ISRAEL (Reino de)
El poderoso reino creado por David había ofrecido síntomas de descomposición ya en los últimos años de Salomón. Contribuían a ello motivos políticos, sociales y religiosos. Las tribus septentrionales, que eran más ricas, y en otro tiempo habían estado ya capitaneadas por jueces o reyes de su estirpe (Gedeón, Jefté), apenas toleraban el predominio de Judá. Recuérdese el revuelo de Absalón y el de Seba. El modo de obrar de Salomón, poco deferente en sus relaciones, su administración fundada en prefecturas, con mengua del poder de los ancianos en las respectivas tribus, con las cuales no se contaba ni aun para la elección del rey, he ahí los principales móviles políticos. Razones de carácter social son las aportaciones de mano de obra y pecuniarias, de las que solo Judá estaba exento. Finalmente el mal ejemplo de Salomón, arrastrado a prácticas idolátricas por sus mujeres, elegidas por todas partes entre los pueblos paganos; el perjuicio causado a los antiguos santuarios yaveístas (Silo, Bétel, Gabaón), como consecuencia de la construcción del Templo, por motivos opuestos chocaron con los fervorosos yaveístas y con los intereses locales de varios sectores de la población.
La ocasión que decidio la escisión fue la estúpida incomprensión de Roboam cuando acababa de ser elegido rey de Judá. Las tribus septentrionales, que se habían reunido en Siquem para tratar sobre su adhesión al nuevo rey, rechazaron a la dinastía de David y eligieron por su rey al efraimita Jeroboam, a quien Ajías de Silo (I Re. 11, 29-36) había predicho el reinado, y que había acudido desde Egipto, donde se había refugiado durante el reinado de Salomón. Conservóse el nombre nacional de Israel aplicado al estado septentrional de las diez tribus, más extenso en territorio, puesto que abarcaba incluso la Transjordania, y más importante por el número. Jeroboam fortificó a Siquem e hizo de ella la capital del nuevo reino de Israel durante los primeros años (II Re. 12). Para consolidar el reino, Jeroboam (929- 909) comenzó por tomar providencias de orden políticomilitar (la fortificación de varias ciudades, etc.), mas pronto pasó a una revolución religiosa que acarreó gravísimas consecuencias.
En el indiscutible atractivo del templo de 295AJerusalén vio un peligro para la estabilidad de su reino; y aprovechando el antiguo apego popular a las antiguas alturas, construyó dos altares oficiales: los santuarios de Bétel (19 km. al norte de Jerusalén) y de Dan (a los pies del Hermón). Las dos localidades, por su posición cerca de las dos extremidades del reino, se prestaban magníficamente para el intento de mantener la devoción del pueblo en el interior y en los límites del estado. Jeroboam dotó a los dos santuarios de sendos becerros de oro, repitiendo el gesto de Arón en el desierto (Éx. 32, 1-66), e invitando al pueblo a adorar a Yavé bajo la figura del becerro. No era propiamente una idolatría; tratábase de un culto ilícito, al menos por razón de la forma, puesto que el primer estatuto de la alianza sancionada en el Sinaí prohibía toda reproducción sensible de la divinidad (Éx. 20, 4 s.). Pero para el pueblo fue efectivamente ocasión y estímulo para la idolatría. Además de eso, instituyó un nuevo sacerdocio y cambió el calendario, como, por ejemplo, la fecha de la fiesta más popular de Judá, la de los Tabernáculos, que él puso un mes más tarde.
Así comprometió Jeroboam al yaveísmo, atendiendo a sus miras políticas sin ninguna consideración para con la revelación divina, apartando prácticamente a Israel de la alianza (v.) con Yavé. Es, pues, exacto el juicio severo manifestado en la expresión: «el que indujo a Israel al pecado», y tiene razón de ser la tristeza del anciano profeta Ajías que, habiéndose retirado a su ciudad de Silo, pronosticó al soberano la terrible condenación que arrastraba a la ruina a toda su familia (I Re. 14). Ya un profeta anónimo, presente en la inauguración del culto ilegítimo en Bétel, había vaticinado la destrucción del tal culto por obra de Josías; y esa profecía se cumplió unos 300 años después (II Re. 23, 15 ss.). El «pecado de Jeroboam» fue el pecado original del reino de Israel; pecado continuado, y frecuentemente bastante agravado, por varios reyes y sus respectivas dinastías que fueron sucediéndose con trágicos sobresaltos en el nuevo reino (v. Cronología bíblica). Su historia es verdaderamente la de una «caña agitada por el viento» (I Re. 15, 14) que, con más o menos rapidez, iba camino de desaparecer engullida en el abismo.
Nadab, hijo de Jeroboam, apenas reinó dos años; fue muerto por su general Basa (de la tribu de Isacar) que exterminó a su familia para eliminar a todos los pretendientes. Basa (2.ª dinastía) reinó unos 23 años (908- 885), con la capital en Tirsa (no identificada; 295Bquizá en la tribu de Manasés). Debió de ser hábil y potente; extendio sus dominios hasta Rama, a cuenta de Asa, rey de Judá; pero este acudió a Benadad I, de Damasco, en busca de auxilio, obligando a Basa a abandonar lo conquistado en el sur y a hacer no pocas concesiones a los sirios. El hijo de Basa, Ela, depravado y corrompido, apenas reinó durante un año. Hallándose de comilona en casa de uno de sus mayordomos, fue degollado por Zimri, uno de sus generales, que asesinó también a toda su familia (I Re. 16, 8-20). Pero el ejército que estaba asediando a Guibetón, ocupada por los filisteos, proclamó rey a Omri, otro general. Zimri, al ver qué caía Tirsa, la capital, puso fuego al palacio real y acabó entre las llamas una semana escasa después (884). Omri (884-873), después de haber vencido a Tibni al cabo de cuatro años, subió al trono en el año 27 de Asa, rey de Judá (I Re. 16, 16-28).
Una parte del ejército se puso al lado de un tal Tibni, probablemente efraimita, que murió, tal vez asesinado, después de cuatro años de guerra civil y de anarquía. Fue activo y sagaz organizador, y no menos valeroso soldado. Hizo que el reino de Israel fuese poderoso y estimado, y puede llamársele su segundo fundador. Las inscripciones asirías (de Adadnirari III, Teglatfalasar III y Sargón) hablan de Israel llamándolo mát Humri, «país de Omri», o bit Humri, «casa de Omri». Tuvo fundamental importancia para toda la historia subsiguiente del reino y del país la fundación de la ciudad de Samaría, en una privilegiada posición central, a 10 km. de Siquem. Omri hizo de ella su capital y la convirtió en una fortaleza inexpugnable y en el centro de cohesión y de unidad política del reino, lo mismo que había hecho David con Jerusalén. Sabemos por la stela de Mesa (v.) que Omri ejerció dominio sobre Moab , y ocupó su distrito de Madaba (lín. 7 s.). Impuso un tributo a los reyes moabitas (II Re. 3, 4). Fue menos afortunado luchando contra los amorreos, a quienes hubo de ceder algunas ciudades y conceder emporios comerciales en la misma Samaria (I Re. 20, 34).
Ya en los comienzos estableció con Ethbaal, rey de Tiro, una firme, íntima y provechosa alianza que quedó sancionada con el matrimonio entre Ajab y Jezabel, sus respectivos hijos. Inició relaciones amistosas con Judá. Como consecuencia de su indiferencia religiosa, Omri abrió con su política un amplio campo para el sincretismo idolátrico (I Re. 16, 25 s.) que se desbordó durante el reinado de su hijo y 296Asucesor Ajab. Con este (873-854), el reino de Israel disfrutó de una gran prosperidad material, en tanto que el yaveísmo recibió un golpe mortal, debido a la nefasta influencia de la inicua, cruel y avasalladora Jezabel. Sobre el modo diabólico con que dominaba a Ajab y se entrometía en el gobierno tenemos ejemplos en la persecución de los yaveístas, en la imposición oficial del culto del Baal fenicio y en la cruel rapiña de la viña de Nabot, a quien ella mandó asesinar (I Re. 16, 29-22, 40). La aberración religiosa llegó al colmo, y lucharon heroicamente contra ella Elias (v.) y Elíseo (v.). Ajab en sus últimos años derrotó (857 a. de J. C.) a Benadad II, rey de Damasco, que un año antes había asediado inútilmente a Samaría.
El vencedor respetó la vida al rey prisionero, y se limitó a exigir la restitución de las ciudades que Omri había cedido a los árameos y la concesión de barrios especiales en Damasco para los comerciantes israelitas. Ajab tenía la mirada puesta en Asiria, que ya se enfrentaba amenazadora con Salmanasar III, y formó una liga defensiva contra ella; liga que fue derrotada en Qarqar (853); Ajab tomó parte en ella con 10.000 infantes y 2.000 carros (Monolito de Salmanasar III). Inmediatamente después se renovaron las hostilidades entre Samaria y Damasco, y en ellas tomó parte Josafat, rey de Judá, que había tomado por esposa a Atalía, hija de Ajab y de Jezabel. Prometieron la victoria numerosos (unos 400) falsos profetas; solo Miqueas , hijo de Yemla, predijo el fracaso y la muerte de Ajab, que tuvieron lugar delante de Ramot Galad. Ajab conservó el dominio sobre Moab; embelleció notablemente y fortificó la capital, renovando con amplias láminas de marfil («casa de marfil») el palacio real que había construido Omri.
Su hijo Ocozías , que se cayó de un balcón del palacio real, mandó consultar a Baalzebú, dios de Acarón; y Elias salió al encuentro de los emisarios y les predijo la muerte del rey, que aconteció unos meses después. Entonces subió al trono su hermano Joram. que se distinguió de Ajab, su padre, restaurando parcialmente el yaveísmo, contra el culto fenicio de Baal. Este acontecimiento debe atribuirse a la acción de los profetas Elias y Elíseo: este desarrolló gran parte de su actividad durante el reinado de Joram (II Re. 2-9). Pero todavía persistía la influencia de Jezabel. El terrible asedio de Samaria por parte de Benadad II se solucionó mediante una milagrosa intervención del Señor pronosticada por Elíseo. Cuando Jazael dio muerte a Benadad II 296By se apoderó del reino de Damasco, Joram intentó la conquista de Ramot Galad de acuerdo con Ocozías, rey de Judá; y habiendo sido herido en el curso de las operaciones, se retiró a Jezrael, donde le sorprendio la revuelta de Jehú (II Re. 9-10).
Cumpliendo el último encargo que el Señor había dado a Elias (I Re. 19, 16), Elíseo, a quien Elias se lo había transmitido, aprovechó el momento más oportuno en que Joram estaba convaleciendo en Jezrael para enviar un miembro de las asociaciones proféticas a consagrar por rey al capitán Jehú, que entonces se hallaba al frente del ejército. Eran muy conocidos los terribles vaticinios de Elias contra Ajab y su casa (I Re. 21, 21 ss.), y Jehú se puso a ejecutarlos con la velocidad del relámpago, tras la aclamación de los oficiales. Se va veloz a Jezrael y mata a Joram y a Ocozías. Manda arrojar desde lo alto a Jezabel, que cae sobre un empedrado, y su cadáver es pisoteado por los caballos y devorado por los perros. Poco después fueron asesinados más de 42 príncipes de la dinastía de Jerusalén que habían ido de visita a Samaría, y también otros 70 príncipes de la casa de Ajab, que residían en la capital. La nueva dinastía inaugurada por Jehú (842-815) se mantuvo durante un siglo.
Su programa oficial, la novedad que le opuso a la dinastía precedente, fue el intransigente antibaalismo fenicio, y tal vez también el plan de anexionarse Judá, lo cual explicaría el interés que mostró por buscarse el apoyo moral de los recabitas (v.), y el no haberse dirigido a los círculos proféticos, que afirmaban la perennidad de la dinastía de David (II Sam. 7). «Jehú acabó con el culto de Baal mediante una estratagema astuta, llegando hasta el exterminio de sus adoradores, reunidos aposta en el templo correspondiente. Pero el yaveísmo del que se constituyó campeón fue el de Bétel y Dan representado por Jeroboam». Jehú sirvió por sí mismo a los dos santuarios (v. Amós). Sus relaciones con Judá y Siria fueron tirantes. Para defenderse de Jazael, Jehú se hizo vasallo de Salmanasar III (obelisco negro). Pero Jazael, tan pronto como se alejó el peligro asirio, atacó ferozmente al reino de Israel al que arrebató la Transjordania. Durante el reinado de Joacaz (II Re. 13, 1-9), hijo y sucesor de Jehú, llegó al colmo el envilecimiento de Israel. Jazael, y después su hijo Benadad III, no le permitió tener más de 50 jinetes, 10 carros y 10.000 infantes.
Pero también Asiria se acercaba con Adadnirari III contra Damasco, y el reino de Israel se 297Aaprovechó de ello. Joás (793-783) siguió en el auge apenas comenzado por Joacaz. Tres veces derrotó Joás a Benadad III, conforme a la profecía de Elíseo (II Re. 13, 14-19), y reconquistó las ciudades que Jazael había arrebatado a Israel. Derrotó a Amasias, rey de Judá, de donde se retiró después de haber demolido parte de las murallas de Jerusalén, y de haberse llevado consigo tesoros y rehenes (II Re. 13-14). Finalmente, Jeroboam II , en sus 40 años de reinado (784-744) dio a Israel el máximo poderío y la mayor extensión territorial. La prosperidad material iba unida a una terrible corrupción moral, por lo que se hizo oír fuertemente la voz de Amos y la de Oseas , como ultimátum de la justicia y de la misericordia de Dios, con el anuncio de cercana y definitiva catástrofe. A Jeroboam II sucedió su hijo Zacarías (743 a. de J. C.), muerto por Selum apenas pasados seis meses. Este a su vez fue asesinado, un mes después, por Menajem, uno de sus generales, que reinó del 741 al 738.
Fue vasallo del gran monarca Teglatfalasar III (745-727), que como rey de Babilonia tomó el nombre de Ful, a quien pagó un pesado tributo (II Re. 15, 17- 22). Su hijo Pecajya (hebr. Peqahjāh) pudo reinar un par de años, y fue muerto por el general Pecaj (hebr. Peqah), exponente del partido antiasirio (737-732). * Pecaj tomó parte en la liga de Damasco, con Tiro, Sidón y los árabes, contra Asur. La liga, ante la negativa de Ajaz, rey de Judá, a dar su adhesión, invadió el país de este y puso asedio a Jerusalén con el intento de poner allí un nuevo rey. Mas Ajaz acudió a Teglatfalasar, que comenzó por el sur aislando de Egipto a la liga, y luego devastó la Galilea superior y la Transjordania, cuyos habitantes deportó (733 a. de J. C.). «Todas las ciudades del país de Omri anexioné a mi tierra. traje para esclavitud, a ellos solamente les dejé la ciudad de Samaría». Y en otro monumento continúa así el conquistador con énfasis: «Del país de Omri. transporté toda la gente a Asiria. Ellos destronaron a su rey Pecajya y yo puse en el trono a Ausia sobre ellos».
Oseas, criatura de Asiria , mató a Pecaj, salvando a Samaria (732), cuyo reino estaba entonces limitado a la zona montañosa que rodea a la capital (II Re. 15, 29). Mientras vivió Teglatfalasar, Oseas se mantuvo como vasallo suyo pagando un fuerte tributo, pero con su sucesor Salmanasar V (726-722), que había sido rechazado de Egipto, juntamente con Fenicia y Siria se preparó para la rebelión. No bien se 297Bdescubrió la trama, Oseas fue aprisionado (724) y Salmanasar comenzó el asedio de Samaria que duró tres años, siendo llevado a término (fin del 722) por su sucesor Sargón (Sarrukinu). Este, según él mismo refiere en los Anales, se llevó consigo 27.000 habitantes; muchos supervivientes se refugiaron en Judá, y el país se convirtió en provincia asiria. A los deportados, los esparcieron por Mesopotamia y Media, y al desolado territorio de Samaria trasladaron colonias de inmigrantes de Babel y del norte de Siria. De esta híbrida mezcolanza de elementos extranjeros con los israelitas que habían quedado, salió el tipo característico de los futuros samaritanos (II Re. 17), tan odiados de los judíos.
La mayoría de los israelitas deportados se fusionaron en el mar de las gentes entre las cuales se desparramaron. [F. S.]
Bibliografía
A. Pohl, Historia populi Israel, Roma 1933. G. Ricciotti, Storia d’Israele, I, 2.ª ed., Torino 1934, pp. 375-80, 396-426. A. Neher, Amos, París 1950, pp. 181-210. S. Garofalo, Il libro dei Re (La S. Bibbia), Torino 1951, pp. 105-119, 126-253.