PARÁBOLA
Παραβολή (de παραβάλλειν, «poner junto a», «confrontar»), es un parangón. Toda parábola puede reducirse a la siguiente forma: «Así como el anciano padre recogió conmovido al hijo pródigo, así el Padre celestial acoge al pecador que a Él retorna» (cf. Lc. 15, 11-32). Los términos de la comparación son: a) un relato completo tomado del curso normal de la vida humana: el sembrador; el caminante agredido por los ladrones en el camino de Jericó, etc. b) una verdad (sobrenatural en las parábolas evangélicas), que se trata de inculcar; en el precepto de la caridad, el prójimo es todo hombre que necesita de nosotros, aunque sea enemigo, etc. La exposición del relato (primer término de la comparación) ha de entenderse y explicarse en su sentido literal. No así la alegoría que no es más que una metáfora continuada, en la que la verdad que se propone se entiende directamente en los términos metafóricos que la expresan. La parábola no es desconocida entre los clásicos (Aristóteles, Rhetoricorum lib.
II, 20; Cicerón, De inventione I, 30; Epist. ad Lucil. , 59, 6), y también los rabinos la usaron; pero Cristo la empleó de un modo insuperable en sus enseñanzas evangélicas, desarrollando el simple mašal hebreo, una especie de proverbio o dicho gnómico, usado en los libros sapienciales para inculcar una máxima moral. Cuando se emplea la parábola en su estado puro, lo cual raras veces sucede en los Evangelios, porque con frecuencia toma elementos alegóricos, entonces sólo debe aplicarse al campo moral o ideal la idea central del relato, pasando por alto los diferentes elementos accesorios, que sólo se emplean para redondear el relato. Esa idea fundamental debe ser individuada mediante el examen del fin propuesto, que se manifiesta en la introducción o en la aplicación de la misma parábola o en las circunstancias históricas del contexto. Las parábolas evangélicas pueden clasificarse entre dogmáticas, morales y proféticas.
Las 444Adogmáticas ilustran la naturaleza y las leyes del Reino de Dios , fundado por Cristo : su fundación (el sembrador: Mt. 13, 3-9.18-23 paral.), su desarrollo (la semilla que por sí misma se multiplica: Mc. 4, 26-29; el grano de mostaza: Mt. 13, 31-32 paral.; el fermento: Mt. 13, 33 paral.), su elevado valor (tesoro y perla: Mt. 13, 44-46), los elementos que lo componen (semilla y cizaña: Mt. 13, 24-43; red: Mt. 13, 47-50).
Las morales insisten en el comportamiento para con Dios (los deudores: Lc. 7, 39-47; el amigo importuno: Lc. 11, 5-8; la higuera estéril: Lc. 13, 6-9; el juez inicuo: Lc. 18, 1-8; el fariseo y el publicano: Lc. 18, 9-14), para con el prójimo (el siervo despiadado: Mt. 18, 23-35; el samaritano compasivo: Lc. 10, 25-37; la oveja extraviada: Mt. 18, 12-14; Lc. 15, 4-7; la dracma perdida: Lc. 15, 8-10; el hijo pródigo: Lc. 15, 11-32; el puesto en el banquete nupcial: Lc. 14, 7-11), y en fin, para con las cosas de este mundo (el mayordomo infiel: Lc. 16, 1-13; el rico necio: Lc. 12, 16-21; el rico Epulón y el mendigo Lázaro: Lc. 16, 19-31; el constructor de la torre y el rey: Lc. 14, 28-36).
Las parábolas proféticas describen el futuro destino de Israel (los niños en el juego: Mt. 11, 16-19 y Lc. 7, 31-35; los operarios de la viña: Mt. 20, 1-16; los dos hijos en la viña: Mt. 21, 18-32; los viñadores homicidas: Mt. 21, 33-46 paral.; la gran cena: Lc. 14, 15-24; el banquete nupcial: Mt. 22, 1-14; la puerta cerrada: Lc. 13, 23-30) o también el destino final del hombre (los siervos vigilantes: Lc. 12, 35-38; el ladrón durante la noche: Mt. 24, 42-55 y Lc. 12, 39; el siervo fiel y el infiel: Mt. 24, 45-51; Lc. 12, 41-48; las diez vírgenes: Mt. 25, 1-13; las minas y los talentos: Lc. 19, 11-27 y Mt. 25, 14-30). La diferente valoración del fin intentado por Cristo en el abundante uso de las parábolas está fundada en la diferente interpretación de un texto (Mt. 13, 11-15; Mc. 4, 10-12; Lc. 8, 9 ss.). Algunos (Maldonado, Knabenbauer, Durand, Fonk, etc.), ven en él la voluntad de Cristo (ἵνα final en Mc. y Lc.) de castigar con una ceguera moral e intelectual la incredulidad culpable de los oyentes hebreos, según el sentido que ellos daban a Is. 6, 9 ss. aquí citado.
Pero el carácter intrínseco de la parábola, que se encamina a simplificar y aclarar un concepto, y la benévola intención de Cristo de iluminar y convertir, connatural a su misión salvadora, nos inducen a preferir sin vacilar la exégesis de aquellos (Lagrange, Prats, Huby, Vosté, Holzmeister, Pirot, etc.) que ven en la parábola un medio dictado por la bondad y por la intuición síquica para iluminar la 444Bmente de los oyentes. Al citar a Is. 6, 9 ss., sólo dice que entonces se realiza una situación idéntica a la que se dió entre Isaías y sus contemporáneos; y así como los judíos opusieron a Isaías su endurecimiento, así también los contemporáneos de Jesús se resistían a prestar acogida a sus enseñanzas: se endurecerán; es la amarga conclusión de un médico que se ve imposibilitado para curar a un enfermo reacio contra todo intento de curación. Sólo incidentalmente la alusión por parte de Cristo a nuevas verdades, y frecuentemente sobrenaturales, requería alguna explicación, que Cristo daba de buen grado a los espíritus dóciles y deseosos de aprender (cf. Mt. 13, 36 ss., Mc. 4, 10 ss.); pero que siempre negó a los que estaban mal dispuestos, lo cual provocaba en ellos una obcecación intelectual culpable.
Bibliografía
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