Diccionario Bíblico

Benjamin Nespon Wambacq

IGLESIA

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En el Antiguo Testamento el griego ἐκκλησία (traducción, juntamente con συναγωγή, del hebreo qāhāl) significa reunión de pueblo (p. ej., Dt. 9, 10; 18, 16), a veces por motivos civiles (Eclo. 26, 5; Jue. 20, 2: reúnese al pueblo para la guerra), pero de ordinario con fines religiosos (Dt. 9, 10; 18, 16, etcétera; muchas veces en los Salmos); así al día en que se convocó al pueblo en las faldas del Sinaí (Dt. 4, 9-13; 5, 19, etc.) se le llama iôm haqqāhāl: ἡμέρα τῆς ἐκκλησίας (trad. griega); «Iglesia (= reunión) de Israel» a la congregación del pueblo para la dedicación del templo (I Re. 8, 14. 22) y para la fiesta de los tabernáculos en tiempo de Esdras y Nehemías (Neh. 8, 17). «Sinagoga», tiene un significado más genérico y profano. El término Iglesia solo se emplea tres veces en los Evangelios (Mt. 16, 18; 18, 17 bis); 23 veces en los Actos; 64 veces en las Epístolas de San Pablo ; una vez en Sant.; tres en la III Jn. y 20 en el Apocalipsis. Tiene el significado de «reunión de pueblo» o «pueblo reunido» (Act. 19, 32. 39. 40); siempre para el culto de Dios; Iglesia son los mismos congregados (Rom. 16, 23; I Cor. 14, 23; cf. I Cor. 7, 7; 17; 14, 33. 34. 35).

Más frecuentemente significa «sociedades locales» (p. ej., en Act. 5, 11; 8, 1. 3; 11, 26; 12, 1.), a menudo con la indicación del lugar donde residía la Iglesia (la Iglesia de Cencres: Rom. 16, 1; cf. I Cor. 1, 2; I Tes. 1, 1.), Idéntico sentido tiene el plural iglesias (Rom. 5, 31; 16, 4. 5. 16.). A veces es tan pequeña la comunidad, que solo comprende una familia: Iglesia domástica (Rom. 16, 5; I Cor. 16, 19; Col. 4, 15.). Pero al mismo tiempo se habla de Iglesia que se extiende por toda Judea, Galilea y Samaria (Act. 9, 31; cf. 8, 1; '13, 1; Rom. 16, 1; I Cor. 1, 2; II Cor. 1, 1); es la única Iglesia universal que comprende todos los fieles y se manifiesta en las diferentes comunidades o Iglesias particulares (p. ej., Rom. 16, 1; I Cor. 1, 2; II Cor. 1, 1). La universalidad 272Ade la Iglesia se confirma con el hecho de que tanto las iglesias judeocristianas (p. ej., en Jerusalén), como las étnico-cristianas (en Antioquía) eran llamadas Iglesias con idéntico derecho. Hállase a veces la especificación de iglesia de Dios: τοῦ Θεοῦ (Act. 20, 28; I Cor. 1, 2; II Cor. 1, 1; cf. qāhāl Yavé; ἐκκλησία τοῦ Κυρίου).

La Iglesia es la realización del «reino de Dios» (= «reino de los cielos»: Mt.) predicho •por los profetas, término final de toda la antigua economía (v. Alianza). La Iglesia es el mismo «reino de Dios». Así pues, tanto el término como el significado se interpretan con la luz del Nuevo Testamento: la Iglesia del N. T. es el pueblo elegido, here-.dero y perfeccionador de la Iglesia o reino de Dios del A. T. Esto se confirma con las cualidades que se atribuyeron antes al pueblo del A. T. (cf. Ex. 19, 5. 6) y se han traspasado a los cristianos: raza elegida; sacerdocio regio, nación sania, pueblo adquirido (I Pe. 2, 9). Estos son, la circuncisión (Flp. 3, 3), el Israel de Dios (Gal. 6, 16), la descendencia de Abraham y sus.herederos (Gál. 3, 29), las doce tribus (Sant. 1, 1). Así se dice de ellos que son los llamados, elegidos, santos, amados (Rom. 1, 6. 7; I Cor. 1, 2), como el pueblo del A. T. (Ex. 19, 5; Dt. 7, 8. 9). Para San Pablo la Iglesia es también el cuerpo de Cristo (cf. Rom. 12, 4-8; I Cor. 12, 31 y principalmente las epístolas de la cautividad, Ef., Col.).

Los cristianos son un solo cuerpo porque todos viven de la misma vida, recibida en el bautismo, alimentada con la Eucaristía (I Cor. 10, 7) y que es vínculo de unión, no solo con Cristo (Rom. 6, 3) sino con todos los otros cristianos (I Cor. 12, 13); v. Cuerpo místico. La relación entre Cristo y los fieles, principio de unión y de gracia, se presenta con la imagen de Cristo cabeza del cuerpo de la Iglesia (Ef. 1, 22; 2, 16; 4, 15, 16; 5, 23. 30; Col. 1, 18, 24; 3, 15). Cristo, cabeza, tiene la primacía absoluta (Col. 1, 18; Ef. 1,22); a él está sometida la Iglesia (Ef. 5, 24); Él es el principi<p de unión (Ef. 4, 16) y de vida del cuerpo (Col. 2, 19); este debe tender hacia él (Ef. 4, 15). Con el sacrificio de la Cruz, Cristo obró esta unión, suprimió la ley, rompió la pared de división entre judíos y gentiles (Ef. 2, 14-16) influyó saludablemente en los fieles (Ef. 4, 15, 16; Col. 1, 20; 3, 15) y redimió a la Iglesia (Ef. 5, 23).

Y para que este cuerpo alcanzase la estatura perfecta, entre otros dones, como el bautismo y la fe, Cristo le dio su Espíritu (Ef. 2, 22; 4, 4) y les encomendó diferentes géneros de ministerios que los fieles deben desempeñar en la 272Bmedida que a cada uno de ellos le es otorgada (Ef. 4, 11-14) y en la caridad (Ef. 4, 3. 16). A su vez los fieles experimentan el efecto de estos influjos vitales en cuanto son miembros del cuerpo de Cristo (Ef. 4,16) y están adheridos a la cabeza (Col. 2, 19). A la Iglesia se la llama también pléroma (plenitud) de Cristo (Ef. 1, 23). En Cristo habita el pléroma de la divinidad, que tiende a la santificación de los otros; Cristo es la causa de la redención y de la salvación universal y quiere que todos se santifiquen (Col. 1, 18; cf. Ef. 4, 10). Por consiguiente la Iglesia es el pléroma de Cristo en cuanto en ella se ejercen todos los influjos salvadores de Cristo, obradores de la redención (cf. J. Huby, Les Epíires de la captivité, París 1935, pp. 167-71). La Iglesia es asimismo esposa de Cristo (Ef. 5, 22-32; cf. II Cor. 11, 2), y Cristo se entregó a sí mismo por ella para santificarla.

Es agricultura de Dios , construcción de Dios (I Cor. 3, 9), templo santo en construcción (Ef. 2, 21; cf. I Cor. 3, 15). A través de estas imágenes se ve claro que la Iglesia no es algo estático sino dinámico, en cuanto es cultivada, edificada, santificada (cf. Ef. 4, 15. 16), y debe crecer como cuerpo que es. Para que la Iglesia llegase al estado de perfección, Cristo le concedio muchos carismas (Ef. 4, 7-16; cf. Rom. 12, 3-8; I Cor. 12, 7-30) moderados por la jerarquía (I Cor. 12, 14), pues la Iglesia no es una sociedad carismática sino regida por la autoridad: los apóstoles (Mt. 28, 18-20; Mc. 16, 15; Lc. 24, 47; Jn. 20, 21) a quienes legó su autoridad (Lc. 10, 16; Mt. 10, 40; 18, 18), y para cabeza de los cuales designó a Pedro y a sus sucesores, fundamento de la Iglesia y jefe universal (Mt. 16, 18-19), guía autorizada de las ovejas (Jn. 21, Rovigo 1950, pp. 50, 89). Del ejercicio de esta autoridad concedida a Pedro tenemos varios indicios ya desde los tiempos apostólicos (Act. 1, 15; 2, 14. 17.).

Los apóstoles conservaban plenos poderes sobre las iglesias por ellos fundadas (I Cor. 11, 16. 34), aun cuando en ellas había ya superiores locales (I Tes. 5, 12; Rom. 12, 5; Act. 14, 23; 20, 17; obispos y diáconos: Flp. 1, 1). Hacia el fin de su vida San Pablo expone las reglas que deben seguirse para el nombramiento de los sucesores, indicando las cualidades de que debían estar revestidos (I-II Tim.; Tit.; cf. U. Holzmeister, en Bíblica, 12 [1941], 41-69). Finalmente, la Iglesia es la sociedad de quienes han creído en Cristo mediante la predica- 273Ación de los Apóstoles {Rom. 10, 9. 10). Todos pueden tomar parte en ella (Rom. 10, 11. 12). Éntrase con el bautismo (Mt. 28, 19; Mc. 16, 16; Ací. 2, 28.). La Eucaristía es un rito de unión (I Cor. 10, 17), y la caridad es la ley fundamental (Jn. 13, 35). El fiel tiene el deber de observar todos los preceptos de Cristo (Mt. 28, 20; cf. Rom. 13, 9), y en caso contrario la autoridad tiene facultad para alejarlo de la comunidad (Mt. 18, 17), sea por errores acerca de la fe (I Tim. 1, 20), sea por malas costumbres (I Cor. 5, 3-6; I Tes. 3, 6. 14). Mas la potestad no ha sido dada para dominar sino para servir (cf.

Lc. 22, 25-27; Filem. 8, 9; I Cor. 4, 14. 15; I Pe. 5, 3) y para edificar el cuerpo de Cristo (Ef. 4, 12). [B. N. W.]

Bibliografía

A. Médebielle, en DBs, II, col. 487-691. K. L. Schmidt, en ThWNT, III, 502- 39. L. Cerfaux, La Théologie de l’Église suivant s. Paul, 2.ª ed., París 1948. F. M. Braun, Aspects nouveaux du problème de l’Église, Friburgo 1942. C. Spicq, Les E. pastorales, París 1947, pp. 84-97. 234-40. M. Meinertz, Theologie des Neuen Testament, I, Bonn 1950, pp. 69-80. * J. M. González Ruiz, Fundación pleromática de la Iglesia según San Pablo (XIII Sem. Bíblica Española, Madrid 1953). Íd., La unidad de la I. en el N. T., en EstB, IX (1945), 2.

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