática, y particularmente las de la sintaxis. ¡Cuánto no escribieron los antiguos para explicar el motivo de las palabras de Jesús resucitado a la Magdalena: No me toques (según la Vulgata: noli me tangere)! Y todo queda resuelto con solo advertir que en griego la prohibición con el imperativo en presente expresa el cese de una acción puesta ya en ejecución, y por tanto hay que traducir: «Deja ya de tenerme asido».
La Magdalena tenía asidos los pies del Resucitado. Nunca se recomendará lo suficiente a los jóvenes el estudio del hebreo y del griego bíblico.
Un profesor de dogma que no sea capaz de confrontar con el original una explicación dada, nunca podrá llenar sistemáticamente su cometido (EB, n. 118). Términos y frases son empleados frecuentemente en un sentido trasladado, especialmente entre los orientales, que lo hacen de un modo audaz y realista, muy alejado de nuestro modo de expresarnos y de componer. Antropomorfismos, metáforas audaces, etc.: en tales casos es un error el querer sujetarse a la letra. «Oscurécese el sol, caen las estrellas, se apaga la luna.» (Mt. 24, 29; Mc. 13, 24 s.; Lc. 21, 25 s.). ¡Han sido tantos los que se han quedado en la superficie viendo ahí anunciado el fin del mundo ! Ya que el sentido literal exacto es este: el castigo (destrucción de Jerusalén) será tal, que la misma naturaleza inanimada se sentirá horrorizada de él.
Los términos usados no son más que imágenes poéticas que expresan la 258Agravedad del castigo enviado por Dios (cf. Is. 13, 10; Ez. 32, 7, etc.; Lagran- La principal regla para la investigación del sentido está en el examen del contexto. Muchas veces los criterios filológicos no son decisivos para la determinación del significado (entre los varios posibles) de un verbo o de un nombre en una frase dada. Toda proposición recibe luz de lo que precede y de lo que sigue; hay que insertarla en el conjunto, pues el pensamiento del autor se completa y se esclarece en virtud de los diferentes elementos del contexto. Bien puede decirse que la mayoría de las interpretaciones inexactas proviene de no haber aplicado esta norma de oro del contexto.
La conexión de las palabras y de las proposiciones con las otras del mismo período (contexto gramatical sintáctico); la conexión de las ideas de una perícope con las del capítulo entero del libro y de los demás libros del mismo autor (contexto lógico), son directrices decisivas para el exegeta. Para determinar el sentido de parusía (venida) en la pregunta de los Apóstoles (Mt. 24, 3 b) hay que tener en cuenta que en Mt. (10, 23: 16, 27 s.: 26. 63 s.) se habla siempre de venida en sentido alegórico y no de una venida física: se trata de manifestaciones del poder del Mesías contra los enemigos de su Iglesia y en favor de la misma. Para explicar Rom. 1, 4, «constituido Hijo de Dios, poderoso, a partir de la resurrección de entre los muertos», es preciso atenerse a la enseñanza del mismo Apóstol en Flp. 2, 9 s.
«El Verbo encarnado se humilló hasta la muerte y muerte de cruz; por lo cual (διὸ καί) Dios le exaltó sobremanera por encima de toda creatura, Dios como el Padre .» Para entender la extensión de la profecía de Dan. 9 (las 70 semanas) y los términos empleados, deben tenerse presentes las otras profecías en cuenta el paralelismo, ya que la cláusula siguiente no hace más que repetir e ilustrar la precedente (A. Vaccari, en VD, 1 [1921] 184-89). Al contexto siguen en importancia los lugares paralelos, o sea fragmentos afines entre sí por constar de los mismos términos o por razón del contenido (doctrinal o histórico).
Aun prescindiendo del hecho de la inspiración, es evidente que tales fragmentos se aclaran mutuamente, tanto por el significado de los términos como por la interpretación de la doctrina o de un acontecimiento histórico. Pensemos en la exégesis del libro de las 258BCrónicas (I-II Par.), en orden a las mismas narraciones traídas en Sam.-Re. Pensemos en los tres Evangelios Sinópticos (Mt.-Mc.-Lc.) comparados entre sí y en relación con el cuarto pp. 10-21 y passim, para la exégesis de Mt. 24 en relación con los otros dos sinópticos (Mc.-Lc.).
No puede hacerse la exégesis de los evangelios sin conocer los escritos proféticos, y especialmente no podrán entenderse las perícopes sobre «la venida del Hijo del Hombre, en poder, o sobre las nubes.» sin tener presente la profecía de Daniel sobre el advenimiento del «reino de los Santos», del «reino de Dios», «que durará eternamente» (cc. 2.7-12). Hasta cierto punto pueden contarse entre los lugares paralelos las citas explícitas del Antiguo Testamento en el Nuevo, especialmente por lo que se refiere a las profecías mesiánicas.
No siempre se trata de exégesis literal del texto profético; a veces es cuestión de sentido típico y no falta algún caso de texto simplemente acomodaticio (L. Venard, en DBs, II, col. 25-31). Particularmente en lo que a San Pablo se refiere se tienen en cuenta los procedimientos en uso entre los rabinos (J. Bonsirven, Exégése rabbinique et exégése paulirtienne, París 1938). Por último, el ambiente histórico y todas las circunstancias necesarias para una plena inteligencia del libro: índole, cultura del autor, ambiente en que vivió y explicó su misión, ocasión que le indujo a escribir o finalidad que se propuso. Particularmente las condiciones históricas, religiosas, sociales que en él se reflejan; las costumbres, los usos, la mentalidad de sus contemporáneos (israelitas.y pueblos vecinos o que con ellos tuvieron contacto).
No pueden entenderse debidamente las alusiones de Amos si no se tiene presente toda la situación del reino de Samaría, el carácter de la dinastía de Jehú, el reino de Jeroboam II (A. Neher, Amos, París 1950). Dígase otro tanto, y más aun, de Josías, Jeremías, Ezequiel. El Génesis , con todos sus relatos y referencias a las costumbres acádicas (p. ej., Abraham- Sara-Agar y el códice de Hammurabí), la historia de José (Gén. 37, 50) y el Éxodo (c. 1-17) con la historia de Egipto, y así de lo demás (A. Bea, La Palestina preisraelitica: Storia, popoli, cultura, en Bíblica, 24 [1943] 231-60), Aquí se echa de ver la importancia que tiene el conocimiento de las ciencias auxiliares: historia del antiguo Oriente, arqueología, geografía bíblica. Para los otros libros históricos, los contactos de los reinos de Israel (v.) y de 259AJudá (v.) con Asiria, con el imperio babilónico, con los persas y luego con los seléucidas (v. Macabeos ) requieren un conocimiento esmerado de los documentos que las excavaciones siguen dando a conocer. Igualmente para el Nuevo Testamento el exegeta debe conocer bien el ambiente judío, con sus falsas ideas, en las diferentes clases; la historia de Herodes y de sus descendientes; las condiciones del imperio romano; el helenismo (v.). A esto se refiere todo lo que se detalla y se inculca en la Divino afflante Spiritu (cf. EB. nn. 558-562).
El exegeta católico tiene un guía seguro en su trabajo: es el magisterio infalible de la Iglesia, faro que preserva de la desbandada, y da a la exégesis la energía vital que necesita para proceder animosamente sin verse anegada en un mar de dudas. V en efecto; cuando se trata de verdades reveladas la tarea de enseñar se la confió Dios a San Pedro y a sus sucesores, que para eso reciben el don de ser infalibles (Lc. 22, 31 s.; cf. Mt. 28, 10), porque el fundamento de «la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y base de la verdad» (I Tim. 3, 15), no puede errar sin que el edificio mismo se convierta en receptáculo y fuente del error. Y precisamente la Sgda. Escritura es toda ella divinamente inspirada y fuente de la revelación; y la Iglesia su celosa guardiana e intérprete autorizada (cf. León XIII: EB, n. 141). Ella es quien ha conservado intacta a través de los siglos, contra mutilaciones (Marción, maniqueos, protestantes) y erróneas interpretaciones (los herejes de todos los tiempos) esta fuente preciosa; ella quien ha defendido su carácter divino contra el corrompido racionalismo del siglo pasado, y preservado a los mismos católicos (comienzos de siglo) de temibles desbandadas, revelando con ello una sabiduría que los progresos realizados se encargan de poner cada vez más en evidencia para nuestra admiración. He aquí ahora los criterios dogmáticos que la hermenéutica señala al exegeta católico. 1. Debe ser desechada toda explicación que admita o suponga un error en la afirmación del autor inspirado, ya que en tal caso el error recae sobre el mismo Dios, verdadero autor principal. 2.
La interpretación auténtica de las perícopes que atañen a la fe y a la moral (las verdades dogmáticas y morales necesarias para nuestra salvación) es de incumbencia indiscutible del Magisterio de la Iglesia, de tal suerte que no puede interpretarse contrariamente al sentido enseñado e infaliblemente propuesto por aquél (Conc. Trid., Conc. Vatic.: EB, 62.78). 259BEs evidentemente imposible que haya oposición o contraste entre las dos fuentes de una misma revelación divina: la enseñanza oral (= tradición apostólica = Magisterio infalible) y la Sagrada Escritura.
La interpretación auténtica de la Iglesia se propone: A) En las definiciones de los Concilios o de los Sumos Pontífices; directamente cuando la determinación del sentido bíblico es objeto directo y formal de la definición (p. ej., Jn. 3, 5, debe entenderse en el sentido propio del bautismo: Conc. Trid., Denz. 858); indirectamente cuando el objeto formal de la definición no es el texto en sí, sino la doctrina que en él se apoya (p. ej., Rom. 5, 12 en relación con el dogma del pecado original: Conc. Trid., Denz. 789).
Mas en este segundo caso solo un cuidadoso y prudente examen de los términos y de las circunstancias de la definición puede permitir ver la intención de fijar o no fijar infaliblemente la exégesis del mismo texto (Mangenot- Riviére, en DThC, VII, 2315-19). B) Los órganos ordinarios son las Sagradas Congregaciones, y particularmente la Pontificia Comisión (v.) Bíblica; las decisiones de éstas exigen el respeto e incluso el asentimiento interno, pero no son infalibles; y por tanto el exegeta, movido por argumentos graves, puede suspender tal asentimiento y proponer las razones en contra.
3. Por lo que se refiere a los primeros siglos son los escritos de los Padres los que nos informan acerca de la enseñanza del magisterio infalible. Esa es la razón de que en los documentos citados (desde el Conc. Trid. hasta la Humani Generis) al lado del Magisterio de la Iglesia siempre se ponga inmediatamente y en el mismo ámbito (o sea en lo concerniente a las verdades de la fe y de moral), la doctrina de los Padres como textos de la fe católica.
Esta última es condición esencial, por lo que ordinariamente se da el caso de encontramos con ellos dando explicaciones personales, que con ser dignas del mayor respeto, y a veces de la mayor consideración, sin embargo no obligan al exegeta. Es preciso que sean plenamente unánimes (al menos moralmente) en la interpretación de un texto dogmático; y principalmente, que lo propongan como verdad perteneciente a la fe católica (León XIII, Providentissimus; EB, n. 122) y no como una de tantas explicaciones posibles o probables.
Así, por ejemplo , cuando Orígenes afirma la inspiración y la inerrancia de los libros sagrados, añade inmediatamente que así «manifestissime praedicatum en la Iglesia. He ahí por qué 260Ason muy pocos los textos bíblicos cuya exégesis auténtica ha sido determinada por los Padres, según observación concreta de León XIII y Pío XII. Asimismo son también muy pocos aquellos cuyo sentido ha sido definido infaliblemente por los Concilios o por los Sumos Pontífices (Cornely, Introd., 2.ª ed., p. 610, enumera unos 20 que han sido definidos directamente; Durand, DFC, I, col. 1837 no más de 12): Ene. Divino Affiante Spiritu, EB, n. 564-565. 4.
El último criterio dogmático es la analogía de la fe: bíblica, o sea la mutua conformidad y correspondencia de las verdades contenidas en la Sagrada Escritura; y católica, es decir, la conformidad de estas verdades con las contenidas en la Tradición oral (Magisterio eclesiástico). Este criterio lo fórmula San Agustín de este modo (Doctr. chr. 3, 2; PL 34, 65; cf. PL 38, 63 s. 262): «En los pasajes ambiguos de la Escritura, consúltese la regla de la fe, que se deduce de los pasajes más claros de la misma Escritura y de la Autoridad de la Iglesia» (cf. Providentissimus, EB, nn. 109-116).
«El exegeta católico , animado de un grande amor activo a su disciplina, y sinceramente adherido a la Santa Madre Iglesia, no ha de creerse obligado a abstenerse de enfrentarse con las difíciles cuestiones que hasta el presente no han sido resueltas. Puede hacerlo, no solo para rebatir las objeciones de los adversarios sino incluso para buscar una sólida explicación que esté lealmente de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, y especialmente con el tradicional sentimiento de la inmunidad de todo error, propia de la Sagrada Escritura, y que al mismo tiempo dé la conveniente satisfacción a las conclusiones enteramente ciertas de las ciencias profanas. Recuerden también todos los hijos de la Iglesia que están obligados a juzgar no solo con justicia, sino también con suma caridad los esfuerzos y las fatigas de estos valerosos operarios de la viña del Señor; y además todos deberán evitar ese celo no muy prudente para el que todo cuanto tiene visos de novedad debe por ese mero hecho ser impugnado o tenido por sospechoso». De esta suerte, Pío XII ponía en honor la libertad del exegeta católico (Divino Afflante Spiritu, EB, n. 564). Formas principales para la exposición de la exégesis: la versión, hecha científicamente sobre los textos originales con breves notas ilustrativas de los puntos más importantes o más difíciles; el comentario, que es el medio más perfecto y más científico, y que comprende la versión, el aparato crítico filológico, el comentario completo de todo el libro.
En uno y otro caso, una introducción particular trata de los problemas 260Bhistóricos y textuales más generales o de conjunto. La teología bíblica expone la doctrina dogmática y moral de la Escritura (o de una parte de ella), como se exige a la exégesis. Estas formas científicas sirven de base a la lectura sagrada y a la homilía, empleadas en la vida pastoral para la cura de almas. [F. S.] Inst. Biblicae, I, 5.ª ed., Roma 1937 (Pont. Ist. Bibl.), pp. 339 s. 360-84. 421-66. A. Vaccari, Lo studio della Sacra Scritura, Roma 1943 (con el comentario a la Epístola de la P. C. B., AAS, 21 nov. 1941). G. Perrella, Intr. Gen. (La Sacra Bibbia, S. Garofalo), 2.ª ed., Torino 1952, pp. 249 s., 284-305 con rica bibliografía.
B. Santos Olivera, Crítica e Hipercrítica de la Biblia, en EstB (1931), 161-191 y 141-258.
Bibliografía
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