ROMANOS (Epístola a los)
Es la más didáctica de las epístolas de San Pablo, entre las cuales ocupa indiscutiblemente el primer puesto. La caracterizan la profundidad y la sublimidad de la doctrina, y la belleza de estilo. Es la síntesis más completa de la esencia del cristianismo, en sí mismo y en sus relaciones con la antigua alianza , y hasta con el plan salvador de Dios desde el comienzo de la humanidad. En la epístola a los Gálatas (v.) ya se habían tratado estas relaciones con el Antiguo 513ATestamento en fuerte polémica contra los judaizantes, unas veces con alusiones y otras por medio de argumentos adecuadamente desarrollados, pero siempre en una forma agitada. En cambio en Rom. la exposición se ha vuelto vivísima por la forma literaria, que es de una diatriba cínicoestoica en la que el autor interpela a un contrincante ideal, cual si estuviese presente, con el que entabla una especie de diálogo poniendo en boca suya las objeciones, a las que siguen agudas respuestas. Pero es únicamente didáctica, expositiva, y es la epístola que más se parece a un tratado teológico.
Escribióla San Pablo durante el invierno del 57-58, en los tres meses que pasó en Corinto, hacia el final de su tercer viaje apostólico, antes de echarse a la vela para Siria con las colectas destinadas a los pobres de la comunidad de Jerusalén (Act. 20, 2 s.; Rom. 15, 25 s.). Ya en los primeros momentos de su estancia en Éfeso (h. el 53) tenía el Apóstol la intención y el deseo de ir a la capital del Imperio (Act. 19, 21), para seguir después el viaje hasta España (Rom. 15, 23 s.). Ahora, por fin, ha llegado el tiempo de realizar ese intento en vano procurado hasta entonces (Rom. 1, 11 ss.), y quiere preparar su entrevista con la comunidad cristiana de Roma, a la que, por razón de la importancia que el Apóstol le atribuye, expone la posición que corresponde a la nueva religión frente a la israelita y en orden a la humanidad entera. Estando compuesta en su mayor parte para la comunidad de Roma de gentiles convertidos, y dado el ambiente cultural variado y abierto del centro del imperio, era ésta la que mejor dispuesta se hallaba para una precisión teológica de tal importancia.
Ya en el exordio, envuelta entre los acostumbrados y fervorosos saludos, la propia presentación y el motivo del escrito, hallamos concisamente expuesta una cristología perfecta en una síntesis de todo lo que va a desarrollar en la epístola. Jesús , verdadero Dios y verdadero hombre, redentor, muerto y resucitado, es el objeto del evangelio (es decir, de la nueva doctrina), o sea el cristianismo; de ese evangelio que es la realización de cuanto Dios había predicho y preparado en el Antiguo Testamento, o en otros términos, realización del plan salvador formulado por Dios, en beneficio de todos los hombres, a quienes bastará acatar tal doctrina, «la fe», es decir, la completa adhesión de cada uno a los preceptos de Jesús, a su palabra (1, 1-15). El tema de la epístola está formalmente 513Bpropuesto en 1, 16-17: « Jesús ejecuta los designios de la divina misericordia sobre la humanidad». En el evangelio se manifiesta la justicia de Dios , o sea ese divino atributo con tanta frecuencia alabado en el Antiguo Testamento, por el que se significa ante todo la misericordiosa voluntad de Dios en mantenerse fiel en cumplir sus promesas de salvación.
De ahí que sea frecuente la oposición de los dos términos «justicia» y «salvación» (cf. Is. 46, 13; 51, 6, etc.); y en segundo lugar, la actividad de Dios en cuanto juez que castiga las infracciones de la alianza . Como si dijéramos que el evangelio, o sea la nueva alianza , realiza la antigua y, por tanto, es una prueba de la fidelidad de Dios a las promesas formuladas en aquélla, a las cuales se había comprometido, ligándose como parte contrayente; y todo eso, a pesar de las violaciones por parte de Israel, el contrayente humano. Recuérdase todo lo que se ha precisado en la voz Alianza . El desarrollo del tema sigue hasta el c. 11, razón por la cual se llama a estos capítulos «la parte dogmática». En los cc. 12-16 se sacan las conclusiones prácticas, siempre encaminadas a las necesidades reales de los fieles a quienes va dirigida la epístola. El Dios de la revelación, queriendo manifestar al mundo su bondad, se ha servido de Cristo para sacar bien del mal. Y efectivamente, Cristo crucificado, única salvación del mundo pecador, es la expresión más elocuente que cabe imaginar del amor que Dios nos tiene. Con razón se ha advertido que la antítesis es el alma de la dialéctica paulina.
Para hacer resaltar toda la fuerza de este tema positivo, San Pablo lo pondrá en oposición con el tema negativo de la miseria del hombre sin Jesús : la de todo hombre: del gentil y también del hebreo.
No se trata aquí de argumentos metafísicos, sino de una ojeada sobre la historia, sobre la realidad humana. 1, 18-3, 20. Todos los hombres están en pecado ; todos necesitan la salvación. En otros términos: el designio salvador de Dios , que no puede fallar ni ser falaz, no puede considerarse como encaminado a ser realizado entre los gentiles en cuanto tales —escribe San Pablo—, como tampoco dentro del recinto del pueblo de Israel, por más que éste haya sido tan privilegiado.
Los paganos están alejados del camino de la salvación al encontrarse sumergidos en gravísimos pecados, incluso de los que son contra la naturaleza, por haber sido abandonados por 514ADios a sus propias pasiones como castigo por su culpable e insensata idolatría, ya que por el conocimiento de las creaturas podían y debían haberse remontado hasta el Creador, Ser Supremo y, en cambio, se envilecieron atribuyendo la divinidad a simples creaturas, ahogando la voz de la creación y de la propia conciencia (o sea la ley natural escrita en nuestros corazones; 1, 18-32). Y en cuanto a los judíos, que soliviantándose forman juicios inexorables contra los gentiles, son más culpables que ellos, pues a pesar de los múltiples privilegios de que Dios los ha hecho objeto, también ellos se han alejado del camino de la salvación (c. 2).
Nadie se libra del juicio de Dios, en el que a cada uno se le trata según su propia conducta: al gentil conforme a la norma de la conciencia; al judío conforme a la norma de la Ley positiva que Dios ha dado a Israel. Por eso la posesión de la Ley de Moisés es un privilegio que, lejos de librar a los judíos del juicio, hace que para ellos sea mayor la responsabilidad y, por tanto, la pena. Más que tener la Ley, lo que importa es cumplirla. La realidad de la situación de los judíos (situación histórica que se nos pone de manifiesto en los Evangelios), es que al pretender ellos ser guía de los demás hombres, más bien los alejan de la verdad con su frenética intolerancia y su rebelión a la luz. La circuncisión no tiene otro valor que el de ser una señal de entera sumisión a la voluntad de Dios , a sus preceptos. Por tanto, el gentil que observe el dictamen de la ley natural condena al judío violador de tales preceptos, con lo que se ha hecho peor que un pagano. Tal culpabilidad de los judíos, no obstante los privilegios recibidos, está confirmada por la Sagrada Escritura (3, 1-20). Dios ofrece la salvación a todos los hombres, mediante la adhesión integral a Cristo (3, 21-31).
En Jesús se revela de un modo definitivo la justicia de Dios, es decir, esa su actividad principalmente misericordiosa: Jesús realiza el plan salvador divino, cumple las promesas contenidas en la alianza establecida con Abraham. La única condición es la plena adhesión a Jesús ; y por tanto, quedan excluídas las prescripciones de la alianza del Sinaí, alianza transitoria destinada a regular la vida del pueblo elegido enfocándola hacia el Mesías futuro (v. Gálatas ). Esa condición es suficiente y necesaria para que todo hombre, cualquiera que sea la raza a que pertenezca, pueda apropiarse los beneficios reales de la redención y 514Bparticipar de este don que tan bondadosamente nos da Dios . La salvación se comunica mediante tal adhesión, según el mandato del mismo Jesús. Por consiguiente, toda pretensión judía de convertir la salvación en un monopolio de raza, o de condicionarla a la observancia de las prescripciones legales, se condena por sí misma y, por otra parte, da pruebas de que los judíos se alejaron sobremanera del plan salvador del Señor. A pesar de todo, el tal plan había sido ya anunciado por Dios desde un principio (c. 4).
La alianza (v.) con Abraham se debe a una iniciativa enteramente gratuita y misericordiosa de Dios , que atribuye a mérito de su elegido el acto de la plena adhesión a la divina promesa; y la circuncisión sólo viene después como expresión del pacto establecido. Por lo mismo era evidente que la salvación era independiente de las obras legales, comenzando por la propia circuncisión; que la salvación y justificación era un don enteramente gratuito de Dios, destinado a todos los hombres. Trátase de una bendición que de Abraham se extenderá a todos los pueblos de la tierra. La Ley dada en el Sinaí era una adaptación parcial y temporal de la antigua alianza a una nueva condición históricosocial, cual era la formación de la nación israelita. La Ley, que prescinde de la fe, multiplica las transgresiones con la multiplicación de los preceptos: hace que sea más pesado el clima espiritual. La Ley no podía sustituir al régimen de la adhesión interna (= fe) o al régimen de la gracia , lo mismo que una adaptación secundaria y temporal no reemplaza a la norma perfecta y eterna.
Cristo realiza perfectamente la alianza de Dios con Abraham, es decir, el plan salvador al que iba dirigida toda la historia y toda la revelación; y con su realización anula aquella adaptación temporal, aquellas leyes que cercaban a Israel para impedir que se contagiase del pecado de idolatría al ponerse en contacto con las otras gentes. 5, 1-11. Gracias al Redentor, la humanidad está ahora en paz con Dios : es objeto de su beneplácito, según cantaron los ángeles cuando nació Jesús (Lc. 2, 14), y ya no es objeto de ira (Ef. 2, 3).
El disfrute de este don proviene al cristiano de la posesión de las virtudes teologales: la fe; la esperanza, que comunica un gozo seguro que va fortaleciéndose con la paciencia y con la fidelidad que vence todas las tribulaciones; la caridad. Y entonces, el amor que está en Dios se derrama en el corazón del cristiano por la virtud del Espíritu 515ASanto que habita en nosotros. Pues si Dios nos amó ya cuando éramos pecadores y nos envió su Hijo, estemos seguros de que ahora, habiendo sido reconciliados con él por nuestro Mediador Cristo Jesús, nos dará todos los bienes y la vida eterna. En realidad (5, 12-21), la Redención ha restaurado en la humanidad el estado de hijos de Dios , librándola de la esclavitud del pecado , aboliendo el reino de la muerte (v.). El pecado y la muerte son universales por la desobediencia de Adán; la gracia y la vida son también universales, o sea se ofrecen a todos y para todos son posibles, con tal que nosotros queramos, por la obediencia redentora de Cristo .
El pecado y la muerte provenían de la solidaridad natural de todos los hombres con su primer padre; la gracia y la vida son efecto de nuestra voluntaria solidaridad con la nueva cabeza de la humanidad renovada. Pero la eficacia de la redención es infinitamente superior al primer pecado (v. Pecado original ). «Si por el pecado de uno solo reinó la muerte en todos, mucho más reinarán en la vida por solo Jesucristo los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la salvación.» «Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia.»
C. 6. La vida cristiana tiene, pues, su principio y su único sostén en la unión íntima con Jesús (cf. Jn. 15, 1-11: «Yo soy la vid, y vosotros los sarmientos»). La inserción en Cristo se realiza en el bautismo , semejanza de la muerte y de la resurrección de Jesús, que es, por lo tanto, causa eficiente y ejemplar de nuestra salvación. Así como Cristo murió y resucitó, así todo hombre que quiera recibir la vida ha de morir y resucitar; morir al pecado , a la mentalidad del pasado; resucitar a una nueva vida sobrenatural que Jesús nos ha traído (fe, esperanza, caridad). La inmersión en el agua representa místicamente esta muerte, y la salida del agua, después de realizado el acto bautismal, representa el comienzo de esta nueva vida que el sacramento ya recibido le ha comunicado. Debe, pues, hacer el cristiano que sea perenne esta pascua, este tránsito de la muerte a la vida, a semejanza de la gloria del Resucitado, que es una y perenne. Habiendo sido injertado en Cristo, forman con Él un solo cuerpo, y deben, por consiguiente, ser miembros santos; el pecado no debe reinar jamás sobre ellos.
C. 7. La Redención , no sólo nos ha librado del pecado , sino también de la Ley , la cual, como tal, es una lista de prohibiciones y de condenaciones condicionadas: eso es y no otra 515Bcosa todo agente externo que ejerce una presión. Cualquiera que sea la prohibición, por buena y santa que sea, provoca en la voluntad un sentimiento de reacción, acompañado de la curiosidad de tener experiencia del mal. Un ejemplo de ello tenemos en la desobediencia del primer hombre, que era inocente y perfecto; y habiendo recibido la orden de Dios , cae miserablemente. El mal, siniestro poder personificado, toma ocasión del precepto divino y mata la vida, la amistad con Dios. Esta mala disposición permanece en el hombre aun después del bautismo ; la concupiscencia es connatural con nuestro ser mortal, y a menudo se experimenta la lucha entre ella y el santo dictamen de la razón, entre el instinto del mal y los dictámenes de la conciencia. Pero ahora ya se ha ofrecido la victoria a la humanidad, mediante Jesús redentor que ha inaugurado el régimen de la gracia , y en Él todo lo podemos.
C. 8. Él nos ha librado del viejo sistema de la Ley y nos ha comunicado esa fuerza íntima que no podía dar la Ley. Pero la Redención no limita sus efectos aplicándolos a sólo el alma, sino que obra incluso la transformación del mismo cuerpo, restituyendo a la humanidad decaída la gloria primitiva, aquel estado a que Dios la había elevado y del cual cayó con el pecado . Restitución integral y, verdaderamente, una «nueva creación». Esta glorificación de nuestro cuerpo se efectuará al fin con la resurrección universal, pero es segurísima. Los cristianos tienen esa certeza por la presencia del Espíritu Santo en cada uno de ellos, por su calidad de hijos y herederos de Dios y de coherederos de Cristo , con quien sufren para ser glorificados con él.
Es también una prueba de la gloria futura la unánime aspiración de las creaturas, que por voluntad de Dios fueron sometidas al hombre que debía representarlas ante Dios recogiendo y formulando sus voces inarticuladas de alabanza al Eterno; y después de la rebelión ellas gimen a causa de esta situación anormal, pues su representante está en oposición con la disposición divina, y suspiran por que llegue el momento de ver adecuadamente restablecido el orden primitivo, la maravillosa armonía del universo, con la glorificación de todo el hombre. Pero sobre todo está seguro el hombre de la futura glorificación de su cuerpo en virtud de la grandeza y de la inmutabilidad del plan de Dios , que quiere que Jesús Resucitado esté escoltado de una inmensa fila de fieles con cuerpo glorioso como el Suyo. Con tal fin, para cada uno de los cristianos está dispuesta 516Adesde toda la eternidad una cadena de gracias que se extiende desde el llamamiento (mediante el bautismo ) hasta la justificación y la glorificación. Y, finalmente, está la prueba de la inmutable caridad de Dios, que se nos manifestó en la muerte redentora de Cristo , y de la cual nadie es capaz de separarnos, con que nosotros no queramos.
Cc. 9-11. San Pablo ha agotado el tema: la nueva economía es el cumplimiento de la antigua Alianza . Pero se da un hecho que parece estar en oposición con tal conclusión: los judíos, el Israel de las promesas, el contrayente del pacto, permanece, como grupo, fuera de la salvación. ¿Cómo, pues, realiza la redención el plan divino de salvación, si queda excluido de ella el mismo Israel al que iban dirigidas las promesas? (9, 1-5). El plan divino (9, 6-29) no ha sido modificado. En realidad, el Israel destinado a ser el beneficiario de las promesas, el «germen», no es toda la descendencia carnal de Abraham-Jacob. La salvación no podía ser un privilegio consistente en un simple factor racial: muchas veces vuelve Jesús sobre este punto en sus enseñanzas (cf. Jn. 3, 3; v. Sermón de la Montaña; las parábolas del lago, etc.), y también el Precursor (cf. Mt. 3, 9). Es un don gratuito que haremos sea nuestro si correspondemos. Baste recordar que entre los hijos de Abraham sólo Isaac es heredero de los dones divinos, por una libre elección del Eterno. La única causa de ello es la benevolencia divina. Otra prueba más decisiva aún es el ejemplo de Esaú y Jacob, que, para más, eran gemelos.
Considéreseles, no como individuos, sino como cabezas y representantes de dos pueblos: Edom e Israel; y se echará de ver que sólo en virtud de la libre elección divina pasa Jacob-Israel a ser heredero de las promesas. Trátase de «pueblos», uno de los cuales es elegido para una misión, con preferencia sobre el otro (cf. Mal. 1, 2 s.) —y siempre para demostrar que el factor racial no entra como determinante en la acción de Dios —, sin alusión alguna a la salvación eterna. Es un deplorable abuso el introducir aquí la cuestión de tal problema, y peor aún aplicar las palabras a la suerte eterna del individuo. La vocación al cristianismo depende, pues, de la libre elección divina, y ya en sus orígenes era universal el plan divino en cuanto al destino, sobre lo cual cita San Pablo en ese sentido las dos profecías de Os. 2, 23 s.; 10, 22 s., que predicen la conversión de los gentiles. Dios extendía su misericordia, su espléndido don a todas las gentes que obedeciendo a la palabra de 516BCristo se convertían en «descendencia» del fiel Abraham, injertados en el olivo secular, mientras que el Israel según la carne se excluía del plan divino con su rebelión.
Por consiguiente, los judíos se encuentran fuera por su propia culpa (9, 30-11), pues han desconocido la naturaleza del plan divino y la conducta de Dios , fundando sus pretensiones en un factor racial, en las observancias legales, las cuales sólo respondían al carácter temporal y preparatorio del pacto del Sinaí, y no podían justificar. Pero ellos se imaginaban que bastaba ser judíos de raza y observar tales prescripciones para tener pleno derecho a la salvación. Ante la alternativa que puso Jesús entre el concepto espiritual del reino de Dios con una justicia interna, y el concepto temporal racial y una justicia según la Ley , los judíos se quedaron tenazmente con la segunda en contra de Jesús (10, 5-13), y rehusaron creer al Evangelio (10, 14-21). Dios ha cumplido con la antigua Alianza , no obstante las continuas infidelidades de Israel, las que sólo sirvieron para poner más en evidencia su infinita longanimidad y misericordia. Ahora la resistencia, la oposición de los judíos a la obra redentora favorece la conversión de los gentiles, y, por tanto, también esa oposición, aun conservando toda su culpable maldad, entra en los designios divinos.
Pero tal oposición es temporal: también Israel, en cuanto conjunto étnico, se convertirá y entrará en el único aprisco, fuera del cual no hay salvación (c. 11). Así, la historia del mundo, que ha sido traspasada de un extremo al otro por el pecado del hombre que se aleja de su Dios, será igualmente traspasada de un extremo al otro por la acción de la misericordia divina, que va a buscar hasta el fondo de la desdicha moral a los individuos y colectividades para llevarlos de nuevo a él por el camino de la vida y de la felicidad. La segunda parte: el divino plan salvador y la vida de los cristianos en comunidad (12-15, 13). Principios generales sobre las relaciones de los fieles entre sí; en cuanto miembros del cuerpo místico, cada uno según la función que en él tiene asignada; y en particular mediante la práctica de la caridad fraterna, que es el precepto de los preceptos, el precepto del Señor (12, 1-16). Relaciones de los cristianos con el mundo pagano; también aquí la primera virtud es la caridad para con todos y en todo tiempo (12, 16-21; 13, 8-14); obediencia al poder civil (13, 1-7; cf. el mandato de Jesús , Mt. 22, 21).
517AEn el epílogo habla Pablo de los motivos que le han inducido a escribir, y de sus proyectos para el futuro; se encomienda a las oraciones de los fieles, a quienes saluda, y fórmula las últimas recomendaciones. Cierra la epístola elevando a Dios un himno de acción de gracias por el plan salvador que tiene formulado desde los comienzos de la humanidad, que fué preanunciado en el Antiguo Testamento, y ha sido revelado y realizado por Nuestro divino Redentor, Cristo Jesús (15, 12-16, 27).
Bibliografía
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