BALAM
El hebreo Bil‘am : adivino o mago, invitado a maldecir al pueblo hebreo, pero que por voluntad de Dios profiere, en cambio, una bendición y una bella profecía sobre el futuro de los descendientes de Jacob. De Balam se habla frecuentemente en la Biblia , incluso en el Nuevo Testamento, como de un típico corruptor. Su acción se describe en una sección especial con características particulares en Núm. 22- 24. Cuando Israel se halla acampado en las llanuras de Moab , al otro lado del Jordán, Balac, rey de la región, se muestra asustado por la suerte que corrieron los príncipes amorreos que se habían opuesto al paso de los hebreos (cf. Núm. 21, 21-35). Cuenta este rey con ahuyentar el peligro 70Arecurriendo al poder mágico de un adivino famoso, Balam, hijo de Beor, que habita en Petor (tal vez el Pitru de los monumentos asirios y la Pedru de los anales de Tutmosis III). Descríbense con abundancia de pormenores dos embajadas de Balac. Previa la entrega del precio de la maldición, inducen a Balam a que se llegue hasta Moab.
Por medio de visiones durante el sueño, el Señor le impide primero que intervenga, luego le consiente que vaya con aquellos hombres, pero con la condición de que no ha de decir otra cosa distinta de lo que le sea sugerido por el Espíritu. El adivino se aprovecha de esta ocasión, pero probablemente con la idea secreta de contravenir a la orden. Por de pronto su camino se ve entorpecido por un ángel que obliga a la borrica a apartarse del camino y a lanzar una queja que el adivino, su amo, interpreta rectamente (cf. Núm. 22, 22-25).
Ofrece sacrificios y luego se dispone a maldecir a Israel, pero tiene que confesar su impotencia, y se siente forzado a pronosticar el futuro desarrollo de Israel. Repítese la tentativa, habiendo primero cambiado de puesto y ofrecido nuevos sacrificios, pero con idéntico resultado: profiere una alabanza y una bendición en vez de la maldición mágica. Son, pues, dos los oráculos de Balam (ibid. 24, 3-9. 15-24), «del hombre de los ojos cerrados». El primero celebra el futuro de Israel, y termina amenazando con la maldición para quienes tengan la osadía de maldecir al pueblo de Dios. En el segundo se lee el mismo motivo con señales mucho más explícitas y la célebre profecía sobre la «estrella de Jacob» y sobre un futuro rey de Israel. La tradición exegética, tanto judía como cristiana, ha visto una profecía mesiánica, al menos en sentido típico, cuya primera relación se da en David, primer tronco de la monarquía israelita. En el episodio de Balam tenemos un ejemplo de alguien que involuntariamente es llevado a profetizar por el Espíritu de Dios (cf. Jn. 11, 49 ss.). El adivino permanece en el paganismo y sigue hostigando a Israel (cf. Núm. 31, 16).
Balam quedó en la tradición como símbolo del corruptor y del avaro (cf. Dt. 23, 5; Jos. 13, 22; 24, 9; Miq. 6, 5II P. 2, 15; Jud. 11; Apoc. 2, 14); el primer título se refiere al hecho registrado en Núm. 31, 16, y el segundo al episodio que acabamos de describir, por más que el Pentateuco apenas hace referencia al dinero recibido por Balam. La silueta se ha ido acentúando más y más — peyorativamente, por supuesto — en la tradición postbíblica.
Bibliografía
A. Clamer, Nombres (La Ste. 70BBible, cd. Pirot. 2), París 1940, pp. 380-406. J. Enciso, El yaveísmo de Balam, en Est B. (1931), 123-29.