Diccionario Bíblico

Luigi Vagaggini

CUERPO MÍSTICO

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Es el conjunto de los redimidos, unidos con Cristo y unos con otros entre sí, mediante la fe y la gracia. Distínguese de cualquier otro cuerpo moral por la vida de la gracia que circula en él, y que proviene de Cristo, su cabeza. Se llama comúnmente «místico», sea para distinguirlo del cuerpo físico de Cristo, sea porque es una realidad sobrenatural, conocida pola fe y ligada con el «misterio» según nos fue anunciado especialmente por San Pablo : «Cristo en vosotros» (Col. 1, 26 ss.; Ef. 3, 5-10). Ya en el Antiguo Testamento y en el Evangelio se encuentran los elementos fundamentales de esta doctrina: la unión entre Dios y su pueblo en el único «reino de Dios»; sus muchas relaciones descritas bajo el símbolo del matrimonio o bajo las alegorías del Pastor, de la Viña, de la Vid (p. ej., Dan. 2, 44; Os. 1-3; Ez. 34; Sal. 80; Jn. 10; 15, 1-8, etc.; Mt. 25, 34-46, donde todo socorro prestado a los menesterosos en nombre de Jesús, es considerado como hecho al mismo Jesús).

San Pablo ha tomado y desarrollado estos elementos sirviéndose, además, de otras imágenes afines: la familia divina de los creyentes (Ef. 2, 19), la planta cuyos ramos son los fieles (Rom., 11, 16-24), el edificio cuyas piedras son ellos, en tanto que Cristo es su piedra angular, y los Apóstoles y los Profetas sus fundamentos (I Cor. 3, 9 s.; Ef. 2, 21 s.; cf. I Pe. 2, 4-7 y Ap. 21); pero principalmente de la imagen de la cabeza que es Cristo. Impresionado con este pensamiento desde el momento de su conversión («Yo soy Jesús a quien tú persigues», ¿ct. 9, 5), San. Pablo alude a él circunstancialmente en las epístolas apostólicas (Rom. 12, 4 s.; I Cor. 12, 12-31), pero lo expone más cumplidamente en sus dos más importantes epístolas de la prisión (Ef. 1, 22 s.; 4, 16; 5, 23, 30 ss. Col. 2, 10-19). En todo organismo completo hay una cabeza, centro de unión y fuente de vida; hay también 135Bmiembros unidos a la cabeza en virtud del influjo vital que de ella dimana. Así en el cuerpo místico la cabeza es Jesús, que posee la plenitud de la vida divina (Col. 1, 19) y la totalidad de la naturaleza humana.

De Él proviene a todos y a cada uno de los fieles a Él unidos una participación de esa vida (Col. 2, 19; Ef. 4, 16), mediante otros miembros del mismo cuerpo, que para el incremento de todo el organismo han recibido «ministerios» o «carismas»: éstos son los apóstoles, los evangelistas, los doctores, los pastores, etc. (I Cor. 4, 1; Ef. 4, 11 ss.). De esta suerte, si los miembros tienen necesidad de la cabeza para vivir y obrar, también la cabeza tiene necesidad de los miembros como complemento suyo (Ef. 2, 23), lo cual es también necesario para que Cristo pueda continuar su obra redentora. Para hacerse miembros de este cuerpo y seguir siéndolo es condición indispensable la recepción del bautismo y la perseverancia en la fe y en la gracia, que se nutren con los sacramentos, especialmente con el de la Eucaristía que es como el alimento del cuerpo místico (I Cor. 10,.16 s.). El aumento de la vida divina está en proporción con el incremento de la fe y de la gracia; en cesando la fe sobreviene la separación del cuerpo así como la cesación de la vida.

Lo mismo que en cualquier organismo, también en éste los miembros se comunican entre sí y dependen los unos de los otros: el bien y el mal de cada uno se comunica necesariamente a todos y a cada uno de los otros (I Cor. 12, 1-27). He ahí un poderoso motivo para evitar el pecado, para orar, para sufrir por nuestros hermanos. Así es como se prolonga la eficacia de la redención de Cristo (Col. 1, 24). Esta «comunión de los santos» continúa incluso en el más allá: por eso San Pablo implora la misericordia del Señor en favor de Onesíforo que ya ha vuelto a Dios (II Tim. 1, 18).

La doctrina de la inserción de los fieles en el cuerpo místico sugiere a San Pablo numerosas expresiones, enteramente suyas, con las que atribuye a los miembros acciones y propiedades del cuerpo de Cristo histórico, de tal suerte que las vicisitudes que en un tiempo determinado se verificaron históricamente en torno al Redentor se repiten en su cuerpo místico. «En el Señor», «en Cristo Jesús» somos elegidos, morimos al pecado, resucitamos a la nueva vida de la gracia y crecemos en ella; «en Él y con Él» vivimos, sufrimos, resucitamos y somos glorificados; «por Él», único Mediador nuestro, podemos acercarnos al Padre que nos ama en proporción con nuestra semejanza con 136Asu Hijo; juntamente con él juzgaremos a los ángeles y a los hombres. La imagen del cuerpo místico expresa claramente la universalidad y la unidad de la Iglesia (con la que prácticamente se identifica, Col. 1, 24): todos indistintamente son llamados a formar parte del mismo cuerpo y bajo la misma Cabeza.

También expresa su santidad, pues de la incorp oración a Cristo proviene para cada uno el deber de la solidaridad, de la justicia y de la caridad para con los otros hermanos, y la obligación de tender a la perfección de la Cabeza, a fin de que haya proporción armónica entre las partes en cada una de las partes del cuerpo místico. La doctrina del cuerpo místico, ampliamente desarrollada por los Padres y por los documentos del Magisterio eclesiástico, puede ser 136Bconsiderada como uno de los puntos centrales y más fecundos de todo el cristianismo. [L. V.]

Bibliografía

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II, pp. 351-72. A. Médebielle, Église, en DBs, II, col. 640 s. 660- 8. E. Mura, Le corps mystique du Christ, I, París 1934, pp. 45-104. L. Cerfaux, La théologie de l’Église suivant St. Paul, París 1949. J. Bonsirven, Teología del N. T., Torino 1952, pp. 250-61. P. Michalon, Église, corps mystique du Christ glorieux, en NRTh, 84 (1952) 673-87. A. Feuillet, L’Église plérôme du Christ d’après Eph. 1, 23, en NRTh 88 (1956) 449-472.593-610.

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