APOCALÍPTICA (Literatura)
Género literario perfectamente determinado que comprende los apócrifos «proféticos» del Antiguo Testamento (s. II desp. de J. C.). Aunque coinciden con los apócrifos «históricos y didácticos» en que dependen y proceden, en cuanto a la materia y la forma, de los libros proféticos del Antiguo Testamento, los proféticos se alejan y se distinguen de los mismos hasta el punto de crear un género aparte. El término « apocalipsis » = «manifestación», «revelación» (Ap. 1, 1), reservado en el canon bíblico a la única «revelación profética» de San Juan, atribuyese, desde el siglo pasado, a los escritos del género sobredicho por razón de su contenido. Muchos de esos escritos llevan ya ese título desde el año 50 después de J. C. En atención a la claridad, vale más hablar de apocalíptica o género apocalíptico, puesto que en realidad se trata de una 40Asimple ficción literaria de supuestos vaticinios posteriores a los acontecimientos, que no merecen mayor crédito que el que merecen los oráculos sibilinos.
Por eso es mejor evitar la mímica, aunque sólo sea verbal, que nos induce a hablar de « apocalipsis sinóptico» (Mt. 24, etcétera) o de «apocalipsis de Daniel», por cuanto tenemos en ellos solamente una verdadera profecía, aun cuando en la forma se hallen algunos elementos (imágenes grandiosas, símbolos, etc.) desarrollados y exagerados por la apocalíptica. Esta literatura nace en el s. II a. de J. C. El Israel renaciente atraviesa por el período más borrascoso. El helenismo, que ha conquistado e invadido todas las regiones del gran imperio de Alejandro, se ensaña con todos sus atractivos y recursos contra el yaveísmo, que tiene su hogar en Jerusalén en el Templo restaurado. Los Seléucidas, desde Antíoco IV (v.; 168-164 a. de Jesucristo), intentan sofocar sangrientamente el yaveísmo, y en su tarea cuentan con no pocos traidores, incluso sacerdotes y sumos sacerdotes, que se convierten en sus odiosos instrumentos (cf. I, II Mac.). Tales situaciones trágicas se repetirán bajo el dominio romano (del 63 a. de J. C. en adelante) hasta la ruina de Jerusalén (70 desp. de J. C.).
Piadosos y celosos yaveístas sentirán la necesidad de coadunar los corazones de sus compatriotas resolviendo las fuertes antinomias existentes entre las divinas promesas relativas al nuevo Israel (v. Is., 2.ª parte, Joel, Ageo, etc.) y la dura opresión y miserable estado presente; entre la Providencia y las desdichas naturales. «La apocalíptica nace para justificar los caminos de la Providencia, alimentar el legítimo orgullo judaico quebrantado por las contrariedades, orientándolo hacia futuras auroras» (A. Romeo). Todo el presente había sido «revelado», y se desarrolla conforme al plan divino; pero también ha «revelado» Dios su próxima intervención. «Pronto visitará y ensalzará Dios a su pueblo; irán cumpliéndose todas las promesas de gloria futura... ; Israel será liberado y vengado ; bajo la dirección de Yavé y de su Mesías se verá saturado de paz y de abundancia; volverán las doce tribus para ejercer su dominio sobre las naciones dominadas y pisoteadas» (A. Romeo). Substancialmente el tema es el profético del «día del Señor» : de condenación para las gentes y para los malos, y de salvación para Israel.
Pero queda enteramente limitado al campo nacionalista y temporal, si no exclusivamente, por lo menos con preponderancia (v. Mesías). Este 40Btema esencial va englobado en una serie de numerosos y variados temas que miran al pasado y al presente, y que también se dicen «revelados» para así dar mayor crédito al resto. Formación del mundo material, creación de los ángeles , caída de los mismos, diluvio; constitución de los cielos; diferentes categorías de ángeles ; secretos astronómicos y cosmogónicos ; morada de las almas después de la muerte ; prisión de los ángeles malos, etc. Y en cuanto al tema central: intervención todopoderosa de Dios descrita plásticamente y en sus detalles, última lucha de los enemigos contra Israel, victoria final de los justos, la nueva Jerusalén, la resurrección, suerte final de los buenos y de los malos. Las preocupaciones por el futuro ocupan un puesto preponderante; pero no es posible reducir la apocalíptica a la escatología: la apocalíptica es mucho más amplia (J. B. Frey).
No pudiendo presentarse como profetas, pues la época de éstos se consideraba como cerrada hacía tiempo (I Mac. 4, 46; 9, 7), los autores apelan a un procedimiento literario no del todo desconocido (los pitagóricos, p. ej., lo conocían) y se esconden con nombres de patriarcas y de grandes profetas, presentando sus escritos como «revelaciones» antiguas, escondidas hasta entonces (esoterismo) y dejadas a la posteridad por Adán , Enoc (especialmente por éste, dada la creencia en su asunción al cielo estando aún en vida), Moisés , Elías (en igual situación que Enoc), Esdras (el gran restaurador del nuevo Israel), etc. El autor finge, por ejemplo, que Enoc recibe las noticias que luego entrega al escritor (seudonimia) mediante un ángel que a veces le acompaña durante su demora entre los bienaventurados. De esta manera incluso el pasado y el presente son presentados como «revelación» para el futuro y no como narración histórica. Aparece como comunicada al antiguo patriarca o profeta ordinariamente a guisa de «visión».
Las descripciones van amañadas con una terminología indeterminada, vaga, propia de semejantes visiones, con frecuente uso, que llega a ser abuso, de símbolos, a propósito para poder anunciar con la misma vaguedad y oscuridad el inminente futuro. A la vista del cumplimiento de cuanto se refería al pasado y al presente, animábase al lector a esperar con firme confianza la realización de las promesas •extraordinarias de liberación y el triunfo para un futuro inmediato. Trátase de composiciones estudiadas, de bufete, fruto de una erudición adquirida con los libros, hilvanes de imágenes y motivos, en su 41Amayoría tomados de los libros proféticos (Ez. 1, 38-48; Zac.; Don. 2.7-8.11-12), pero agrandados, exagerados, como fruto de una fantasía encendida, rayanos en la monstruosidad y en el ridículo. Los símbolos, que en los libros proféticos aparecen breves, eficaces y aplicados con claridad, en la apocalíptica carecen frecuentemente de todas estas dotes: son oscuros, como las alegorías y otras imágenes, fatigan por su continuidad y prolijidad, y a veces por el mal gusto que ha privado en la elección, en el realismo exagerado y en la falta de lógica.
La fantasía está a la altura de la inspiración divina y del talento poético. «La apocalíptica desmenuza y da visos de novela a las profecías con una sutileza mezquina y cerril que desembocará en la especulación cabalística» (A. Romeo). La apocalíptica es en comparación con la profecía lo que la MiSnah en comparación con la Torah (A. Sabatier). «El vidente ha de ser sublime, pues el asunto que trata lo exige, y muchas veces no es más que enfático o erudito; en su estilo es cualquier cosa, menos naturalidad y sencillez. Sólo es sincero y eficaz el autor cuando en él asoma el hombre con las pasiones de su tiempo, cuales son el odio, a veces atroz, contra los gentiles, una ardiente simpatía hacia Israel, la angustia por una fe que quiere sea inquebrantable» (M. J. Lagrange). El mejor en cuanto al estilo es el IV de Esdras.
Mientras el profeta peca por su realismo y pone al desnudo, a veces con rudeza, las calamidades colectivas e individuales, haciendo converger el presente, el pasado y el mismo futuro en una lección eficaz, en una apremiante exhortación a que se procure un cambio eficaz y práctico en la conducta moral de sus contemporáneos, la apocalíptica se evapora en la morbosa espera de la revolución y de la consiguiente liberación; es una visión estática, un monólogo medio lanzado a los vientos. La apocalíptica nació en el s. II a. de J. C. y se desarrolló y acrecentó en los dos siguientes, durante los cuales ejerció un enorme influjo. A ella se debe, como a causa principal, la formación progresiva de ese fogosísimo nacionalismo que desembocará en la rebelión contra el imperio romano. De ella procede el descenso de las visuales universalistas y espirituales de los profetas en orden a la salvación mesiánica, y así se explica la ciega confianza de los judíos en que vendrían extraordinarias reivindicaciones nacionales vaticinadas por falsos mesías y seudoprofetas. No se ha logrado identificar el círculo judaico del que salió la apocalíptica.
Es considerado 41Bcomo probable el que muchos « apocalipsis » hayan sido debidos a los esertios (v.). Para su elenco v. Apócrifos . Fuera de la dependencia literaria de la epístola de Judas (v.), no aparece en el Nuevo Testamento ninguna cita ni alusión a la apocalíptica. «Pero es innegable la influencia de la apocalíptica judaica en los escritores judíos de escatología: de ella proviene el milenarismo de Papías, Hipólito y otros» (A. Romeo), la esperada venida de Enoc y de Elías al fin del mundo, la mitigación de las penas de los condenados, etc. Como género literario tuvo muchos imitadores cristianos. Se han perdido los numerosos apocalipsis de los gnósticos. Se conservan, entre los más antiguos, el apocalipsis de San Pedro, el de San Pablo , el de la Santísima Virgen (v. Apócrifos ). Pero aquí todo es muy diferente. Nos hallamos con las visiones, los viajes y las descripciones del pasado, pero con el fin, común con los otros apócrifos , de satisfacer la piadosa curiosidad, con intenciones didácticas y preocupaciones parenéticas. «El esquema apocalíptico sobrevivirá en la edad media vivificado pola fe y por el arte» (A. Romeo). [F. S.]
Bibliografía
J. B. Frey. en DBs, I, col. 326-54. E. Amann, ibíd, col. 525- 33. A. Romeo, en Enc. Catt., It., I. 1615- 26. E. Schürer. Geschichíe des Uldischen Volkes, III, 4.a ed., Leipzig 1911, pp. 268-468. M. J. Lagrange, Le Juda;
sme avant Jésus-Christ, 2.ª ed., París 1931, pp. 70-90: E. B. A llo, Apocalypse, 3.ª ed., ibíd. 1933, pp. XXVIXXXIV.