Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

MUERTE

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Consecuencia y pena de pecado (v. Adán ): Gén. 2, 17; 3, 3. Así considerada, implica separación del alma y del cuerpo con la desintegración de éste, «eres polvo y al polvo volverás» (Gén. 3, 19), o sea muerte física, y separación de Dios con el descenso del alma al tenebroso Se’ól (v.) o infiernos . La primera es de suyo una deuda de nuestra naturaleza. El que Dios hubiese concedido al hombre, destinado a llevar una vida feliz, en íntima familiaridad con él, que se renovasen sus energías y no muriese, fué un don particular. El elemento formal, la esencia de la severa condenación, «ciertamente morirás», 410Aes la pérdida de la familiaridad con Dios: es estado de completa separación de Él, a lo que sigue inmediatamente la muerte física. «Dios creó al hombre para la inmortalidad, mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (cf. Eclo. 25, 23; la alusión de Nuestro Señor: Satanás fué homicida desde el principio, Jn. 8, 44; Rom. 5, 12), y la experimentan los que le pertenecen» (Sab. 2, 23 s.; cf. 1, 13 s.). Incluso para los justos la muerte lleva consigo el fin de toda relación con Dios .

Mientras duraba la vida era posible amar, alabar a Dios, verlo en sus obras, comunicarse con Él en la oración , en el culto; era posible alcanzar de Él alguna intervención sensible.

Una vez en el se’ól cesaba toda esperanza en ese aspecto. «Ya no veré más a Yavé » dice Ezequías gimiendo (Is. 38, 11); y el salmista: «¿Te alabará el polvo, cantará tus misericordias?» (Sal. 30 [29], 10). De los muertos que moran en el Se’ól «tú ya no te acuerdas... ¿Se levantarán los muertos para alabarte? ¿Cantará nadie en el sepulcro tus piedades?» (Sal. 88 [87], 6, 11 ss.). Por eso el justo considera la vida larga como una bendición, un premio de Yavé . A la venida del Mesías cesará para los justos este estado de condenación, al paso que se convertirá en inmutable y eterno para los pecadores, para los partidarios de Satanás, los cuales siguen siendo las verdaderas víctimas de la muerte . «Entonces se salvará tu pueblo...

La muchedumbre de los que duermen en el polvo (= que se hallan en estado de inactividad en el Se’ól) se despertarán, unos para la vida eterna, otros para la eterna vergüenza y confusión.» Daniel participará del gozo de los primeros (Dan. 12, 2.13; F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme , Rovigo 1950, p. 35 s.). El salmista dirige a veces el pensamiento hacia esta esperanza futura, lejana, y también bastante indeterminada (Sal. 11, 7; 16, 11; 17, 15; 73, 23-26 [Vulg. 10.15.16.72]; Sab. 2-5), a la que se refieren implícitamente los siguientes pasajes; Prov. 10, 2; 11, 4; 14, 27; Tob. 12, 9, etc., «la justicia libra de la muerte »; en cambio el pecado lleva a la muerte: Prov. 11, 19; 14, 12, etc.; Eclo. 41, 12 ss., y frecuentemente en los profetas (cf. Ez. 18; el justo vivirá, el pecador morirá).

Este pensamiento resuelve el escándalo proveniente del bienestar de los pecadores en esta vida (Sal. 89 [88], 48 s., etc.; Eclo. 9, 20), y separa definitivamente del mundo (Eclo. 41, 1, etc.). La muerte física es a veces castigo de una transgresión positiva (Gén. 7, 21; Núm. 16, 32; II Sam. 6, 6 s., etc.), y en la Ley se conminaba 410Bcon la pena de muerte por la violación de algunos preceptos. Con el descenso de Jesús a los infiernos se cumplió la esperanza de los justos del Antiguo Testamento, que tomaron parte ya entonces en los frutos adquiridos por el Mesías con su muerte redentora (I Pe. 3, 18 ss.; 4, 5 s.).

Jesús puso fin al reino del pecado y de la muerte (Rom. 5, 1-21); destruyó la muerte (II Tim. 1, 10; Heb. 2, 14 s., etc.), en cuanto a lo que tiene de más tétrico y condenatorio: la separación de Dios , puesto que, en virtud de la Redención, la muerte física hace que el alma del justo se una inmediatamente con Dios, y pone fin a nuestro «vivir lejos del Señor» (II Cor. 5, 6-8); nos introduce en la verdadera vida; «para mí la vida es Cristo , y la muerte ganancia; tengo por mucho mejor morir para estar con Cristo» (Flp. 1, 21.23 s.). Ya durante esta vida está el justo en unión con Cristo (Jn. 14, 15; Gál. 2, 20; templo del espíritu viviente II Cor. 6, 16); la vida de la gracia es la misma vida de la gloria; sólo difieren en el modo y en el grado de perfección (Jn. 17, 3; Rom. 6, 23). Una vez bautizado, y por el bautismo injertado en Cristo, el cristiano está definitivamente libre de la esclavitud del pecado y de la muerte (Rom. 6, 1-11).

Mas la Redención extiende su virtud hasta el mismo cuerpo, si bien tal efecto no es inmediato, ya que no se realizará hasta que cese la vida humana en la tierra, o sea al final de la fase terrestre del reino de Dios, con la resurrección de los cuerpos (Rom. 8; I Cor. 15; I Tes. 4, 13-17). Por consiguiente, la separación del alma y del cuerpo es sólo temporal, por lo que el Nuevo Testamento la nombra con la metáfora del sueño (I Tes. 4, 13; I Cor. 7, 39; 15, 20, etc.). La muerte sólo sanciona de un modo definitivo su actual separación de Dios para quienes rechazan el don de la Redención o recaen en el pecado. A este estado de eterna condenación se le llama con frecuencia en el Nuevo Testamento sencillamente muerte (Jn. 6, 50; 11, 25 s.; Rom. 7, 24; passim en el c. 6; etc.) o segunda muerte (Ap. 2, 11; 20, 6.24; 21, 8). Según esto, la muerte física constituye un punto determinante respecto de la suerte definitiva, inmutable para cada uno (Heb. 10, 27).

Por eso el Señor, que conoce nuestra fragilidad, nos recuerda tantas veces en sus enseñanzas ascéticas este paso decisivo (Lc. 12, 20 s., 35-48; 13, 4 s., 6-9, etc.; Mt. 24, 37-25, 13), que para nosotros equivale al fin del mundo, fin imprevisto y que frecuentemente llega de improviso. Eso mismo hacen los Apóstoles (I Cor. 7, 411A29 ss. «pasa veloz la apariencia de este mundo», al exponer la doctrina evangélica sobre el matrimonio y la virginidad; Rom. 13, 11 s.; Heb. 13, 14 etc.). Tal vez no haya otro concepto y otra realidad que subraye y nos demuestre tan gráficamente el valor de la obra de Cristo y, por lo mismo, la infinita superioridad de la nueva economía sobre la antigua.

Bibliografía

R. Bultmann, en ThWNT , III, pp. 13- 21. P. Heinisch, Teología del Vecchio Testamento (trad. it.;
La S. Bibbia ), Torino 1950, pp. 287 ss., 311- 25. J. Bonsirven, Teología del Nuovo Testamento (trad. it.;
ibíd.), 1952, pp. 209-15. 248.

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