Diccionario Bíblico

Francesco Spadafora

MARÍA Santísima

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La Virgen Madre de Dios, nuestra excelsa Reina, íntimamente asociada a la obra redentora de su divino Hijo, Jesús, Nuestro Señor.

El evangelio de la infancia (Lc. 1-2; Mt. 1-2) nos la presenta de este modo: «Al sexto mes (del embarazo de Santa Isabel) fué enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a la ciudad de Nazaret a una virgen (en el sentido riguroso y pleno: cf. Lc. 1, 34 s.; Mt. 1, 18-25) desposada... con José, de la casa de David; y el nombre de la Virgen era María» (Lc. 1, 26).

No hay dificultad alguna en que el inciso «de la casa de David» se refiera a María: Lucas propone, efectivamente, la casa de Isabel (1, 5), de la profetisa Ana (2, 36), la de José en 2, 4; y, con todas las probabilidades, en 3, 23-33 la genealogía (v.) de Nuestra Señora. Y que María fuese de la descendencia de David se colige de otros pasajes de la Escritura (cf. Lc. 1, 32; Rom. 1, 3) y está afirmado unánimemente por una antiquísima tradición (Ignacio, Ireneo, Justino, etc.). María estaba desposada. La legislación judía distinguía claramente entre esponsales (μνηστεύειν; μνηστεία) y matrimonio. Éste se concluía 385Bcuando el esposo recibía al cabo de un año en su casa (παραλαμβάνειν) a la esposa (cf. Mt. 25, 1.6.10) y empezaban a cohabitar (συνέρχεσθαι).

Estos dos momentos (el desposorio y el matrimonio) aparecen perfectamente distintos en Dt. 20, 7: «¿Quién se ha desposado con una mujer y todavía no la ha tomado?» Eso mismo es lo que dice Mt. 1, 18.20.25: «Estando María desposada (μνηστευθείσης) con José, se halló haber concebido antes de que conviviesen (συνελθεῖν). Y el ángel dijo a José: No temas recibir en tu casa (παραλαβεῖν) a María, tu esposa. »Y José recibió en su casa (παρέλαβεν) a su esposa.» Mas el desposorio entre los hebreos no era sólo promesa de matrimonio, sino verdadero y propio matrimonio jurídicamente, con todos los derechos y deberes de los cónyuges: la desposada infiel era considerada como adúltera, sujeta a ser apedreada (Dt. 22, 23 s.), igual que la esposa culpable; si perdía al desposado era considerada como viuda; lo mismo que la esposa, no podía ser despedida sino con el libelo de repudio; la prole habida durante este tiempo era considerada como legítima. Según esto, María, desposada con José, era su verdadera esposa (cf. Lc. 2, 5).

Son muchas las explicaciones etimológicas que se han dado del nombre de María (en hebreo marjām), que en la Biblia aparece por primera vez aplicado a la hermana de Moisés . O. Bardenhewer cuenta hasta unas sesenta, mas la mayoría de ellas no tienen fundamento alguno científico, ya que muestran un desconocimiento absoluto de las más elementales reglas del hebreo, referentes a la formación de los nombres. Lo único que hacen es proporcionarnos un material excelente para la historia del culto de María, en cuanto los santos Padre s y escritores eclesiásticos (entre los que descuella San Bernardo con su «estrella del mar»), han sabido sacar, cada uno del significado que ha sido más de su agrado, piadosas e ingeniosas relaciones con la misión de la Virgen en el reino de la gracia. Hoy todos están de acuerdo, con el P. Lagrange, en dejar a un lado la etimología primitiva y atenerse al sentido que daban al nombre los judíos en el tiempo de Nuestro Señor; o sea el de Señora, Princesa (Nuestra Señora, Madonna). Es decir, que lo consideraban como una forma afín y sinónima de Marta (femenino del arameo mará’ = señor).

La anunciación. «Ave, llena de gracia; el Señor es contigo.» El Ángel emplea el lenguaje de los profetas del Antiguo Testamento en sus 386Aprofecías mesiánicas (Sof. 3, 14-17; Jl. 2, 21 s.; Zac. 9, 9); comienza invitando a la alegría, e inmediatamente pasa a dar noticia de la ayuda del omnipotente, que siempre se prometía en el Antiguo Testamento a los hombres a quienes Dios elegía para alguna misión especial (cf. U. Holzmeister, en VD , 23 [1943] 260 s., 282 s.). En vez del nombre, el ángel emplea el participio κεχαριτωμένη, o sea en posesión de la gracia, favor de Dios (Ef. 1, 6); María es objeto de las divinas complacencias; el Señor está con ella, ha hallado gracia a los ojos del Altísimo, será Virgen y Madre de Dios, según se expresa el mismo ángel. La Virgen posee ese don (la gracia) de un modo ilimitado: el participio ocupa el puesto del nombre, como queriendo indicar una dote característica, propia de Ella. La Vulgata traslada acertadamente el sentido con la expresión «gratia plena».

María reconoce en las palabras del ángel los términos proféticos que sirven de preparación a una revelación concerniente al Mesías. «El saludo del ángel lo interpreta María como prólogo de una altísima misión» (Lagrange) relacionada con el Mesías. He aquí porque «se turba» ante tales palabras. Este sentimiento suyo no es un sentimiento de temor, sino que el trabajo del entendimiento, en la quietud perenne del alma fundada en la humildad, y con el pensamiento continuamente en Dios, busca una solución a una cuestión que hasta entonces nunca se había propuesto aquella jovencita que siempre soñara con vivir ignorada y confiadamente cobijada bajo las alas de la divina misericordia. El ángel le descubre inmediatamente el puesto que le está reservado en la nueva Economía: Dios la ha elegido para ser Madre de su Hijo que viene a salvar al mundo (S. Lyonnet, en Biblica , 20 [1939], 131-41). María no manifiesta duda alguna, sino que pregunta al ángel —y con esto nos descubre una vez más la soberana quietud de su alma— qué será del ofrecimiento que Ella ha hecho a Dios de su virginidad: ¿Cómo he de cumplir esa voluntad de Dios? ¿Tendré tal vez que renunciar al ofrecimiento hecho anteriormente?

La perfección consiste enteramente en cumplir la voluntad de Dios: «en su voluntad está nuestra paz», y por lo tanto no cabe duda de la disposición de María respecto de la aceptación incondicional de la misión que se le encomendaba: aceptación inmediata y generosa. Ninguna prerrogativa de la Virgen es comparable con la de ser Madre de Dios. «¿Cómo 386Bpodrá ser esto, pues yo no conozco varón?» «Sus palabras son un indicio seguro de que había decidido permanecer virgen, de que se lo había prometido a Dios, y de que siendo desposada, estaba plenamente de acuerdo con su esposo José sobre tal propósito» (A. Vaccari). Por aquí se puede también echar de ver la gran santidad del jefe de la sagrada Familia y patrono de la Iglesia universal. «Ese Dios que es omnipotente y ha creado el mundo y la vida de la nada, y que puede hacer que el árbol estéril dé fruto, como lo hizo con Isabel» (prima de María; Vaccari), obrará este milagro: María, sin dejar de ser virgen, dará a luz al Verbo Divino. Cuando María hubo dado el consentimiento, sucedió la encarnación del Verbo (Lc. 1, 26-38).

Inmediatamente después, movida de un ardiente impulso, María se dirigió desde Nazaret a Judea (Ain-Karim, al sudeste de Jerusalén), donde vivía Zacarías, para dar el parabién a la prima y prestarle sus servicios. Habiéndose agregado a alguna caravana, va meditando en el misterio que el ángel le había revelado, y acuden a su alma aquellos sentimientos de humilde agradecimiento hacia la grandeza y la bondad de Dios, que espontáneamente brotarán en el himno sublime Magníficat (v.). La presencia del Verbo encarnado en María es, efectivamente, causa de gracia para Isabel, quien por inspiración divina conoce los misterios que se han obrado en María, su dignidad de Madre de Dios y su fe absoluta en la palabra divina; pero sobre todo es causa de gracia para el precursor, que es santificado por la gracia y salta de gozo en el seno materno (Lc. 1, 29-55). Probablemente la Virgen permaneció al lado de su prima hasta después del nacimiento de Juan Bautista. Al regresar a casa fué cuando se hizo patente a José su estado de madre.

Es el episodio que se relata en Mt. 1, 18-25, cuya finalidad es confirmar la concepción virginal de Cristo mediante el testimonio del mismo esposo: «sin llegar a conocerla, María dió a luz Jesús», con lo que se realizaba la célebre profecía de Is. 7, 14. Se ha dramatizado hasta el exceso al hablar del «trágico tormento», etc., de S. José. No se ha reparado en que el texto griego emplea en los verbos el aoristo: (ταῦτα ἐνθυμηθέντος = habiendo tenido este pensamiento; μὴ φοβηθῇς = no empezar a..., etc.). Todos admiten que en el ánimo de S. José no asomó duda alguna acerca de la pureza 387Ay santidad de María. Se desprende del texto.

Con todas las probabilidades el pensamiento que le sobrevino fué el de esconderse ante la grandeza de aquel misterio, inspirado por su humildad. Y apenas concibe tal pensamiento, cuando interviene el ángel. Así que María no había revelado el coloquio con el ángel ¡ni siquiera a su esposo! ¡Qué humildad de reserva, qué total abandono a la divina providencia! José y María van de Nazaret a Belén con motivo del empadronamiento: «Y estando allí se cumplieron los días de su parto y dió a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón» (Lc. 2, 1-7).

María había preparado con tierno cuidado los pañales para el divino niño esperado; y el ángel da como señal a los pastores para que reconozcan al salvador ese contraste entre los ricos pañales y el pesebre. Ante la extraordinaria ad oración de los pastores (2, 8-20), lo mismo que cuando llegue la de los Magos (Mt. 2, 1-12), María graba en su corazón todo cuanto se refiere a su hijito, en lo cual «por corazón se entiende todo el conjunto, conforme al lenguaje hebraico bíblico, de memoria, afecto, consideración» (Vaccari). María cumple todas las prescripciones de la ley: circuncisión de Jesús al octavo día con la imposición del nombre que el ángel le había comunicado a Ella (Lc. 1, 31) y a José (Mt. 1, 21); presentación en el Templo; rescate del primogénito (así llamado aun cuando fuera unigénito) y purificación de la madre, con la ofrenda de un sacrificio (Éx. 13, 11-15; Lev. 12). En el Templo recibe María del inspirado Simeón la predicción de los padecimientos de Jesús y de su participación en tales padecimientos (Lc. 2, 21-35).

Estas palabras de Simeón son un paralelo tácito del protoevangelio (v.) que asocia íntimamente al Redentor y a la Madre, en la enemistad, en la lucha y, consecuentemente, en los sufrimientos que serán causa de la victoria decisiva (A. M. Dubarle, Les fondements bibliques du titre marial de Nouvelle Eve , en Mélanges Lebreton , I, 1951, pp. 57-60). Después del regreso a Belén y de la adoración de los Magos (v.), María sigue obediente la orden divina comunicada a José de ir a refugiarse en Egipto (Mt. 2, 13-35), de donde regresarán al morir Herodes, para establecerse en Nazaret (Mt. 2, 19-23). El místico reposo de la sagrada Familia no es interrumpido más que por el episodio de 387BJesús, que se queda en el Templo disputando con los doctores cuando María y José ya estaban en camino de regreso a Nazaret y no advirtieron su falta hasta el fin de la primera jornada del viaje.

Pasada la noche con el dolor consiguiente, se volvieron atrás en busca de Jesús, a quien hallaron al día siguiente, que era el tercero desde su salida de Jerusalén, en las salas anexas al Templo, en las que los doctores de la ley daban sus enseñanzas por medio de preguntas y respuestas. «Le hallaron en el templo, sentado en medio de los doctores, oyéndolos y preguntándoles. »Al verlo se maravillaron y su madre le dijo: Hijo, ¿por qué nos has hecho eso? Mira que tu padre y yo apenados andábamos buscándote.» Para María y José quedaron envueltos en el misterio, así el episodio como la respuesta de Jesús, la cual pone en evidencia su origen divino del Padre celestial y su plena independencia de los padres terrenos para el cumplimiento de la misión que Aquél le había confiado (Lc. 2, 41-50). «Bajó con ellos, y vino a Nazaret, y les estaba sujeto, y su Madre conservaba todo esto en su corazón», vuelve a notar S. Lucas en su evangelio (2,15 s.). Entre la cuna y el Calvario, María aparece en el episodio de las bodas de Caná (Kefr-Kenne, 10 km. al noroeste de Nazaret).

Jn. 2, 1-11. «Ya no tienen vino»; ejemplo admirable de oración: exponer afectuosamente al Señor la propia necesidad, sin añadir otra cosa. Jesús entiende que María pide un milagro, y responde que no puede acceder a la petición, porque todavía no ha llegado el momento en que deberá manifestar su poder divino iniciando su misión. «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? No es aún llegada mi hora.» La primera frase es semítica, aun ahora en uso entre los árabes, y aparece frecuentemente en el Antiguo Testamento (Jue. 11, 12; II Sam. 16, 10, etc.). Toma diferentes sentidos según el tono y las circunstancias, pero sin ese tono de dureza que expresa al ser traducida servilmente a nuestras lenguas. Podría traducirse así: «¿Por qué me pides eso?» Mujer, es un modo de hablar que los orientales y los griegos empleaban para las personas de consideración: expresión de respeto y de ternura (cf. Jn. 8, 10; 19, 26; 20, 13 ss.; Homero, Ilíada , III, 204; Sófocles, Edipo , 655), como quien dice «señora». En la vida de Jesús todo se realiza conforme al plan establecido por la divina Providencia; 388Aincluso el tiempo y el modo de dar comienzo a su ministerio.

Pero María, que conoce el corazón de su Hijo, da a los sirvientes una orden que compromete al mismo Jesús, y éste realiza el milagro, no anticipando el comienzo solemne de su misión, que tendrá lugar en breve, en Jerusalén, con el acto de echar fuera a los vendedores del Templo (Jn. 2, 13-22), sino haciendo una excepción. Esto prueba la omnipotencia de María sobre el corazón de Jesús, querida por su divino Hijo, que se complace en honrar a su madre; y prueba también su benignidad, que «socorre libremente antes de que la pidan». «Éste fué el primer milagro que hizo Jesús; y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos» (Jn. 2, 11). La Reina de los Apóstoles alcanza, pues, con este primer milagro la confirmación de la vocación de los primeros discípulos. Hácese mención de María otras dos veces. Su madre y sus primos aparecen en busca de Jesús en una ocasión en que estaba hablando a las turbas. Y el divino Redentor aprovecha la noticia para otra enseñanza: son verdaderos hermanos de Jesús los que, cumpliendo la voluntad de Dios, viven de su vida y están unidos con Dios mediante los vínculos de la caridad.

En consecuencia, Jesús ensalza a María Santísima, que ha cumplido la voluntad de Dios mejor que ninguna otra creatura, y lo ha amado en tanto grado, que ha merecido ser elegida para madre del Verbo encarnado (Mt. 12, 46-50; Mc. 3, 31-35; Lc. 8, 19 ss.). Una pobre mujer del pueblo bendice a María por tal Hijo (Lc. 11, 27 s.): «Dichoso el seno que te llevó y los pechos que mamaste», exclama dirigiéndose a Jesús, quien confirma el elogio y lo completa diciendo: «Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan»; y en esto María no tiene semejante en el mundo. Ya Santa Isabel había proclamado de ella: «Dichosa la que ha creído» (Lc. 1, 45).

En el momento del último sacrificio, María se encuentra con su Hijo: lo ofrece al Eterno como víctima para nuestra Redención. «Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y la hermana de su Madre, María la de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su Madre y al discípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn. 19, 25 ss.).

«Jesús, con un acto supremo de afecto filial piensa en su Madre, 388By la encomienda a su discípulo predilecto, dándoselo por hijo en su lugar; piensa también en el discípulo predilecto, y en su persona en todos sus seguidores dándoles a María por Madre. A los pies de la cruz ella es nuestra corredentora juntamente con Jesús; es el canal por el cual llega a los hombres el fruto precioso del sacrificio del Calvario» (A. Vaccari; cf. A. M. Dubarle, art. c., pp. 61-64). La última vez que se habla de María es en Act. 1, 14. Hállase en medio de los Apóstoles, orando en el cenáculo, en espera de la venida del Espíritu Santo; Reina de los Apóstoles, alma de la Iglesia naciente.

Con la concisión de los textos divinamente inspirados, que ofrecen estos preciosísimos rasgos, contrasta la abundancia de detalles que se leen en los apócrifos, entre los cuales es el primero, incluso por su antigüedad (s. ii ), el Protoevangelio de Jacobo. A él debemos el conocimiento de los nombres de los padres de María, Joaquín y Ana, los detalles del nacimiento; la fiesta de la presentación de María en el Templo. De entre las tradiciones consideradas por los Padres, aparte todo cuanto atañe a la Asunción a los cielos, nos place mencionar aquí el siguiente detalle: Pedro, inmediatamente después de haber negado a Jesús y llorado su pecado, se refugió junto a la Virgen Santísima, quien le consoló y le aseguró el perdón total. Todos admiten como cierto que en la madrugada de Pascua Jesús se apareció inmediatamente después de resucitado, y antes que a nadie, a su Madre.

En el Ap. 12, 1-18 «la mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas», representa a la Iglesia, y muchos exegetas sostienen que se la describe con los colores de la imagen de la Santísima Virgen. Los Padres y la enseñanza infalible de la Iglesia han desarrollado la misma conexión entre Jesús y María que efectivamente se afirma en la Sagrada Escritura (Is. 7, 14; Lc. 1, 26-38; 2, 34 s.; Jn. 19, 25 ss.). «Desde el s. ii es presentada la Santísima Virgen por los Padres como la nueva Eva, íntimamente unida al nuevo Adán (Rom. 5, 15-21; I Cor. 15, 45-49), aunque subordinada a él, en la lucha contra el enemigo infernal (Justino, Ireneo, Tertuliano, etc.).

«En eso consiste el principio llamado de recapitulación, según el cual la salvación nos viene de un modo semejante a como nos vino la ruina; por la virgen Eva nos vino la ruina, por la Virgen María la salvación; lo mismo 389Aque Eva colaboró con Adán en cometer el pecado, así María, la nueva Eva, colaboró con su Hijo, el nuevo Adán, para la reparación del pecado. «Cristo derrota a la serpiente, y con él toma parte en la lucha (cf. Lc. 2, 34 s.) y en la victoria esta nueva Eva, como la primera Eva tomó parte en pactar con el enemigo y en la derrota» (A. Bea). «¿No son acaso Jesús y María el nuevo Adán y la nueva Eva, a quienes el árbol de la cruz une en el dolor y en el amor para reparar la culpa de nuestros progenitores del Edén?» (Pío XII). A la luz de esta doctrina (afirmada, ya hemos dicho, en la Sagrada Escritura), con razón se considera al Protoevangelio (v.) como primer anuncio del futuro Redentor, cabeza de toda la humanidad, y juntamente primer anuncio de María, Madre y cooperadora, íntimamente unida a él en la lucha y en la victoria decisiva. Y con razón también se alega Lc. 1, 28, «llena de gracia», para que se entienda que la enemistad entre María y Satanás es perfecta y completa, y que, por tanto, en la predicción y en la salutación angélica se entiende estar comprendida la Inmaculada Concepción de María. Otro tanto hay que decir respecto del triunfo.

La estrecha unión que existe entre Jesús y María en la lucha y en la primera victoria exige que también María triunfe, como Jesús, no sólo del pecado, sino también de la muerte , ya que estos dos enemigos del género humano son consecuencia del primer pecado, siempre íntimamente unidos en los escritos del Apóstol de las Gentes (Rom. 5-6; I Cor. 15, 21-26, 54-57). Y lo mismo que la lucha de Cristo se concluye con la glorificación de su santo cuerpo en la resurrección, así también para María se concluye la lucha con la glorificación de su cuerpo virginal.

En el protoevangelio se predicen las comunes enemistades y la común victoria plena del Redentor y de su bendita Madre, a él unida con estrechísimo lazo, sobre el diablo seductor y sobre las consecuencias de tal seducción. Y las consecuencias son el pecado (original y personal) y la muerte. «La plena victoria debe, pues, ser para la Madre lo mismo que para el hijo, victoria sobre el pecado y sobre la muerte; sobre el pecado en la Inmaculada Concepción, sobre la muerte en la Asunción corporal» (A. Bea). De este modo también el dogma de la Asunción tiene su «último fundamento» en la Sagrada Escritura.

389BPor último, los Padres han aplicado a la Santísima Virgen tipos y figuras del Antiguo Testamento, a veces con verdadera finura, como cuando aplican a María, sede de la Sabiduría, lo que en los libros sapienciales se dice de la Sabiduría, atributo de Dios. En Ez. 44 ss. «algunos gustan —escribe S. Jerónimo— de ver en aquella puerta cerrada, por la que sólo pasa el Señor, a la Virgen María, que sigue siendo Virgen antes y después del parto». [F. S.] G. Roschini, La vita di Maria , Roma 1945
P. C. Landucci, María SS. nel Vangelo , Roma 1945
J. J. Weber, La Vierge Marie dans le Nouveau Testament , París-Colmar 1951
F. Ceuppens, De Mariología Bíblica , 2.ª ed., Turín 1951
A. Bea, La Sacra Scrittura «ultimo fondamento» del domma dell’Assunzione , en La Civiltà Cattolica , 2 dic. 1950, pp. 547-61
F. Spadafora, La S. Scrittura e l’Immacolata , en Rivista Bíblica , 2 (1954), 1-9
Id., María alle nozze di Caná , en Rivista Bíblica , 2 (1954), 220-47.
S. Alameda, La Virgen en la Biblia y en la primitiva Iglesia , Barcelona 1939
J. Leal, La Virgen en el Evangelio , en CB (1952), pp. 99 ss.
Timoteo Urquiri, La Inmaculada concepción de María y la Sagrada Escritura , en IC (1954), pp. 882 ss.
A. Colunga, La madre del Mesías en el A. T. , en CT (1950), p. 77 ss.

Bibliografía

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