Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

PEDRO apóstol

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Uno de los que primero siguieron a Jesús , y jefe del colegio apostólico. El nombre de Pedro le fué impuesto por Jesús (Jn. 1, 42), en vez del de Simón o Simeón con que se había llamado al nacer. En el famoso texto de Mt. 16, 17 se le llama hijo de Jonás (cf. Jn. 1, 42; 21, 15-17). Era oriundo de Betsaida Julia, al nordeste del lago de Genesaret. Consta que Pedro era casado (cf. Mt. 8, 14), mas como no se habla nunca de su mujer en las fuentes auténticas, puede pensarse que ya había muerto antes de la primera entrevista de Pedro con Jesús . En los Evangelios brillan la adhesión de Pedro a Jesús , su generosidad, su prontitud para intervenir y su impetuosidad, pero resaltan igualmente sus defectos. Hay que excluir de él toda preparación intelectual (cf. Act. 4, 13). Habiendo sido antes discípulo de Juan Bautista , según grandes probabilidades, Pedro tuvo saludables contactos con Jesús (Jn. 1, 40 ss.; 3, 2-12), hasta que, terminada la pesca milagrosa, lo abandonó todo para seguir con su hermano Andrés al Maestro (Lc. 5, 11; Mc. 1, 18; Mt. 4, 22). Aparece de repente junto 456Bcon Santiago y con Juan entre los predilectos de Jesús , como testigo de hechos extraordinarios (Mc. 5, 37; 9, 2; 14, 33).

Incluso en ese reducido grupo es tratado Pedro con especial atención por Jesús , que gustaba de ser su huésped en Cafarnaúm (Mc. 1, 29; 2, 1; 3, 20; 9, 32 ss.), de servirse de su barca para instruir a las turbas (Lc. 5, 3). Tales señales de distinción se multiplican hacia el fin de la vida de Jesús (Mt. 17, 24-27; Lc. 22, 8-13; Jn. 13, 6-10) e inmediatamente después de la resurrección (I Cor. 15, 5; Mc. 16, 7). Pero de un modo especial se muestra la preeminencia de Pedro por voluntad expresa de Jesús que le encomienda un cometido fundamental en la dirección de su Iglesia (Mt. 16, 17-19), y tal promesa es confirmada y explicada después de la resurrección (Jn. 21, 15-19), para que no quedara duda alguna sobre las posibles consecuencias que pudieran surgir en contra con motivo de la triple negación en el atrio del Sumo Sacerdote (Mc. 14, 66-72). Inmediatamente después de la ascensión Pedro ocupa sin discusión el primer puesto entre los Apóstoles .

Preside la elección de Matías (Act. 1, 15-26) y habla en nombre de todos así ante el pueblo en el día de Pentecostés (Ibíd. 2, 14-40) como ante el Sanedrín (3, 1-4, 12-26; 4, 8-12; 5, 29-32); él es quien condena a Ananías y a su mujer Safira (5, 1-11) y a Simón Mago (8, 20-24), quien interviene en la nueva misión de Samaria (8, 14), y quien acoge oficialmente a Cornelio en la Iglesia (10, 1 ss.). Su posición preeminente aparece más claramente aún en el propósito de Herodes Agripa, que con la eliminación de Pedro entiende infligir un golpe mortal a la Iglesia que estaba preocupada por el riesgo del primero de los Apóstoles (12, 5). En la asamblea de Jerusalén aparece Pedro en la misma preeminencia (15, 7-11), que en manera alguna se niega, antes bien se confirma con el conocido incidente de Antioquía con Pablo (Gál. 2, 11-14). La precedencia que se da a los hechos que atañen a Pedro en los Actos desaparece de improviso en Act. 12, 17 —estamos hacia los años 42-43—, porque Lucas abandona a su personaje principal para sustituirlo por Pablo , el apóstol de los gentiles, y sólo mencionará a Pedro en la breve perícope sobre el Concilio de los Apóstoles .

Por los otros escritos neotestamentarios consta evidentemente la presencia —pasajera, sin duda— de Pedro en Antioquía (Gál. 2, 11-14); no con tanta claridad se puede deducir de la I Pe. (5, 13) la presencia del Apóstol 457Aen Roma = Babilonia. Tampoco es apodíctica la prueba deducida de I Cor. I, 12; 3, 22 en favor de un ministerio de Pedro en Corinto, si bien no puede negarse con seguridad. La venida de Pedro a Roma en los primeros años del imperio de Claudio (41-54 desp. de J. C.) no está respaldada por una verdadera tradición, si bien se aducen algunos nombres más recientes que, a semejanza de Jerónimo y Orosio, se hacen eco de la determinación de Eusebio que en la Crónica habla del segundo año de Claudio, pero en otra parte ( Hist. eccl. II, 14, 6; 17, 1) se expresa de un modo muy genérico, y en la misma Crónica , en la traducción armenia, ofrece una fecha muy diferente (tercer año de Calígula, o sea 39-40 desp. de J. C.).

El mismo famoso fragmento de Suetonio ( Divus Claudius 25, 4), sobre Claudio, que promulgó un edicto contra los judíos, al parecer en el año 49, porque estaban continuamente en tumultos polémicos con los cristianos, tampoco puede arrogarse un valor apodíctico sobre si Pedro se hallaba entonces en Roma o no. Puede considerarse como necesaria la presencia de Pedro en Roma antes de la composición de la epístola a los Romanos (57), si se tiene en cuenta el desarrollo del cristianismo del que informa Rom. 1, 15, poco explicable sin la actividad de algún misionero de primer orden, excluido San Pablo (Ibíd. 15, 20-24). Con todo, es poco probable la presencia del Apóstol durante la composición de la epístola, por razón de la omisión de los saludos para él en la larga lista de las personas a quienes quería saludar. Parece que también debe excluirse su presencia en Roma, durante el encarcelamiento (61-63) de Pablo , pues de otra suerte no sería explicable un silencio tan absoluto en el relato de los Actos y en las epístolas de la cautividad.

Aun admitiendo como segurísimo —según lo reconocen en número siempre creciente incluso escritores acatólicos— el que Pedro viniese a Roma y aquí muriese, hay que reconocer que los documentos de que disponemos no nos permiten suponer una estancia continuada durante un largo período. Pero es posible que aquí estuviese en breves estancias, separadas por intervalos más o menos largos, debidos a exigencias misioneras. Lo único cierto es que el Apóstol vió cumplirse en Roma la profecía que le había hecho Jesús (Jn. 21, 18-19). En torno al año de la muerte reina la misma incertidumbre, aun estando fuera de duda que Pedro cayó víctima de la persecución neroniana. Según San Dionisio de Corinto (cf. Eusebio, Hist. eccl. II, 25, 8), Pedro y Pablo se 457Bjuntaron en Corinto, de donde fueron llevados a Roma y sufrieron juntos el martirio. Tal contemporaneidad, excluida ya por Prudencio ( Peristephanum XII, 5-6), que habla de un intervalo de un año, es negada por muchos modernos. Generalmente, hay la tendencia a poner el martirio de Pedro el 64, tiempo de la feroz persecución neroniana después del incendio de Roma, y a dejar para el año 67 el martirio de Pablo .

El sepulcro en el Vaticano está refrendado por una tradición antiquísima, así literaria como arqueológica. Entre todos los testimonios es de primerísimo orden el del presbítero Gayo del s. II (Eusebio, Op. cit. 25, 7) que habla de un trofeo erigido sobre la tumba del Apóstol, identificado, seguramente, en las excavaciones de 1940-1950 bajo la confesión de la Basílica Vaticana. La tradición nos ha trasmitido dos epístolas con el nombre del príncipe de los Apóstoles . I Pedro. No se ve clara su división lógica, dado su carácter eminentemente parenético, en razón del cual a menudo se suceden los diferentes pensamientos sin trabazón, a lo que se añade la repetición de ideas básicas. Además de un exordio (1, 1-12) y un epílogo (5, 12-14), pueden señalarse tres secciones en las cuales predominan, respectivamente, consejos y exhortaciones de carácter general (1, 13-2, 10), apremiantes avisos con referencias constantes a la situación de los destinatarios (2, 11-4, 6), y normas pertinentes de un modo especial a la vida social y a la organización eclesiástica (4, 7-5, 11).

Este escrito pretende ante todo exhortar y testificar (5, 12), es decir, consolar a los lectores que se encuentran entre graves dificultades, recordando cuando la ocasión se presenta, pero a menudo, los principios doctrinales de orden sobrenatural que justifican y exigen la línea de conducta propuesta. Adviértense referencias trinitarias (1, 1-3; 4, 14) y cristológicas (1, 2.18-21; 2, 3.13.22; etc.). Se insiste particularmente en la doctrina de la salvación. Nótanse elementos eclesiológicos (3, 20 s.) y escatológicos (1, 4.13.17; 2, 11; 4, 5.7; 5, 6.8). Entre las partes doctrinales es digna de notarse la descripción del profetismo (1, 11 s.), considerado como carisma del Espíritu Santo . Los destinatarios de la epístola son los fieles del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia (Ibíd. 1, 1), los más de ellos procedentes del paganismo (cf. 1, 14; 3, 6; 4, 3), evangelizados en parte por San Pablo y sus colaboradores (Asia y Galacia), y en parte por judíos o prosélitos convertidos el día de Pentecostés (Act. 458A2, 9) o también por misioneros más calificados, sin que nos haya sido dado conocer el modo. El tono del escrito parece excluir la evangelización directa de Pedro.

Las múltiples alusiones a padecimientos y pruebas de todo género sufridas por los destinatarios: calumnias (2, 12-15), insultos (4, 4), ha inducido a creerlos víctimas de la persecución neroniana; pero el examen hace pensar en las vejaciones y abusos locales que no es más fácil identificar actualmente a causa de lo fragmentaria de la documentación que poseemos. Ya los antiguos exegetas consideraron el escrito como compuesto en Roma fundándose en la expresión metafórica de 5, 13 (Babilonia). La fecha de la composición puede fijarse en los años 63-64 con una notable verosimilitud. El escrito no ofrece alusiones seguras a la gran persecución que se desencadenó después de julio del 64. Por otra parte, la evangelización de aquellas lejanas regiones presupone al menos la misión de Pablo en Éfeso (54-57). La mención de la presencia de Marcos (5, 13) favorece la hipótesis de que la epístola fué escrita inmediatamente después de la liberación de Pablo (cf. Col. 4, 10; Flm. 24). Una fecha anterior no parece posible, desde el momento en que se descarta como improbable la presencia de Pedro en Roma durante el primer encarcelamiento de Pablo en Roma (61-63).

La epístola fué escrita por medio de Silvano (5, 12), que aparece como compañero de Pablo con el nombre de Silas (cf. Act. 15, 22). La forma literaria es digna, pero se mantiene siempre en el ámbito del lenguaje y del estilo del Nuevo Testamento. Se han notado múltiples y considerables coincidencias con los discursos de Pablo que se exponen en los Actos. La autenticidad de la epístola tiene la garantía de una tradición constante y antiquísima. No figura en el fragmento Muratoriano, pero se debe muy probablemente a una corrupción del texto del catálogo. El examen intrínseco no sólo la atribuye explícitamente a Pedro Apóstol (1, 1), sino que contiene varias referencias biográficas de tal personaje (cf. 2, 6-8; 3, 14; 5, 1.13). No puede esgrimirse el argumento de la elegancia lingüística contra la autenticidad, porque tal elegancia es relativa y no es posible discernir con seguridad lo que puede atribuirse en este sentido a San Pedro de lo que sería efecto de la cultura de Silvano, compañero de apostolado de Pablo y ciudadano romano (Act. 16, 37). II Pedro.

Tras un brevísimo exordio, que contiene la dirección y los saludos (1, 1 s.), se 458Blee una exhortación un tanto genérica a la santidad de vida (1, 3-21). Insiste en la perseverancia en la fe recordando la dignidad del cristiano, llamado a un perfecto conocimiento de Dios y a la participación de la naturaleza divina (1, 3 s.). Y a manera de corolario, el venerable anciano, que presiente como inminente su fin (1, 12-15), recomienda la práctica de la virtud (1, 5-11) y recuerda las bases de sus enseñanzas (1, 16-21). A continuación viene el aviso de que se esté alerta contra los falsos doctores (2, 1-3), cuyos vicios se delatan al par que se predice el tremendo castigo que les espera (2, 1-22). Que los fieles conserven las genuinas enseñanzas de los profetas y de los apóstoles respecto de la parusía (3, 1-13), esperando con paciencia que se realicen los divinos designios y preparándose convenientemente para el juicio de Dios, sin dejarse seducir por doctrinas de falsos doctores. Ciérrase el escrito con una nueva exhortación a la santidad, recordando las epístolas paulinas, y una breve doxología (3, 14-17). No se trata de una obra dogmática.

No obstante, hay en ella maravillosos temas doctrinales. Baste recordar el que se refiere a la participación de la naturaleza divina (1, 4) y aquel otro sobre la inspiración de las Escrituras (1, 19-21). No se nombran destinatarios, pero parece lógico deducir del nombre del Apóstol y de la referencia de 3, 1 que se trata de los mismos individuos que habían recibido ya la primera epístola de Pedro. El tema desarrollado presupone un fondo algún tanto diferente pero no contradictorio: se insiste en el peligro que corren de naufragar en la fe a causa de la obra socavona de falsos doctores aureolados con epítetos retumbantes. Desde este punto de vista, el escrito viene a completar el cuadro, más bien pesimista, que pudiera reconstruirse con las epístolas pastorales de Pablo , con el Apocalipsis , y de un modo especial con la epístola de Judas . Las numerosas alusiones a la actividad de los falsos doctores no justifican en manera alguna la identificación de éstos con ninguno de los diferentes sistemas de gnosticismo que aparecen en el s. II. Han surgido graves dificultades acerca de la autenticidad de esta epístola, que niegan la mayoría de los exegetas acatólicos e incluso algún católico.

La tradición antigua se muestra innegablemente insegura, lo mismo que respecto de alguna de las otras epístolas católicas (v. Canon). Mas el examen interno exige la autenticidad en favor de Pedro (cf. 1, 1.13-18; 3, 1.9.15), a no ser que se demuestre que se trata 459Ade una ficción o de un artificio literario. Son también muy de tenerse en cuenta las semejanzas estilísticas y lingüísticas con la I Pe. y con los discursos de la primera parte de los Actos. Es evidente la profunda semejanza que tiene con la epístola de Judas (v.) —probablemente anterior—, con la cual coincide a menudo hasta en la expresión verbal. Admitida la autenticidad en favor de San Pedro, se cree que el escrito fué compuesto en Roma después que la I Pe. Los que ponen la muerte del Apóstol en el año 64, piensan en el comienzo de este año, pero los que sostienen que su martirio fué en el 67 tienen la posibilidad de una fecha más elástica y más verosímil de suyo (hacia el 67).

Bibliografía

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