INSPIRACIÓN
275AEste término expresa la cualidad de los libros catalogados en el canon (v.) del Antiguo y Nuevo Testamento: o sea su origen divino. El abstracto procede del adjetivo verbal θεόπνευστος* «inspirado por Dios», que emplea San Pablo (II Tim. 3, 16) aplicándolo precisamente a los libros del Antiguo Testamento. No hay verdad dogmática que, como ésta, esté tan universal y unánimemente afirmada por las fuentes bíblicas, por la tradición judía (para el A. T.) y cristiana. En Mac. 12, 9 , en Fl. Josefo, Ant., al principio, en el Talmud (Sabbath, 16, 1) se habla explícitamente de «libros santos», «sagrados», de «escritura divina». Nuestro Señor y los Apóstoles hablan de «palabra de Dios» (= las prescripciones de la Ley τὸν λόγον τοῦ Θεοῦ Mc. 7, 13), «los dichos de Dios» (así llama San Pablo a todo el Antiguo Testamento: Rom. 3,2: τὰ λόγια τοῦ Θεοῦ); «las sagradas escrituras» (II Tim. 3, 15).
Explícitamente Dios se declara autor de él: Mt. 22, 43 respecto del Sal. 110 (109); Act. 4, 25: «Oh Señor, tú que hiciste el cielo y que mediante el Espíritu Santo, por boca de nuestro padre David tu siervo dijiste: ¿Por qué braman las gentes...? etc.» (Sal. 2); Hebr. 3, 7 «Por eso dice el Espíritu Santo.» = Sal. 95 (94), 18 ss., etc. Repetidas veces se afirma su autoridad indiscutible y divina, sea directamente (Lc. 18, 31; 24, 44-47: «Es preciso que se cumpla todo lo que de mí se ha escrito — dice el Resucitado — en la Ley, en los profetas y en los Salmos»), sea en las argumentaciones (Jn. 10, 34 dice refiriéndose al Sal. 82 [81], 6: «La escritura no puede fallar»; Rom. 1, 16 refiriéndose a Hab. 2, 4; etc.).
La inspiración divina se afirma formalmente en II Tim. 3, 15 s. y en II Pe. 1, 20 s. San Pablo escribe así: «Por tu parte permanece fiel (contra las peligrosas novedades en la enseñanza de la doctrina) a lo que has aprendido y te ha sido confiado, considerando de quiénes lo aprendiste, porque desde la infancia conoces las Escrituras Sagradas, que pueden instruirte en orden a la salud pola fe en Jesucristo. Pues toda la Escritura (en el conjunto y en cada una de sus partes = las Sagradas Escrituras del versículo precedente) es θεόπνευστος «inspirada por Dios», y (por tanto) útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena».
San Pedro advierte a los fieles que su predicación está fundada sobre bases solidísimas, indiscutibles: su misma autoridad como testigo ocular de la divina majestad de Cristo, en la 275BTransfiguración (1, 12-18), y la autoridad, mayor aun (que la subjetiva) de las profecías mesiánicas, a las cuales debemos adherirnos como a luz que brilla en medio de la oscuridad de esta tierra, en tanto que no brille para cada uno el día de su encuentro con Jesús.
Ante todo que tengan presente que «ninguna profecía de la escritura se deja a la interpretación de cada uno («se trata de interpretación privada» — G. Luzzi; o es fruto de interpretación privada» — De Ambroggi); porque ninguna profecía ha sido proferida en los tiempos pasados por humana voluntad, antes bien los hombres, llevados (movidos, completamente dominados, bajo un influjo, φερόμενοι; el mismo verbo se emplea en Act. 27, 15 refiriéndose a la nave que por no poder resistir al viento se deja llevar a merced del mismo) por el Espíritu Santo, hablaron de parte de Dios».
Estos dos textos se completan mutuamente: el primero afirma formalmente la inspiración de todos los libros del A. T.; el segundo es menos explícito en cuanto a referirse a todos los libros, pero tiene una alusión clara a la naturaleza misma de la inspiración. Uno y otro texto, al que hay que añadir otros, son un argumento histórico del pensamiento de los Apóstoles y de Jesucristo N. S. acerca de la inspiración. Para los libros del Nuevo Testamento no tenemos argumentos de tal alcance. En I Tim. 5, 18 s. San Pablo cita como escritura Sagrada a Dt. 25, 4 juntamente con una frase que hallamos en Lc. 10, 7; pero no puede afirmarse con certeza tal referencia al Evangelio escrito.
En cambio II Pe. 3, 16 coloca las epístolas de San Pablo en el mismo plano de las «otras escrituras». Es inútil transcribir testimonios de los Padre s, pues desde los escritos de la misma edad apostólica afirman unánimemente la inspiración de toda la Sagrada Escritura; y no solo eso, sino que dicen, además, que se trata de verdades de fe predicada de un modo clarísimo en la Iglesia (cf. Orígenes, De principiis, I, 4, 8). En cuanto a la naturaleza de la inspiración, podemos clasificar las enseñanzas de ellos. 1.º Los primeros apologetas en particular, para describir la acción de Dios sobre el hagiógrafo, reproducen las expresiones e imágenes bíblicas (II Tim.; II Pe.; Am. 3, 8; Jer. 20, 9;. v. Profetismo) con la terminología que emplearon Platón (Tim. 71 E-72 B; Menon 99 CD; fon. 533 Dss.), Virgilio (En. VI, 45-51. 77-80), Lucano (Farsalia V, 161 ss.), etc., para el fenómeno estático: el profeta es instrumento, órgano de Dios (Atenágoras, Leg. 7, 9 s.; 276ATeófilo, Ad Autol. 1, 14; 3, 23; Cohort. 8; PG 6, 904 ss.; 1045. 1156; 256).
Pero contra los montañistas , que admitían, de acuerdo con los citados autores paganos, la inconsciencia del autor inspirado, precisaban enérgicamente que el autor humano es absolutamente consciente y libre bajo la acción de Dios (cf. Miltiades en Eusebio, Hist. Eccl. V, 17). 2.º Dios «dicta», «dice» los libros sagrados. San Ireneo: «Las Sagradas Escrituras son perfectas por haber sido dictadas por el Verbo de Dios y por el Espíritu Santo» (Adv. haer. II, 28, 2; cf. IV, 10, 1; San Jerónimo, Ep. 120, 10; San Agustín, en Ps. 62, 1, etc. PL 22, 997; 36, 748). 3.º Dios es «autor» (auctor en latín = escritor) o escritor de la Sagrada Escritura (Clemente Alejandrino, Strom. 1, 5: PG 8, 717; San Ambrosio, San Agustín, San Gregorio M.; PL 16, 1210; 42, 157; 75, 517), a la que se llama «carta que Dios nos ha enviado desde la patria lejana» (San Crisóstomo, PG 53, 28; San Agustín, PL 37, 1159. 1952; San Gregorio M., PL 77, 706).
San Gregorio se expresa así: «Pero es enteramente inútil preguntar quién las ha escrito (estas cartas de Dios a la humanidad que son las Sagradas Escrituras; o sea preguntarse cuál sea el instrumento de que Dios se ha servido) cuando en realidad se cree que el autor del libro es el Espíritu Santo. El que en realidad escribió fue el que dictó todo lo que había que escribir. El que escribió fue inspirador de aquel trabajo y mediante la voz (la expresión) del que escribía nos transmitió sus vicisitudes para que lo imitásemos (In Job, praef.).
Los documentos de la Iglesia van sucediéndose desde el s. V en adelante (EB, n. 28. 30 etc.). Contra los maniqueos que rechazaban el Antiguo Testamento, atribuyéndolo al principio del mal, dichos documentos profesan y sancionan la unidad de los dos Testamentos y la identidad de su autor divino. En tal sentido se pronuncia también el Concilio Florentino (EB, n. 48). El Concilio de Trento (EB, n. 59-60) definió el Canon (v.) y confirmó la inspiración divina de todos los libros que lo integran, contra los protestantes, que en un principio admitían la inspiración bíblica y hasta la extendían indebidamente a las tildes y a los acentos, que son posteriores a los originales, pero rechazaban algunos libros como no sagrados.
La definición dogmática de esta verdad se dio en forma solemne en el Concilio 276BVaticano (24 de abril de 1870; EB, n. 79) contra los racionalistas (desde Ioh. Sal. Semler, 1725-91, G. Paulus, D. Strauss en adelante) y semirracionalistas (Schleiermacher, Rothe, etc.), que trataban de los libros sagrados y los juzgaban con la misma medida con que se juzgan y se tratan los otros libros. Tal definición fue repetida por León XIII en la Providentissimus; por Pío X (decr. Lamentabili, en EB, n. 200 s.) en la condenación de los modernistas, que no admitían de la inspiración más que el nombre (Loisy: «Dios es autor de la Sagrada Escritura del mismo modo que es arquitecto de la basílica de San Pedro»), por Pío XII en la Divino afflante Spiritu, en AAS (1943) 297-326. Naturaleza de la inspiración . Santo Tomás, especialmente en la IIa IIae, qq. 171-174, ordena sistemáticamente los elementos bíblicos y patrísticos, ilustrando con radiante luz la acción de Dios sobre el hombre, instrumento suyo, y el efecto que de ahí resulta. Trata directamente de la inspiración profética o influjo divino sobre el profeta para que hable en su nombre (v. Profetismo) y no de la inspiración en orden a la composición de los libros sagrados.
Pero una y otra inspiración son sustancialmente idénticas, de suerte que el tratado de Santo Tomás es aplicable íntegramente a la inspiración bíblica. El Doctor Angélico enunció unos principios fundamentales tan sólidos, seguros y decisivos que durante muchos siglos no se añadio ninguna cosa de importancia a su exposición. León XIII , en la Encícl. Providentissimus (EB, nn. 81-134), fundamental y decisiva especialmente a este respecto, reproduce íntegramente la doctrina de Santo Tomás y la aplica detalladamente a la inspiración bíblica en orden a la composición de los libros sagrados, reduciendo así a la unidad y a la claridad tomista a cuantos se habían alejado de ella, de entre los católicos, para seguir otros derroteros. Tal doctrina aparece reproducida, confirmada y aclarada en algunos puntos en la encíclica Spiritus Paraclitus de Benedicto XV (EB, nn. 44-495), en la Divino afflante Spiritus y en la Humani Generis (AAS [1950] 563, 568 ss., 575 ss.).
La inspiración, en cuanto acción divina, considerada en sí misma, es un don, un «carisma» otorgado por Dios, no para la santificación personal del que la recibe (gracia santificante), sino para bien de la Iglesia. Es carisma de orden intelectual: es esencialmente una luz sobrenatural infundida por Dios, bajo cuya influencia el hombre emite sus juicios. Por lo mismo no es estable en el hombre, sino que n i INSPIRACIÓN 277Asolamente le es infundida en orden al libro que va a escribir y en períodos destinados a tal fin. No va necesariamente enlazada con la santidad del individuo: Dios elige a quien quiere, y ni el mismo inspirado es consciente de tal don.
Ante esta acción divina , el hombre reacciona con manifestaciones vitales. Y si Am. 3, 8 (el león ruge, ¿quién no tiembla? Dios habla, ¿quién no profetiza?) y II Pe. 1, 21, pudieran inducir a pensar en cierta carencia de libertad, Is. 6, 5-8.11; Jer. 20, 9, con 1, 6; Ez. 1, 3; 3, 22, con 3, 17-21, y especialmente Lc. 1, 1-5; II Mac. 2, 24-33, atestiguan claramente la plena conciencia, la correspondencia vital y el pleno funcionamiento de la mente y de la voluntad del inspirado (A. Bea, en Studia Anselmiana, 27-28, Roma 1951, pp. 47-65). Téngase en cuenta la diversidad de estilo, las deficiencias de forma, etc. El gran mérito de Santo Tomás está precisamente en el método.
No procede con abstracciones, construyendo sobre términos entendidos genéricamente, sino que se funda sólidamente en datos bíblicos y patrísticos. Dios es autor (escritor), el hombre es autor; Dios ha empleado al hombre como instrumento; le ha dictado (dictar = inspirar), le ha inspirado todo el libro. Todo el libro es de Dios , todo el libro es del hombre; principalmente de Dios, a la manera como todo efecto procede de la causa principal y juntamente de una causa segunda instrumental. No podemos desviarnos de estos datos; no podemos crear un sistema que, por muy razonable que sea, niegue o disminuya la parte de Dios o la del hagiógrafo, tal como está afirmada de un modo indiscutible por la tradición y ha sido definida por la Iglesia. Basta considerar la energía con que los Padres rechazaron a los montañistas que exageraban la parte de Dios, reduciendo al inspirado al estado de inconsciente. Igual error cometieron los primeros protestantes hablando de dictadura en el sentido más riguroso y reduciendo. al inspirado a la situación de una mera máquina.
En cambio ha habido escritores católicos que, por defender la libertad y la vitalidad del hombre bajo la inspiración, y, más recientemente, queriendo explicar eventuales imprecisiones o errores físicohistóricos, trataron de restringir lo más posible la parte de Dios. Se llegó a decir que algunos libros históricos podían llamarse inspirados (Lessio y Bonfrére) o realmente lo eran (D. Haneberg) únicamente por haber sido declarados como inmunes de 277Berror y aprobados por la Iglesia (a lo que se llamó inspiración subsiguiente). Pero no se percataban de que de tal suerte el libro, como escrito por el hombre, por más que hubiere sido aprobado, no pasaba de ser humano y nada tendría de divino: Dios no sería entonces su autor. G. Iahn sostuvo que para la inspiración bastaba la simple asistencia del Espíritu Santo, como la que es concedida al Sumo Pontífice cuando define solemnemente una verdad de fe, para preservarlo de todo error.
Pero es evidente que tal asistencia negativa hace el libro infalible, pero en manera alguna divino como lo exigen los datos bíblicos y tradicionales. Nadie ha llamado jamás divinas a las definiciones solemnes e infalibles del Sumo Pontífice, que nadie puede comparar con la palabra de Dios, con la Sagrada Escritura. Franzelin, a quien siguieron muchos hasta la encíclica Providentissimus, para asegurar la libertad del hagiógrafo creyó que debían distinguirse los cometidos atribuyendo las ideas a Dios, y su reducción a palabras y al ropaje literario al hagiógrafo. Era una vivisección desprovista de lógica, contraria a la sicología: en nosotros no se dan las ideas puras, que estén enteramente separadas de las palabras.
Pero sobre todo era una incomprensión de la tradición: autor = escritor. Recuérdense las citas que hemos hecho de San Gregorio: escribió el que dictó (inspiró). Franzelin quiso proceder en forma abstracta; Dios es autor. Veamos si puede decirse siquiera eso, puestos en el caso de que solo hubiese dado las ideas, colocándolas en la mente del hombre, como se colocan en una pinacoteca cuadros incompletos, para que allí se les retoque y se les conserve.
Pero los Padres, siguiendo los pasos de los Apóstoles, insisten en que se deben considerar incluso las palabras como divinas o como quiera que se las haga depender de Dios, y por tanto como punto de apoyo para argumentar (Hebr. 8, 13; 12, 26, etc.). Y en cuanto a las mismas ideas, son de Dios y juntamente del hombre. Prácticamente no hay ni un solo instante en que el hombre obre por sí solo, como tampoco se realiza nada por parte de Dios si no es por medio del hombre. Y los escritores más recientes que quisieron restringir la inspiración a solas las verdades dogmáticas (F. Lenormant, S. Di Bartolo), admitiendo el error en las otras partes, además de oponerse a cuanto acabamos dé exponer, atentan directamente contra el principio universalmente atestiguado por los Padres y por el Magisterio infalible de que toda la Sagrada 278AEscritura es inspirada y no puede hallarse en ella error alguno. • La causa del error , especialmente en estos últimos escritores, y también en muchos de los precedentes, estriba en no haber distinguido entre inspiración y revelación. Todo es inspirado en la Biblia, pero no todo es revelado (Synave-Benoit, pp. 277-82, 300-309, 335-38).
La revelación lleva consigo la comunicación del objeto por parte de Dios, la de la misma materia que se ha de exponer. Pero ordinariamente el hagiógrafo escribe lo que conoce con sus fuerzas, lo que ha aprendido diligentemente (Lc. 1, 1-5; II Mac. 2, 24-30). Lo esencial, como decía Santo Tomás, es la luz divina para juzgar el objeto percibido, sea por revelación, sea por vía natural con el estudio y la investigación. Así los evangelistas nos cuentan lo que ellos mismos (Mt., Jn.) han visto, o lo que han aprendido (Mc., Lc.) de viva voz de los Apóstoles. Ya Santo Tomás establecía una tajante distinción entre la selección, la preparación del material y la redacción escrita. La acción de Dios comienza con el principio de la composición; la preparación previa no pertenece a la inspiración.
En otros términos: la Sagrada Escritura no debe considerarse como un libro creado y dado al hombre a manera de comunicación, aunque solo sea parcial, de la divina omnisciencia; Dios ha querido hablar a los hombres, comunicarse con ellos por escrito, por medio de otro semejante a ellos, adaptándose a la mentalidad de este, a la nuestra. Santo Tomás sintetizó perfectamente toda la doctrina católica en este principio: Dios autor principal, el hagiógrafo autor instrumental (Quodl. 7, a. 14, ad 5). Para explicar el proceso de la acción de Dios sobre las facultades del hagiógrafo basta desarrollar el principio ontológico de la causa instrumental. La causa agente puede ser doble: principal e instrumental. La primera obra por sola su propia virtud; la segunda solo obra en virtud de una moción previa que recibe de la precedente.
Para tal acción el instrumento es elevado a una capacidad superior a su naturaleza, adecuada a la virtud del agente principal, y es también aplicado a la acción. El pincel tiene una virtud que le es propia, la de extender los colores, mas para pintar un cuadro es preciso que el artista lo aplique y le comunique su capacidad (extender los colores siguiendo determinados dibujos y reglas). Así el instrumento, además de su propia capacidad, adquiere otra más elevada, superior a su naturaleza.
No se da un momento en que el pintor por sí solo, 278By menos aun el pincel solo, actúen en orden a obtener el efecto que, por lo mismo, es todo del uno y todo del otro, aunque de manera diferente, pues al instrumento solamente le pertenece por la virtud que le ha comunicado el principal agente. Ha de tenerse también en cuenta que el instrumento no cambia de naturaleza en manos del artista: si era defectuoso, defectuoso se queda, y pone en acto la virtud recibida del agente principal aplicando al efecto su propia capacidad tal cual es. Por consiguiente nada tiene de extraño el que en el efecto se comprueben las huellas de los que han concurrido juntos para producirlo, y de ahí los eventuales defectos del instrumento.
Para escribir un libro: A) El entendimiento : 1.º) debe concebir las ideas, coordinarlas para emitir juicios y finalmente declararse en pro de su verdad y certeza: 2.º) ha de formular la decisión de ponerlos por escrito para comunicarlos a los demás, puesto que este trabajo intelectual podría quedarse en la fase de simple «concepto»; 3.º) ha de escoger y procurar la forma externa (o ropaje literario) más congruente: género literario, estilo, elección de vocablos, etc. B) El juicio (2.°: llamado práctico) del entendimiento mueve la voluntad que mediatiza la actuación y la inicia. C) La voluntad mueve y aplica todas las otras facultades inferiores ejecutivas (memoria sensitiva, fantasía, nervios, etc.). Para la concepción de las ideas Dios interviene robusteciendo, aumentando la luz de nuestro entendimiento.
Los escolásticos llaman entendimiento agente a nuestra facultad en su primer acto, en relación con la concepción de la idea. Los objetos externos penetran en nosotros a través de los sentidos que transmiten a la fantasía la imagen sensible de aquellos (= especie sensible expresa). Tal especie es transformada por la luz del entendimiento, y así se hace capaz de expresar la idea inmaterial. Esta segunda operación (del entendimiento posible, según la terminología escolástica) está íntimamente enlazada con la primera, incluso en orden a la cualidad de la idea: si la luz es poderosa, la idea es clara, distinta. Se nos habla de intuición, de genio: es la potencia de nuestro entendimiento, que en ciertos hombres es extraordinaria.
Así, pues , la acción de Dios sobre el entendimiento es doble: fortalece y eleva la luz natural, y luego aplica y eleva al entendimiento de modo que exprese la idea, formule juicios, etcétera. Por consiguiente, la idea y los juicios 279Ason divinos y humanos. He ahí por qué no pueden contener errores, o sea que son infalibles. El efecto no tiene esa característica sino por la virtud divina que se comunica al hombre. De igual modo obra Dios respecto del juicio llamado «práctico». Algunos católicos habían pensado que la acción divina comenzaba aquí. En realidad, al emitir tal juicio el entendimiento vuelve sobre las ideas ya formuladas y las aprueba, por lo que sería suficiente que el influjo de Dios recayese sobre tal revisión para estar seguros de su verdad.
Pero en tal caso las ideas, en cuanto a su concepción, no pasarían de ser humanas y solo humanas, siendo así que se trata de ideas divinas. León XIII dice tajantemente que la acción de Dios.se ejerce sobre el hagiógrafo «para que conciba perfectamente» lo que Dios quiere. La elección de los vocablos y de la forma externa es sicológicamente inseparable de la concepción de las ideas y de la formulación de los juicios, y a ella se extiende igualmente el influjo divino, de suerte que las verdades propuestas por Dios son expresadas «de un modo adecuado». Eso es lo que se llama «inspiración verbal». Franzelin y muchos otros quisieron negarla partiendo de un concepto abstracto de «autor», como si no fuese equivalente a «escritor».
En realidad no puede sustraerse al influjo divino esta parte tan importante e inseparable de la precedente, y sería incluso un atentado contra el principio ontológico de causa instrumental. Por otra parte, después de la encíclica Providentissimus todos los autores han vuelto a la doctrina tomista. Para que Dios sea verdadero autor del libro es necesario también que intervenga sobre la voluntad del hagiógrafo, en forma tal que este ponga todos los actos necesarios para la exteriorización del trabajo del entendimiento. Dios mueve (aplica) y eleva la voluntad de suerte que el efecto se produce infaliblemente.
Trátase de moción previa (como hemos dicho respecto de las relaciones entre el agente principal y el instrumento)» física (no solo moral, como, por ejemplo, las circunstancias externas pueden inducir a uno a escribir: los ruegos de los romanos a San Marcos para que escribiese el evangelio), interna, inmediata; de otra suerte el hombre no sería causa instrumental. Este influjo deja íntegra la libertad, lo mismo que 'sucede en relación con la gracia divina: se trata de la acción sublime de la Causa primera. Los mismos autores sagrados tienen la sensación de que se deciden y escriben libremente (Lc. 1, 1; cf. Rom. 15. 15 ss.: II Cor. 7, 8 s., etc.).
279BDios, que ha dado el ser a las creaturas y las conserva, mueve también a cada una de ellas según la condición de la naturaleza propia de ellas, y por tanto las libra conservando y respetando su libertad (Santo Tomás, I, q. 83, a.1 y ad 3; De Malo, q. 3, a. 2). Dios «asiste a los escritores sagrados de suerte que puedan expresar debidamente, con infalible verdad, todo y solo lo que Él quiere». Con tal frase León XIII habla del influjo positivo de Dios incluso sobre las facultades ejecutivas. Y tal influjo no ha de ser necesariamente inmediato, es decir, que no tiene que ejercerse sobre cada una de ellas directamente; es suficiente que se ejerza por medio de la voluntad, de la que todas ellas dependen y que las mueve a todas. «Dios otorga una particular y continua asistencia al escritor en tanto este no haya terminado el libro» (Benedicto XV, Encícl. Spiritus Paraclitus, en EB, n. 448). Por consiguiente no hay nada en el hagiógrafo que sea ajeno a esta acción divina; no se da un momento en que trabaje por sí solo, y por lo mismo todo el libro es igual e íntegramente inspirado, es decir, divino y humano.
El hombre no tiene conciencia de la acción de Dios; se ha afanado por recoger el material y sigue afanándose por componer el libro. Además de ser libre , bajo la influencia de la inspiración, el autor explica toda su actividad, aplica y manifiesta sus dotes, su cultura, su índole, su mentalidad. He ahí por qué ya los Padres hacían notar las diferencias en el modo de concebir, en el estilo; la sublime poesía del culto Isaías; la rudeza de Amos; los conceptos propios de San Juan en el IV Evangelio y de San Pablo (Rom. etc.) a propósito de la Redención; las diferencias entre los mismos Sinópticos. Todo el libro es de Dios y del hagiógrafo. Con solo explicar su propia virtud, el hombre ha puesto en acto la que en aquel momento le ha sido comunicada por Dios, y así nosotros sabremos lo que Dios ha querido decimos, averiguando lo que el hagiógrafo ha querido expresar (v. Hermenéutica). Toda la Biblia es inspirada, tiene a Dios por autor y es, por tanto, «palabra de Dios». Mas no todo en el mismo grado, pues la inspiración no presenta en cada uno de los elementos del libro la revelación de un pensamiento divino.
Cuando se dice que lo accesorio es revelado, como lo es lo esencial, no se afirma que lo sea en el mismo grado y por sí mismo. Lo acce 280Asorio es inspirado en función con lo esencial y en la proporción en que lo sirve. El escritor no intenta escribir más que la «historia de la salvación» o «de nuestras relaciones con Dios», iluminar a los lectores con miras a ofrecerles cuanto necesitan para salvarse y dar gloria a Dios. Pero no presenta un árido catálogo de fórmulas dogmáticas y de preceptos, no ofrece una serie de «juicios formales», sino que escribiendo como hombre y para los hombres emplea mil medios para presentar, ilustrar y hacer aceptar su mensaje. Así que ningún detalle es superfluo cuando contribuye a que el libro sea más bello, más agradable y por tanto más útil. El primer verso de la Biblia es un juicio formal, una verdad dogmática fundamental: «En el principio creó Dios el universo». Esto es esencial; en los vv. siguientes se describe de un modo popular y artístico cómo fue la creación, y ese modo responde a los imperfectos conocimientos del tiempo. Eso es lo accesorio. Está inspirado, sencillamente.
Mas no por sí mismo, pues la Biblia no intenta ser, no es un tratado científico de geología, astronomía, etc. También eso es «palabra de Dios», en cuanto se halla en la Sagrada Escritura, y Moisés así pensaba verdaderamente y así escribió; mas no es «formal aserto de Dios», revelado por Dios. Cuando el autor sagrado escribe que el perro de Tobías movía la cola, lo hace con el talento consciente de un narrador que quiere agradar con lo pintoresco. Mas es claro que no afirma este detalle en sí mismo, sino que lo utiliza en función con el resto del libro y según el papel, bastante modesto, de simple ornamento. De igual manera, cada uno de los elementos del libro sagrado debe ser juzgado según su efectiva contribución a la finalidad y al conjunto del libro, pero no se le puede desligar del contexto, ni dar un valor absoluto adulterando las intenciones del autor. Haciendo obrar al espíritu humano sin violar su propio modo de obrar, el influjo inspirador invade todo lo que es fruto de ese obrar, pero garantiza cada uno de sus elementos en la medida intentada, querida por el autor.
Cuando este quiere enseñar como absolutamente cierta una proposición (Gén. 1, 1), esa proposición es absoluta e infaliblemente cierta; mas cuando presenta, mediante los conocimientos y el lenguaje de su tiempo, una descripción artística sobre el modo de la creación, con el fin de inculcar la observancia del sábado, sin ponderar el valor absoluto (lo cual no entraba en su intención), Dios ha querido que se nos hablase de tal modo (los vv. son igualmente 280Binspirados) y por tanto solo estamos seguros de que el autor pensó y escribió así. Un elemento que solo figura en el texto como ornamento literario es inspirado, pero solamente en cuanto tal. Así cuando el hagiógrafo expresa dudas, temores, sentimientos a veces imperfectos (Jer. 15, 10; Gál. 3, 1), Dios quiere dichas expresiones, y la inspiración nos asegura que efectivamente el hagiógrafo dudó, etc.: los sentimientos expresados permanecen exclusivamente humanos. En efecto, no se trata aquí directa e inmediatamente de «juicios», es decir, de actos de la voluntad.
En cuanto están expresados en el libro inspirado (y solo en este punto comienza la inspiración), implícitamente se afirma que el hagiógrafo realizó esos actos, y por lo mismo tal juicio debe ser infaliblemente verdadero. Pero los mismos actos en sí mismos, como no pertenecen al entendimiento, siguen siendo lo que eran, simples actos del hagiógrafo. Inerrancia. Cuestión bíblica . — El haber confundido inspiración con revelación y el haber admitido, como consecuencia, que todo elemento de la Biblia por el hecho de ser inspirado era «palabra de Dios» en sentido unívoco, es decir, «revelación de Dios», fue la única causa de la desbandada de algunos católicos ante las dificultades formuladas contra la inspiración de la Biblia por las ciencias físicas y por los datos arqueológicos. Que el error sea incompatible con la inspiración es una simple deducción de los principios expuestos, y tal incompatibilidad es enseñada sin atenuantes y sin dudas por todas las fuentes y por el Magisterio eclesiástico. No existe sobre esto ninguna definición formal, pero se trata igualmente de verdad de fe: la Escritura inspirada no puede contener error.
Trátase, naturalmente , de los textos, de los términos dirigidos por la acción de Dios y la labor del hagiógrafo; las versiones solo participan de la inspiración y de la inerrancia en cuanto presentan fielmente el sentido y la forma de los originales. Se trata de todo cuanto el hagiógrafo ha querido expresar y según el modo cómo lo ha formulado. Tal sentido literal se deduce de los principios de la hermenéutica (v.), teniendo en cuenta el género (v.) literario elegido por el hagiógrafo. La verdad es correspondencia adecuada de nuestra mente con el objeto, y esa correspondencia se da en el juicio, es decir, en el acto formal con que el entendimiento afirma su proporción con el objeto del conocimiento.
Ese juicio formal y la verdad que en él se expresa pueden estar limitados por tres movi 281Amientos principales: por parte del objeto, cuando el entendimiento no los conoce en sí mismo sino bajo uno solo de sus múltiples aspectos (objeto formal del entendimiento); por parte del mismo sujeto, cuando este no se adhiere y se reserva el juicio o lo debilita con los diferentes matices: probable, posible, conjetura, etcétera; por parte de la misma enunciación, cuando no exige el asentimiento del lector y expone, por ejemplo, una opinión personal, o acepta un género literario ficticio en el que los detalles no figuran como históricos, sino como expresiones literarias de la verdad enseñada. Con la primera limitación (establecer el objeto formal) se resuelven fácilmente las dificultades provenientes de las ciencias físicas: geología, astronomía, zoología. La Sagrada Escritura no es un tratado científico: «El Espíritu Santo — que es quien hablaba por medio de los hagiógrafos — no quiso enseñar a los hombres cosas que no tienen utilidad alguna para la salvación eterna» (San Agustín, Gén. ad liít. 2, 9.20; PL 34, 270; cf. 42, 525).
El hagiógrafo describe «lo que aparece a los sentidos» (Santo Tomás, I, q. 68; a. 3), sigue los conceptos del tiempo, el lenguaje común. No es de su incumbencia el emitir un juicio a ese respecto, ni podría haberlo hecho (p. ej., afirmar que es la tierra la que gira alrededor del sol, etc.), de no haber mediado una revelación que no solo era inútil para la historia de la salvación, sino que incluso habría sido perjudicial, pues nadie lo habría creído, ya que los sentidos veían al sol, a la luna, etc., moverse y girar en torno a la tierra. Así nadie tilda de erróneo al hecho de hablar del ocaso y del nacer del sol, cuando no se trata de un manual de astronomía sino de una novela en la que se emplea el lenguaje común, y donde, al contrarío, sería un error el andar en busca de un juicio formal sobre la naturaleza íntima de tales fenómenos. «El Espíritu Santo no intentó enseñar a los hombres cuál sea la constitución íntima de la naturaleza visible., y por eso al describir los fenómenos de la naturaleza, o emplea un lenguaje figurado, o recurre al lenguaje corriente que se amolda a las apariencias sensibles» (Providentissimus, en EB, n. 121).
La misma limitación (objeto formal) se tiene presente cuando se trata de la historia. Así hay que darse cuenta de que uno es el punto de vista de la historia científica, que busca por sí misma el tamizar los detalles de los hechos más insignificantes, y otro el de la historia religiosa o apologética, que intenta deducir las grandes lecciones del polvo de los 281Bacontecimientos y los desarrolla únicamente con ese fin, sin falsificarlos, ciertamente, pero sin preocuparse de la minuciosa exactitud de los mismos. Por otra parte semejante característica científica es solo de los modernos o, a lo más, de los historiadores clásicos muy posteriores, y es un contrasentido el querer buscarla entre los antiguos escritores semitas. Es cierto que no puede afirmarse para la historia todo cuanto se ha dicho para las ciencias físicas. La historia exige que el hecho narrado haya sucedido efectivamente. Pero hay que tener presente las otras dos limitaciones apuntadas. El autor sagrado no siempre afirma en forma categórica, pero Dios, por su parte, hace suya y aprueba la afirmación del hagiógrafo, tal como es, con sus diferentes matices.
No puede permitir que presente como cierto lo que es dudoso o viceversa, pues en este caso se daría el error. Pero lo autoriza, o más bien lo induce a que limite su indagación personal al grado de certeza requerido por la importancia del asunto en la economía o en el cuadro general del libro. Por tanto, el autor sagrado puede citar, tomar una narración, dejando enteramente la responsabilidad a la fuente, sin afirmar o desaprobar y sin advertir expresamente que se trata de una cita (v. Citas implícitas), conforme al modo de escribir de los antiguos semitas (I. Guidi, V historiographie chez les Sémites, en RB, N. S. 3 [1906] 509-19). Finalmente, el autor puede recurrir a una ficción para proponer un acontecimiento histórico henchido de doctrina religiosa o moral (v. Judit ), o una verdad religiosa (v. Jonás, Cantar de los Cantares) y moral (v. Jacob, Parábola). En tal caso la dificultad histórica no surge sino del desconocimiento o de la intención del hagiógrafo, y por querer considerar como históricos detalles no elegidos ni propuestos como tales sino como simples figuras literarias.
He ahí la necesidad de fijar el género literario peculiar de cada libro, para poder establecer el sentido literal según las reglas propias de cada uno de los géneros (v. Géneros literarios; Divino Afflante Spiritu, en RB, nn. 558-560). Ahora bien , puede ya decirse que por lo que atañe a la parte teórica está ya resuelto el problema relativo a estos puntos, objeto de la tan célebre Cuestión bíblica que se debatió a principios de siglo entre los llamados seguidores de la «escuela ancha» (v. Hummelauer, y especialmente M.-J. Lagrange, Prat, etc.) y los tímidos conservadores. La Encícl. Divino Afflante Spiritu, al admi 282Atir los géneros literarios y promover el estudio de los mismos, ha resuelto la disputa en favor de la primera, al menos en parte y con las debidas rectificaciones, particularmente las de su gran precursor M.-J. Lagrange, y con las preciosas y autorizadas precisiones que permitían hacer cerca de 50 años de estudios.
Y el mismo Pío XII, al comprobar los grandiosos progresos realizados en estos últimos 50 años (Divino Afflante Spiritu, 1943) por la exégesis católica, atribuía su principal mérito a la Providentissimus de León X III; y efectivamente a esta encíclica se debe el haber asentado con claridad la exacta doctrina sobre la inspiración, concepto teológico que permite al exegeta proceder sin trabas y con firmeza en su paciente y grandioso cometido. Concluiremos con la definición que unánimemente dan ahora todos los exegetas: La inspiración es un influjo sobrenatural carismático, en virtud del cual Dios, autor principal de la Sagrada Escritura, somete, eleva y aplica todas las facultades del hagiógrafo, instrumento suyo, de suerte que el hagiógrafo conciba con el entendimiento, quiera escribir y consigne fielmente por escrito todo y solo lo que Dios quiere que sea escrito y entregado a la Iglesia. Como se trata de un fenómeno sobrenatural, no podemos saber cuándo un libro es inspirado si Dios no nos lo revela, mediante el Magisterio de la Iglesia, a la que el mismo Dios ha confiado tal cometido dotándola de la prerrogativa de la infalibilidad.
La revelación de Dios es el criterio remoto; el Magisterio de la Iglesia, que nos da a conocer el sentir de la tradición, es el criterio próximo, que es infalible, y, por serlo, no puede inducirnos a error; es universal, o sea que es aplicable a todos y a cada uno de los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento; es claro, es decir, accesible para todos, porque no requiere estudios históricos e investigaciones personales sino únicamente humilde y devoto asentimiento a la autoridad infalible de la Iglesia. [F. S.]
Bibliografía
A. Bea, De inspiratione Scripturae Sacrae, Roma 1930. P. Synave - P. Benoit, La prophétie (S. Thomas, Somme Théologique), París 1947, pp. 269-378. G. Perrella, Introduzione generale (La S. Bibbia), 2.ª ed., Torino 1952, pp. 13-108 y Docum., con recentísima y rica bibliografía.
J. M.ª Boyer, La verdad histórica de la Biblia en el Magisterio eclesiástico, en EstB 7 (1948)
1. Iglesias, inspiración e inerrancia de la S. Escritura, en CB, III (1946) 29.
Voces relacionadas
Internas
- TALMUD
- APÓSTOLES
- LOGOS
- ESPÍRITU Santo
- DAVID
- SALMOS
- JESUCRISTO
- TRANSFIGURACIÓN
- ESCRITURA SAGRADA
- EVANGELIO
- PADRE
- PROFETA. Profetismo
- DOCUMENTOS pontificios
- MARCOS
- ISAÍAS
- REDENCIÓN
- SINÓPTICOS
- HERMENÉUTICA
- MOISÉS
- TOBÍAS
- CITAS implícitas
- JUDIT
- JONÁS
- CANTAR DE LOS CANTARES (El)
- JACOB
- PARÁBOLA
- GÉNEROS literarios