GÉNESIS
Primer libro de la Biblia y del Pentateuco, denominado Génesis desde la versión griega (de los LXX), por razón del contenido; origen del universo, de la humanidad (cc. 1-11), del pueblo hebreo (12-50). En la Biblia hebrea se le llama con la palabra inicial: berešith. He aquí su esquema: Creación (1, 1-2, 3): Adán y Eva (creación, paraíso terrenal, inocencia, pecado, castigo: 2, 4-3, 24): Caín y Abel (4. 1-16): progreso material, creciente corrupción y alejamiento de Dios (4, 17-26): Noé , en la piadosa estirpe de Set (5): corrupción general y diluvio (6-8): la humanidad emprende nuevamente su camino (9); su multiplicación y división (10-11, 26). Abraham (11, 27-c. 22): vocación, apariciones y promesas: su fe, circuncisión, obediencia : Isac (24-27): Jacob toma por esposas a las hijas de Labán, nacen de él los doce primeros padres de las tribus de Israel (28-35): José, esclavo en Egipto, virrey, reclama a los hermanos y al anciano padre, quienes se establecen en las cercanías del Nilo. Predicciones y muerte de Jacob (36-40). V. cada una de las voces Adán, Abraham, etc., hasta José.
La Biblia es la historia de la salvación de la humanidad, obrada por Dios, o la narración de la continua intervención de Dios en la historia para realizar su plan salvador. Gén. 1-11 es su prólogo, con las premisas históricas fundamentales: el mismo comienzo del tiempo con la creación del universo, del hombre, obedeciendo a un simple mandato del Eterno, y con la historia del primer pecado, y del padecimiento físico y del desorden moral que del pecado provienen: principalmente con la 232Bprimera noticia de la futura salvación: el género humano, humillado con la caída, saldrá victorioso, en un lejano porvenir, contra la envidia y la rabia de Satán, por obra del Redentor (v. Protoevangelio: Gén. 3, 15).
El Génesis guarda silencio sobre el largo período que media entre el superviviente Noé y sus inmediatos descendientes y la vocación de Abraham: es decir, desde el año 100.000 aproximadamente (que es la cifra relativamente más modesta que propone la ciencia — geológica y paleontológica — como fecha de la aparición del hombre en la tierra: principio de la era cuaternaria, principio de las fases glaciales-interglaciales) hasta el 2.000 aproximadamente, época histórica, comprobada, en la que vivió Abraham.
Pero respecto de las relaciones de la humanidad con Dios, que constituyen el objeto formal de la Sagrada Escritura, estamos informados con suficiente claridad. Incluso después del diluvio se reanuda la pendiente hacia el mal con el consiguiente alejamiento de Dios: cuando interviene Dios revelándose a Abraham, la idolatría tiene enredada a una gran parte de la humanidad, y a la misma familia de Abraham: cf. Jos. 24, 2. Esto nos ha transmitido Moisés (s. xv) por escrito (1, 11), tesoro revelado por Dios a Abraham y por este religiosamente transmitido a Isac y, mediante Jacob, a las tribus israelitas. Con la manifestación de Dios a Abraham comienza la preparación directa para la venida del Redentor, es decir, para la realización del plan salvador de Dios.
Para tratar del valor histórico del Génesis con precisión y claridad, conviene distinguir la primera parte de la segunda. Para la segunda (12-50) ahora disponemos ya de fuentes profanas babilónicas y egipcias, que permiten aclarar y confirmar la historicidad del Génesis positiva e indirectamente. El códice de Hammurabí (= CH), p. ej., nos enfrenta con la exactitud de detalles de la vida familiar de Abraham de un modo especial y de los otros patriarcas. CH solamente prohibe (§§ 154-158) el matrimonio entre consanguíneos en línea ascendente. Abraham toma por esposa a su hermana (Gén. 20, 12): Najor (11, 29), y Jacob (29, 24.28), a sus primas. CH (§ 144) concede a la esposa estéril el que ofrezca al marido su propia esclava para tener hijos de ella, y eso es lo que hace Sara (Gén. 16, 3: cf. 30, 3.9).
Los §§ 145 s. dan a la señora el derecho de castigar a dicha esclava si después de haber alumbrado la desprecia, tal como se relata en 233AGén. 16, 5 s. Pero le está prohibido despedirla y privar al hijo de la herencia (§ 170), lo cual explica la turbación de Abraham. que no cede a los requerimientos de Sara sino por orden del Señor (Gén. 21, 10-14: cf. RB, 44 1935] 34 ss.). Según CII (.§ 130), el pecado de una joven desposada, pero que todavía no ha tenido relaciones conyugales con el marido y que todavía habita en la casa paterna, no constituye adulterio y no es castigado: esto explica la oferta de Lot (19, 8). Para lo tocante al derecho de herencia de Raquel y de Lía (Gén. 31, 14 ss.), cf. CH. §§ 162.167.171. Finalmente, la extensión del levirato al suegro, sancionado por la ley jetea (art. 79) explica el modo de. obrar de Tamar respecto de Judá (Gén. 38). Cf. RB, 34 [1925] 524-46; Bíblica. 8 [1927] 210.
La vocación de Abraham (Gén. 12) tiene como punto de partida la antiquísima ciudad de Ur, al sur de Mesopotamia: su migración responde al ambiente histórico que nos es revelado por la arqueología, la que ilustra igualmente sus estancias en Jarán y luego en Canán, en Siquem, en Hebrón, etc. (Ph; Dhorme, Abraham dans le cadre de Vhistoire, en RB, 37 [1928] 367-85.481.511; 40 [1931] 364-74.503-18: con los argumentos de De Vaux, Les Patriarches hébreux et Ies découvertes modernes, en RB, 53 [1946] 321-48: 55 [1948] 321-47: 56 [1949] 5-36). Tales ilustraciones conservan todo su valor, no obstante las dudas que persisten sobre la identificación de Amrafel = Hammurabí (Gén. 14) y sobre los años exactos en que vivió ese monarca (Ch. F. Jean, Fouilles á Mari, en NRTh, 84 [1952] 515 ss.). El Génesis (25, 20; 31, 47) enlaza a Abraham y los suyos con los árameosi; mas la existencia de Jarán no se encuentra atestiguada antes del s. xii a. de J. C. (cf. A. Dupont-Sommer, Les Araméens, 1949, que habla de leyenda y de error). kilómetros de Nipur), anterior al 2000 a. de Jesucristo, viene en confirmación del Génesis: Divas Thomas P., 55 [1952] 246).
Respecto de los contactos con Egipto (Gén. 37-50), hoy se reconoce «que en realidad entre las narraciones bíblicas que tratan de las relaciones de los hebreos con los pueblos extranjeros ninguna se ha asimilado tanto el lenguaje y el ambiente extranjero como la historia de José y la del Éxodo se han asimilado el lenguaje y la vida de Egipto. Desde los mismos comienzos, cuando entra José en Egipto (Gén. 39). hasta el fin del relato del írxodo. que se cierra con el 233Bcántico de Moisés en el mar Rojo (Ex. 15), hallamos un cuadro vivido — como oportunamente demostramos por extenso — de las características, de las costumbres y usanzas de los egipcios en todos los campos de la vida y del pensamiento. dispuesto con un lenguaje que igualmente se ha asimilado por completo el espíritu del egipcio, así en la lengua como en el estilo» (A. S. Yahuda, The language of the Pentateuch in its relation to Egptieti. í, Oxford-London 1933).
«Desde que Egipto es mejor conocido, todos los hombres doctos proclaman sin reserva la maravillosa exactitud del relato bíblico y su perfecta coincidencia con los usos, las instituciones y la civilización de aquel tiempo y de aquel país» (A. Mallon, Les Hébreux en Egipte. Roma 1923, p. 67). En cuanto a la primera parte (cc. 1-11). se ha creado una confusión, no solo por el progreso de las ciencias (geología, astrologia, paleontología: v. Adán, Creación), sino también y sobre todo por los documentos babilónicos, venidos a la luz cada vez en mayor número y hoy muy conocidos y al alcance de todos.
Los puntos de comparación están perfectamente sintetizados por el P. Vaccari como sigue: «Con Gén. 1-2 (la creación) tienen cierta semejanza remota varios poemas babilónicos en desacuerdo entre sí (cf. G. Furiani, La religione babilonesi e assiria, Ií. Bologna 1929, pp. 1-21), entre los cuales lleva la primacía el comienzo «Enuma elis (= Cuando en alto): trad. it. anotada por G. Furiani, II poema della creazione. Bologna 1934; en todos se halla una extravagante mitología de un grosero politeísmo.» Con Gén. 5 (genealogía con diez patriarcas antediluvianos), las listas babilónicas de diez reyes.
Con Gén. 7-8 (diluvio), «muchas leyendas babilónicas, una de las cuales fue inserta en el poema novelesco llamado Gilgames por razón del héroe protagonista (cf. G. Furiani, La religione bab. e ass., II, pp. 21-27.63-66); los puntos de contacto con el relato bíblico son numerosos y típicos». «La narración de la torre de Babel (Gén. 11, 1-9) está toda ella entretejida con elementos babilónicos: pero no se ha encontrado aun un paralelo exacto en la literatura cuneiforme.»
«No se ha hallado nada que tenga verdadera analogía con el relato del paraíso terrenal y de la caída del primer hombre (Gén. 3)». como tampoco ha aparecido hasta el presente ningún parangón con el relato de la formación de Eva (Gén. 2. 18-25). Sabido es que los acatólicos, convencidos de que lograrían demoler la Biblia («Cada azado- 234Anazo dado en el desierto de Mesopotamia destruirá una página de la Biblia», Fried. Delitzsch, en la Universidad de Berlín), basándose en semejantes afinidades literarias, inmediatamente fueron a parar a la conclusión de que había identidad en el contenido (!) y además dependencia literaria sustancial.
En Gén. 1-11 tendremos las mismas leyendas, los mismos mitos, o, en todo caso (pues las numerosas y profundas divergencias no podían pasarse por alto), leyendas y mitos afines. Exegetas y críticos superficiales aceptaron tal confusión, que nos revela cada vez más claro un efectivo error de método y de fondo. Un concepto exacto de la inspiración (v.) y un tamiz digno de tal nombre nos conduce, en efecto, a las siguientes conclusiones: 1. Los puntos sustanciales contenidos en Gén. 1-3 son verdades indiscutibles reveladas por Dios: creación del mundo , de Adán y de Eva (alma y cuerpo), su estado de inocencia, inmortalidad, primer pecado, protoevangelio, monogenismo. Estos puntos hallan un eco imponente en toda la revelación posterior, en todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, y constituyen la base de la Redención.
Una prueba más de ello está en el hecho de que para alguno de ellos no ha sido dado hallar absolutamente nada en los textos babilónicos o en otras partes. 2. Las diferencias sustanciales (de contenido y frecuentemente también de forma) puestas en evidencia, p. ej., para el mismo diluvio (Bea, pp. 177-80) entre las narraciones babilónicas y el relato bíblico, y el fondo precedente, nos llevan a la conclusión de que la afinidad está solo en la forma literaria (terminología y construcciones), y que los hechos son totalmente diferentes; es decir, que en el Génesis tenemos las sobredichas revelaciones referentes a los remotísimos orígenes de la humanidad, y en los textos cuneiformes tenemos las leyendas particulares de los sumerioacadios del tercer al cuarto milenio a. de J. C. Solo en el Génesis se habla de creación.
Los mitos babilónicos, más que cosmogonías, deben llamarse teogonias pueriles, a veces ridiculas y obscenas. El mismo diluvio, que en el Génesis es verdaderamente tal, en los textos cuneiformes es una simple inundación de aquella época, y, lo que es más, una de tantas, si bien hay muchos que admiten en estos últimos tiempos un eco débil, impreciso y corrompido de la tradición primitiva. Las excavaciones de Ur dieron ocasión de hablar de «prueba arqueológica» del diluvio a causa del sedimento de arena, de unos 5 cm. 234Bde espesor, hallado al lado de una colina, entre las culturas superiores y una más primitiva. Pero tanto el examen de la arena (- pluvial) como la ausencia de dicho sedimento arenoso en la vertiente opuesta han dado la «prueba arqueológica» de una inundación parcial ocurrida hacia la época indicada.
Finalmente, el ejemplo de Gén. 2, 4-c. 3; 11, 1-9, donde se relatan, con términos y giros babilónicos, hechos ignorados en la literatura cuneiforme, confirma la rigurosa distinción establecida entre los hechos y la forma literaria. Respecto de esta última, la misma lógica y todo cuanto conocemos de las costumbres de los antiguos semitas enseñan que Abraham y sus descendientes no podían hablar sino con el lenguaje de su tiempo, ni podían expresar las verdades recibidas de Dios sino con el ropaje literario de su tiempo, y fueron confiadas a la escritura con ese mismo ropaje con que fueron concebidas y transmitidas. Sabido es con qué celosa vigilancia conserva el tipo nómada o seminómada las tradiciones (casi exclusivamente) religiosas de la bait o de la tribu, y cómo la tienda las conserva y transmite con mayor seguridad que cualquier libro o biblioteca moderna. Era el patrimonio de la raza, razón de ser y orgullo del propio grupo. Es un gran error el ligar la forma al contenido. 3.
Al ropaje literario hay que unir el marco geográfico, y por tanto igual criterio debe privar en la exégesis. Toda la primitiva historia se presenta como desenvuelta en Mesopotamia (cf. Paraíso terrenal, etc.), lo cual puede considerarse como simplificación didáctica. En realidad se trata de acontecimientos ocurridos por lo menos 100.000 años a. de J. C., cuando tal vez no existía aun la misma Mesopotamia, terreno de aluvión sobrepuesto. Dios no revela nociones geográficas, astronómicas, etc. Tales revelaciones serian inútiles y aun perjudiciales, pues no habrían sido creídas por ser muchas veces contrarias a los conocimientos de aquellos tiempos. El modo artístico y popular de describir las diferentes facetas de la creación responde a la mentalidad del tiempo.
Las genealogías de los Patriarcas, encaminadas a ilustrar el hecho de que Abraham desciende de Sem y que por lo mismo él es el heredero de la promesa divina (Gén. 9, 26 s.), se explican conforme al concepto lato que los antiguos semitas tenían de las genealogías (v. Patriarcas), y, finalmente, la forma popular concreta en que son presentadas las altísimas verdades reveladas responde a la cultura de un pueblo muy poco adaptado a las abstracciones. Refiriéndose a estas características, 235Ala Encíclica Humani Generis (1950) precisó que los once primeros capítulos del Génesis no están escritos, desde el punto de vista literario, a la manera cómo los modernos conciben o componen un tratado de historia.
Pero esa comprobación evidente, ya que tal modo de componer es más reciente, no permite negar la historicidad ni la real existencia de los hechos, presentados con el ropaje literario entonces en uso, como tampoco permite clasificar los once primeros capítulos entre un género sustancialmente diferente del histórico. «De una manera particular es deplorable el modo extraordinariamente libre de interpretar los libros del Antiguo Testamento. Los fautores de esa tendencia. indebidamente invocan la carta que la Pontificia Comisión para los Estudios Bíblicos envió al Arzobispo de París (16 de enero de 1948; A AS, XL, pp. 45-48).
Esta carta advierte claramente que los once primeros capítulos del Génesis, aunque propiamente no concuerden con el método histórico usado por los eximios autores grecolatinos y modernos, no obstante, pertenecen al género histórico en un sentido verdadero, que los exegetas deben investigar y precisar». [F. S.] A. Bea, De Pentateucho, 2.ª ed., Roma 1933. A. Vaccari, La S. Bibbia, I, 2.ª ed., Firenze 1943. A. Clamer, La Genèse, París 1953. R. de Vaux, La Genèse, París 1951. F. Ceuppens, Quaestiones selectae ex historia primaeva, Roma 1948. L. Arnaldich, El origen del mundo y del hombre según la Biblia, Madrid 1957.
Bibliografía
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