APÓSTOLES
El significado neotestamentario de «enviado» de Cristo a predicar el Evangelio (ἀπόστολος de ἀποστέλλω), que difiere del clásico de «armada», «expedición naval» (cf. Leipzig, 19, 21) proviene de los LXX que están en la línea semántica de Herodoto (I, 21; V, 38). Es el título de los «doce colaboradores de Cristo», y también el de Bernabé y Pablo . El primer encuentro y llamamiento de Jesús tuvo lugar en Judea junto al Jordán. Son los primeros Juan Evangelista y Andrés, discípulos del Bautista, quienes llevan al Maestro sus respectivos hermanos: Simón ( = Pedro) y Santiago. Luego vienen Felipe y Natanael (Jn. 1, 35-51/.
El llamamiento definitivo se dió unos meses más tarde a la orilla del lago de Galilea: Simón y Andrés, Santiago y Juan se apartan de sus padres y lo abandonan todo para seguir constantemente a Jesús. Sigue un período de iniciación doctrinal más que de actividad apostólica (Mt. 4, 18-22; Mc. 1, 16-20; Lc. 5, 1-11). En Cafarnaúm se une al grupo privilegiado el recaudador de impuestos Leví-Mateo (Mt. 9, 9; Mc. 2, 14; Lc. 5, 27). La elección oficial se realiza en el monte de las Bienaventuranzas, según la indicación cronológica de Mc. y Lc. en junio del año 28 de J. C. (Mc. 3, 13-19; Lc. 6, 12-17; Mt. 10, 1-4).
Los elegidos son doce, y esta determinación se repite de manera fija en los Evangelios (Mt. 10, 1-5; 11, 1, etc.; Mc. 3, 14 ss.; 4, 10, etc.; Lc. 6, 13; 8, 1 ; 9, 1. 12, etc.; Jn. 6, 68-70 s.). Una de las primeras preocupaciones de la comunidad cristiana reunida en el Cenáculo de Jerusalén fué la de restablecer ese número después de la defección de Judas (Act. 1, 15 ss.), ya que era un número típico querido por Jesús, para expresar que la Iglesia era el nuevo Israel, el verdadero Israel de Dios («las doce tribus») heredero de las divinas promesas.
No todos los catálogos de los «doce» (Mt. 10, 2 ss.; Mc. 3, 16-19; Lc. 6, 14 ss.; Act. 1, 13) presentan los nombres por el mismo orden. Solamente son fijos el puesto de Pedro, que es siempre el primero; el de Judas Iscariotes, que siempre es el último; el de Felipe, que es el quinto, y el de Santiago Alfeo, que es el noveno. Los doce son; Pedro (v.); Andrés, su hermano, natural de Betsaida (Jn. 1, 44); él es quien en la multiplicación de los panes hace la presentación de un niño que tiene unos panes de cebada y unos peces (Jn. 6, 8); sirve de intermediario para llevar a feliz término el 49Bdeseo que los helenistas de Jerusalén tienen de ver a Jesús (Jn. 12, 22); con su pregunta invita a Jesús a preanunciar el fin de Jerusalén (Mc. 13, 3). Juan (v.) y Santiago, hijos de Zebedeo y de Salomé, pescadores de Betsaida (Mc. 1, 20), dotados de carácter impetuoso, hasta el punto de merecer ser designados por Cristo «hijos del trueno» = los que hacen tronar (Mc. 3, 17; 10, 35; Lc. 9, 54), aparecen frecuentemente en la historia evangélica (Mt. 4, 21 y paral.; Mc. 5, 37 y paral., etc.). Santiago fué martirizado por orden de Herodes Agripa (Act. 12, 1 y siguiente). Felipe, oriundo de Betsaida (Jn. 1, 44-49), sigue a Jesús desde el principio (ibid.); en la multiplicación de los panes advierte la imposibilidad de proveer de alimento a aquel gentío (Jn. 6, 5 ss.); hace de intermediario, juntamente con Andrés, entre Jesús y los helenistas (Jn. 12, 21 ss.); recibe de Jesús la clara afirmación de la identidad sustancial del Verbo y del Padre (Jn. 14, 8 s.). Bartolomé (hijo de Tolmai o Tolomeo) es, con toda probabilidad, el mismo Natanael, oriundo de Caná de Galilea (Jn. 21, 2), a quien vió Cristo de lejos bajo una higuera (Jn. 1, 45-50); es testigo de la aparición de Jesús en Galilea (Jn. 12, 2). Tomás (= gemelo, cf. Jn. 11, 16: de la raíz hebraica tá’am, redoblar) quiere afrontar la pasión juntamente con el Maestro (Jn. 11, 16); arranca a Jesús su sintética autodefinición: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Jn. 14, 5); por su incredulidad da ocasión a poder comprobar experimentalmente la realidad de Cristo resucitado, concluyendo con la explícita afirmación de la Divinidad (Jn. 20, 24-28); es testigo de la aparición de Galilea (Jn. 12, 2). Mateo (v.). Santiago, hijo de Alfeo, es Santiago el Menor (v.). Tadeo, llamado también Judas (v.). (hermano) de Santiago (Lc. 6, 16; Act. 1, 13). Simón es llamado Cananeo o Celotes (Lc. 6, 15) a causa de su celo por las tradiciones hebreas (Ji/Awrij? — Gál. 1, 14—, que corresponde al verbo aramaico qane’áná). Judas (v.) Iscariotes, el traidor.
Con su inimitable pedagogía el Redentor se ocupó de su formación e instrucción, curando sin extorsiones los prejuicios que compartían con sus contemporáneos acerca del Mesías y de su reino. La existencia de los «doce» debe ser común con el Maestro: es el gran deseo y deber de todo discípulo hebreo, según los cánones de las escuelas rabínicas. Más que escuchar el discípulo debe observar a su maestro en todas sus acciones.
Los doce son 50Asiempre los oyentes a quienes tiene más en cuenta: a ellos principalmente dirige Cristo el sermón de la montaña (cf. Lc. 6, 17); las parábolas oscuras son aclaradas para la inteligencia de los doce (Mc. 4, 10); propóneseles con insistencia el misterio del Mesías paciente, que es escándalo para los judíos (Mt. 17, 21-27 y paral,; 20, 17 ss. y paral.); para ellos quedan reservadas las últimas efusiones del Cenáculo (Jn. 13-17); por las apariciones que se interponen entre la Resurrección y la Ascensión (Mt. 28, 17-20; Lc. 24, 33-49) resultan los testigos de la Resurrección de Cristo.
Después de una misión especial entre los judíos, caracterizada por los milagros, por la pobreza y por el desprendimiento, por la prudencia y la sencillez, pero no realizada inmediatamente después de la elección, como podría sugerir Mt. 10, 5-11, 1, sino hacia marzo del año 29 de J. C. (Mc. 6, 7-13; Lc. 9, 1-6), los doce reciben el mandato definitivo, en calidad de plenipotenciarios de Cristo, subordinados a Pedro, cabeza de la Iglesia (Mt. 16, 18 s.; Lc. 21, 16 s.) e investidos del poder judicial y coercitivo (Mt. 18, 17 ss.; Jn. 20-21 y siguientes), de enseñar y de santificar (Mt. 18, 18 ss.; Mc. 16, 15 ss.). Se les asegura la continua asistencia del Espíritu Santo (Jn. 16, 13) y el poder de obrar milagros para confirmación de su misión (Mc. 16, 17 s.; Act. 2, 1-43; 3, 6 ss.; 5, 1 ss.).
El apóstol Matías es elegido de parte de Cristo mediante sorteo, después de la presentación que de él hace la comunidad. San Pedro da las normas: ha de ser un testigo de Jesús desde el bautismo de Juan hasta la Resurrección. Los Apóstoles Pablo y Bernabé. Son los únicos reconocidos como tales por los Actos (14, 4; 14, 14) fuera de los «doce». En el epistolario paulino, que emplea a veces el término en acepción carismática (v. Carismas), es aplicado a Pablo en sentido riguroso unas veinte veces (asociado a Bernabé, I Cor. 1, 1; II Cor. I, 1).
Las tres narraciones de la conversión de Pablo (Act. 9, 1-19; 22, 3-21; 26, 9-20) insisten en dos elementos como básicos en el concepto de apostolado: la visión sensible de Cristo, que da al mensaje el carácter de testimonio de lo que ha oído y visto, y la elección por parte de Cristo. En la polémica contra los que negaban su mandato apostólico, Pablo se verá constreñido a insistir en los siguientes elementos fundamentales de su apostolado: la vocación inmediata por parte de Cristo, único Revelador inmediato del Evangelio paulino (Gál. 2, 11-21). Pablo tiene la plenitud del 50Bpoder apostólico, la universalidad de la misión ; predica primeramente a los judíos, mas su campo de especialización son los paganos, por voluntad de Cristo (Act. 9, 15), reconocido por los Apóstoles (Gál. 2, 9). Regula la organización de las Iglesias y el desarrollo de las reuniones religiosas, reprende los abusos, castiga y perdona, excomulga y reconcilia (I Cor. 5, 3 ss.; I Cor. 2, 5-11; 12, 21; 13, 1-10; I Tim. 1, 20; 5, 19 s.).
También es él, como los demás apóstoles, testigo visible de la Resurrección de Cristo, hecho fundamental del cristianismo (I Cor. 15, 1-10; I Cor. 9, 1). Su apostolado está autenticado con el milagro (II Cor. 12, 12; I Cor. 2, 4 s.; Gál. 3, 1-6; etcétera). [A. R.] A. Médebielle. en DBs. 1, col. 533 ss. K. H. Renostorf, en ThWNT, I, p. 406 ss. J. M. Braun, Nouveaux aspects du problème de l’Église, París 1942.
Bibliografía
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