Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

MESÍAS

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El elegido por Dios como rey y fundador de la nueva Alianza (Sal. 2, 2): Jesús , Nuestro Señor. Es el hebr. masiah (= ungido), que se aplicó a cuantos recibían, ordinariamente mediante la sagrada unción, fueran sacerdotes o reyes, la misión de guiar o gobernar a Israel (Éx. 28, 41; I Sam. 2, 35, etc., y en ese sentido todo instrumento de Dios era un mesías: Sal. 115, 15; Is. 45, 1). Desde el s. II a. de J. C., con la literatura apócrifa (Enoc 47, 10, etc.) se convirtió en apelativo suyo exclusivo: el Mesías, el ungido por excelencia, «el Cristo » —traducción griega del participio pasivo hebreo—, que Jesús mismo reivindica (Mt. 16, 15 ss.; Mc. 15, 61).

En las diferentes profecías se encuentran otros nombres: « David mi siervo (= adorador)», Ez. 37, 25; «Yavé nuestra justicia», Jer. 23, 6; 33, 16; «siervo de Yavé», Is. 52, 13; «Pastor», Ez. 34, 23; «germen, brote», Is. 4, 2; 11, 1; Jer. 23, 5. El mesianismo es la doctrina sobre el Mesías y su reino (o nueva alianza), tesoro exclusivo del judaísmo y del cristianismo, fruto inconfundible de la divina revelación, que constituye el punto central de convergencia (en las profecías del Antiguo Testamento) y de oposición (en la realización: Nuevo Testamento) entre las dos religiones (A. Vaccari). Todo el Antiguo Testamento se hace extensivo a Cristo y a su reino (v. Alianza ).

El primer anuncio mesiánico (protoevangelio) fué dirigido por Dios a los primeros padres inmediatamente después de haber pecado (v. Adán ). «401APondré enemistad (dice Dios al diablo, bajo la especie de serpiente) en ti y la mujer (Eva), entre tu linaje y el suyo; este (linaje) te aplastará la cabeza, y tú le morderás a él en el calcañar» (Gén. 3, 14 s.). El intento de Satanás de convertir al hombre en partidario suyo contra el Eterno es rebatido por Dios: desde aquel instante se empeña la lucha entre la humanidad y los poderes infernales; y en esa lucha, la humanidad reportará una victoria completa y definitiva.

La tradición judía y cristiana identificaron, y con razón, tal victoria con la obra redentora del Mesías, ya que victoria del «linaje de la mujer» equivale a victoria del género humano, y eminentemente de Cristo, a quien está íntimamente asociada la Inmaculada, nuestra Corredentora ( Divus Thomas , 55 [1952] 223-27). Tal equivalencia se manifestará con mayor precisión en las revelaciones sucesivas, y la prueba la tenemos en la realización de la victoria sobre Satanás, que será en beneficio de todos los hombres, y, por tanto, es una obra espiritual y universal. Así, pues, las diferentes precisiones van siguiéndose cada vez más detalladas. Dios no obrará por sí solo tal desquite del mal, sino que se servirá de la descendencia de Sem, de cuyos bienes espirituales se harán partícipes las gentes ( Jafet ) con él y mediante él: «Bendito Yavé, Dios de Sem» (Gén. 9, 25 ss.; Rom. 1, 16; 11, 13-27). Entre los semitas es elegido el linaje de Abraham , «fuente de bendición para todas las naciones» (Gén. 12, 1-3; cf. 13, 14-17; 17, 1-9, etc.), con el que establece una solemne alianza.

En Gén. 26, 3 ss.; 27, 28 ss. confirma la universalidad de la salvación y la misión intermedia del pueblo descendiente de Abraham , por la línea de Isac-Jacob.

Esta misión incumbirá después sólo a la tribu de Judá (Gén. 49, 8-12), la cual retendrá la supremacía espiritual (cetro, bastón de mando) hasta que haya fundado el nuevo reino el Mesías, «a quien pertenece (sellóh: Ez. 21, 32 [Vulg. 27]) tal soberanía y a quien obedecerán todas las gentes» (v. 10b). Esa supremacía espiritual de Judá estaba expresada de modo sensible en el Templo de Jerusalén, cuya destrucción (70 desp. de J. C.) debía demostrar a los judíos que el Mesías había ya venido (A. Bea, pp. 203-12). En los vv. 11 s. sigue la predicción de una fidelidad y prosperidad material extraordinaria, que se ve repetida en otras profecías.

Trátase muchas veces de bendición efectiva de Yavé a la nación en tanto se mantenga fiel a la misión que se acaba de indicar; pero ordinariamente es una descripción simbólica de la 401Babundancia de los bienes espirituales en el reino del Mesías. En Núm. 25, 15-19 (A. Clamer, La Ste. Bible , II, 400 ss.) Balam predice la aplastante victoria sobre Moab y otros pueblos vecinos que obtendrá un príncipe israelita (= una estrella de Jacob: David ), la cual victoria es un tipo de la del Mesías sobre todas las fuerzas del mal (según sostienen la tradición judía y la cristiana). En Dt. 18, 15-19 (Bea, 212-18) entre las filas de profetas que Dios anuncia ha de enviar a su pueblo, está comprendido el profeta por excelencia, el Mesías.

En la alianza (v.) de Yavé con David (= vaticinio de Natán: II Sam. 7), las esperanzas mesiánicas se renuevan y se condicionan. La dinastía de David deberá colaborar en la obra de Yavé aquí en la tierra: sus destinos están ligados para siempre (Desnoyers, III, 229 ss., 307 ss.). El piadoso rey, tomando el hilo de las antiguas promesas, divinamente inspirado, celebra al misterioso libertador que Dios se asocia a sí para la implantación de su reino: Salmos 2.22.72.110 (Vulg. 21.71.109).

El Mesías es hijo (Sal. 2, 7 = Heb. 1, 5; «Voy a promulgar el divino decreto. Yavé me ha dicho: Tú eres mi hijo; hoy te he engendrado yo») e igual a Yavé (Sal. 110, 1: Yavé te invita a sentarse a su diestra = Heb. 1, 13; Mt. 22, 41-46); soberano de Israel y de las gentes (Salmos 2.6.8; 72, 8-11); sacerdote eterno (Sal. 110, 4 = Heb. 5, 6; 7), modelo de justicia (Sal. 72, 7), que implantará perfectamente el reino de Dios en la tierra. Lo mismo que su descendiente (II Sam. 7, 16), el Mesías es un hombre y David describe sus padecimientos (Sal. 22) y su resurrección (Sal. 16 [15]: «No dejarás que tu santo experimente la corrupción»; Act. 2, 25-32; 13, 35 ss.: A. Vaccari, en La Redenzione , 165-90). Es cierto que sus contemporáneos, y a veces el mismo profeta (cf. Summa Theol. 22, q. 173, a. 4) no captaban cómo habrían de realizarse tales y tales aspectos del Mesías, ni siquiera comprendían el valor pleno de cada una de las predicciones (Desnoyers, III, 310-28).

En los profetas escritores (desde el s. VIII en adelante) es donde el mesianismo está desarrollado. Éstos describen como íntimamente ligadas entre sí la vuelta de la cautividad, la resurrección teocrática y la salvación mesiánica, de modo que la primera es preludio y preparación inmediata de esta última.

Así lo especifica Daniel , 9, diciendo sin ambages que la restauración comenzada con el decreto de Ciro sobre el retorno de los cautivos a Jerusalén no se verá completamente realizada hasta 402Ala venida del Mesías, cuando «se haya dado fin al pecado y reine la justicia eterna» (v. 24). Aclaran la alianza de Yavé con David como dirigida eternamente al Mesías, y por eso no puede perecer Judá ; y también por eso los profetas pronuncian sus más bellos vaticinios mesiánicos después de haber anunciado las devastaciones y la ruina del reino (Is. 4, 1 ss.; 7, 14b.25; 8, 5-8, etc.). Es un enlace lógico.

El Mesías surgirá de la estirpe de David : Is. 11, 1; Jer. 23, 5; 33, 15; Ez. 17, 22; cf. Lc. 1, 32; nacerá en Belén; Miq. 5, 1 = Mt. 2, 6; de una virgen: Is. 7, 14b = Mt. 1, 23; cf. Mi. 5, 2; (la señal dada a Ajaz es el hijo de Isaías [7, 3.16: she’ár jasûb], como el otro hijo en 8,4; «antes de que el niño llegue a la edad de la discreción, esto es dentro de unos meses, los países de los dos reyes temidos serán devastados». Los vv. 21 ss. anuncian la prosperidad del tiempo mesiánico: van unidos a los versículos 14b-15 y desplazados, después de la descripción de la inmediata devastación, o sea después del v. 25, según el esquema habitual del profeta; A. Feuillet, en RScR , 30 [1940] 129-51).

El Mesías estará lleno del espíritu de Yavé: Is. 11, 1-5; 42, 1 (cf. 61, 1 s. = Lc. 4, 18 s.), fuerza divina que Dios otorga temporalmente a personas elegidas para alguna misión, y que en el Mesías es un don permanente (P. van Imschoot, en EthL , 16 [1939] 357-67). Será «el siervo (v.) de Yavé», es decir su adorador por excelencia: Is. 42, 1; 49, 3.5; 52, 13; a quien dará plena gloria (49, 3), cumpliendo fielmente la misión espiritual a él encomendada, cual es la de establecer la alianza definitiva con Israel (42, 6 s.; 49, 5-8; 53, 8), que comprenderá todas las gentes (42, 1.3; 49, 6 s.: «Poco es para mí —dice Yavé al Mesías— ser tú mi siervo, para restablecer las tribus de Jacob y reconducir a los salvados de Israel. Yo te hago luz de las gentes, para llevar mi salvación hasta los confines de la tierra»): anunciar la ley divina que es la norma de tal salvación (42, 1, 3); redimir a la humanidad ofreciéndose él mismo a inauditas torturas morales y físicas (49, 4.7; 50, 6 s.; 52, 14; 53, 2 s. 5.7 s.), hasta el suplicio capital (53, 8 ss.).

Las gentes aprenderán más tarde, maravillándose (53, 1), el sacrificio del «Siervo de Yavé», su expiación vicaria y las admirables consecuencias de ella provenientes; acudirán al elegido a quien Yavé ensalzará (49, 7; 52, 13-53, 12). La muerte del siervo de Yavé era un sacrificio expiatorio aceptado por Dios como tal (53, 11 s.). El justo paciente a quien mataron ha merecido la justicia a los otros. 402BDespués de su muerte tendrá una posteridad espiritual, y será por un tiempo indefinido el instrumento de la salvación concedida por Yavé. La resurrección del Mesías se supone en la promesa de victoria significada en la forma antigua de una batalla vencida, de un botín que se divide.

No puede ponerse en tela de juicio la perfecta igualdad entre esta grandiosa profecía, llamada el evangelio del Antiguo Testamento, y su realización en Nuestro Señor Jesucristo (M. J. Lagrange, Le Judaïsme avant Jésus-Christ , París 1931, pp. 368-81). Al Mesías le dará muerte el mismo Israel que le resiste y le desprecia (Is. 53, 8 s.), por lo que expiará su crimen con un luto nacional (Zac. 12, 8-13 = Mt. 24, 30; Jn. 19,37).

El Mesías tendrá naturaleza divina: se llamará (y entre los semitas el nombre expresa la naturaleza) «maravilloso consejero, Dios fuerte, padre sempiterno, Príncipe de la paz» (Is. 8, 8; 9, 5); conocerá los pensamientos escondidos: «no juzgará por vista de ojos, ni argüirá por oídas de oídos». Tendrá poder divino: «herirá al tirano con los secretos de su boca, y con su aliento matará al impío» (Is. 11, 3 s.); vivirá eternamente (Ez. 37, 25); cf. Mi. 5, 1, donde se emplean términos tan fuertes que fácilmente permiten sacar la conclusión de que se refiere a la preexistencia del Mesías, si bien de suyo expresan un origen muy remoto. Su reino será universal, definitivo y espiritual: Is. 11, 10; 42, 1-7; Jer. 31, 31-34 = Heb. 8, 8-12; Dan. 7, 14-27; 9, 24); será fuente de bendiciones para todas las gentes (Ez. 34, 26 = Gén. 12, 2).

Son características del reino del Mesías: el perdón de los pecados y la santidad: Is. 56, 6; 57, 13; Jer. 31, 23.34; Ez. 36, 25-38, etc. (cf. Lc. 1, 77 ss.); la paz, el orden perfecto en las relaciones de cada uno con Dios y con el prójimo: Is. 9, 6; Mi. 5, 5, etc.; la abundancia de bienes espirituales simbólicamente expresada con las vivísimas imágenes de una extraordinaria fertilidad: Is. 7, 21 s.; 9, 3.6; Ez. 47, 1-12, etc. = imagen de la suculenta mesa dispuesta: Mt. 22, 4; Lc. 14, 15- 24.

Finalmente, los profetas posteriores a la cautividad animan a los repatriados con la esperanza mesiánica: el presente no es más que una sombra de la futura grandeza: la teocracia restablecida es preparación y preludio del reino del Mesías (Ag. 2, 6-9; Zac. 6; Mal. 1, 11; Jl. 4). Y concretan más diciendo: el triunfo del Mesías, rey lleno de mansedumbre, que va montado en una pollina y dominará pacíficamente en toda la tierra (Zac. 9, 9 s. = Mt. 21, 403A5); un sacrificio único y perfecto, inmaculado, ofrecido a Yavé en todo el mundo , ocupará el puesto de los sacrificios levíticos: Mal. 1, 11; un precursor, cuyo tipo es Elías , preparará inmediatamente al pueblo judío para la obra del Mesías: Mal. 3, 1 ss.; 4, 5 s. = Lc. 1, 16 s.; Mt. 11, 10; 17, 10-13 = San Juan Bautista . Cf. Is. 42, 6; 49, 8; Ag. 2, 9.

En la prolongada y sangrienta lucha contra los seléucidas (s. II a. de J. C.), los judíos se orientaron hacia una interpretación parcial y restringida del mesianismo. La salvación mesiánica fué concebida en beneficio único y exclusivo de Israel , y la entendieron como si se tratase de su dominio político sobre todas las gentes. La literatura apócrifa (v. Apocalíptica ) y rabínica pasó en silencio las ideas esenciales, encerrándose en el elemento accesorio de las profecías mesiánicas, con una exégesis literal exagerada hasta el ridículo. Describieron con colores de fábula la prosperidad material del imperio judío que el Mesías había de imponer en el mundo con su poder. Las profecías de Daniel (v.), publicadas y divulgadas en aquel tiempo, sirvieron probablemente de base a tan enorme transformación.

El reino del Mesías es presentado como un imperio (= el reino de los Santos) que viene en sustitución de los precedentes. De esta simple sucesión cronológica se pasó a la analogía respecto de su naturaleza, asemejándolo a los diferentes imperios en cuanto a génesis, formación y actuación (cf. Lc. 17, 20 s.; F. Spadafora, Gesù e la fine di Gerusalemme , Rovigo 1950, pp. 61-66).

El Mesías fué considerado, de modo preponderante si no ya exclusivo, como un rey belicoso y conquistador (Jn. 6, 15; 18, 34 ss.). Desconociéronse en absoluto el perdón de los pecados y la redención, y se negaron tajantemente los padecimientos del Mesías (cf. Mt. 16, 21 ss.; Mc. 8, 31 ss.; 9, 31 ss.; Lc. 18, 34; 24, 21; Jn. 12, 34). Mientras en los apócrifos presenta el Mesías características sobrenaturales y divinas (J. Bonsirven, Le Judaïsme palest. , I, París 1935, pp. 362, 370-74), los rabinos lo asemejan a un puro hombre, por más que se halle adornado del espíritu de Yavé, pues no veían cómo podían salvar de otro modo el dogma del monoteísmo (San Justino, Dial. c. Tryph. , 49-50). Admitíase sin discusión su origen de David (cf. Mt. 22, 41-46); aparecerá de improviso (cf. Jn. 7, 27), presentado y consagrado por Elías (cf. Mt. 17, 10).

No podía la interpretación judía alejarse más de la obra redentora del Mesías, que «no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en 403Bredención por muchos» (Mt. 20, 28). Y no obstante la paciente insistencia del Redentor en rectificar y corregir sus falsas ideas preconcebidas, los judíos permanecieron fatalmente fuera de la salvación (cf. Mt. 8, 11 s.; etc.; J. B. Frey, en Biblica , 14 [1933] 133-49.269-93). Incluso después de la resurrección hubo de tener que iluminar Jesús a sus discípulos: «Y Jesús les dijo (a los dos que se dirigían a Emaús): ¡Oh hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas!

¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria? Y comenzando por Moisés y por todos los profetas les fué declarando cuanto a Él se refería» (Lc. 24, 25 ss.). La única fuente del mesianismo es la revelación divina. Él y su obra era el último fin intentado por Dios en la alianza con Abraham , el objeto adecuado de las divinas promesas. El admirable y multiforme desarrollo del mesianismo, con su enriquecimiento y aclaraciones sucesivas, que fueron dándose con intermitencias, pero convergiendo armoniosamente para formar un cuadro único, sin contrastes y sin contradicciones, no obstante los diferentes aspectos antes mencionados, es inexplicable sin la existencia de este plan divino y sin la comunicación que de él hizo Dios a los hombres.

Todos los intentos que ha de explicar de otro modo el mesianismo, ese fenómeno único en la historia de las religiones, excluyendo la comunicación directa por parte de Dios, han resultado inútiles y vanos. La exacta correspondencia entre las predicciones del Antiguo Testamento y su realización en Jesucristo N. S. (v.) es, en último análisis, el sello de la inspiración divina (Is. 41, 22, s.; 44, 7; 46, 10 s.).

Bibliografía

F. Spadafora, en Enc. Catt. , II, VII, con rica bibliografía. L. Desnoyers, Histoire du peuple hébreu , III, París 1930, pp. 296-328. M. J. Lagrange, Le Judaïsme avant Jésus-Christ , Id. 1931, pp. 33, 36-69, 77 s., 127-30, 149-53, 161 s., 241 s., 332-336, 363-87, 403-406, 418 s. A. Bea, De Pentatheuco , Roma 1933, 198-218. F. Ceuppens, De prophetiis messianicis in A. T. , id. 1935. P. Heinisch, Teología del Vecchio Testamento , trad. it. ( La S. Bibbia , S. Garofalo), Torino 1950, pp. 359-408;
id., Cristo Redentore nell’ Antico Testamento , trad. it. de S. Cipriani, Brescia 1956.A. Colunga, La primera promesa mesiánica , en CT, 1942. P. Tormes Ros, La santidad del Mesías según , en EstB (1946). J. Alonso, Descripción de los tiempos mesiánicos en la literatura profética como una vuelta al paraíso , en CB 1950. B. Santos Oliveira, El Deseado de las Gentes , en EstB, pp. 94-100179-183.

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